10 julio 2018

julio 10, 2018
1
Esta vez no fueron los dioses, que parecían darse ya por satisfechos y decidieron no retrasar más la ansiada aventura de Alejandro, sino los consejeros ancianos, los que intentaron disuadirlo de llevar a cabo lo que ellos consideraban una locura.



Según los ancianos, Alejandro se dejaba llevar por su impulsividad, por lo que, sus posibilidades eran insignificantes contra el ejército persa que podían llegar a reunir hasta un millón de soldados. Pero Alejandro, seguro de sí mismo, se negó a escuchar cualquier consejo que le hiciera retrasar su proyecto. Así que, una mañana de abril del año 334 a.C, el joven rey de Macedonia, con solo veintidós años, se despedía de su madre, Olimpia; luego subía a su caballo y se puso a la cabeza de su ejército, que abandonaba Pela para dirigirse hacia la península de Galípolis, en la actual Turquía. A su lado, su gran amigo Hefestión, que a partir de ese momento se convertiría en su mano derecha. No marchaba con él el mejor y más fiel de sus generales, Antípatro, que quedaba como regente de Macedonia en su ausencia. Treinta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería se pusieron en marcha con provisiones para un mes, por lo que, tenían que darse prisa en llegar a Asia. Veinte días tardaron en recorrer seiscientos kilómetros hasta llegar al puerto de Sesto. Desde allí cruzaron en barcos el estrecho de los Dardanelos que separa la península de Asia por solo un kilómetro y medio.

Alejandro salió con su ejército desde Pela y recorrió 600 kilómetros en 20 días hasta el puerto de Sesto
En medio de la travesía, Alejandro sacrificó un toro al dios del mar Poseidón. Una vez llegados a Asia, lo primero que hizo fue ir directo hacia la legendaria ciudad de Troya, donde buscó la tumba de su antepasado Aquiles para presentar sus respetos. Hoy día, los historiadores se preguntan qué tenía Alejandro realmente en la cabeza cuando entró en Asia y hasta dónde estaba dispuesto a llegar, pero en vista del dramatismo y escenificaciones mostradas con los sacrificios y la visita a la tumba de Aquiles parece como si quisiera mostrar a todos que estaba a punto de comenzar una misión grande e histórica. Sabemos que su padre, Filipo, había anunciado que únicamente entraría a Asia para recuperar las ciudades griegas en poder de los persas. Pero, ¿qué pensaba Alejandro? ¿Iba a consistir su misión solo en eso o ya había planeado hacer algo más? Nadie lo sabe qué pasaba por su cabeza. Sir William Woodthorpe, historiador británico dijo que “Alejandro invadió Asia porque nunca se le pasó por la cabeza no hacerlo, era parte de su herencia.”


El imperio persa o aqueménida comenzó a expandirse bajo el reinado de Ciro II allá por el año 500 a.C. con la anexión del reino medo (de ahí que para los griegos, todos los asiáticos eran medos), para llegar a abarcar los estados de Libia, Bulgaria y Pakistán y algunas regiones de Sudán y Asia Central. En el año 530 a.C. cuando Darío I llegó al trono, el imperio ya se extendía hasta los actuales estados de Iran, Irák, Turquía, Rusia, Siria, Israel, Egipto, parte de Grecia y algunos estados más. Darío I dio muestras de ser un gran gobernante sabiendo unir (o al menos controlar) a múltiples pueblos de diferentes culturas, religiones y lenguas. Dividió el imperio en 20 provincias gobernadas por virreyes, que a su vez eran controlados por unas fuerzas de seguridad de diez mil hombres llamadas los Inmortales, creadas para tal fin, para asegurar el buen funcionamiento de las provincias y que ningún virrey cayera en la tentación de independizarse. Darío I construyó un gran canal desde el Nilo hasta el mar Rojo, grandes puertos y una importante red de carreteras que comunicaban rápidamente todo el territorio. Gracias al rápido movimiento de los correos, el actual rey, Darío III, no tardó en ser informado de la presencia de tropa griegas en Asia.

La tumba de Aquiles, Nicolas Servandoni
En tiempos de Darío III el Imperio Persa ya no era lo que fue en tiempos de Darío I. Tampoco el tercero estaba demostrando la inteligencia del primero, aunque era un bravo guerrero; pero lo cierto es que vivía de las rentas de lo que fue el imperio en tiempos pasados y algunas cosas las tenía desatendidas, como por ejemplo, las fuerzas de seguridad, los Inmortales, ya no existían y algunos virreyes se habían vuelto desleales. Era el síndrome que llegan a padecer todos los grandes imperios, que cuando llegan a lo más alto relajan todas sus vértebras y sus reyes se dedican a vivir la buena vida. Aun así, tal como le habían anunciado los ancianos a Alejandro, Persia podía movilizar perfectamente a un millón de soldados; y eso, eran muchos soldados para un pequeño ejército (en comparación) como el que acompañaba a Alejandro. 


La batalla de Gránico

Ante la presencia de los macedonios, las fuerzas de Espitridates, virrey de Lidia y Jonia, y de Arsites, sátrapa de Frigia se pusieron en guardia. Alejandro aún estaba a unos cien kilómetros de distancia, pero fueron tomando posiciones defensivas detrás del río Gránico. Según nos cuenta Arriano, los persas contaban con veinte mil mercenarios griegos y otras veinte mil unidades de caballería. Su general era un tal Memnón, también griego de la isla de Rodas, que igual se ponía al frente de un ejército de tierra como gobernaba la flota persa. Memnón habló con los líderes y les propuso poner en marcha la estrategia de la tierra quemada para luego embarcarse en su poderosa flota e invadir Macedonia en vez de enfrentarse a Alejandro. Es decir, desgastar al ejército macedonio haciéndoles recorrer grandes distancias para encontrar alimentos en vez de enfrentarse a ellos y causar bajas innecesarias entre los persas. Hubiera sido una buena treta, pero Espitridates y Arsites rechazaron la idea. Aquella estrategia era demasiado laboriosa y costosa, pues significaba tener que incendiar sus propias cosechas y transportar víveres de un lado a otro; así prefiriendo enfrentarse a los macedonios. 

Los persas se habían colocado al otro lado del río y en cuanto Alejandro se acercó lo suficiente para ver sus posiciones se percató de un grave error que, por supuesto, estaba dispuesto a utilizar a favor de los suyos. Aparentemente, las posiciones persas eran inmejorables, encima de una colina y con el rio de por medios. Desde allí controlaban cualquier movimiento enemigo, y en cuanto intentaran cruzar el río se lanzarían contra ellos. Alejandro, aparentemente, tenía pocas posibilidades de cruzar. Pero Alejandro vio que el lugar donde se habían subido era demasiado escarpado. La caballería no podría lanzarse de inmediato contra ellos, sino que debían bajar por senderos menos pronunciados y eso les haría perder tiempo. Además, la infantería estaba situada detrás, lo cual quería decir que los primeros en atacar serían la caballería. ¿Les daría tiempo a cruzar?

La batalla del Gránico, Charles Le Brun
A estas alturas huelga decir lo impulsivo que era Alejandro. Su decisión fue rápida y firme, cruzarían de noche, antes del amanecer. Cuando los persas se dieron cuenta ya lo estaban cruzando. Con muy poca luz, la formación de la caballería y la bajada de la escarpada colina se hizo lenta y difícil; y aunque infringieron algunas bajas entre los macedonios mientras cruzaban el río, no pudieron detener a la caballería con Alejandro al frente, que se dirigió de inmediato a golpear el flanco persa por la derecha, mientras el general Parmenio atacaba por la izquierda. Por el centro atacarían las temibles falanges con sus larguísimas lanzas de más de cinco metros.

En su empuje por el flanco izquierdo persa, Alejandro se encontró y se batió cuerpo a cuerpo contra algunos de sus líderes, uno de ellos, Mitridates, el yerno de Darío III que venía en su busca. Alejandro era fácilmente distinguible por su reluciente armadura y todos querían acabar rápidamente con él para desmoralizar a su ejército. Aquel joven macedonio sería fácil de abatir para un experimentado guerrero como Espitridates, pero la primera embestida del persa fue esquivada, y la segunda, y la tercera, quedando el persa de espaldas y desequilibrado. Y apenas hubo terminado de darse la vuelta, tuvo la lanza de Alejandro clavada en su rostro. Espitridates cayó al suelo fulminado. Resaces, otro general persa, le atacó por la espalda y le golpeó en la cabeza con un hacha de forma que resquebrajó el yelmo de Alejandro, que quedó momentáneamente aturdido, pero sin sufrir herida alguna. Y cuando Resaces intentaba darle un nuevo golpe, Alejandro se revolvió y le clavó su espada en el pecho atravesando la coraza. Pero el peligro para Alejandro no había pasado y a punto estuvo de morir a manos del mismo virrey de Lidia, Espitridates, que avanzaba hacia él con la espada en alto; pero uno de los jinetes de Alejandro llamado Clito, se dio cuenta y actuó rápidamente dándole al virrey un gran golpe de espada en el brazo, cortándoselo a la altura del hombro para luego rematarlo clavándole la espada en el pecho. 

Mientras tanto, las falanges macedonias se empleaban a fondo hasta romper completamente la organización del ejército persa que terminó huyendo. Alejandro no dio orden de perseguirlos, pero había otros dos mil mercenarios griegos completamente rodeados que fueron hechos prisioneros. La victoria fue completa. Los persas sufrieron 7500 bajas. Arsites, el general de caballería se suicidó y Memnón escapó. Por su parte, Alejandro perdió unos 115 hombres; otros elevan la cifra de los persas a doce mil, aunque es probable que todas las cifras se hayan exagerado; las persas hacia arriba y las macedonias hacia abajo. 

Los mercenarios griegos apresados fueron enviados a Grecia para ser vendidos como esclavos; sin embargo, los tebanos que se encontraban entre los mercenarios fueron apartados del grupo para ser liberados. ¿Por qué liberó Alejandro a los tebanos? Sin duda arrastraba una gran culpabilidad por haber arrasado y destruido Tebas y quiso tener este gesto de generosidad con ellos. 

La victoria sobre los persas les proporcionó un rico botín que fue repartido en su mayoría entre los soldados. Habían tenido un buen comienzo de campaña y la recompensa los animaría a seguir adelante. Otra pequeña parte fue reservada para sí mismo; y de esta parte eligió lo más valioso para enviárselo a Olimpia. Quiso tener, además, un detalle con la ciudad de Atenas, donde envió un regalo de trescientas armaduras completas junto a un escrito que decía: “Alejandro, hijo de Filipo, a todos los griegos excepto a los espartanos ofrezco este botín tomado a los extranjeros que habitan Asia.” ¿Buscaba Alejandro la admiración ateniense, que le consideraran griego a sabiendas que lo trataban como un bárbaro macedonio? Puede ser, pero lo que sin duda consiguió fue que aquellos que quizás tenían la esperanza de que Asia fuera su tumba para montar una nueva sublevación, estuvieran informados de que Alejandro seguía ahí. 


Las ciudades griegas de Asia Menor

Ahora, Lidia y Jonia estaban en poder de Alejandro y su próximo paso fue visitar sus ciudades, a las cuales se aproximó de forma pacífica y anunciando que llegaba para liberarlas de la opresión persa y que nuevamente volvían a ser griegos. Reconquistar las ciudades de Asia Menor era precisamente el objetivo que se había propuesto su padre. Pero, ¿por qué se consideraban griegas estas ciudades? Pues porque fueron fundadas siglos atrás por colonos helenos que habían abandonado Grecia para establecerse en las costas mediterráneas de Asia, en la actual Turquía. Luego llegaron los persas y las conquistaron, pero entre los griegos siempre existió el sentimiento de que estas ciudades seguían formando parte del Hélade. 

En Sardes y Éfeso recibieron calurosamente a Alejandro como un libertador. Los de Éfeso quedaron encantados cuando Alejandro les anunció que el templo de Artemisa sería reconstruido. ¿Qué le había ocurrido a este templo? Que había ardido misteriosamente el mismo día que Alejandro nació, hacía ya veintidós años. Las relaciones que se establecieran con estas ciudades eran de vital importancia para la buena marcha de la misión. Solo era seguro seguir adelante si dejaban atrás ciudades amigas. De momento, las cosas habían ido bien en Sardes y Éfeso. Sin embargo, las cosas iban a ser diferentes en su próxima parada. Más al sur se encontraba la ciudad de Mileto, centro de la civilización griega jonia, con un importante puerto. Los jonios colonizaron el territorio aproximadamente en el año 1000 a.C. y se convirtió en la ciudad más rica del mundo griego. Todo era prosperidad en Mileto y el nivel de vida era superior al de cualquier otra ciudad griega; hasta los mejores atletas de los Juegos Olímpicos eran de Mileto. Y al llegar frente a sus murallas…


…Nadie había esperándolos y las enormes puertas estaban cerradas. Tras mucho esperar, salieron algunos emisarios a hablar con Alejandro. La propuesta que traían era que pasaran de largo y no hicieran ningún daño a la ciudad; a cambio, los de Mileto se mantendrían neutrales en su guerra contra los persas. Estaba claro que los milesios no consideraban a Alejandro como un libertador, antes bien creían que su irrupción en Asia no haría sino perjudicar la buena marcha de su economía. Además, no eran precisamente simpatizantes de los macedonios, a los que, como la mayoría de los griegos, consideraban bárbaros venidos de los Balcanes. Tampoco es que se sintieran demasiado oprimidos por los persas, que habían dado a aquella ciudad más autonomía que a cualquier otra. Egesístrapo, comandante griego de la guarnición persa en Mileto, en un principio, había pensado recibir a Alejandro con las puertas abiertas, pero habiendo sido informado de que la flota persa estaba cerca, cambió de opinión y le propuso mantenerse neutral. Pero Alejandro no había venido hasta allí para hacer tratos, sino para quedarse con la ciudad, dada la importancia de sus puertos.

La flota helena llegó con 160 barcos y ancló en las costas de la isla de Lade, muy cerca de Mileto. Poco después llegaba la flota persa con más de 400 barcos. La contienda parecía inevitable, y los hombres de Alejandro, incluido el veterano Parmenio, le animaban a atacar, pues, aunque estaban en inferioridad, habían visto un águila posada en tierra, junto a la tienda de Alejandro; aquello era un augurio de que los dioses estaban con ellos. Pero Alejandro no era de la misma opinión. Enfrentar 160 barcos contra 400 era una locura que no les aportaría nada. Ni siquiera si vencían a los persas les reportaría grandes ventajas. Y además, la interpretación que el daba sobre el águila posada en tierra, era que ellos vencerían en tierra. El poder naval persa se disolvería por sí mismo si ellos vencían en tierra; por lo tanto, no hubo batalla naval. 

Hubo sí, algunas escaramuzas, pues los barcos persas retaban a los griegos a salir de su fondeadero para enfrentarse a ellos, cosa que no conseguían. Lo que sí consiguieron es que algunos barcos persas cayeran en poder de Alejandro, pues debían acercarse a la costa para conseguir agua potable. Y es que, a pesar de contar con más del doble de barcos que los griegos, los persas se encontraban en una situación desfavorable, ya que no podían acercarse a tierra para abastecerse. Alejandro sabía que no serían un problema y no tardarían en abandonar aquellas aguas. Y así fue.

Mileto fue tomada al asalto y después de duros combates, sus defensores fueron masacrados. Los mercenarios griegos que fueron apresados, esta vez correrían diferente suerte; no serían vendidos como esclavos, sino que pasarían a formar parte del ejército macedonio, si así lo deseaban. Alejandro daba un cambio a su política, pensando que no podía considerar enemigos a todos los griegos que lucharan contra él, siempre y cuando se unieran a su causa, y de esta forma, también aumentaba en número su ejército.

Después de la toma de Mileto, Alejandro decidió disolver su flota. Una flota que le había dado un gran servicio al principio de la campaña, manteniendo siempre una vía de comunicación con Grecia y transportándole suministros. Pero una vez conquistadas las ciudades costeras ya no tenía sentido seguir manteniéndola. Un mantenimiento que le costaba muy caro estando sus arcas semivacías. Las ciudades griegas conquistadas no iban a aportar mucho, pues sus impuestos eran condonados con el fin de mantener su fidelidad, y las ciudades del interior que estaban por conquistar tampoco aportarían gran cosa, ya que Alejandro quería aproximarse a ellas de forma amigable, evitando la violencia y los saqueos. Por lo tanto, la flota griega debía ser disuelta.


Halicarnaso

Con la flota griega disuelta, era de mayor importancia ocupar todas las regiones costeras, con sus ciudades y sus puertos, a fin de asegurar el bloqueo continental. En la costa del mar Egeo aún quedaba por conquistar la región de Caria, y en ella la importantísima ciudad de Halicarnaso. La Caria había gozado de cierta independencia bajo la gobernación de Hecatomnos, aunque realmente era una satrapía persa. A Hecatomnos le sucedió su hijo Mausolo, quien siguió con los planes independentistas de su padre, agrandó Halicarnaso mediante la fusión de otras seis pequeñas ciudades y planeó incluso la anexión de Mileto. Después de morir Mausolo le siguió en el poder su hermana y esposa Artemisa, según la costumbre caria. A Artemisa le siguió su otro hermano Idreo y a éste su esposa Ada, a quien su hermano menor, Pixodaro, le arrebataría el poder. 

Fue Ada la primera en recibir a Alejandro nada más pisar la región Caria. Pixodaro había estado planeando aliarse con Macedonia para luchar por la independencia de la Caria, pero a la muerte de Filipo los planes se disolvieron y tuvo que someterse a los deseos del rey persa y casar a su hija con un noble llamado Otontopates. Con este casamiento, Darío III disolvía los planes independentistas carios, pues a la muerte de Pixodaro en el 333 a.C. Otontopates le sucedía como sátrapa. La destronada Ada prometió a Alejandro ayudarle por todos los medios posibles en la conquista de su país, asegurándoles que le pondría en contacto con personas muy pudientes que estaban descontentas con los nuevos vínculos contraídos con Persia. Alejandro, no queriendo ser descortés, no rechazó su ayuda, pero en sus planes no entraban ayudar a ninguna región a independizarse, sino la de liberar ciudades griegas del dominio persa. 

A su paso por las ciudades carias, al igual que ya había hecho con las demás, las iba liberando del pago de impuestos y declarándolas libres, recibiendo a cambio muestras de afecto y sumisión, según Diodoro. Solo quedaba la conquista de Halicarnaso, y no iba a ser tarea fácil, al tratarse de una ciudad muy fortificada. En el interior ya se habían refugiado Otontopates y Memnón, con los restos del ejército derrotado en el río Gránico. Memnón había estado precediendo los pasos de Alejandro desde dicha batalla. Primero se retiró a Éfeso y luego a Mileto, pero en ninguna de aquellas ciudades había podido organizar de nuevo a su ejército para hacer frente al macedonio. Halicarnaso era la última ciudad importante de Asia Menor y estaba dispuesto a defenderla uniendo sus fuerzas con las de Otontopates. 

Situada en una península, Halicarnaso estaba rodeada de unas potentes murallas, menos una parte que daba al mar. Disponía de tres ciudadelas, la acrópolis, elevada sobre las colinas de la parte norte, la Salmácide, en el sudoeste y la fortaleza del rey, situada en una pequeña isla de la bahía. Memnón, al que Darío había entregado el alto mando y todo el poder naval sobre las costas persas, reforzó las fortificaciones de la ciudad, ensanchó los fosos e hizo entrar los barcos al puerto para que sirvieran de apoyo a la defensa y pudieran suministrar víveres en caso de un asedio prolongado. La isla de Arconesos, que dominaba la bahía, fue fortificada y se enviaron guarniciones a las ciudades circundantes de Mindos, Caunos, Tera y Calípolis. Todo esto, mientras Alejandro recorría las demás ciudades carias, pues Amnón sabía, que su meta era hacerse con Halicarnaso. La defensa de la ciudad no podía haberse organizado mejor; y desde la Hélade, los griegos permanecían expectantes ante tan emocionante acontecimiento. No fueron pocos los que auguraban el final de la aventura de Alejandro, y no pocos también los que quisieron ser espectadores privilegiados y ya de paso participar en el evento. Se trataba de anti macedonios y enemigos de Alejandro: atenienses sometidos a la fuerza o desterrados, tebanos derrotados que vieron cómo destruían su ciudad y hasta macedonios huidos sospechosos de haber participado en la muerte de Filipo. Si Alejandro quedaba boqueado en aquel lugar de Asia Menor, se acabaría su aventura y la Hélade se rebelaría de nuevo contra Macedonia. 

Al llegar a las murallas, acamparon como a medio kilómetro de ellas, convencidos de que el asedio iba a ser largo y la lucha muy dura. Quizás la flota que había hecho volver a Grecia, ahora les era más necesaria que nunca para que el cerco a la ciudad fuera completo por aquella parte en que la ciudad daba al mar. Pero, en cualquier caso, la flota de Mamnón seguía siendo superior en número y el enfrentamiento se hubiera hecho finalmente inevitable. 

Nada más verlos, los persas salieron a hacerles frente, aunque el ataque fue fácilmente rechazado. Al día siguiente, Alejandro dio una vuelta para inspeccionar las murallas, y viendo que éstas eran prácticamente infranqueables, ordenó ir rellenando el foso por varios puntos con el fin de acercar las torres de asedio. Tarea dura y peligrosa, bajo una lluvia de flechas, de las cuales se resguardaban bajo techos de madera construidos para tal fin. Una noche, cuando el relleno ya casi llegaba hasta las murallas, los macedonios fueron molestados por una salida de los persas que intentaban incendiar las torres de asalto. Hubo un leve enfrentamiento, pero los persas tuvieron que retirarse sin conseguir su propósito.

Fueron muchos días de duros enfrentamientos, las torres de madera eran incendiadas y las catapultas lanzaban piedras que destrozaban partes de la muralla mientras se excavaban minas que hicieron hundirse algunas torres. Y en medio de tan dramáticos episodios, los historiadores antiguos nos dejan anécdotas como la de un combate que se inició de la forma más curiosa. Caía la tarde cuando algunos macedonios bebían y se divertían. Dos de ellos desenvainaron sus espadas y se fueron hasta las murallas a incordiar a los persas, que al verlos salieron por una de las partes que estaban derruidas y se enfrentaron a ellos. Los dos macedonios no tardaron en dar muerte a los persas y pronto salieron más; pero los macedonios resistían. Al ver lo que ocurría, desde el campamento macedonio pronto corrieron en ayuda de sus dos compañeros; y a la vez, acudieron más persas, y lo que en principio no fue más que una riña, pronto se convirtió en una escaramuza y de ahí a un autentico combate. Los persas llevaron las de perder y huyeron al centro de la ciudad. Los macedonios, envalentonados, esperaban a que Alejandro diera la orden de entrar. Pero Alejandro, en vez de eso, ordenó que todos se retirasen al campamento. Hacía días ya que las murallas estaban derruidas por algunos puntos, pero Alejandro no quería meter a sus hombres en una ratonera donde los persas estarían esperándolos. Por otra parte, no quería que se combatiera en el interior por no dañar la ciudad. Había que esperar a que el enemigo se rindiera. 

Se construyeron más torres de asalto y se multiplicaron los ataques con catapultas. Las murallas se desmoronaban y dentro de la ciudad no daban abasto para reconstruirlas, por lo que, Memnón, a instancias de un tal Efíaltes, decidió que lo mejor era una salida general antes de que las cosas se pusieran peor. De esta forma, Alejandro consiguió lo que quería, enfrentarse al enemigo en campo abierto. Efíaltes salió por la puerta que se encontraba más en peligro, mientras desde las murallas lanzaban teas ardiendo contra las torres enemigas que pronto se incendiaron. Al verlos salir, una lluvia de piedras procedente de las catapultas macedonias cayó sobre las tropas de Efíaltes causando numerosas bajas; y tras una encarnizada lucha, el propio Efíaltes cayó herido de muerte. Aun así los macedonios estaban siendo castigados y Alejandro, con él al frente, ordenó una carga para prestarles ayuda. Al verlo llegar galopando sobre Bucéfalo y espada en alto, los persas emprendieron la huida hacia el interior de la ciudad. En su atropellada huida, el puente tendido sobre el foso cedió y muchos de ellos perecieron. Los demás murieron a manos de sus perseguidores, pues los persas cerraron las puertas para que en la ciudad no entraran los macedonios. 

Sin embargo, Alejandro no quiso asaltar la ciudad, ni aun en unas condiciones propicias como la que se daba en esta ocasión, sino que ordenó retirada, para que ni la ciudad ni sus habitantes sufrirán daño alguno. No obstante, fueron sus defensores los que la destruyeron, pues sabiendo que todo estaba perdido provocaron un incendio antes de huir. Memnón se embarcó en su flota y desapareció, mientras otros se refugiaron en las ciudadelas. Alejandro, después de dos meses de asedio, no quiso perder más tiempo y dejó una guarnición de 3000 mercenarios y 200 caballos con el objeto de terminar de rendir las ciudadelas y proteger a la princesa Ada, a la cual había puesto al mando de la satrapía Caria, concediéndole autonomía y librándola de pagar impuestos. La conquista de las costas de Asia Menor podía darse por concluida.


Darío y sus consejeros

El rey Darío no le dio gran importancia a la derrota de su ejército en el río Gránico. Sin embargo, le producía gran enojo el hecho de que los macedonios avanzaran por la costa apoderándose de todas las ciudades griegas. En cualquier caso –pensaba el rey- todo se había debido a un error. Espitridates y Arsites debían haber hecho caso a Memnón cuando propuso la estrategia de la tierra quemada mientras él llevaba la guerra a Grecia; y por eso Darío le concedió el mando absoluto de todos sus ejércitos, tanto en mar como en tierra. Memnón no había podido resistir el asedio de Alejandro, pero demostró una hábil estrategia de defensa y pudo escapar. Ahora, alentado por la disolución de la escuadra macedonia, se adentró entre la infinidad de islas del mar Egeo con la intención de cortar todas las comunicaciones entre Grecia y Alejandro. Pero el plan completo de Memnón consistía en hacerse con el control de las ciudades de las principales islas y luego llevar la guerra al Hélade. No le sería difícil si contactaba con los numerosos enemigos que Alejandro tenía en las ciudades helenas. Grecia entera se levantaría contra los macedonios. Pero Memnón no llegaría a ver su plan cumplido porque cayó enfermo y murió mientras asediaba la ciudad de Mitilene, en la isla de Lesbos.

Cuando Darío recibió la noticia de la muerte de Memnón, convocó a sus consejeros y entre todos acordaron que el mismo rey debía ponerse al frente de un gran ejército que acabara con los molestos macedonios. El ejército persa, como ya se ha ido contando, estaba plagado de mercenarios griegos, entre ellos el mismo Memnón, que había llegado allí desde Rodas. Ahora era otro griego, Caridemo, un ateniense que había llegado hasta Darío huyendo de Alejandro, el que pretendía que el rey persa pusiera bajo su mando un ejército de cien mil hombres para hacer frente a Alejandro. Pero los persas desaconsejaron la propuesta; no querían que otro extranjero se hiciera con el control del ejército. La respuesta de Caridemo fue que subestimaban el poder y la inteligencia de Alejandro, por lo que, no debían jugárselo todo a una carta y debían reservar la leva principal del ejército y al rey para un último recurso, en el supuesto caso de que Alejandro saliera victorioso y siguiera avanzando. Por eso, insistió en que el rey no se expusiera a peligro alguno y le entregaran cien mil soldados, sabiéndose conocedor de las estrategias de Alejandro y viéndose capacitado para derrotarlo.

La opinión del extranjero no fue bien recibida por los consejeros de Darío. Según ellos, la presencia del rey daría ánimos a los soldados y a todas las ciudades por donde pasara. Con su rey al frente, el ejército persa sería invencible; la sola insinuación de una derrota era una ofensa. Los ánimos se caldearon y las discusiones fueron a más. Darío, que en un principio estaba considerando todo cuanto había propuesto el ateniense, fue hinchándose de orgullo ante el peloteo generalizado de sus consejeros, hasta acabar ordenando que sacaran a rastras a Caridemo y lo ahorcaran en el árbol más cercano. Las últimas palabras de Ceridemo antes de morir fueron para advertirles que quien había de vengar su muerte estaba cerca.

Farnabazos fue el sustituto propuesto por el propio Memnón antes de morir. Ahora era reconfirmado en su cargo por el propio rey, que, sin embargo, le pedía que desembarcara la mayoría de mercenarios que tenía a bordo para que se incorporasen al ejército de tierra. Con esta petición, que Farnabazos se apresuró a cumplir, la flota persa, y por consiguiente, los planes de Memnón quedaban aparcados; aunque no renunciaron del todo a ellos y con cien barcos, Farnabazo siguió en su afán de conseguir la lealtad de otras islas para asegurar el bloqueo.


La marcha sobre Licia

Entre las tropas macedonias había muchos guerreros recién casados, a los cuales se les dio permiso para que regresaran a Grecia a pasar el invierno junto a su familia. Con ellos viajaron tres oficiales, también recién casados, con la orden de regresar en primavera con la mayor cantidad posible de tropas frescas. El invierno se echaba encima y Alejandro dividió su ejército en dos. Una columna, al mando de Parmenio, formada por la caballería macedonia y tesaliense, las topas de aliados y toda la maquinaria de guerra, se dirigiría hacia Trales y Sardes, donde pasarían los meses fríos. Alejandro se dirigiría con las falanges, los arqueros, los tracios, hipaspistas ylos agrianos, hacia Hiparna, cuya guarnición estaba formada por mercenarios griegos y no tardaron en rendirse. Luego entraron en territorio licio.

A las costas de Licia fueron llegando colonos griegos durante los siglos VII y VI a.C. En el año 545 a.C. fue incorporada al imperio persa por Ciro II, aunque pronto recobró su independencia a cambio de pagar un tributo; hasta que fue incluida en la satrapía Caria. En Licia no había guarniciones persas. Alejandro se hizo con toda la provincia, de ricas ciudades e importantes puertos de mar, sin oposición ninguna, casi como quien da un paseo. Y así, de ciudad en ciudad, recibiendo sátrapas y embajadores que le rendían honores por devolver la libertad a tan antiguas e importantes ciudades griegas, pasó Alejandro la mitad del invierno. 

Y fue durante estos días cuando Alejandro descubrió que uno de sus más importantes generales urdía un plan para asesinarlo. Este general mantenía contactos con Darío por medio de otros macedonios que habían huido y se habían unido a los persas. Habían contactado en ciudades como Éfeso o Halicarnaso y había hecho llegar hasta Darío su decisión de ponerse a su servicio para lo que fuera menester. Cuando uno de los enviados de Darío llegó hasta el traidor y le estaba transmitiendo instrucciones, fueron descubiertos y apresados. 

El traidor era Alejandro de Lincestia, sospechoso de estar implicado en la muerte de Filipo. Entonces, ¿qué hacía este individuo entre las filas de Alejandro y con el grado de general? Nadie está seguro, pero su madre, Olimpia, ya se lo venía advirtiendo en sus cartas: «Hijo, no confíes demasiado en quienes, habiendo sido enemigos tuyos, son ahora tenidos por ti como amigos.» Dos hermanos del lincestio habían sido condenados a muerte, acusados de haber participado en el asesinato del monarca, sin embargo, él se apresuró a rendir pleitesía al nuevo rey y Alejandro no solo lo creyó inocente, sino que le confió grandes cargos. Alejandro, qué duda cabe, era inteligente y muy maduro para su edad, pero en algo debía notarse que tenía poco más de veinte años.

Alejandro, el lincestio, terminó confesando que el rey persa le había encomendado la tarea de asesinar a Alejandro, a cambio de mil talentos y ayuda para hacerse con el reino de Macedonia. Reunido con sus más allegados, Alejandro pidió consejo sobre qué debía hacerse con el traidor. Sus amigos fueron sinceros con él y opinaron que nunca debió confiar en el lincestio y mucho menos ponerlo al mando de la caballería, las fuerzas más importante del ejército; y el consejo dado por ellos no podía ser otro que quitarlo de enmedio cuanto antes. El traidor permaneció detenido, pero Alejandro no dio la orden de ejecutarlo. Había dos razones para dejarlo con vida. La primera: el lincestio era yerno de Antípatro (recordemos, Antípatro había sido un general fiel a su padre Filipo, Alejandro confiaba en él y lo había dejado como regente en Macedonia durante su ausencia). La segunda: la ejecución provocaría rumores inquietantes en Grecia y en el seno de su propio ejército. Mejor dejar las cosas como estaban.



El nudo gordiano

En la primavera del año 333 a.C., se volvieron a unir en Gordión las dos columnas del ejército macedonio, la de Alejandro y la de Parmenio con toda su maquinaria pesada de guerra. Volvieron además los recién casados con unos refuerzos de 3.000 hombres y 200 caballos. La ciudad de Gordión había sido desde años remotos residencia de los reyes frigios. En su ciudadela se conservaba aún el palacio de Gordio. Según una antigua leyenda, Frigia necesitaba un rey, por lo que, consultaron al oráculo. La respuesta fue que aquel que entrase con un cuervo posado sobre un carro tirado por bueyes sería el elegido para gobernar. Y de esta manera entró un labrador llamado Gordias, cuyas únicas riquezas eran su carro y sus bueyes. Gordias, una vez nombrado rey, fundó la ciudad de Gordión y en agradecimiento, ofreció su carro al dios Zeus. El carro quedó en el templo con la lanza y el yugo atados por un nudo tan complicado que sus cabos se escondían en el interior, de tal forma que era imposible que nadie pudiera desatarlo. Todos decían entonces, que aquel que lo lograra desatar, conquistaría toda Asia. 

Cuando Alejandro llegó al palacio, se puso a dar vueltas al carro observando el nudo. Cuantos lo acompañaban estaban expectantes. ¿Sería Alejandro capaz de lograrlo? Y entonces Alejandro desenvainó su espada, y de un golpe seco cortó el nudo por la mitad. “Tanto da cortarlo que desatarlo”- dijo Alejandro. Aquella noche hubo tormenta con abundantes rayos. Alejandro entendió que Zeus estaba de acuerdo en la forma en que había resuelto el dilema del nudo. Fernando el Católico usaría como lema personal “Tanto monta” haciendo alusión a las palabras de Alejandro “Tanto da o tanto monta cortar o desatar”, o da igual cómo se haga, lo importante es hacerlo. El lema de Fernando, además, se presenta sobre un yugo con una cuerda cortada alrededor. Un yugo y unas cuerdas que han estado presentes en el escudo de España hasta muy recientemente y que fueron suprimidos por simple ignorancia histórica.


Cilicia

Al cruzar la satrapía de Cilicia, Alejandro apenas si encontró resistencia; las tropas de vigilancia abandonaban sus puestos ante la presencia de los macedonios. En realidad, estas tropas habían sido dejadas para retener en lo posible el avance de Alejandro, mientras Arsames, el sátrapa cilicio, marchaba a unirse al gran ejército del rey persa. A su paso, Arsames pretendía saquear y devastar la provincia, para que los macedonios, a su llegada, no encontraran más que un desierto. Pero Alejandro cruzó rápidamente por unos desfiladeros que pronto lo condujeron hasta el río Tarso, de tal forma, que Arsames se vio sorprendido de tener al enemigo tan cerca y aceleró su marcha sin detenerse en los saqueos.

Los hombres de Alejandro llegaron fatigados hasta el río Cidnos, afluente del Tarso que baja de las montañas; el propio Alejandro se sentía muy cansado, y al ver las cristalinas aguas del río decidió darse un baño. El agua era fría, pero relajante en aquellos calurosos días del verano del 333. Y de pronto, Alejandro sintió unos escalofríos que lo dejaron agarrotado. Quienes estaban más cerca lo sacaron rápidamente y lo llevaron a su tienda. La pérdida de conciencia, la fiebre y las convulsiones, hicieron que muchos, incluso los médicos que le atendieron, temieran por su vida. 

Y así paso Alejandro varios días, mientras sus hombres se desesperaba sin saber qué hacer, viendo que su rey agonizaba y el ejército persa estaba cada vez más cerca. Y he aquí que un médico llamado Filipo que conocía a Alejandro desde pequeño se acercó para ofrecer un brebaje asegurando que lo curaría. No está claro de dónde venía Filipo, pero al mismo tiempo llegó un mensaje de Parmenio, que se encontraba con sus tropas en otro punto de la provincia, previniéndole contra el supuesto médico, asegurando que había sido sobornado por el rey Darío para que le asesinase. Alejandro, que estaba consciente, leyó el mensaje y luego se lo entregó a Filipo. El médico leyó la carta, y sin inmutarse, le ofreció la copa con el bebedizo a su rey mientras le decía con serenidad: “confía en mí, te pondrás bien”.

Alejandro no dudó y bebió el contenido de la copa. El médico asintió y sonrió. Durante los próximos días, Filipo no se apartó de Alejandro, cuidándolo como a un hijo. Hablaron de Filipo, el rey de Macedonia, padre de Alejandro; de su madre Olimpia, de sus hermanas, de las maravillas de los países de Oriente y de las victorias que estaban por venir. El brebaje y los cuidados del viejo médico hicieron efecto y el joven rey no tardó en estar de nuevo al frente de su ejército.

1 comentarios:

  1. Estupenda entrada. Siempre me apasionó el personaje aunque nunca encontré dónde leer su historia en profundidad y a la vez en lenguaje sencillo. Muchas gracias.

    ResponderEliminar