21 junio 2018

junio 21, 2018

La batalla de Tudela

El día 23 de noviembre de madrugada cruzaba el Ebro el ejército de Aragón y entraba en Tudela. Al otro lado, el general Castaños llevaba más de un día esperando a que se reunieran con los suyos. Por qué habían tardado tanto en hacerlo es la pregunta que se hacen algunos historiadores: 

“Don Juan O’Neil, que con los aragoneses acampaba desde la víspera al otro lado de Tudela, empezó en la madrugada a cruzar el puente, ignorándose hasta ahora por qué dejó aquella operación para tan tarde.” 

Pero no faltan otras fuentes desde donde sacar conclusiones. 

“Se sabía con certeza la aproximación del enemigo y no se tomó ninguna providencia, ni para dar ni para evitar la batalla.” 

¿Qué ocurrió para que el ejército del centro fuera sorprendido por las tropas imperiales? Para empezar, la falta de recursos y lo improvisado del plan de distribución de los ejércitos que habían sido divididos en cuatro: 

― Ejército de la izquierda comprendiendo Galicia, Asturias, y tropas recién llegadas de Dinamarca. 

― Ejército de Cataluña compuesto además por divisiones de Mallorca, Portugal, Granada, Aragón y Valencia. 

― Ejército del centro compuesto por divisiones de Andalucía, Castilla, Valencia y Murcia. 

― Ejército de reserva compuesto por las tropas de Aragón y las que se agregaron provenientes de Valencia y otros lugares durante el primer sitio de Zaragoza. 

Se había estimado aumentar hasta los 500.000 soldados y 50.000 caballos la totalidad de los ejércitos, un número bastante difícil de alcanzar y que nunca se alcanzó, quedándose la cifra en 200.000 hombres poco preparados y mal equipados. La distribución de estos se llevó a cabo de manera desordenada y nunca llegó a completarse. 

“Mal disciplinadas y peor provistas las tropas, se procedió despacio a su distribución, no habiéndose nunca del todo realizado. Falta de recursos, desorden en la distribución y aquella lentitud característica al parecer de la nación española, y de la que según el gran Bacon, había ya en su tiempo nacido el proverbio: Me venga la muerte de España, porque vendría tarde.” 

Napoleón había entrado el 8 de noviembre en Vitoria y ahora se disponía a ultimar un plan general de ataque, poniendo especial interés en la toma de Madrid, que resonaría en toda Europa y borraría la mala imagen que le había dado momentáneamente la derrota en Bailén. Al primer y cuarto cuerpo ya le había sido asignada la tarea de perseguir al general Blake por la derecha; al sexto cuerpo, al mando del general Ney, se le ordenó ir hacia Aranda de Duero; aunque una parte de esta fuerza quedaría en Logroño al mando de los generales Lagrange y Colbert. Napoleón cogió entonces el mando del segundo cuerpo, y junto al mariscal Soul gobernando la caballería, se encaminaron a Burgos donde montó su cuartel general antes de salir hacia Madrid. Al mariscal Moncey le había sido asignada la tarea de observar las fuerzas del centro, donde se encontraba Castaños. Las noticias que Napoleón tenía en esos momentos acerca de los ingleses era que no había movimientos que hicieran pensar que fueran más allá de Salamanca. No venían hacía Valladolid, como en un principio se temía. 

Castaños estaba al tanto de los movimientos franceses y sabía que su situación era crítica. El mariscal Lannes venía desde Vitoria a unirse con Moncey. También llegaba desde Francia el general Maurice Mathieu. En total formarían un ejército que sobrepasarían los 30.000 hombres de infantería y 5.000 de caballería. Se preveía además que una serie de movimientos les haría encontrarse con los 20.000 hombres del general Ney que vendrían de Aranda de Duero. La estrategia consistía en sorprender a Castaños, envolverle e impedirle su huida hacia Madrid en caso de retirada. De esta forma, Napoleón tenía todas las vías cubiertas para que nada le arruinara su toma de la capital. 


Solo contaba el general Castaños con 26.000 hombres y su estrategia consistía en arrastrar al enemigo hasta las fal­das del Moncayo y el Ebro. Para eso necesitaba al menos dos cosas, que la Junta Suprema Central le concediera el mando único, y que Juan O’Neil acudiera en su ayuda desde Carraposo con sus 20.000 hombres. 

El 22 de noviembre llega O’Neil con los refuerzos y se establece en el término de Traslapuente, a orillas del Ebro, en la parte opuesta a la que estaba Castaños con su ejército. Un emisario corre a decirle a O’Neil que cruce el puente y acabe de reunirse con ellos, pues el tiempo apremia. La respuesta que recibe el general por parte de O’Neil es que las órdenes recibidas de Palafox son quedarse en Traslapuente hasta que le indiquen otra cosa. Castaños enfurece, y al acabar el día, no puede contenerse más y convoca un consejo de guerra en el palacio del marqués de San Adrián, en Tudela. A la con­vocatoria acuden Palafox y su hermano Francisco, el general Coupigny y un observador inglés, Sir Thomas Graham. La tensión se palpa en el aire nada más entrar al palacio. 

Fran­cisco Javier Castaños, artífice de la primera derrota de uno de los mejores ejércitos de Napoleón, entra en la sala indignado y enfurecido, seguro de llevar la razón al creer que aquella arrogancia por parte de Palafox no hace más que poner en peligro miles de vidas. José de Palafox viene hinchado de orgullo por haber salido victorioso en su defensa de Zaragoza, y entra dando a entender que está despreocupado y extraña­do por aquel ataque de histeria e impaciencia por parte de Castaños. 

Nada más encontrarse con Palafox, Castaños le reprocha su actitud y le hace notar que llevan más de un día de retraso. Palafox por su parte, le deja bien claro que aún no tiene el mando único y por tanto, no tiene autoridad sobre los demás aunque está dispuesto a escuchar su estrategia. Castaños, furioso por la impertinencia de su colega intenta mantener las formas y le explica que intentará atraer al enemigo hasta las faldas del Moncayo y para eso ya deberían haber tomado posesiones, pues los franceses estaban muy cerca. Palafox piensa que es una locura y cree que lo mejor es encerrarse en Zaragoza y defenderse desde sus murallas, como ya habían hecho con éxito la vez anterior. 

―Retirarnos a Zaragoza, ¡defender Aragón! -decía Palafox 

―¡España! ¡Debemos defender España! -le contestó Castaños airado. 

España, qué triste es reconocer que a través de la histo­ria siempre hubo división entre los que te defendieron, te go­bernaron, o decidieron tu destino. Más decepcionante resulta comprobar que a través de los tiempos, nunca aprendimos, a pesar de que demostramos, que unidos y con ilusión, somos capaces de conseguir la gloria por imposible que ésta parezca de alcanzar. 

Aquella noche, dice un historiador, hubo de todo me­nos consenso. El espectáculo fue tan bochornoso que no se atreve a dar detalles de lo que allí ocurrió, limitándose a con­tar que Castaños terminó llamando cobarde a Palafox. Fue sobre la media noche, cuando recibieron la noticia de que los franceses ya habían entrado en Corella y Cintruénigo. 

¡Tene­mos al enemigo encima! ―gritaba Castaños. 

Palafox dudaba antes de dar la orden, pues seguía con­vencido de que el plan de Castaños no era acertado; según él, Zaragoza era un lugar clave y debía ser defendido, pues defen­der esta ciudad era defender la seguridad de España. De forma muy distinta opinaba Castaños, que sospe­chaba la estrategia de los franceses, que no era otra que rodearlos y atraparlos en las provincias interiores. Encerrados en Zaragoza era meterse en una ratonera, tarde o temprano entrarían, y siendo ésta una provincia interior, difícilmente podrían socorrernos. En vez de eso era mucho más sensato arrimarse a las provincias marítimas de mejores recursos. Estaba claro que Castaños no seguiría a Palafox hasta Zaragoza, por lo que, a regañadientes dio la orden de cruzar el puente, exigiendo que quedaran escritas las opiniones de ambos. 


La entrada en Tudela fue un desastre, sus calles estre­chas pronto fueron obstruidas por los miles de hombres que de repente penetraron por ellas, a toda prisa, sin tiempo que perder para tomar unas posesiones que hacía muchas horas debían haber sido tomadas. Los franceses avanzaban desde los montes del Cierzo con el mariscal Lannes al frente, y al apuntar el sol, estaban ya en las inmediaciones de la ciudad. 

Los procedentes de Valencia y Murcia fueron a tomar posesión del cerro de Santa Bárbara, comandados por don Pedro Roca. El cerro ya estaba ocupado por los franceses desde primeras horas de la mañana. No fue fácil, pero el asal­to a bayoneta calada consiguió expulsarlos de allí. Después de todo, y a pesar de las desavenencias entre los generales, los españoles no comenzaron mal. Algunos aragoneses se distribuyeron por la orilla del Ebro mientras otros se fueron a un llano de olivos cerca de Cascante, donde estaba la cuarta división de Andalucía con La Peña al frente. Había también gente desplegada en Tarazona, cubriendo así un frente, entre esta última ciudad y Tudela, que abarcaba cuatro leguas, más de 22 km. (1 legua= 5.572,7mts.) 

Los aragoneses de la orilla del Ebro rechazaron el primer embiste del general Maurice Mathieu, apoyado por la caballería de Lefevbre Desnouettes. Pensaron éstos que qui­zás lo mejor fuera atacar a sus paisanos que había en el llano del olivar. Castaños, que se había percatado del movimiento, ordenó a O’Neil acudir en ayuda de los aragoneses. Los franceses se vieron obligados a retirarse. Las cosas no pintaban del todo mal para los españoles. 

El general francés Moncey estaba a la espera de la aparición del general Ney, que vendría a apoyarlo desde Aranda de Duero. Debía estar ya muy próximo; envolvería a los españoles por todas partes, capturarían a Castaños y la derrota sería completa. Esto era lo que pensaba Moncey, tales eran sus deseos de revancha. Pero eran las tres de la tarde y Ney no llegaba. La semejanza con la batalla de Bailén es inevitable, cuando el general Dupont no las tenía todas consigo, esperando las tropas de Vedel para lanzar un ataque definitivo que le hiciera con la victoria. Pero aquí acaban todas las semejanzas. Con o sin ayuda de Ney, las cosas comenzaron a torcerse para los españoles con el avance de los franceses por la orilla del río. 

Los que estaban en Santa Bárbara tuvieron que retirarse, porque pronto iban a verse envueltos por todas partes. El general Maurice Mathieu, aprovechó este momento de debi­lidad para atacar su centro, con toda la poderosa caballería de Lefevbre. El centro también terminó dando señales de flaqueza. Ante tales y amenazadoras circunstancias, Castaños y varios generales más se reunieron en Borja para estudiar la situación y poner un posible remedio. Lo primero que hizo fue preguntar por Palafox 

Palafox se había marchado a Zaragoza esa misma ma­ñana. En los primeros combates dentro de la ciudad, ya había dado por perdida la batalla. Castaños le había llamado co­barde hacía solo unas horas, y seguramente pensó de nuevo lo mismo de él, pues como un desertor abandonó José de Palafox a los suyos. Sin motivación alguna, no sintiéndose protagonista, se dirigió a Zaragoza donde buscaba la gloria que no encontraría en Tudela. Porque allí, en Zaragoza, él sería el protagonista principal. Quizás no le faltaba razón a Palafox, y de haber concentrado todo el esfuerzo en defender Zaragoza, el enemigo lo hubiera tenido mucho más difícil. En cualquier caso, eso nunca lo sabremos. Lo que sí está claro, es que faltó organización y se cometieron tales fallos que no pasaron en absoluto desapercibidos para un enemigo de la talla de los imperiales, que aprovecharon hasta el más mínimo despiste para terminar atropellando al desordenado ejército español. Y todo gracias a generales orgullosos y arrogantes, que solo buscaban la gloria personal, que no supieron aprovechar en aquella ocasión las virtudes de unos soldados que suplían las carencias de un buen equipamiento bélico, con valentía y coraje, tal como ya habían demostrado en Bailén. Resulta arriesgado decantarse por darle la razón a uno u otro general, pero algo está claro y es evidente, Castaños dio la cara y de­mostró templanza y destreza. Viéndose sus hazañas malogra­das por culpa de falta de apoyo como el que le negó Palafox, que se cegó con la defensa de su ciudad favorita. Quizás la defensa de esa ciudad comenzaba con la de Tudela, puente que resultó ser clave para atacar Zaragoza, y no irse directa­mente a encerrase allí, como le advirtió Castaños. 

Todavía tuvo el general La Peña ocasión de lucirse con los suyos en las cercanías de Cascante, poniendo en fuga a la caballería de Lagrange, incluso consiguieron herirlo. Esto puso eufóricos a los españoles, que se creían victoriosos. No tenían ni idea del desastre que corrían los demás. Las fuerzas de Andalucía también tuvieron ocasión, ya casi entrada la no­che, de batirse en Cascante. Demasiado tarde, nadie está se­guro de por qué Grimarest, general al mando de estas tropas, acudió tan tarde, habiendo sido éste llamado por Castaños mucho antes. Uno más de tantos fallos y descoordinaciones como se cometieron aquel fatídico día. 

Un gran estampido que hizo temblar la tierra muchas leguas a la redonda se oyó en todos los frentes. Una ermita empleada como polvorín había volado por los aires. Dicen que fueron los franceses en una de sus retiradas. Aquello sonó como la traca final de unos fuegos artificiales, como anunciando el final de la batalla. Llegaba la hora de retirarse, no podía hacerse nada más, Tudela estaba ya ocupada por los franceses. Había que replegarse y poner orden ahora que todavía estaban a tiempo. Podía haber sido peor. Se habían perdido muchos hombres, más de 2.000; también se había perdido mucha artillería, a excepción de la andaluza, que en una retirada ordenada se había conseguido salvar. 

Sí, sin duda podría haber sido peor, no se había podido defender Tudela con éxito, pero los franceses no tuvieron su anhelada gran victoria. Entre ellos también tenían su oveja negra e indis­ciplinada, el general Ney. Éste se había retrasado un día en llegar. «Mis tropas estaban muy cansadas ―fue la excusa y la explicación que dio―, y nos quedamos en Ávila a descansar.» Dicen las malas lenguas de la época, que Ney había oído que Castaños contaba con 80.000 hombres, o aunque solo hu­bieran sido la mitad, que la machada que Castaños hizo en Bailén no la hace cualquier general todos los días, y esto hizo que Ney se acobardara y prefirió estar ausente en la batalla. Su misión era cortarle la retirada, nada más y nada menos. «Si peligroso es enfrentarse a él ―debió pensar Ney―, cualquie­ra se le interpone en una retirada.» 

Ney no quiso comprobar la rabia de Castaños, que seguramente debía ser como un animal fustigado y acorralado, muy peligroso para cortarle la huída. Esto hizo que los españoles pudieran retirarse, y por lo tanto, también hizo que sus colegas, y hasta el propio Napoleón, se cabrearan y lo maldijeran, ya que, los había pri­vado de una victoria con guinda incluida: el para ellos odia­do, general Castaños. Pero el general español, con el ejército de Andalucía, se retiró hasta Calatayud, y en su persecución salió Matheiu, y hasta el propio Ney. A buenas horas. No consiguieron su propósito de cazarle, y Castaños iba a darles todavía mucha guerra.


Napoleón en Chamartín 

El título de este capítulo es el mismo del libro de Benito Pérez Galdós donde narra con la maestría de los grandes genios de la literatura cómo cayó Madrid en manos del tirano de Europa. Recomiendo su lectura que no defraudará ni a los apasionados a la historia ni a los que no lo son. 

En la mañana del 2 de diciembre de 1808, Napoleón se presentaba en Chamartín con las divisiones de dragones de los generales La Tou Mounourg y La Houssaje. Nada mejor para hospedarse que la casa de campo del duque del Infantado. Aquel día, aniversario de su auto coronación y de la victoriosa batalla de Austerlizt, era el día perfecto para conquistar Madrid. Nada mejor para celebrar tales eventos. El mariscal Bessieres fue enviado a negociar la rendición y no tardó éste en volver con la respuesta. No habría celebración ese día. La vida del mariscal mismo estuvo en peligro, pues no había mayor ofensa para un madrileño que hacerle pronunciar la palabra rendición. «Han estado a punto de matarme ―contaba el mariscal ante el asombro y la indignación del propio Napoleón.» 

Aquella tarde el emperador ojeaba los alrededores planeando el ataque del día siguiente. Se escuchaban tiroteos a lo lejos, solo eran algunas avanzadillas. «Les mando un mensajero para negociar la rendición ―pensaba―, y han estado a punto de matarlo. Saben que no tienen ninguna posibilidad de defender con éxito la ciudad, y aún así prefieren morir antes de rendirse. ¿Qué clase de gente es esta?» El emperador, acostumbrado como estaba a entrar, vencer y ver cómo le rendían homenajes, no acababa de entender lo que ocurría en España. No acababa de darse cuenta, que un país de conquistadores no admitía ser conquistado, ni mucho menos ser vasallos de nadie. Pocas posibilidades tenían de evitar su entrada en Madrid, sí, pero no se lo iban a poner fácil mientras hubiera uñas y dientes. 

Al día siguiente hubo duros enfrentamientos durante toda la mañana, y a pesar del alto coste en vidas y los cada vez más escasos recursos para seguir defendiendo la ciudad, Madrid seguía sin querer rendirse; hasta que por fin, sobre las 2 de la tarde, don Tomás Morla, que había sido llamado desde Cádiz para ponerse al frente de la defensa de Madrid, acudía junto a don Bernardo Iriarte a entrevistarse con Napoleón. Había mandado éste un aviso donde se hacía saber que: 

“..el emperador, siempre generoso en el curso de sus victorias, suspende sus ataques y se concederá a la villa protección y seguridad para los habitantes pacíficos, para el culto y sus ministros. Enarbólese bandera blanca antes de las dos y envíese comisionados para tratar.” 

Cuando el general Morla fue presentado a Napoleón, éste le recibió ásperamente clavando en él su mirada como un puñal. Morla no pudo impedir ponerse nervioso, nada comparado con el tembleque que le dio al oírle cuando se dirigió a él: 

«Así que es usted el maldito general que retuvo a mi ejército en Cádiz dándole un trato inhumano.» 

Morla no supo qué contestar. Aquel enano infame lo tenía a su merced, y al amparo de sus tropas y sus generales podía permitirse el lujo de ridiculizar hasta la saciedad al mismísimo papa de Roma, si le venía en gana. 

Capitulación de Madrid ante Napoleón, obra de Antoine-Jean Gros

«Vaya usted a Madrid ―concluyó―, doy tiempo de aquí a las 6 de la mañana. Y no vuelva sino para decirme que el pueblo se ha sometido. De otro modo, usted y sus tropas serán pasados por las armas.» 

Morla volvió a Madrid con las tripas revueltas y el corazón queriéndosele salir del pecho; casi no pudo hablarle a la junta, teniendo Iriarte que salir en su ayuda para explicar lo acontecido en la entrevista y las peticiones de Napoleón. La junta no tuvo fácil llegar a un consenso, muchos de sus miembros abandonaron antes de verse implicados en una decisión, que finalmente fue: capitulamos.



Encuentro entre hermanos

Napoleón era ya el dueño de Madrid y se aburría. Nadie venía a hacerle ofrendas. Allí donde él conquistaba la capital de una nación, ésta pasaba ya a ser de su propiedad al completo. Madrid era suya, luego España entera debería ser ya de su posesión; sin embargo, allí no había ni un solo alcalde, ni siquiera del pueblo más miserablemente pequeño, que se acercase a rendirle homenaje, como debiera ser la costumbre en todas partes. Para colmo, escasas y tardías eran las noticias que de afuera le llegaban, al ser interceptados los correos franceses a manos de los guerrilleros. Para entretenerse en algo, Napoleón se introdujo por Madrid para dar una vuelta, llegando hasta el palacio real, donde nada le llamó especialmente la atención hasta detenerse frente a un cuadro de Felipe II de España y Austria, rey de España, y también de Portugal y los Algarves, de Sicilia y Nápoles. Y hasta rey de Inglaterra por su matrimonio con María I. Sus adeptos lo llenaban de virtudes mientras sus enemigos lo pintaban como un monstruo fanático. Sin embargo, Napoleón Bonaparte, emperador y señor de Francia y de media Europa lo admiraba. Al igual que admiraba a Alejandro Magno. Ambos personajes habían sido dueños de medio mundo, algo a lo que él también aspiraba, de hecho, ya había conseguido hacerse con buena parte de él. 

José Bonaparte se presentó por sorpresa, su hermano lo había dejado en Burgos y no lo esperaba. Tampoco le hizo ninguna gracia su visita, y es por eso que lo recibió de mal humor. Se dice que los dos hermanos tuvieron una charla muy animada. Se dice también, que más que una charla fue una disputa. Pero eso la historia no lo recoge con detalle, y si tenemos que hacer caso a los comentarios populares, no es difícil adivinar lo que entre ambos aquel día se habló; pudiendo calificar la conversación de áspera y desagradable, llevándose la peor parte el rey que en aquel momento ya no lo era. O dicho de una manera simple: José Bonaparte se llevó aquel día una soberana bronca por parte de su hermano, el enano chiflado Napoleón. 

Lo primero que hicieron fue encerrarse en un despacho y pedir que los dejaran a solas. Cada uno de ellos se puso a un lado de la gran mesa que había en la estancia, y aquí perdemos el hilo de la historia. Pero, ¿Qué tal si imaginamos lo que allí pasó? Por imaginar que no quede. 

Ninguno de los dos se sentó. Se limitaron a mirarse el uno al otro y José se preguntaba impaciente cuándo se arrancaría el emperador a lanzar improperios por su boca. Pero para su sorpresa, su hermano dijo: 

―Espera un momento, voy a mear. 

Mientras el emperador hacía sus necesidades, José esperaba intranquilo, al final decidió sentarse. No tardó en volver, y el ex rey dio un salto levantándose de nuevo. Napoleón se dedicó a dar vueltas por la sala permaneciendo en silencio mientras lo hacía. El único sonido era el de sus desproporcionadas botas al caminar. Sonido que retumbaba en los oídos de José hasta el punto de parecerle martillazos sobre su cabeza. 

―Hermano ―dijo al fin José. 

―¡Sire! Llámame Sire ―contestó molesto el emperador. 

―Sire, te ha caído agua sobre el pantalón. 

―¡No es agua, maldita sea! Es orina. ¿Y sabes por qué? Porque apenas me sobresale del pantalón. Sí, tengo la picha muy pequeña. De niños siempre te reías de mí por eso. ¡Pero tengo los cojones más grandes de Europa! Y sobre todo los tengo mucho más grandes que tú. 

José permanecía callado y sumiso a medida que su hermano le machacaba mientras daba vueltas por la oficina. Al fin decidió sentarse, señal de que la tormenta amainaba. Se agarró al borde de la mesa, se apoyó sobre el asiento de la silla, y dando un salto consiguió llegar a ella y sentarse. 

«¿Por qué no harán muebles a la medida de un ser humano normal como yo? ―pensaba―. El día que conquiste toda Europa y la guerra acabe, ordenaré que todas las mesas, sillas y demás muebles tengan una medida decente.» 

Aquella mesa le llegaba poco más abajo que a la altura de su cuello, y se sentía en inferioridad cuando miraba a su hermano, que también se había sentado y sobresalía de ésta mucho más que él. Por lo tanto, dio un salto, y bajándose de la silla comenzó a caminar de nuevo. José, que intentó imitarle otra vez levantándose de su asiento, tuvo que volver a sentarse. 

―¿Quieres quedarte quieto de una puñetera vez? ¡Quédate sentado en tu maldita silla y no me pongas más nervioso de lo que ya estoy! ―le gritó. 

―Como desees, Sire. 

Y al son de sus botas, Napoleón siguió con su sermón. 

―¿Cuando? Dime José: ¿Cuándo me has visto huir del enemigo? 

―Nunca, Sire. 

―Y dime: ¿Acaso no confié en ti cuando te senté en el trono de España? 

―Supongo que sí, Sire. 

―¿Supones, cómo que supones? Deposité toda mi confianza en ti. Nunca, jamás se me pasó por la cabeza que ibas a salir huyendo como un conejo. 

―¡Un ejército procedente de Andalucía se nos echaba encima! 

―¡Un puñado de piojosos medio moros, eso era todo..! 

―Piojosos, pero envalentonados después de derrotar en Bailén a Dupont y a Vedel, tus mejores generales, no lo olvides. 

―A esos... ya los he castigado como merecen. 

―¿Y a mí, vas a castigarme a mí también, hermano? 

―No me provoques José, no me provoques. Heme aquí, en España, en Madrid, restableciendo un orden, que debías haber restablecido tú. 

―Después de la derrota en Andalucía no tenía los medios suficientes. 

―No supiste administrar bien tus ejércitos porque estabas más pendiente de agradar al pueblo que de vencerlo. Bien, ya te he conquistado de nuevo media España ―continuó el Sire―, tu labor ahora consiste en conquistar la otra media. Andalucía debe ser arrasada. No debe quedar ni una sola ciudad, ni un solo pueblo, ni un solo rincón que no sea francés. 

―Te prometo que así será, Sire. 

Pero esa promesa, no llegaría a cumplirse nunca. Una ciudad situada en el último rincón de Andalucía, en los últimos extremos de la península, casi despegada de ésta, unida por un finísimo istmo de arena, nunca sería conquistada (como tampoco lo fueron las islas). Andalucía, y por lo tanto España, nunca llegaron a ser completamente francesas. Esa medalla no llegó a colgársela Napoleón.

Quince días estuvo Napoleón en la capital, durante los cuales se dedicó a dos cosas, a impresionar a los madrileños con desfiles militares, y a dictar decretos. Con los desfiles hacía exhibiciones de fuerza al tiempo que deslumbraba con esplendidos uniformes y completísimo equipamiento, como invitando a unirse a tan glorioso ejército y abandonar la milicia compuesta por campesinos harapientos y sin armamento decente. Él sabía que algunos lo harían, y no se equivocaba. Con decretos como la abolición de la inquisición o la disminución de conventos con sus respectivos frailes y monjas hacía un guiño a los liberales. Y es que Napoleón, aprovechaba hasta los más sutiles detalles para utilizarlos en favor suyo.

Hasta que, en uno de esos correos que las guerrillas no consiguieron interceptar, le llegó al Sire la noticia de que un ejército inglés había entrado desde Portugal con la intención de cortarle las comunicaciones con Francia. En pleno invierno y con unas durísimas condiciones climáticas, salió Napoleón de Madrid para cruzar el nevado puerto de Guadarrama. Encontrándose el 2 de enero en Astorga, le llegó otro correo con una noticia aún más grave: Austria, animada por la derrota que los franceses habían sufrido en Bailén, formaba una nueva coalición con Inglaterra y estaba dispuesta a hacerle la guerra. Le acababa de llegar la primera puñalada europea. La úlcera española, como él llegaría a llamarla en sus diarios, comenzaba a corroer su imperio.


Tomás Morla
Don Tomás Morla y Pacheco 

La larga e ilustre carrera militar del jerezano don Tomás Morla Pacheco no pudo tener un final más deshonroso y triste. Siempre en defensa de su patria, luchó contra ingleses y franceses no pocas veces y derramó su sangre llegando en ocasiones a ser gravemente herido. En la guerra del Rosellón ya demostró su habilidad militar, y escribió varias obras que obtuvieron el reconocimiento de militares españoles y franceses. Al capitán general de Andalucía, ocho años gobernador de Cádiz, al que poco le faltaba ya por demostrar en su oficio de la guerra, con casi sesenta años de edad, no le faltaban conocimientos para saber que la defensa de la capital de España solo significaría un baño de sangre inútil. Poco importaba eso al pueblo, morir antes que entregarse al francés parecía ser el lema, y hablar de rendición era considerado poco menos que traición. Por eso, Morla ya entró con mal pie en Madrid al exponer claramente lo que pensaba. 

Pero tal como él dijo, las horas que duró la defensa de la ciudad solo sirvieron para que por Madrid corriera la sangre nuevamente. La rendición que negoció Morla fue considerada un acto de traición y el general fue acusado de las más atroces calumnias. Se dijo que no quiso hacer entrar en combate algunas tropas para facilitar al enemigo la toma de la ciudad, que negociaba con Napoleón, que llegó a convertirse en espía y que finalmente acató la constitución de Bayona, reconoció al rey José y que éste le nombró consejero de estado. Parece ser que todo esto no fue exactamente así, y que Morla tuvo que acatar lo que le impuso Napoleón a la fuerza después de la capitulación. De haberse convertido en un afrancesado, lo habría hecho a la fuerza, antes que por simpatía a los franceses, por evitar la ira del emperador, temiendo y queriendo evitar una carnicería como la del 3 de mayo. Suerte tuvo Morla de que no le ocurriera lo mismo que al marqués de Perales, que acusado de colaborar con el enemigo, y de mandar fabricar cartuchos de arena, fue linchado por la chusma y paseado su cuerpo por todo Madrid. En cualquier caso, ninguna de las acusaciones que lanzaron contra él pudieron demostrarse, y don Tomás Morla no mereció morir como murió en 1812, despreciado, calumniado y olvidado, después de toda una vida al servicio de España. Pero este país siempre fue así, rebelde, valiente, indómito, pero a menudo ingrato y cruel.

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