14 julio 2018

julio 14, 2018


La batalla de Issos

Otoño 333 a.C.
Darío partió de Babilonia y cruzó el Éufrates con un enorme ejército, cuyo número de soldados nunca sabremos, aunque algunos historiadores antiguos como Arriano, Justino, Plutarco o Diodoro hablan de cifras de entre 300.000 y 600.000. Hoy se cree que estas cifras son exageradas y posiblemente fueran bastantes menos. En cualquier caso, eran muchos, demasiados, para los 30.000 o 40.000 macedonios que componían el ejército de Alejandro. Cuentan que a Darío le acompañaba toda su corte y su harén, sátrapas y príncipes persas, también con sus harenes, eunucos, sirvientes y una interminable caravana de carros lujosamente adornados con todo tipo de bagaje; Darío se había llevado consigo hasta su enorme tesoro. La gran masa se detuvo en los vastos llanos de Sojoi, que pronto se llenaron de miles de tiendas; era un lugar espléndido para enfrentarse al enemigo, y allí lo esperarían. 

Alejandro, una vez recobrada la salud, se desplazó hasta Issos. En aquella ciudad quedaron los enfermos y heridos, donde podrían recuperarse mejor que en las duras jornadas de marcha. Ya había sido informado del enorme ejército que Darío había desplegado y de que estaba acampado en Sojoi, a dos días de marcha, si cruzaban los desfiladeros de los montes Amanos. Inmediatamente convocó un consejo de guerra con sus generales, donde quedó decidido que había que ponerse en marcha y atacar a los persas allá donde los encontraran. 

Desde Issos, Alejandro tuvo que elegir entre cruzar la montaña por los desfiladeros o seguir hacia el sur bordeando la costa. El cruce de la montaña quedó descartado, por ser peligroso y por tratarse de la ruta más dura; los soldados llegarían muy fatigados para hacer frente al enemigo. Al día siguiente se pusieron en marcha por la franja que hay entre la costa y las montañas, rumbo sur. Eran los primeros días de noviembre, y aquella noche, estando acampados cerca de la ciudad de Miriandro, muy cerca ya de territorio sirio, se desató una gran tormenta. Al día siguiente, el viento y la lluvia impidieron reanudar la marcha. 

Los espías de Darío no tardaron en comunicarle que los macedonios no andaban muy lejos de allí; el rey persa ansiaba el momento de que Alejandro cruzara los desfiladeros y apareciera ante él. Alrededor suyo tenía toda una pompa de aduladores que lo habían convencido de que, con su enorme poderío, era invencible y haría pedazos a Alejandro y sus macedonios. Por si fuera poco, Darío había tenido un sueño en el que había visto cómo un enorme incendio devoraba el campamento macedonio. Del campamento salió Alejandro a lomos de su caballo, vestido de príncipe persa, hasta desaparecer en las sombras. El rey no tenía dudas de que aquello era un buen presagio. 

Pero los días pasaban y los macedonios no aparecían, y su pompa de aduladores le animaban a ponerse en marcha e ir a buscarlos, ya que, seguramente se habían acobardado ante el poderío del ejército persa. Sin embargo, entre los mercenarios griegos había un macedonio llamado Amintas, que había desertado de las filas de Alejandro, y avisó a los generales de Darío de que aquella demora no era señal de cobardía y no debían confiarse; que no debían aventurarse a entrar en aquellos estrechos valles, pues tratándose de un ejército tan grande, aquellas amplias llanuras eran el lugar más adecuado para presentar batalla. Sus sugerencias fueron objeto de risas y Darío desconfió de él, al tratarse de alguien que había traicionado a su propio rey, y a punto estuvo de correr la misma suerte que Arsames cuando le pidió entregarle cien mil hombres para enfrentarse a Alejandro.

Todo cuanto no era útil para la batalla o pudiera entorpecer la marcha fue enviado a Damasco, incluido el tesoro. Darío, hinchado de orgullo y seducido por los aduladores no quiso esperar más y ordenó levantar el campamento para cruzar las montañas a través de los desfiladeros. Podía haber marchado hacia Miriandros para evitar el penoso viaje, en cuyo caso se habría encontrado con Alejandro, pero tanta prisa tenía por atrapar al enemigo que no quiso perder el tiempo en dar un rodeo. El caso es que, casi sin pretenderlo, a Darío le salió muy bien su jugada, pues nada más cruzar las montañas se había colocado en una posición en la cual le cortaba a Alejandro toda comunicación con las ciudades que podían prestarle ayuda. Los macedonios tenían ahora la retaguardia bloqueada.

Desfiladeros de los montes Amanos
Cuando el ejército macedonio se dio cuenta de su delicada situación, hubo un gran revuelo entre los soldados, con opiniones y actitudes de todo tipo. El propio Alejandro era consciente de que la situación era delicada, de nada servía tener como aliadas todas las ciudades que iban dejando atrás si las comunicaciones con ellas estaban bloqueadas. Pero lejos de desesperarse decidió que la única opción era dar la vuelta y enfrentarse a Darío.

Cuando los persas entraron en Issos y encontraron a los enfermos y heridos que Alejandro había dejado allí, no les cupo duda de que los macedonios los habían abandonado a su suerte para huir con más facilidad. Las torturas que los enfermos sufrieron fueron espantosas y finalmente todos fueron degollados. Los persas, además, pronto se dieron cuenta que les habían cortado todas las comunicaciones con las ciudades de Asia Menor y con Macedonia, por lo que, su júbilo aumentó, a la vez que su impaciencia por darles caza y acabar con ellos.

En este punto, hay quien ve una gran imprudencia en Alejandro. Un fallo que le pudo costar la aniquilación de su ejército y el final de su aventura asiática. Incluso hay quien le acusa de haber dejado desamparados a los enfermos. Pero, lo cierto es que, la decisión de dejarlos en la retaguardia, el lugar más seguro, fue la más acertada, cargar con ellos en una marcha forzada en busca del enemigo y una posterior batalla no solo suponía un entorpecimiento, sino un peligro para los propios enfermos. Dar un rodeo por Miriandros en lugar de atravesar los desfiladeros también parece una decisión razonable. Pero, ¿Qué hubiera ocurrido si la flota persa ataca por la costa? En este caso, Alejandro parecía estar muy seguro de que no sería así, al haber sido desprovista de hombres por el propio Darío para aumentar su ejército de tierra. Si en algo había fallado Alejandro, fue en no prever  que los persas cruzaran los desfiladeros y le cortaran la retaguardia; pero, ¿cómo podía imaginar que Darío abandonaría un lugar tan favorable para él?

Una vez dada la vuelta, Alejandro tenía a su izquierda el mar, a su derecha las montañas y al frente un pasillo de entre dos y cuatro kilómetros de ancho para avanzar hacia una enorme masa de soldados persas. Entre ambos ejércitos, nuevamente un río, aunque no demasiado caudaloso y fácil de cruzar; un obstáculo, en cualquier caso. La superioridad numérica hacía pensar a Darío que su ejército arrollaría fácilmente a los macedonios a través de la costa. Alejandro, sin embargo, con su singular sentido de la observación, pronto se dio cuenta de que la superioridad numérica, en un paso tan “estrecho” no le iba a servir de mucho, pues la anchura no daría para extenderse lo suficiente y realizar una maniobra envolvente. Por lo tanto, haber sido sorprendidos por la retaguardia, ya no le parecía a Alejandro un contratiempo, sino una ventaja.

Cada formación falangista parecía un enorme erizo
Los persas disponían entre sus filas de aproximadamente 30.000 mercenarios griegos, quizás los mejores guerreros, pero que no preocupaban demasiado a Alejandro, que sabía, que al fin y al cabo, solo luchaban por una paga, y no por su tierra. Mucho más temibles le parecían los famosos Inmortales, una tropa de élite formada por 10.000 persas formidablemente entrenados, llamados así, no porque no murieran como los demás, sino porque cada vez que uno caía en combate, era inmediatamente reemplazado por otro, de forma que siempre eran 10.000. Alejandro, sin embargo, confiaba ciegamente en cada uno de sus soldados; en su caballería, y en sus falanges, creadas por su padre y que tan buenos resultados habían dado siempre al ejército macedonio. Las falanges eran formaciones de infantería armadas por lanzas (sarissas) de entre cinco y seis metros (aunque también iban armados con sus respectivas espadas, distribuidos en dieciséis filas. En su avance, sobresalían las puntas de las lanzas de las primeras cinco filas. A partir de la sexta fila, las puntas iban al aire, inclinadas hacia adelante, sobre los hombros de las filas precedentes, de manera que cada formación falangista parecía un enorme erizo que lo arrollaba todo a su paso. Polibio daba la explicación siguiente sobre las falanges macedonias: 
«Los hombres alineados más allá de la quinta fila no pueden utilizar sus sarissas para golpear al enemigo. Esto es porque, en lugar de bajarlas a la horizontal, las tienen con la punta en el aire, pero inclinándolas hacia los hombros de los soldados que tienen delante de ellos, para proteger a toda la tropa contra las saetas que llegan sobre ella, pues todas estas astas puestas unas al lado de las otras paran los proyectiles.»
Falange en formación de ataque
Esta forma de combatir estuvo considerada durante mucho tiempo como “invencible”. Como inconveniente, las falanges eran lentas, pero es que, la movilidad no era precisamente lo que buscaba esta infantería pesada, sino el desgaste y el cansancio del enemigo, para luego arrollarlo y destrozarlo. Alejandro estaba a punto de poner a prueba la imbatibilidad de estas tropas, quizás la prueba más dura a que se habían enfrentado hasta el momento.

Alejandro a punto de alcanzar el carro de Darío en la batalla de Issos.
Mosaico que decoraba el suelo de una casa en Pompeya

5 de noviembre
En principio, la caballería persa se repartió entre el ala izquierda y derecha, pero, en vista de que su ala izquierda era impracticable por lo accidentado del terreno próximo a la montaña, todos fueron desplazados hasta la orilla de la playa. Por allí vendría la embestida más fuerte hacia los macedonios Alejandro, que no tardó en darse cuenta del movimiento hecho por Darío, mandó enseguida reforzar su ala izquierda, pero ordenando que los desplazamientos se hicieran por la parte trasera del frente, para que los persas no se percataran del movimiento de tropas. Había que parar la embestida para que los persas no los superasen y lograran colocarse en la retaguardia; cosa que Darío también intentaría con 20.000 soldados enviados a la parte montañosa sustituyendo a la caballería. 

La caballería persa asestó un duro golpe por la playa, pero se encontraron con que el ala izquierda macedonia estaba fuertemente cubierta y superarla le iba a costar más trabajo del previsto. Al mismo tiempo una gran masa de soldados persas se desplazaba montaña abajo atacando el ala izquierda de Alejandro, pero los arqueros les enviaban nubes de flechas, frenando su descenso, y los que bajaban, se iban incrustando sobre las largas lanzas de las falanges macedonias. Mientras tanto las otras falanges avanzaban por el centro, Alejandro, al frente de la caballería, se lanzó sobre las escarpadas orillas del Pínaro, y después de cruzarlo, intentar romper el centro del enemigo, justamente donde se encontraba el carro de Darío. 

La caballería persa estaba sufriendo una feroz resistencia en la playa. Por su parte, los persas de la montaña fueron puestos en fuga y la mayoría tuvo que refugiarse en los desfiladeros. Pero el más feroz de los combates se estaba librando en el centro, pues la prioridad ahora era la protección del rey Darío, a muy poca distancia ya de Alejandro. En su defensa salieron generales y sátrapas como Reomitres, Aticíes o Sabaces; todos ellos murieron. Alejandro había sido herido en una pierna, y aun así parecía no encontrar rival que lo detuviera; hasta que el rey persa se dio cuenta de que quien avanzaba hacia él no era un hombre, sino un lobo rabioso, arreó sus caballos y salió a toda prisa de entre el tumulto. Su huida fue acompañada por su guardia real y por parte de las tropas que llegaban montaña abajo huyendo también, ante su infructuoso intento de rodear el flanco derecho macedonio. 

El efecto que produjo le huida de Darío fue desastroso, pues, al ver que su rey abandonaba el combate, la fuga fue generalizada. Los miles (o cientos de miles) de soldados que aguardaban tras el frente, para entrar de refresco cuando se los generales lo estimaran oportuno, al no permitir la estrecha franja de terreno desplegar un frente más amplio, al contemplar la desbandada, salieron huyendo también. La victoria en este sector fue completa, pero la línea izquierda no lo estaba pasando demasiado bien en la playa. Si la caballería persa acababa con el flanco macedonio, la batalla todavía podía decidirse a favor de Darío, aun sin estar presente. 

Darío no hizo nada por replegar sus filas, entre las cuales se podría haber refugiado, sino que, rodeado por su más allegados, emprendió una huida veloz sin mirar atrás. Alejandro no quiso perseguirlo, pues entendió que su presencia era importante en un momento en que su ala izquierda lo estaba pasando mal. Así que dejó a un lado la idea de capturar a Darío y ordenó cargar contra la caballería persa que atosigaba a su ejército en la playa. El grito de “el rey huye” se iba esparciendo y la llegada de Alejandro puso en fuga a la caballería persa. El ejército de Darío fue perseguido y fueron dispersándose por entre las montañas intentando librarse del acoso macedonio. La victoria del ejército de Alejandro fue completa.

Una vez acabada la batalla, Alejandro salió en busca de Darío, por si había alguna posibilidad de atraparlo, pero la noche caía y el rey persa había desaparecido. Solo pudieron encontrar su carro, su manto, su arco y su escudo, de los cuales se había deshecho (o había perdido) para seguir a caballo y que nada le entorpeciera en su huida a través de la montaña. Alejandro los recogió y regresó con ellos como trofeos. En cuanto al botín, poca cosa, pues todo lo de valor había sido enviado a Damasco antes de la batalla. Sin embargo, aún quedaban otros trofeos por descubrir. 

El campamento persa fue ocupado y saqueado por los macedonios, y en este campamento se encontraban la reina madre, la esposa de Darío y sus hijos. Aquella noche, mientras Alejandro cenaba, llegaron hasta él los gritos y los lamentos de las mujeres que daban por muerto a Darío, al ver que por el campamento eran paseados su carro, su manto y sus armas. Alejandro envió a uno de sus soldados de confianza a tranquilizarlas, haciéndoles saber que Darío estaba vivo y que nada tenían que temer, pues serían resetadas y recibirían toda clase de atenciones, como princesas que eran. 

Al día siguiente, Alejandro y Hefestión se acercaron hasta la tienda de las damas, y a continuación, tendría lugar una famosa anécdota. Poco se ha hablado hasta ahora de Hefestión, salvo que era gran amigos de Alejandro y salió de Pela junto a él para emprender la campaña asiática. Los historiadores creen que es posible que ambos compartieran las enseñanzas de Aristóteles, y que a partir de aquí los unió una gran amistad, tan grande, que no falta quien les atribuye una relación sentimental, sobre todo, después de la anécdota siguiente. 

Hefestión tenía aproximadamente la misma edad que Alejandro, y si hacemos caso a las crónicas antiguas, los dos eran guapos, de la misma estatura y se vestían de la misma manera, con idénticas armaduras y yelmos. Otros cuentan que Hefestión era algo más alto que Alejandro, y que fue por ese motivo por el que Sisigambis, la reina madre, creyó que Hefestión era el rey de Macedonia. El caso es que, los dos entraron en la tienda y Sisigambis se postró ante los pies de Hefestión, que de inmediato dio un paso atrás. La reina, al darse cuenta del error cometido, temió por su vida, sin embargo, Alejandro se dirigió a ella sonriendo mientras le decía: “No has de temer nada, no has cometido ningún error, pues Hefestión es como yo mismo.”

La familia de Darío a los pies de Alejandro, Charles Le Brun
¿Qué quiso decir Alejandro con que Hefestión era como él mismo? Parece ser que Hefestión no era un gran guerrero, pero era buen estratega. El conocimiento logístico de Hefestión y la capacidad de observación de Alejandro estaban siendo un arma letal en aquella guerra. Por eso, Hefestión no solo era un amigo, casi un hermano, sino su mano derecha y su hombre de confianza; y teniendo en cuenta todo esto, con aquellas palabras puede que quisiera dar a entender a la reina, que a pesar de haberse equivocado de líder, se había postrado ante alguien también muy poderoso que recibía toda su confianza. 

Pero estas palabras, quizás mal traducidas o cuya expresión puede que no muestre su verdadero significado, han sido interpretadas como una muestra de que entre Alejandro y Hefestión existió algo más que amistad. Y todo ello, a pesar de que sobre la relación entre ambos existe muy poca información. Pero el hecho de que los escritores antiguos adornaran la amistad con poesía y algunas florituras, y de que Alejandro creciera en un hogar donde no recibió todo el cariño y comprensión necesarios, lleva hoy día a algunos estudiosos de su biografía a la conclusión de que él y su gran amigo eran amantes.

La batalla de Issos debió ser una verdadera carnicería, aunque las cifras de muertos, casi con toda seguridad están adulteradas, pues se habla de que los macedonios solo perdieron unos 450 hombres, frente a las cien mil bajas que causaron a los persas. En cualquier caso, el golpe al ejército persa fue brutal. Muchos huyeron a través de las montañas hacia el Éufrates, otros hacia Cilicia. Ocho mil mercenarios griegos, comandados por Amintas, escaparon a Siria y llegaron hasta las playas de Trípoli, donde embarcaron en las mismas naves que les habían traído hasta allí, quemaron las que no les servían y cruzaron el mar hasta Chipre, luego llegaron a Pelusión, con la intención de apoderarse del puesto del sátrapa Sabaces, caído en batalla. Y estando a las puertas de Menfis fueron interceptados por los egípcios, que odiaban a los mercenarios griegos por sus insolentes saqueos. Todos fueron pasados a cuchillo, incluido Amintas. 

Aparte de las bajas sufridas, el ejército persa se dispersó de tal manera que Darío lo tenía francamente difícil para reorganizarlo de nuevo. En cualquier caso, en su huida se hacía escoltar por un pequeño ejército de 4.000 hombres. Una vez a salvo, al otro lado del Éufrates, se dio cuenta de la infamia que había cometido. No solo había expuesto a un gran peligro a su familia, sino que los había abandonado a su suerte. Aquello le dolió enormemente y le hizo sentir vergüenza, así que se puso a escribir una carta a su enemigo, la cual le haría llegar a través de una embajada. 

La carta comenzaba reprochándole a Alejandro el no haberse dignado enviar embajadores hasta él, hasta Darío, una vez nombrado rey, para renovar la antigua amistad que unía a Macedonia con Persia. Y que en vez de eso, había venido hasta Asia con su ejército, para desencadenar tremendas desgracias; por lo cual, a él, el rey de los persas, no le había quedado más remedio que reunir a su ejército para lanzarlo contra el invasor. Pero ya que la suerte le había sido adversa, le pedía que le devolviese a su madre, a su mujer y a sus hijos, ofreciéndose a sellar con él la amistad y una alianza. 

La contestación de Alejandro fue, que los antepasados de Darío fueron a Macedonia y al resto del Hélade, acarreando toda suerte de infortunios, sin que los griegos hubieran dado motivo para ello. Su padre, Filipo, había sido asesinado por conspiraciones venidas de Asia. Constantemente Darío había estado apoyando conspiraciones en Tracia y otras regiones del norte para atacar Macedonia. También había intentado asesinarlo a él mismo, a través de infiltrados que habían conseguido seducir a algunos de sus hombres. Finalmente, invitaba a Darío a venir a buscar a su familia, pero debía tener presente, que de ahora en adelante, no debía dirigirse a él como a un igual, sino como a su señor, pues el rey de Asia ahora era él, Alejandro.

0 comentarios:

Publicar un comentario