14 julio 2018

julio 14, 2018
Esta vez no fueron los dioses, que parecían darse ya por satisfechos y decidieron no retrasar más la ansiada aventura de Alejandro, sino los consejeros ancianos, los que intentaron disuadirlo de llevar a cabo lo que ellos consideraban una locura.
Alejandro salió con su ejército desde Pela y recorrió 600 kilómetros en 20 días hasta el puerto de Sesto

Según los ancianos, Alejandro se dejaba llevar por su impulsividad y sus posibilidades eran insignificantes contra el ejército persa que podían llegar a reunir hasta un millón de soldados. Pero Alejandro, seguro de sí mismo, se negó a escuchar cualquier consejo que le hiciera retrasar su proyecto. Así que, una mañana de abril del año 334 a.C, el joven rey de Macedonia, con solo veintidós años, se despedía de su madre, Olimpia; luego subía a su caballo y se puso a la cabeza de su ejército, que abandonaba Pela para dirigirse hacia la península de Galípolis, en la actual Turquía. Quizás ninguno de ellos, incluido Alejandro, sabían que jamás volverían. El mejor y más fiel de sus generales, Antípatro, quedaba como regente de Macedonia en su ausencia. Treinta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería se pusieron en marcha con provisiones para un mes, por lo que, tenían que darse prisa en llegar a Asia. Veinte días tardaron en recorrer seiscientos kilómetros hasta llegar al puerto de Sesto. Desde allí cruzaron en barcos el estrecho de los Dardanelos que separa la península de Asia por solo un kilómetro y medio.


En medio de la travesía, Alejandro sacrificó un toro al dios del mar Poseidón. Una vez llegados a Asia, lo primero que hizo fue ir directo hacia la legendaria ciudad de Troya, donde buscó la tumba de su antepasado Aquiles para presentar sus respetos. Hoy día, los historiadores se preguntan qué tenía Alejandro realmente en la cabeza cuando entró en Asia y hasta dónde estaba dispuesto a llegar, pero en vista del dramatismo y escenificaciones mostradas con los sacrificios y la visita a la tumba de Aquiles parece como si quisiera mostrar a todos que estaba a punto de comenzar una misión grande e histórica. Sabemos que su padre, Filipo, había anunciado que únicamente entraría a Asia para recuperar las ciudades griegas en poder de los persas. Pero, ¿qué pensaba Alejandro? ¿Iba a consistir su misión solo en eso o ya había planeado hacer algo más? Nadie lo sabe qué pasaba por su cabeza. Sir William Woodthorpe, historiador británico dijo que “Alejandro invadió Asia porque nunca se le pasó por la cabeza no hacerlo, era parte de su herencia.”

El imperio persa o aqueménida comenzó a expandirse bajo el reinado de Ciro II allá por el año 500 a.C. con la anexión del reino medo (de ahí que para los griegos, todos los asiáticos eran medos), para llegar a abarcar los estados de Libia, Bulgaria y Pakistán y algunas regiones de Sudán y Asia Central. En el año 530 a.C. cuando Darío I llegó al trono, el imperio ya se extendía hasta los actuales estados de Iran, Irák, Turquía, Rusia, Siria, Israel, Egipto, parte de Grecia y algunos estados más. Darío I dio muestras de ser un gran gobernante sabiendo unir (o al menos controlar) a múltiples pueblos de diferentes culturas, religiones y lenguas. Dividió el imperio en 20 provincias gobernadas por virreyes, que a su vez eran controlados por unas fuerzas de seguridad de diez mil hombres llamadas los Inmortales, creadas para tal fin, para asegurar el buen funcionamiento de las provincias y que ningún virrey cayera en la tentación de independizarse. Darío I construyó un gran canal desde el Nilo hasta el mar Rojo, grandes puertos y una importante red de carreteras que comunicaban rápidamente todo el territorio. Gracias al rápido movimiento de los correos, el actual rey, Darío III, no tardó en ser informado de la presencia de tropa griegas en Asia.


En tiempos de Darío III el Imperio Persa ya no era lo que fue en tiempos de Darío I. Tampoco el tercero estaba demostrando la inteligencia del primero, aunque era un bravo guerrero; pero lo cierto es que vivía de las rentas de lo que fue el imperio en tiempos pasados y algunas cosas las tenía desatendidas, como por ejemplo, las fuerzas de seguridad, los Inmortales, ya no existían y algunos virreyes se habían vuelto desleales. Era el síndrome que llegan a padecer todos los grandes imperios, que cuando llegan a lo más alto relajan todas sus vértebras y sus reyes se dedican a vivir la buena vida. Aún así, tal como le habían anunciado los ancianos a Alejandro, Persia podía movilizar perfectamente a un millón de soldados; y eso, eran muchos soldados para un pequeño ejército (en comparación) como el que acompañaba a Alejandro. 


La batalla de Gránico

Ante la presencia de los macedonios, las fuerzas de Espitridates, virrey de Lidia y Jonia, y de Arsites, sátrapa de Frigia se pusieron en guardia. Alejandro aún estaba a unos cien kilómetros de distancia, pero fueron tomando posiciones defensivas detrás del río Gránico. Según nos cuenta Arriano, los persas contaban con veinte mil mercenarios griegos y otras veinte mil unidades de caballería. Su general era un tal Memnón, también griego de la isla de Rodas, que igual se ponía al frente de un ejército de tierra como gobernaba la flota persa. Memnón habló con los líderes y les propuso poner en marcha la estrategia de la tierra quemada para luego embarcarse en su poderosa flota e invadir Macedonia en vez de enfrentarse a Alejandro. Es decir, desgastar al ejército macedonio haciéndoles recorrer grandes distancias para encontrar alimentos en vez de enfrentarse a ellos y causar bajas innecesarias entre los persas. Hubiera sido una buena treta, pero Espitridates y Arsites rechazaron la idea. Aquella estrategia era demasiado laboriosa y costosa, pues significaba tener que incendiar sus propias cosechas y transportar víveres de un lado a otro; así prefiriendo enfrentarse a los macedonios. 

Los persas se habían colocado al otro lado del río y en cuanto Alejandro se acercó lo suficiente para ver sus posiciones se percató de un grave error que, por supuesto, estaba dispuesto a utilizar a favor de los suyos. Aparentemente, las posiciones persas eran inmejorables, encima de una colina y con el rio de por medios. Desde allí controlaban cualquier movimiento enemigo, y en cuanto intentaran cruzar el río se lanzarían contra ellos. Alejandro, aparentemente, tenía pocas posibilidades de cruzar. Pero Alejandro vio que el lugar donde se habían subido era demasiado escarpado. La caballería no podría lanzarse de inmediato contra ellos, sino que debían bajar por senderos menos pronunciados y eso les haría perder tiempo. Además, la infantería estaba situada detrás, lo cual quería decir que los primeros en atacar serían la caballería. ¿Les daría tiempo a cruzar?

La batalla del Gránico, Charles Le Brun
A estas alturas huelga decir lo impulsivo que era Alejandro. Su decisión fue rápida y firme, cruzarían de noche, antes del amanecer. Cuando los persas se dieron cuenta ya lo estaban cruzando. Con muy poca luz, la formación de la caballería y la bajada de la escarpada colina se hizo lenta y difícil; y aunque infringieron algunas bajas entre los macedonios mientras cruzaban el río, no pudieron detener a la caballería con Alejandro al frente, que se dirigió de inmediato a golpear el flanco persa por la derecha, mientras el general Parmenio atacaba por la izquierda. Por el centro atacarían las temibles falanges con sus larguísimas lanzas de más de cinco metros.

En su empuje por el flanco izquierdo persa, Alejandro se encontró y se batió cuerpo a cuerpo contra algunos de sus líderes, uno de ellos, Mitridates, el yerno de Darío III que venía en su busca. Alejandro era fácilmente distinguible por su reluciente armadura y todos querían acabar rápidamente con él para desmoralizar a su ejército. Aquel joven macedonio sería fácil de abatir para un experimentado guerrero como Espitridates, pero la primera embestida del persa fue esquivada, y la segunda, y la tercera, quedando el persa de espaldas y desequilibrado. Y apenas hubo terminado de darse la vuelta, tuvo la lanza de Alejandro clavada en su rostro. Espitridates cayó al suelo fulminado. Resaces, otro general persa, le atacó por la espalda y le golpeó en la cabeza con un hacha de forma que resquebrajó el yelmo de Alejandro, que quedó momentáneamente aturdido, pero sin sufrir herida alguna. Y cuando Resaces intentaba darle un nuevo golpe, Alejandro se revolvió y le clavó su espada en el pecho atravesando la coraza. Pero el peligro para Alejandro no había pasado y a punto estuvo de morir a manos del mismo virrey de Lidia, Espitridates, que avanzaba hacia él con la espada en alto; pero uno de los jinetes de Alejandro llamado Clito, se dio cuenta y actuó rápidamente dándole al virrey un gran golpe de espada en el brazo, cortándoselo a la altura del hombro para luego rematarlo clavándole la espada en el pecho. 

Mientras tanto, las falanges macedonias se empleaban a fondo hasta romper completamente la organización del ejército persa que terminó huyendo. Alejandro no dio orden de perseguirlos, pero había otros dos mil mercenarios griegos completamente rodeados que fueron hechos prisioneros. La victoria fue completa. Los persas sufrieron 7500 bajas. Arsites, el general de caballería se suicidó y Memnón escapó. Por su parte, Alejandro perdió unos 115 hombres; otros elevan la cifra de los persas a doce mil, aunque es probable que todas las cifras se hayan exagerado; la persas hacia arriba y las macedonias hacia abajo. 

Los mercenarios griegos apresados fueron enviados a Grecia para ser vendidos como esclavos; sin embargo, los tebanos que se encontraban entre los mercenarios fueron apartados del grupo para ser liberados. ¿Por qué liberó Alejandro a los tebanos? Sin duda arrastraba una gran culpabilidad por haber arrasado y destruido Tebas y quiso tener este gesto de generosidad con ellos. 

La victoria sobre los persas les proporcionó un rico botín que fue repartido en su mayoría entre los soldados. Habían tenido un buen comienzo de campaña y la recompensa los animaría a seguir adelante. Otra pequeña parte fue reservada para sí mismo; y de esta parte eligió lo más valioso para enviárselo a Olimpia. Quiso tener, además, un detalle con la ciudad de Atenas, donde envió un regalo de trescientas armaduras completas junto a un escrito que decía: “Alejandro, hijo de Filipo, a todos los griegos excepto a los espartanos ofrezco este botín tomado a los extranjeros que habitan Asia.” ¿Buscaba Alejandro la admiración ateniense, que le consideraran griego a sabiendas que lo trataban como un bárbaro macedonio? Puede ser, pero lo que sin duda consiguió fue que aquellos que quizás tenían la esperanza de que Asia fuera su tumba para montar una nueva sublevación, estuvieran informados de que Alejandro seguía ahí. 


Las ciudades griegas de Asia Menor

Ahora, Lidia y Jonia estaban en poder de Alejandro y su próximo paso fue visitar sus ciudades, a las cuales se aproximo de forma pacífica y anunciando que llegaba para liberarlos de la opresión persa y que nuevamente volvían a ser griegos. Reconquistar las ciudades de Asia Menor era precisamente el objetivo que se había propuesto su padre. Pero, ¿por qué se consideraban griegas estas ciudades? Pues porque fueron fundadas siglos atrás por colonos helenos que habían abandonado Grecia para establecerse en las costas mediterráneas de Asia, en la actual Turquía. Luego llegaron los persas y las conquistaron, pero entre los griegos siempre existió el sentimiento de que estas ciudades seguían formando parte del Hélade. 

En Sardes y Éfeso recibieron calurosamente a Alejandro como un libertador. En realidad, poco o nada iba a cambiar en estas ciudades, pues dejaban de ser tributarios de los persas para tributar a las arcas de la federación griega. Pero quizás el fisco era lo de menos y pesaba más el sentimiento de pertenecer a una u otra comunidad. En cualquier caso, los de Éfeso quedaron encantados cuando Alejandro les anunció que el templo de Artemisa sería reconstruido. ¿Qué le había ocurrido a este templo? Que había ardido misteriosamente el mismo día que Alejandro nació, hacía ya veintidós años.

Las relaciones que se establecieran con estas ciudades era de vital importancia para la buena marcha de la misión. Solo era seguro seguir adelante si dejaban atrás ciudades amiegas. De momento, las cosas habían ido bien en Sardes y Éfeso. Sin embargo las cosas iban a ser diferentes en su próxima parada. Más al sur se encontraba la ciudad de Mileto, centro de la civilización griega jonia, con un importante puerto. Los jonios colonizaron el territorio aproximadamente en el año 1000 a.C. y se convirtió en la ciudad más rica del mundo griego. Todo era prosperidad en Mileto y el nivel de vida era superior al de cualquier otra ciudad griega; hasta los mejores atletas de los Juegos Olímpicos eran de Mileto. Y al llegar frente a sus murallas…


…Nadie había esperándolos y las enormes puertas estaban cerradas. Tras mucho esperar, salieron algunos emisarios a hablar con Alejandro. La propuesta que traían era que pasaran de largo y no hicieran ningún daño a la ciudad; a cambio, los de Mileto se mantendrían neutrales en su guerra contra los persas. Estaba claro que los milesios no consideraban a Alejandro como un libertador, antes bien creían que su irrupción en Asia no haría sino perjudicar la buena marcha de su economía. Además, no eran precisamente simpatizantes de los macedonios, a los que, como la mayoría de los griegos, consideraban bárbaros venidos de los Balcanes. Tampoco es que se sintieran demasiado oprimidos por los persas, que habían dado a aquella ciudad más autonomía que a cualquier otra. Egesístrapo, comandante griego de la guarnición persa en Mileto, en un principio, había pensado recibir a Alejandro con las puertas abiertas, pero habiendo sido informado de que la flota persa estaba cerca, cambió de opinión y le propuso mantenerse neutral. Pero Alejandro no había venido hasta allí para hacer tratos, sino para quedarse con la ciudad, dada la importancia de sus puertos. 

Mileto fue tomada al asalto y después de duros combates, sus defensores fueron masacrados. Los mercenarios griegos que fueron apresados, esta vez correrían diferente suerte; no serían vendidos como esclavos, sino que pasarían a formar parte del ejército macedonio, si así lo deseaban. Alejandró daba un cambio a su política, pensando que no podía considerar enemigos a todos los griegos que lucharan contra él, siempre y cuando se unieran a su causa, y de esta forma, también aumentaba en número su ejército.
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