05 agosto 2018

agosto 05, 2018

Darío y sus consejeros

El rey Darío no le dio gran importancia a la derrota de su ejército en el río Gránico. Sin embargo, le producía gran enojo el hecho de que los macedonios avanzaran por la costa apoderándose de todas las ciudades griegas. En cualquier caso –pensaba el rey- todo se había debido a un error. Espitridates y Arsites debían haber hecho caso a Memnón cuando propuso la estrategia de la tierra quemada mientras él llevaba la guerra a Grecia; y por eso Darío le concedió el mando absoluto de todos sus ejércitos, tanto en mar como en tierra. Memnón no había podido resistir el asedio de Alejandro, pero demostró una hábil estrategia de defensa y pudo escapar. Ahora, alentado por la disolución de la escuadra macedonia, se adentró entre la infinidad de islas del mar Egeo con la intención de cortar todas las comunicaciones entre Grecia y Alejandro. Pero el plan completo de Memnón consistía en hacerse con el control de las ciudades de las principales islas y luego llevar la guerra al Hélade. No le sería difícil si contactaba con los numerosos enemigos que Alejandro tenía en las ciudades helenas. Grecia entera se levantaría contra los macedonios. Pero Memnón no llegaría a ver su plan cumplido porque cayó enfermo y murió mientras asediaba la ciudad de Mitilene, en la isla de Lesbos.

Cuando Darío recibió la noticia de la muerte de Memnón, convocó a sus consejeros y entre todos acordaron que el mismo rey debía ponerse al frente de un gran ejército que acabara con los molestos macedonios. El ejército persa, como ya se ha ido contando, estaba plagado de mercenarios griegos, entre ellos el mismo Memnón, que había llegado allí desde Rodas. Ahora era otro griego, Caridemo, un ateniense que había llegado hasta Darío huyendo de Alejandro, el que pretendía que el rey persa pusiera bajo su mando un ejército de cien mil hombres para hacer frente a Alejandro. Pero los persas desaconsejaron la propuesta; no querían que otro extranjero se hiciera con el control del ejército. La respuesta de Caridemo fue que subestimaban el poder y la inteligencia de Alejandro, por lo que, no debían jugárselo todo a una carta y debían reservar la leva principal del ejército y al rey para un último recurso, en el supuesto caso de que Alejandro saliera victorioso y siguiera avanzando. Por eso, insistió en que el rey no se expusiera a peligro alguno y le entregaran cien mil soldados, sabiéndose conocedor de las estrategias de Alejandro y viéndose capacitado para derrotarlo.

La opinión del extranjero no fue bien recibida por los consejeros de Darío. Según ellos, la presencia del rey daría ánimos a los soldados y a todas las ciudades por donde pasara. Con su rey al frente, el ejército persa sería invencible; la sola insinuación de una derrota era una ofensa. Los ánimos se caldearon y las discusiones fueron a más. Darío, que en un principio estaba considerando todo cuanto había propuesto el ateniense, fue hinchándose de orgullo ante el peloteo generalizado de sus consejeros, hasta acabar ordenando que sacaran a rastras a Caridemo y lo ahorcaran en el árbol más cercano. Las últimas palabras de Ceridemo antes de morir fueron para advertirles que quien había de vengar su muerte estaba cerca.

Farnabazos fue el sustituto propuesto por el propio Memnón antes de morir. Ahora era reconfirmado en su cargo por el propio rey, que, sin embargo, le pedía que desembarcara la mayoría de mercenarios que tenía a bordo para que se incorporasen al ejército de tierra. Con esta petición, que Farnabazos se apresuró a cumplir, la flota persa, y por consiguiente, los planes de Memnón quedaban aparcados; aunque no renunciaron del todo a ellos y con cien barcos, Farnabazo siguió en su afán de conseguir la lealtad de otras islas para asegurar el bloqueo.


La marcha sobre Licia

Entre las tropas macedonias había muchos guerreros recién casados, a los cuales se les dio permiso para que regresaran a Grecia a pasar el invierno junto a su familia. Con ellos viajaron tres oficiales, también recién casados, con la orden de regresar en primavera con la mayor cantidad posible de tropas frescas. El invierno se echaba encima y Alejandro dividió su ejército en dos. Una columna, al mando de Parmenio, formada por la caballería macedonia y tesaliense, las topas de aliados y toda la maquinaria de guerra, se dirigiría hacia Trales y Sardes, donde pasarían los meses fríos. Alejandro se dirigiría con las falanges, los arqueros, los tracios, hipaspistas ylos agrianos, hacia Hiparna, cuya guarnición estaba formada por mercenarios griegos y no tardaron en rendirse. Luego entraron en territorio licio.

A las costas de Licia fueron llegando colonos griegos durante los siglos VII y VI a.C. En el año 545 a.C. fue incorporada al imperio persa por Ciro II, aunque pronto recobró su independencia a cambio de pagar un tributo; hasta que fue incluida en la satrapía Caria. En Licia no había guarniciones persas. Alejandro se hizo con toda la provincia, de ricas ciudades e importantes puertos de mar, sin oposición ninguna, casi como quien da un paseo. Y así, de ciudad en ciudad, recibiendo sátrapas y embajadores que le rendían honores por devolver la libertad a tan antiguas e importantes ciudades griegas, pasó Alejandro la mitad del invierno. 

Y fue durante estos días cuando Alejandro descubrió que uno de sus más importantes generales urdía un plan para asesinarlo. Este general mantenía contactos con Darío por medio de otros macedonios que habían huido y se habían unido a los persas. Habían contactado en ciudades como Éfeso o Halicarnaso y había hecho llegar hasta Darío su decisión de ponerse a su servicio para lo que fuera menester. Cuando uno de los enviados de Darío llegó hasta el traidor y le estaba transmitiendo instrucciones, fueron descubiertos y apresados. 

El traidor era Alejandro de Lincestia, sospechoso de estar implicado en la muerte de Filipo. Entonces, ¿qué hacía este individuo entre las filas de Alejandro y con el grado de general? Nadie está seguro, pero su madre, Olimpia, ya se lo venía advirtiendo en sus cartas: «Hijo, no confíes demasiado en quienes, habiendo sido enemigos tuyos, son ahora tenidos por ti como amigos.» Dos hermanos del lincestio habían sido condenados a muerte, acusados de haber participado en el asesinato del monarca, sin embargo, él se apresuró a rendir pleitesía al nuevo rey y Alejandro no solo lo creyó inocente, sino que le confió grandes cargos. Alejandro, qué duda cabe, era inteligente y muy maduro para su edad, pero en algo debía notarse que tenía poco más de veinte años.

Alejandro, el lincestio, terminó confesando que el rey persa le había encomendado la tarea de asesinar a Alejandro, a cambio de mil talentos y ayuda para hacerse con el reino de Macedonia. Reunido con sus más allegados, Alejandro pidió consejo sobre qué debía hacerse con el traidor. Sus amigos fueron sinceros con él y opinaron que nunca debió confiar en el lincestio y mucho menos ponerlo al mando de la caballería, las fuerzas más importante del ejército; y el consejo dado por ellos no podía ser otro que quitarlo de enmedio cuanto antes. El traidor permaneció detenido, pero Alejandro no dio la orden de ejecutarlo. Había dos razones para dejarlo con vida. La primera: el lincestio era yerno de Antípatro (recordemos, Antípatro había sido un general fiel a su padre Filipo, Alejandro confiaba en él y lo había dejado como regente en Macedonia durante su ausencia). La segunda: la ejecución provocaría rumores inquietantes en Grecia y en el seno de su propio ejército. Mejor dejar las cosas como estaban.



El nudo gordiano

En la primavera del año 333 a.C., se volvieron a unir en Gordión las dos columnas del ejército macedonio, la de Alejandro y la de Parmenio con toda su maquinaria pesada de guerra. Volvieron además los recién casados con unos refuerzos de 3.000 hombres y 200 caballos. La ciudad de Gordión había sido desde años remotos residencia de los reyes frigios. En su ciudadela se conservaba aún el palacio de Gordio. Según una antigua leyenda, Frigia necesitaba un rey, por lo que, consultaron al oráculo. La respuesta fue que aquel que entrase con un cuervo posado sobre un carro tirado por bueyes sería el elegido para gobernar. Y de esta manera entró un labrador llamado Gordias, cuyas únicas riquezas eran su carro y sus bueyes. Gordias, una vez nombrado rey, fundó la ciudad de Gordión y en agradecimiento, ofreció su carro al dios Zeus. El carro quedó en el templo con la lanza y el yugo atados por un nudo tan complicado que sus cabos se escondían en el interior, de tal forma que era imposible que nadie pudiera desatarlo. Todos decían entonces, que aquel que lo lograra desatar, conquistaría toda Asia. 

Cuando Alejandro llegó al palacio, se puso a dar vueltas al carro observando el nudo. Cuantos lo acompañaban estaban expectantes. ¿Sería Alejandro capaz de lograrlo? Y entonces Alejandro desenvainó su espada, y de un golpe seco cortó el nudo por la mitad. “Tanto da cortarlo que desatarlo”- dijo Alejandro. Aquella noche hubo tormenta con abundantes rayos. Alejandro entendió que Zeus estaba de acuerdo en la forma en que había resuelto el dilema del nudo. Fernando el Católico usaría como lema personal “Tanto monta” haciendo alusión a las palabras de Alejandro “Tanto da o tanto monta cortar o desatar”, o da igual cómo se haga, lo importante es hacerlo. El lema de Fernando, además, se presenta sobre un yugo con una cuerda cortada alrededor. Un yugo y unas cuerdas que han estado presentes en el escudo de España hasta muy recientemente y que fueron suprimidos por simple ignorancia histórica.


Cilicia

Al cruzar la satrapía de Cilicia, Alejandro apenas si encontró resistencia; las tropas de vigilancia abandonaban sus puestos ante la presencia de los macedonios. En realidad, estas tropas habían sido dejadas para retener en lo posible el avance de Alejandro, mientras Arsames, el sátrapa cilicio, marchaba a unirse al gran ejército del rey persa. A su paso, Arsames pretendía saquear y devastar la provincia, para que los macedonios, a su llegada, no encontraran más que un desierto. Pero Alejandro cruzó rápidamente por unos desfiladeros que pronto lo condujeron hasta el río Tarso, de tal forma, que Arsames se vio sorprendido de tener al enemigo tan cerca y aceleró su marcha sin detenerse en los saqueos.

Los hombres de Alejandro llegaron fatigados hasta el río Cidnos, afluente del Tarso que baja de las montañas; el propio Alejandro se sentía muy cansado, y al ver las cristalinas aguas del río decidió darse un baño. El agua era fría, pero relajante en aquellos calurosos días del verano del 333. Y de pronto, Alejandro sintió unos escalofríos que lo dejaron agarrotado. Quienes estaban más cerca lo sacaron rápidamente y lo llevaron a su tienda. La pérdida de conciencia, la fiebre y las convulsiones, hicieron que muchos, incluso los médicos que le atendieron, temieran por su vida. 

Y así paso Alejandro varios días, mientras sus hombres se desesperaba sin saber qué hacer, viendo que su rey agonizaba y el ejército persa estaba cada vez más cerca. Y he aquí que un médico llamado Filipo que conocía a Alejandro desde pequeño se acercó para ofrecer un brebaje asegurando que lo curaría. No está claro de dónde venía Filipo, pero al mismo tiempo llegó un mensaje de Parmenio, que se encontraba con sus tropas en otro punto de la provincia, previniéndole contra el supuesto médico, asegurando que había sido sobornado por el rey Darío para que le asesinase. Alejandro, que estaba consciente, leyó el mensaje y luego se lo entregó a Filipo. El médico leyó la carta, y sin inmutarse, le ofreció la copa con el bebedizo a su rey mientras le decía con serenidad: “confía en mí, te pondrás bien”.

Alejandro no dudó y bebió el contenido de la copa. El médico asintió y sonrió. Durante los próximos días, Filipo no se apartó de Alejandro, cuidándolo como a un hijo. Hablaron de Filipo, el rey de Macedonia, padre de Alejandro; de su madre Olimpia, de sus hermanas, de las maravillas de los países de Oriente y de las victorias que estaban por venir. El brebaje y los cuidados del viejo médico hicieron efecto y el joven rey no tardó en estar de nuevo al frente de su ejército.

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