01 julio 2018

julio 01, 2018
Los generales franceses confiaban en que ningún obstáculo los detendría, al ver que los zaragozanos andaban por todas partes sin orden ni concierto alguno, llegando a pensar que en la ciudad reinaba la indisciplina y la confusión, hasta que un tiroteo los obligó a hacer parada y proceder precavidamente. Este comportamiento de algunos paisanos y soldados desbandados, no solo hizo que los franceses se lo pensaran con más cautela a la hora de proceder, sino que envalentonó y dio aún más alas a todos los que estaban dispuestos a dejar su sangre defendiendo Zaragoza. 
Asalto a Zaragoza - January Suchodolsky

La virgen del Pilar no quiere ser francesa 

Era el 21 de diciembre de 1808. Los franceses sabían de la importancia estratégica de la ciudad y se habían propuesto hacerse con ella. Si en el primer intento les había sido imposible, en esta ocasión, después del descalabro sufrido por los españoles en Tudela, la cosa tenía que ser fácil. Zaragoza se había convertido también en el símbolo de la resistencia española, con lo que, acabar con ese símbolo era de vital importancia. Sin embargo, tanto la ciudad como sus gentes estaban esta vez mejor preparados, aunque la reconstrucción de sus fortificaciones no habían sido acabadas. En el primer sitio se les había capturado a los franceses bastantes cañones, por lo que, en esta ocasión disponían de 160. Se habían recolectado las cosechas apresuradamente y dentro de la ciudad se contaban un total de 30.000 soldados, aparte de los voluntarios zaragozanos, hombres y mujeres que podían contarse también por miles. 

Contaban los franceses con 35.000 soldados de infantería y 2.000 de caballería comandados por el mariscal Lannes. A Palafox se le envió un mensaje en el que se le informó de que Madrid ya estaba en manos francesas y se le invitó a negociar una rendición sin violencia. ¡Después de muerto hablaremos! ―Fue su respuesta. Lannes ordenó atacar. Los franceses fueron fieramente rechazados. Luego vino el siguiente ataque, y en la ciudad se batieron tan valientemente que los volvieron a rechazar, y así una vez y otra, un día tras otro. Los cañonazos abrieron brechas en sus murallas, intentaron entrar por ellas, pero los que lo conseguían encontraban la muerte, porque detrás había hombres y mujeres que se batían con una valentía y una fiereza sobrenatural. Los días pasaban y los franceses no conseguía conquistar la ciudad, y así pasó un mes. Los oficiales decían que la ciudad estaba al caer, que sus habitantes estarían hambrientos y sin fuerzas, y que su rendición era cuestión de horas. Pero lo cierto era que, entre tanto, hasta se permitían hacer alguna escaramuza saliendo de la ciudad y causando bajas entre sus sitiadores. El mariscal Lannes comenzaba a impacientarse y a sentirse incómodo por las explicaciones que le pedían desde París, que no entendían cómo Zaragoza no era todavía francesa. La respuesta la daban los propios zaragozanos, que entre un ataque y otro se les oía cantar aquella canción: “La virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesa.” 
Baturro de guardia durante los Sitios de Zaragoza - Marcelino de Unceta

Se intensificaron los bombardeos que duraban días enteros, pero la ciudad no se rendía y los ataques eran rechazados una y otra vez. Las bajas francesas comenzaban a ser preocupantes. Por otra parte, no tenían ni idea de cuántos muertos habría en la ciudad, aunque se decía que eran muchos y estaban amontonados por las calles. Pero no lo parecía a tenor de la defensa que hacían de ella. Cada vez había más brechas en las murallas, que desde dentro se intentaban reconstruir como buenamente se podía. Lannes lanzaba una y otra vez ataques suicidas consistentes en arremeter en avalancha contra aquellos agujeros, saltar sobre sus escombros y entrar por ellos. Sabían que tras las piedras estaban esperándolos. Que intentar colarse por allí para luego avanzar sobre una de sus calles era meterse en un enjambre de abejas que los acribillarían a picotazos. Pero una de las armas del ejército imperial era la del sacrificio de sus hombres, atacando en gran número a sabiendas de que una cantidad innumerable de ellos morirán sin remedio; pero si se conseguía el fin perseguido se darían por bien empleadas sus vidas. Era una táctica muy empleada por el emperador, en la que normalmente utilizaba regimientos de otros países y no a los propios franceses. En el acoso a Zaragoza, después de tantos y fallidos ataques, no quedaba más remedio que repetir una y otra vez esta táctica, en la que ya daba igual si en ella participaban franceses, polacos, suizos o desertores españoles. 

Los cañones de uno y otro lado intercambiaban disparos. Los franceses enviaban balas rasas contra los que esperaban al otro lado de las trincheras, los españoles enviaban balas a los atacantes. Tal como iban acercándose, los cañones franceses cesaban, pero los españoles seguían acosando y haciendo estragos entre los miles de franceses que iban llegando. Y a cada cañonazo, a cada descarga de fusil que recibían, caían a decenas, quedando el campo sembrado de hombres muertos. Pero por más esfuerzo que hacían por detenerlos, por más balas que les venían encima, y por más muertos que iban quedando en el suelo, las compañías francesas parecían no tener fin, hasta que se plantaban en la brecha de las fortificaciones, donde los primeros que iban llegando se iban quedando sobre los escombros, haciendo ellos mismo con sus cuerpos que el obstáculo para entrar fuera aún mayor. Así, durante un rato, todo el que llegaba perdía la vida, y aquellos que conseguían escalar lo que ya no era una montaña de escombros, sino de cuerpos, y llegaban al otro lado, un enjambre de bayonetas, cuchillos, o palos, los estaba esperando. Se daba alguna circunstancia en que una vez que atravesaban la barrera y se encontraban dentro de la ciudad, no sabían qué hacer ni para donde seguir, al verse desamparados, pues apenas recorrían unos pasos les daban caza o les caía en la cabeza algún objeto desde cualquier ventana. Pero los oficiales tenían órdenes de penetrar y hacerse con la fortificación a cualquier precio. Por eso continuaban gritando hasta quedar sin aliento, que siguieran. 

―¡Seguid, seguid, malditos! 

Al final, había que retirarse, para volver a empezar, quizás dentro de unas horas, quizás al día siguiente, o dentro de un mes, buscando el momento definitivo de la conquista, si es que había suerte. 
Asalto a Santa Engracia - Lejeune

Pero la ciudad estaba siendo asediada, además de por las bombas, por el tifus, y el mismo Palafox cayó enfermo. El día 21 de febrero de 1809 Zaragoza se rindió. La valentía y fiereza de los defensores de Zaragoza no se puede explicar con palabras que no superen la admiración, pues hasta el propio enemigo lamentaba haber tenido que ver tanto encarnizamiento en la defensa de aquella plaza y cómo las mujeres morían delante de las brechas. Siendo preciso organizar un asalto por cada casa, porque aun ardiendo la ciudad por los cuatro costados y lloviéndoles bombas a centenares, nada bastaba para intimidar a sus defensores. El sitio de Zaragoza no se parecía en nada a ninguna de sus anteriores guerras. Y si a las atrocidades de la guerra puede alguien llegarse a acostumbrar, aquella les devolvía de nuevo la abominación que ésta representa. El propio mariscal Lannes escribiría en sus diarios: 

“Es una guerra que horroriza. ¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena.” 

Entraron en la ciudad y se adentraron por sus calles. Los franceses se sorprendían y horrorizaban por lo que estaban contemplando. Lo que en otras circunstancias hubiera sido un motivo de celebración y júbilo por la conquista de una ciudad, en esta ocasión se había convertido en horror y asombro. Muchos sentían respeto, otros pena, por aquellos muertos que estaban por todas partes. Estaban por las calles, amontonados, dentro de las zanjas que les habían servido de trincheras, entre los escombros de las casas derruidas, en los tejados, en los portales de las casas… El paisaje era desolador y el hedor a muerte lo impregnaba todo. Sin lugar a dudas, aquel día no era motivo de orgullo para el ejército imperial de Napoleón. Aquella victoria no había sido producto de una heroica batalla, sino de una autentica masacre en una lucha desigual, de un genocidio sin respeto a mujeres, niños, ancianos o enfermos, que los hubo a miles a causa de la peste que asoló la ciudad a la par que las bombas. 

Antes del primer asedio Zaragoza contaba entre 55.000 y 60.000 personas, después del segundo asedio solo quedaban entre 12.000 y 15.000. Cerca de 45.000 ciudadanos habían muerto allí dentro, entre las bombas y el tifus, sin contar los soldados que habían entrado a defenderla. ¡Tantos muertos en solo dos meses! Un exterminio solo comparable al que se produciría algo menos de siglo y medio después en las cámaras de gas nazis. 

Cuenta una leyenda urbana, que un joven soldado había estado observando con curiosidad, durante los meses de asedio, la Torre Nueva de Zaragoza, una torre de vigilancia que se había inclinado con el tiempo al ceder sus cimientos. Al entrar en la ciudad, pudo observarla de cerca y se acercó a preguntarle a un hombre mayor: “Perdone, caballero, ¿por qué esta bella torre está inclinada? A lo que el zaragozano le respondió: por qué va a ser; porque está afligida de ver tantos muertos a sus pies.” Aquella respuesta hizo reflexionar al soldado, que en aquel momento le hizo sentir vergüenza de pertenecer al ejército imperial de Napoleón.


Wellesley entra en España

Después de cuatro años, la guerra iba a experimentar una serie de acontecimientos que le harían dar un giro radical. Napoleón andaba ya enredado en la guerra contra Rusia, y no le quedó otro remedio que echar mano de parte de las tropas que tenía destinadas en España. Quizás porque pensaba que la cosa aquí ya estaba controlada, porque le interesaba más la guerra contra aquel país, porque había ya dejado de importarle España, o bien porque estaba cansado del azote al que estaban siendo acosadas sus tropas por parte de las guerrillas. El caso es que, el momento fue aprovechado por Wellesley para entrar con sus tropas en Castilla la Vieja, como ya venía pensando hacer hacía tiempo. Estos movimientos ya habían sido previstos tanto por el mayor general Jourdan como por José Bonaparte, que dio orden de que subieran parte de los ejércitos de Andalucía para apoyar a Marmont, que ocupada en aquel momento Salamanca. Pero el duque de Dalmacia, al mando de los ejércitos de Andalucía, hizo oídos sordos a la petición de José, al que por lo visto no tenía en demasiada simpatía; dicen las malas lenguas que por resentimiento, al no haber sido nombrado mayor general en esta región. No fue el único general en desobedecer las órdenes, cada uno aludiendo razones y excusas propias. El general Jourdan escribió al ministro de la guerra una carta poniéndole al corriente de la situación y haciéndole ver lo delicado del asunto: 

“Podrá no ser fundada [mi opinión], pero al menos mi conducta es dictada por el celo del servicio de S.M.I y por la gloria de sus armas.” 

Pero la opinión de Jourdan era más que fundada, ya que, al estar todos al tanto de los planes de Wellesley, el duque de Dalmacia no hizo nada, el duque de la Albufera se negó a enviar una división hacia Madrid, el conde de Cafarelli contestó que no podía enviar socorro alguno sin exponer las provincias del norte a un peligro inminente, cuando el peligro ya era inminente en Salamanca. Todos parecían no darse por enterados del peligro que corría Marmont y nadie parecía querer obedecer las órdenes de José Bonaparte. Por lo tanto, a Jourdan le preocupaba, y con razón, que Wellesley llegara con todas sus fuerzas de Portugal y Marmont tuviera que arreglárselas por sí solo. 

“Es posible que ellos se basten para abatir al enemigo ―decía en su carta―; pero si sucediera lo contrario, podría haber resultados muy fatales, y todo por no haber sido ejecutadas las órdenes del rey."

Si estas órdenes hubieran sido cumplidas, se hubieran concentrado las fuerzas suficientes para aproximarse al Tajo y arremeter contra el flanco del ejército inglés, lo que ciertamente podría haber asegurado el éxito francés. No habiendo sido así, Jourdan estaba firmemente convencido del peligro que corrían sus ejércitos, si quedaban así aislados, sin punto de apoyo en el centro. 

Viéndose en peligro Marmont, decidió éste abandonar Salamanca y retirarse hasta la población de Toro, a unos 60 kilómetros al norte. Ochocientos hombres quedaron en Salamanca atrincherados en tres conventos convertidos en fuertes, desde donde se divisaba el puente sobre el Tormes, con la misión de resistir hasta la vuelta de Marmont con refuerzos. El 17 de junio de 1812, una división inglesa cruzaba el Tormes y entraba en Salamanca sin ninguna oposición y ante la alegría y gran recibimiento de sus habitantes, que llevaban tres años soportando la ocupación francesa. 

El día 20 de junio vuelve Marmont con sus hombres y se sitúa muy cerca de la ciudad. Wellesley ya había ordenado atacar los fuertes y el francés intenta prestar ayuda a sus defensores. Pero las avanzadillas que manda son interceptadas por los ingleses. Marmont estudia la situación y decide que no es buena idea atacar, puesto que el ejército aliado se encuentra en San Cristóbal de la Cuesta, una excelente posición. 

Se retiran y comienzan a maniobrar por las orillas del Tormes. Wellesley se limita a observar, pero no abandona su posición. El día 28 se disponían los ingleses a dar el asalto definitivo a los conventos fortificados de san Cayetano y la Merced, cuando sus defensores pidieron capitular, a lo cual accedió el general, que los hizo a todos prisioneros. Gran júbilo hubo entre los habitantes de Salamanca ese día, que aclamaban a Wellesley como héroe. Ante el lamentable espectáculo que Marmont tuvo que presenciar, decidió retirarse nuevamente hacia el norte, cogiendo el camino de Toro. A su paso, descargando su rabia por lo ocurrido, fue arrasando campos y pueblos, y después de cruzar el río Duero, fue hasta Tordesillas, donde se reuniría con los 10.000 hombres que el general Cafarelli le había prometido y que debían llegar desde Asturias. Siguiéndole los pasos muy de cerca venía Wellesley, hasta llegar al Duero, que estimó prudente no cruzar. 

De momento, se limitarían a molestar los flancos derecho e izquierdo y también la retaguardia. Los víveres procedentes de los pueblos cercanos dirigidos a abastecer a los franceses también serían interceptados. Entraban en acción los guerrilleros españoles que en esos menesteres eran expertos. Marmont no perdía el tiempo mientras tanto, y se dedicó a requisar cuanto caballo encontraba, temiendo la superioridad numérica en la caballería enemiga. 

Llegó por fin el general Bonnet con los refuerzos y no tardaron los franceses en comenzar a hacer maniobras. Era el 13 de julio, y durante una semana estuvieron ambos ejércitos tomándose las medidas, observándose mutuamente mientras marchaban a orillas del Duero, cada uno en un margen opuesto al otro. Marchaban desde Tordesillas en dirección a Toro y viceversa. Había veces en que marchaban a tan solo 500 metros de distancia. Buscaban el lugar más ventajoso o el mínimo descuido del enemigo para batirse. De vez en cuando había algún tiroteo, con escaramuzas donde intentaban mutuamente molestarse. 

El día 16, Marmont hizo un amago de cruzar el río en las inmediaciones de Toro y no tardaron los ingleses en correr a formar para hacerles frente. La maniobra estaba perfectamente calculada y solo era una treta para volverse, marchar a toda velocidad hasta Tordesillas, y llegar allí con ventaja para cruzar el río y dirigirse al sur. El día 20 se encontraban ambos ejércitos todavía observándose, pero marchando ahora paralelos a orillas del pequeño río Guareña. Seguían las escaramuzas y los tiroteos, pero nada serio. Nuevamente fueron los franceses quienes dieron el primer paso cruzando el río, pero Wellesley esta vez quiso ignorarlos, limitándose a seguirlos hasta las orillas del Tormes, donde los franceses se establecieron en una llanura cerca de Alba, y los ingleses fueron a situarse en su antigua posición en san Cristóbal, llegando la derecha del frente hasta el cercano pueblo de Arapiles. Allí pasarían la noche del 21 al 22 de julio. 

Además de soldados, había gente por todas partes, los salmantinos estaban como locos por la alegría de verse liberados. Quizás no estaban al tanto todavía de la suerte que muchos pueblos liberados por los ingleses habían corrido inmediatamente después. De haber sabido de lo ocurrido en Badajoz, por ejemplo, estarían cuando menos recelosos de la conducta inglesa. Por suerte, los acontecimientos en aquella ciudad se desarrollaron de forma muy distinta, no hubo asedio, a excepción del asalto a los fuertes, y sobre todo, no hubo tiempo para entretenerse, sino que en todo momento se estuvo pendiente del enemigo y de perseguirlo. A esto, cabe además añadir la presencia española de Carlos de España y Julián Sánchez, salmantino de Muñoz, este último.


La batalla de los Arapiles

El ejército francés se componía de un total de 47.000 hombres, mientras los aliados les superaban ligeramente, llegando aproximadamente a los 50.000 entre ingleses, portugueses, alemanes y españoles. Antes del amanecer del día 22 de julio, tanto franceses como aliados estaban alerta y con las armas a punto, aunque nadie había hecho el menor movimiento de ataque. Esto dio cierta tranquilidad en ambos bandos, que aprovecharon para encender fuego, desayunar y calentarse después de una noche de tormenta donde acabaron todos empapados. Según los expertos en batallas, el terreno donde se en contraban era idóneo para los movimientos de tropas y para batirse.

Batalla de Salamanca, J. Clarke, coloreada por M. Dubourg

Lo cierto es que, en un terreno ondulado como el de las inmediaciones de Salamanca, podían moverse las tropas con la ventaja de no ser advertidas por el enemigo, pero al mismo tiempo, el enemigo podía estar más cerca de lo esperado. Los aliados se encontraban al amanecer desplegados desde las orillas del Tormes en Santa Marta, hasta el Arapil Chico; mientras los franceses formaban un frente que iba desde Machacón hasta Calvarrasa de Arriba. Desde los altos de esta población pudo observar el general francés algo a lo que no daba crédito. Un regimiento de dragones portugueses escoltaba el bagaje pesado del ejército por el camino de Ciudad Rodrigo. Los aliados se retiraban. Marmont no se fiaba, podía ser una trampa. Abandonar ahora sabiendo que los franceses eran inferiores en número, y después de estar Salamanca en su poder, no parecía muy lógico, como hicieron saber a Wellesley sus oficiales. 

Pero finalmente el bagaje salió hacia Ciudad Rodrigo. Nadie sabe muy bien si aquel movimiento fue una estrategia para engañar al enemigo o si realmente Wellesley quiso retirarse por alguna causa, pero mientras esto sucedía, las avanzadillas francesas ya tuvieron su primer enfrentamiento con los alemanes cerca de Pelagarcía. Se trata de un valle entre Calvarrasa y Pelagarcía por donde discurre un arroyo, y no muy lejos de allí, en una ladera, se encuentra la ermita de Nuestra Señora de la Peña. Wellesley envió refuerzos y así pasaron toda la mañana, en unas escaramuzas sin demasiadas incidencias, tratándose más de amenazas con disparos desde larga distancia que de un combate real. 

En Salamanca habían visto salir para Ciudad Rodrigo el bagaje inglés y se temían lo peor. Si los franceses volvían a entrar en la ciudad, puede que éstos les hicieran pagar el entusiasmo con que habían recibido a los aliados. También había quienes preferían que los ingleses se alejasen ahora, antes de llegar a acomodarse en la ciudad, pues se extendía la noticia de que los ingleses, una vez expulsados los franceses, arrasaban las ciudades y se comportaban exactamente igual que ellos. Era la forma que el lord inglés tenía de cobrarse los favores prestados desde que recibió permiso para entrar en España y actuar.

A lo largo de la mañana, Wellesley había ido estirando su flanco derecho hasta el Arapil Chico. Marmont ya se ha­bía dado cuenta, aunque seguía sin saber la cantidad de tro­pas que se ocultaban tras el cerro. De igual manera, Wellesley había visto cómo los franceses estiraban su flanco izquierdo hasta apoderarse del Arapil Grande, pero no podía ver que las tropas de Marmont seguían avanzando entre este cerro y el bosque que hay detrás, alargando y cerrando así un arco que pretendía rodear por completo el flanco derecho aliado. El plan francés era bueno y su posición inmejorable. El fren­te aliado se encontraba en esos momentos desplegado casi de norte a sur, siendo el extremo sur el Arapil Chico. Con su posición encima del Arapil Grande, Marmont controla­ba desde allí perfectamente todas las operaciones. Wellesley fue consciente enseguida de este hecho y reaccionó enviando tropas portuguesas desde el Arapil Chico, que fueron fácil­mente rechazadas por los franceses desde una situación tan privilegiada.


Decidió Wellesley reforzar su posición sobre el Arapil Chico con una brigada más y varios cañones. Igual hizo Mar­mónt, subiendo los cañones al Arapil Grande a hombros de sus hombres una vez desmontados, ante la imposibilidad de ser arrastradas las cureñas por los caballos hasta arriba. We­llesley además, hizo ocupar otra colina cercana al pueblo de Arapiles. Ahora el flanco derecho de los aliados formaba un ángulo recto, una L al revés que los franceses seguían inten­tando envolver. 

Sobre las 12 del mediodía, Wellesley, bajo la atenta mi­rada de Marmont, manda avanzar una brigada hasta el pueblo de Arapiles; su intención es clara, atacar el Arapil Grande, pero recibe a tiempo un informe que le hace desistir: detrás de este cerro, y ocultas entre el bosque de encinas, hay demasia­das tropas. El ataque queda cancelado. Marmont, estaba cada vez más envalentonado al ver la actitud de Wellesley y hasta creyó que esta vez se retiraban de verdad, así que, sobre la una de la tarde, decidió alargar su ala izquierda hasta el monte de Azán, al sur de Arapiles, rodeando e incomunicando cada vez más al frente aliado. De esta maniobra se encargan Maucune y la caballería ligera de Curto, apoyados por las divisiones de Clausel, Taupin y Thomeieres. Y he aquí, que Maucune decide atacar con la infantería el pueblo que ya se encontra­ba ocupado por los aliados. Marmont no entendía muy bien el porqué de este ataque precipitado y arriesgado, pues sin tener el apoyo adecuado, pocas posibilidades tenía Maucune de hacerse con el pueblo, además de dejar vacía una franja de más de kilómetro y medio entre el Arapil Grande y el monte de Azán. Y en efecto, Maucune hubo de retirarse, pues a la fiera defensa de la primera división de la guardia británica, se le unió la quinta división de Leith, que apareció por el norte del pueblo. Pero en vez de volver a cubrir el hueco que iban dejando, Maucune prefirió ir avanzando hacia el oeste. 

Wellesley observó el ataque y la retirada, y vio cómo avanzaban al oeste desde el sur del pueblo, así que ellos lo harían en la misma dirección, pero desde el norte. Para ello hubo que transferir fuerzas desde el ala izquierda aliada. Va­rias compañías fueron transferidas, entre las que se encontraban la brigada portuguesa de Bradford y la división española de Carlos España y Julián Sánchez. 
Batalla de Salamanca, ilustración de Richard Caton Woodville

Mientras tanto, Maucune, desde el monte Azán abrió fuego cañoneando las líneas aliadas que iban apareciendo por detrás del pueblo. Y desde el Arapil Chico y el Grande, el intercambio de fuego se iba haciendo cada vez más inten­so. Marmont se dio cuenta del peligro que corrían con una brecha que se había agrandado casi hasta los dos kilómetros, pues inexplicablemente, Maucune se había adelantado hasta el extremo del monte Azán. Mandó éste a un mensajero para advertirle del peligro y hacerle retroceder, mientras él mismo se dispuso a acudir personalmente para dirigir y poner orden en el ala izquierda, pero justamente al intentar subirse a su ca­ballo, un proyectil procedente del Arapil Chico casi le arranca el brazo derecho. 

La metralla le había dejado el brazo destrozado y lo más conveniente era amputarlo, pero el general se negó rotundamente y advirtió que nadie se atreviera a to­carle el brazo si no es para curárselo, así que, respetando su voluntad se lo compusieron más mal que bien, aunque Marmont no estaba ya para estar al mando. Clausel fue quien se puso al frente. Creía éste que, dado que cuatro horas antes, Wellesley había cancelado un ataque, mucho menos se atrevería a lan­zar uno nuevo ahora que las tropas francesas envolvían por todas partes el flanco derecho aliado. Muy equivocado estaba Clausel, pues fue entonces cuando el general británico vio una buena oportunidad de ataque, dada la excelente posición de cada una de sus tropas, fruto de la paciencia y la buena observación durante toda la mañana y parte de la tarde. 

El propio Wellesley en persona cogió su caballo y salió a galope para dar él mismo las órdenes de ataque. La infan­tería y caballería aliadas, aprovechando las ondulaciones del terreno, comenzaron la aproximación al monte Azán, y no tardaron en lanzar un ataque al centro. Al mismo tiempo, los portugueses y las tropas españolas al mando de Julián Sán­chez, se encargaron de envolver el ala izquierda francesa y se fueron llevando por delante al primer batallón de los tres que componían la división de Thomeieres, a lo largo de toda la meseta del monte. Cuando peor lo estaba pasando Thomeie­res, apareció la caballería aliada de Marchant que avanzaban por el centro, cogiendo así a los franceses entre dos fuegos. Tras este arrollador ataque, los franceses pudieron por fin re­plegarse y reorganizarse. El comandante Thomeieres mandó traer 20 cañones. Los aliados comenzaron a sufrir la metralla en cuanto iniciaron el nuevo ataque, al tiempo que chocaron contra la caballería francesa. Pero ni el fuego de los cañones hicieron retroceder a la división aliada más temida entre los imperiales, que tuvieron que replegarse nuevamente. 
Batalla de Salamanca, Richard Knötel

Entre los aliados se corrió la voz de que el comandante Murphy, muy querido entre los soldados, fue herido y muerto minutos más tarde. Esto encendió los ánimos de la división 88 a la que pertenecía el comandante, y esta furia fue contagia­da entre todas las tropas, que avanzaron nuevamente. Muchas vidas costaron entre los aliados este nuevo ataque, que concluyó finalmente destruyendo por completo los tres batallones de Thomeieres, incluido él mismo, que murió al ser alcanzado por una bala de fusil. Mientras lo que quedaba de esta división huía, todos los cañones franceses fueron capturados. Ahora tocaba el turno de la división de Maucune. 

Hacía 45 minutos que Pakenham había comenzado su incursión por monte Azán. La división de Leith, junto a las brigadas portuguesas, comenzó el avance bajo el incesante fuego de la artillería francesa. Hizo entonces Leith que se adelantaran unos escaramuzadores delante de ellos y lograron que unas avanzadillas francesas se retiraran. Maucune vio que la cosa no pintaba bien e hizo retirar sus tropas hacia la ladera sur del monte. Justo lo necesario para no ser vistos por los aliados que avanzaban implacables. Y en cuanto estuvieron a tiro, los franceses abrieron fuego. El intercambio de disparos fue brutal, llevándose la peor parte los aliados que caían por decenas, por estar mejor resguardados los franceses. El pro­pio Leith fue herido. 

Las tropas portuguesas del general Bradford habían ido avanzando por la parte derecha de las británicas de Leith, así que entraron en acción contra el flanco izquierdo de los franceses de Maucune. El combate se había hecho ya cuerpo a cuerpo y los portugueses no tardaron en destrozar el ala izquierda francesa. Las tropas de Maucune terminaron hu­yendo aterradas. Bajaban por las laderas perseguidos por la caballería pesada, que había tenido un papel fundamental en el combate. En las demás laderas, el panorama era aún peor para los franceses, que se veían acosados por todas partes, y los que no consiguieron esconderse entre los bosques, fueron hechos prisioneros. El ala izquierda francesa, estaba comple­tamente destrozada, y esto ponían en muy buena posición a los aliados, pero en el centro, las cosas no iban tan bien. 

La posición de los franceses sobre el Arapil Grande se­guía siendo un tanto a favor, y Clausel se estaba benefician­do de esa ventaja. Y por eso, los continuos ataques al centro resultaban infructuosos. Las tropas portuguesas, sufrieron la más cruel y sangrienta de las consecuencias de esta privilegiada situación, al querer Wellesley hacer un intento de desalojo, enviando una envestida pendiente arriba. No se había tenido en cuenta que, antes de coronar el monte hay una cornisa de metro y medio. Y fue aquí, al intentar sortearla, cuando los franceses, que esperaban el momento de que el enemigo topara con este obstáculo, se ensañaron con ellos disparando a bocajarro. Más de 300 portugueses perdieron la vida en me­nos de 10 minutos. Y en vista de que no volvieron a intentarlo, fue el pro­pio Clausel, que envalentonado, decidió atacar a las fuerzas del general Cole. El valle entre los dos Arapiles pronto fue una masa de franceses y aliados luchando cuerpo a cuerpo. Fueron los aliados quienes se estaban llevando la peor parte y terminaron retirándose hasta el Arapil Chico. 

Eran las 5:30 de la tarde y las fuerzas estaban agotadas entre los aliados, así que Wellesley decidió que entrara en ac­ción la sexta división que estaba intacta, al no haber entrado en combate todavía. A esta división le apoyaría el regimiento portugués. Las divisiones de Clausel bajaban y los aliados se desplegaron en un largo frente que muy pronto sobrepasó al de los franceses. El ala derecha francesa, con Bonnet al mando, se vio muy pronto diezmada debido a la superioridad aliada. Bonnet mando retirarse, y al hacerlo, dejó una enorme brecha en el frente francés. Era la oportunidad que Wellesley esperaba. La primera división aliada al mando de Campbell salió de detrás del Arapil Chico. Eran las 6 de la tarde. La tierra temblaba con más fuerza de lo que había temblado en todo el día. Se lanzaron en cuña, como una flecha, dispuestos a herir de muerte a las fuerzas enemigas, clavándose en aquella herida que habían dejado abierta entre las fuerzas del general Foy y el Arapil Grande. Salían batallones de detrás del Arapil Grande, del bosque, y de todas partes. Más y más batallones, que intentaban detener la flecha que iba destrozándolo todo por allí por donde se hundía. Y cuando aquella flecha, termi­nó de hundirse en el corazón del ejército imperial, todo se acabó. La batalla estaba perdida para los franceses. 

Foy, refugiado en el Arapil Grande, se apresuró a aban­donarlo antes de que el cerro que les había servido como castillo, les sirviera ahora de tumba, pues pronto se conver­tiría en una isla rodeada de enemigos por todas partes. Se retiraban en desbandada, sin que los aliados les dieran tregua, persiguiéndoles, haciéndoles prisioneros o matando sin pie­dad al que osaba resistirse. 

Unos 5.000 fueron los prisioneros franceses captura­dos, los demás consiguieron retirarse. Wellesley tuvo com­pasión de sus soldados al no ordenar la persecución de los que huían. Después de un largo día de batalla todos estaban exhaustos como para ponerse a perseguir franceses. En cual­quier caso, la única vía de escape era el puente de Alba de Tormes. Por allí tendrían que cruzar el río, y allí precisamente debería encontrarse Carlos España con sus hombres. Welles­ley lo había calculado todo con precisión británica, hasta el punto en que debía ser interceptado el enemigo en caso de huida. Pero el victorioso general estaba a punto de sufrir un ataque de histeria. Don Carlos España hacía horas que había abandonado el lugar. Se dice que quizás tuvo miedo de verse aislado lejos del grueso de las tropas aliadas; otros dicen que se desplazó hasta otro lugar donde se sentía más útil. El caso es que Wellesley, que no lo tenía destinado allí por capricho, pilló un monumental berrinche. Con episodios como éste, quizás puedan entenderse sus palabras, cuando en su diario escribió acerca de la indisciplina de los españoles, y que es­taba harto de ellos porque nunca hacían nada bien. Una in­disciplina que aquella vez le privó de hacer algunos miles de prisioneros, pero que le venía de perlas cuando necesitaba que las guerrillas le allanaran el camino para ponerle más fácil sus grandiosas victorias.


El final de la guerra

José Bonaparte acudió tarde a apoyar a Marmont, por lo que, antes de que se dieran cuenta de su presencia, prefirió dar media vuelta y regresar a Madrid, de donde huyó el día 10 de agosto, antes de que entrase Wellesley y sus ejércitos el día 12. Las fuerzas que José había dejado custodiando la ciudad mientras él se refugiaba en Valencia no resistieron dos días, y el general británico reconquistó la capital de España. Soul ha­cía lo propio en Cádiz y dejaba de hacer el ridículo intentando intimidar a los gaditanos con sus bombas, que no consiguió sino ser el hazmerreír de éstos. Así que, cogió los bártulos y se fue para arriba. Parecía que todo iba a marchar como la seda en la reconquista de la península Ibérica. Pero todavía dieron sus últimos coletazos los franceses, y muy mal lo pasaron los aliados en la conquista de Burgos, donde recibieron un duro revés. 

Pero el imperio de Napoleón no era ya más que un barco agujereado que hacía agua por todas partes. Porque si en España las cosas les iba mal, en el resto de Europa ya se le había perdido el respeto, de tal manera, que cada vez había más países que le plantaban cara. Hasta que en Rusia terminaron ahogándose en la nieve y el barro, y tal como había previsto el emperador Alejandro, allí, Napoleón no era más que una rata y él era el zorro. En Madrid, José iba y volvía según las circunstancias. No acababa de regresar cuando ya tenía que coger las maletas y salir huyendo de nue­vo; hasta que el 13 de junio de 1913 salió definitivamente para no volver jamás. Buen botín se había llevado esta vez en su equipaje, pero el avispado Wellesley le dio caza antes de aban­donar España, sufriendo los franceses una nueva y desastrosa derrota. José consiguió escapar, sin su botín, por supuesto, y España quedó libre por fin de la invasión francesa. 


La vuelta del deseado

Nuestro deseado rey Fernando VII resultó ser un verda­dero esperpento. Tanta lealtad, tanta sangre derramada para devolverle el trono, tantas esperanzas puestas en un rey, para nada. Pero no le demos toda la culpa al rey. Porque este hábil individuo, que ya había usurpado el trono a su padre, no hizo más que aprovecharse de la “debi­lidad” mostrada por su pueblo. Una debilidad que pusieron de manifiesto nada más poner Fernando los pies en Valencia, cuando regresó de su “cautividad” en Francia (donde estuvo encerrado en jaula de oro). 

Estando Fernando ausente, durante el tiempo que duró la guerra, se había fraguado en Cádiz, capital de España du­rante buena parte del conflicto, una auténtica “revolución”, los absolutistas no podían verlo de otra manera. Cuando Fernando llegó a Valencia, le fue presentada la Constitución para que le hiciera juramento. Era el único requisito para ser reconocido de nuevo rey de España. Pero he aquí que un diputado absolutista presentaba paralelamente un manifiesto firmado por otros 69 miembros, en el cual se rechazaba la constitución y las Cortes liberales, que no eran más que, se­gún ellos, algo equiparable a la revolución francesa. 

Fernando llegó a Madrid, y lo primero que hizo fue ro­dearse de una camarilla de aduladores que bailaban al son que él les tocaba. Aprovechó la caída de Napoleón y la res­tauración de la monarquía borbónica en Francia, e impuso de nuevo el absolutismo mientras perseguía ferozmente a todos los liberales que habían osado redactar aquella herejía durante su ausencia. Así pagó Fernando la lealtad que toda España le había mostrado, aunque nunca hay que olvidar, que lo hizo con la complicidad de buena parte de ella. Porque una cosa es que, esta nación luche junta por un objetivo, en cuyo caso no hay quien la pare; y otra muy diferente, estar en des­acuerdo por algo, en cuyo caso nos liaremos a hostias entre nosotros mismos. Así de bestias somos los españoles.

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