19 junio 2018

junio 19, 2018
El primer sitio de Zaragoza

Mientras en Córdoba sufrían los abusos de los soldados imperiales, en Zaragoza se vivieron las situaciones dramáticas que conlleva un asedio. El primer sitio de Zaragoza comenzó el 15 de junio de 1808 y se prolongaría durante dos meses. Durante ese tiempo la ciudad sufrió el constante acoso e intento de penetrar en ella. Las brechas abiertas por la artillería francesa les permitía entrar, pero no salir. Por cada agujero por el que entraban había un regimiento esperándoles; y si conseguían avanzar, en cada calle, y desde cualquier ventana las tropas francesas eran abatidas y eliminadas.

Agustina de Aragón - Ferrer-Dalmau
Zaragoza era una plaza clave para garantizar las comunicaciones por el noroeste y Napoleón quería hacerse con ella. Quizás, pensaron, que entrar en la ciudad y conquistarla iba a ser tarea fácil, pero al llegar a ella, se encontraron con todos los accesos cerrados. En principio, tampoco suponía un gran problema, pues Zaragoza estaba rodeada de unas murallas poco resistentes, cuatro cañonazos y asunto arreglado. El general Lefebvre no imaginaba el avispero donde se metían sus soldados una vez atravesada la muralla.

Las tropas de Lefèvbre se componían de unos 5000 soldados de infantería, 3 escuadrones de caballería y 6 piezas de artillería. Dentro de la ciudad resistían apenas unos cientos de soldados profesionales y más de 10.000 voluntarios, con el general Palafox al mando. Los asaltos francese iban siendo rechazados. Los zaragozanos, hombres y mujeres, iban armados con piedras, cuchillos, y cualquier cosa que tuvieran a mano. A las siete de la tarde los franceses no resistían más y tuvieron que retirarse precipitadamente, siendo incluso perseguidos por los zaragozanos en campo abierto. Los franceses perdieron unos 700 hombres, varios cañones y banderas.

Tras el varapalo sufrido, Lefebvre cambia de estrategia y somete a la ciudad a un intenso bombardeo y los ataques son puntuales durante los días siguientes. El día 25 de junio llega el general Verdier con refuerzos para los franceses y los bombardeos se intensifican. Palafox consigue salir de la ciudad y también consigue refuerzos, regresando con ellos el 2 de julio. Son atacadas las puertas de Sancho y del Portillo. En esta última tendrá lugar el famoso episodio donde Agustina de Aragón dispara un cañón contra los franceses. Los artilleros iban cayendo uno a uno. Alginas mujeres se acercaban con cestas de comida y agua. Cuando llega ella se encuentra con que los franceses están a punto de entrar, pues el último artillero a caído. Agustina no lo duda un instante y se hace cargo del cañón. Con su disparo arrolla a cuanto francés comenzaba a entrar en ese momento, pensando ellos que la puerta quedaba libre. Pero en vista de que seguían disparando, el resto salió huyendo.

Tras este segundo fracaso, los franceses se replantean la forma de tomar la ciudad y deciden someterla a un asedio en toda regla, cortando todo tipo de comunicaciones y suministros hasta provocar su rendición. Sin embargo, Palafox sale de nuevo consiguiendo romper el cerco y regresa con suministros y ayudas. Lefebvre levanta finalmente el cerco y se retiran al llegarle la fatal noticia de la derrota de Dupont y Vedel en Bailén. Zaragoza quedaba libre de franceses, aunque el alivio sería solamente momentáneo.

General Palafox - Goya

En el primer sitio de Zaragoza, paralelamente a lo que sucedía en Bailén, los franceses encontraron la horma de sus zapatos. Si en Bailén se encontraron con la valentía y la rabia de quienes querían vengar las desgracias sufridas en Córdoba, Jaén y muchas poblaciones más, en Zaragoza se encontraron con el arrojo y el orgullo de quienes estaban dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias antes de dejarlos entrar a su ciudad. En su defensa se puso de manifiesto que de muros para adentro había muchos héroes, muchos más de los que dejaron escrito su nombre. Destacan entre ellos: 
  • El general José Rebolledo Palafox, al frente de las tropas que lucharon con una furia singular.
  • Agustina Raimunda Zaragoza y Domenech, hija de un matrimonio leridano que vivía en Barcelona. Casada con Juan Roca, artillero del ejército. Se trasladó con su marido a Zaragoza cuando tuvo que acudir a defender la ciudad. Tras su heróica hazaña haciendo de artillera fue condecorada y desde entonces sería conocida como Agustina de Aragón, aunque su apellido era, por pura coincidencia, el mismo que la ciudad que defendió.
  • Jorge Ibor Casamayor, conocido como Tío Jorge, era un labrador de baja estatura y cuello corto, no sabía leer ni escribir, destacó en su defensa del Arrabal.
También destacaron otras mujeres:
  • María Agustín, sufrió un balazo en el cuello aunque sobrevivió.
  • Josefa Amar y Borbón fue espía de Palafox
  • Madre María Josefa Rosa Rafols, prestó un gran servicio a los heridos trasladados a la Casa de la Misericordia.
  • Consolación Azlor y Villavicencio, Condesa de Bureta, puso su casa a disposición del que la necesitara y organizó algunos reclutamientos.
  • María Manuela de Pignatelli y Gonzaga, viuda, vivía fuera de Zaragoza y volvió allí con sus hijos. “Allí está nuestro deber, a Zaragoza.”
  • Casta Álvarez, salía a pelear cuerpo a cuerpo y era tan impulsiva que hasta fue tomada por loca.
  • Manuela Sancho, luchó con arrojo como artillera y con morteros.
Y algunos clérigos:
  • Padre Santiago Sas, formó dos compañías de escopeteros. Fue asesinado a sangre fría por los franceses y lo tiraron al río.
  • Padre José Consolación, consejero de Palafox, sufrió el mismo triste final que el padre Sas, asesinado a sangre fría tras ser hecho prisionero y tirado a un canal.


José Bonaparte
Pepe Botella

Después de la victoria española en Bailén, José Bonaparte hizo las maletas y emprendió la huida para replegarse a la otra orilla del Ebro. Con él se llevó su ejército, e incluso las tropas que asediaban Zaragoza emprendieron la huida hacia el norte. Los llamados afrancesados, apoyaban a José Bonaparte en el trono que en aquellos momentos había tenido que abandonar. Pero, ¿cómo era José Bonaparte, al que habían apodado Pepe Botella? ¿Era realmente un borracho y un mal rey? Por lo visto quiso ganarse el favor y la simpatía de los españoles. Cosa que, en otro momento y en otro lugar hubiera sin duda conseguido. Veamos lo que escribió el historiador Modesto Lfuente sobre él en su Historia General de España: 

“De carácter afable, el rey José, atento y cortés en el trato, bastante instruido, no escaso de talento, y animado de buenos deseos e intenciones, reunía prendas para haberse ganado la voluntad de los españoles, si no los hubiera cogido lastimados en su noble orgullo, si hubieran podido olvidar su ilegitimidad y la manera indigna y alevosa como les había sido impuesto, si, como no era posible, España hubiera podido conformarse con el sacrificio de su dignidad. José, en otras condiciones y con autoridad y procedencia más legítima, por sus deseos y cualidades de príncipe, habría podido hacer mucho bien a España. Así lo han reconocido y consignado escritores españoles de mucha cuenta y nada afectos ni a la dinastía ni a la causa de los Bonaparte.” 

Parece ser que José no era mala persona, y como bien se dice, en otras circunstancias hubiera sido un gran rey. ¿Y qué hay de su afición a la bebida? ¿Por qué ese mote de Pepe Botella? 

“Pero era tal el aborrecimiento que la conducta de Napoleón había inspirado en el pueblo, que el vulgo, no viendo ni juzgando sino por la impresión del odio, solo veía en su hermano al usurpador y al intruso, y lejos de reconocer en él prenda alguna buena, figurábalase un hombre lleno de defectos y de vicios. Se le propaló que se daba a la embriaguez, y la plebe le designó para denigrarle con el apodo de Pepe Botella, acabando por creerlo como verdad la generalidad de las gentes.” 

Y por último, ¿Era realmente feo y tuerto? 

“Aún siendo José agraciado de rostro, el odio popular llegó a desfigurar tanto su cuerpo como su alma, pintándole tuerto. Y con este defecto físico se distribuían por todas partes retratos suyos. Se le hacía objeto de risibles farsas populares en plazas y teatros. Todo lo cual influyó de tal modo en su descrédito y desprestigio que ayudó a mantener vivo el odio a su persona y a su dinastía, espíritu que fue un gran auxiliar para la lucha de armas que ardía ya viva por todas partes.” 

Los ánimos de los madrileños no estaban como para sentir simpatía por un rey intruso por muy bueno y muy guapo que éste fuera, viendo cómo después de lo vivido el 2 de mayo en la capital, el país entero estallaba en una sangrienta guerra. 

Su nombre real y completo era Giuseppe Napoleone Buonaparte, hermano mayor de Napoleón Bonaparte. Nació en Corte, localidad de la isla de Córcega, el 7 de enero de 1768, y murió en Florencia el 28 de julio de 1844. Fue abogado, diputado por Córcega, ministro, consejero de estado, Príncipe, Gran Elector en el imperio levantado por su hermano, y algún título más que me dejo en el tintero. Hasta Rey de Nápoles llegó a ser entre 1806 y 1808. Reinado que dejaría ese mismo año para venir a España a ocupar la vacante que forzosamente habían dejado Carlos IV y su hijo Fernando. 

Parece ser que en su intento de ganarse la voluntad de los españoles, solo lo consiguió por parte de los llamados afrancesados, españoles que veían con buenos ojos la entrada de los franceses. Para el resto, el odio pudo más que la voluntad de un rey ilegítimo, que por muy buenas intenciones que tuviera para nuestro país, no era ni el sujeto, ni el momento adecuado para sentarse en un trono que no le correspondía. 

Su "reinado" no fue ni mucho menos tranquilo, tampoco puede esperarse otra cosa en medio de una guerra. Pero por lo visto, algún que otro momento de sosiego debió tener, para dedicarse, como lo hizo, a construir plazas públicas en Madrid. Dicen que para ello derribó muchos conventos, en Madrid había demasiados. Y de aquí le vino otro de sus muchos motes: el Rey Plazuelas. En lo demás, parece ser que sus generales tenían más respeto a su hermano que a él mismo. En realidad, José no era más que un títere al servicio de su hermano, que le cantaba las cuarenta cada vez que salía huyendo de Madrid. No fueron pocas las veces que lo hizo. 

En Madrid, mientras tanto, se intentaba poner orden. El 25 de septiembre de 1808 se crea la Junta Suprema Central, órgano que asumía la máxima autoridad del gobierno de España, en ausencia de Fernando VII, teniendo autoridad sobre las juntas provinciales que se habían constituido unos meses antes y escogiendo como sede de gobierno la ciudad de Aranjuez. Solamente Barcelona y Figueras eran de dominio francés, hasta que Napoleón en persona hizo acto de presencia. El emperador no acudió solo ni con las manos vacías; junto a él entraba en España un enorme ejército que alcanzaba un total de 300.000 hombres procedentes de la inagotable cantera europea. 

Y mientras emprendía su viaje no acababa de comprender por qué en España las cosas no discurrían como él había planeado. Unos se dejan pisotear por allí abajo en Andalucía, otros abandonan el asedio de Zaragoza por aquí arriba. Y su hermano salía huyendo como una comadreja. ¿Qué pasaba en España para que las cosas no le salieran tal como había planeado? Nunca sus ejércitos perdieron una batalla, ninguno de sus generales salió nunca huyendo. ¿Por qué en España sí? Dos derrotas y en tan poco tiempo; una en Bailén; otra en Zaragoza. Definitivamente, su presencia era necesaria. 

Unos meses antes, José y sus más allegados se afanaban en escribir proclamas que fomentaban el acercamiento entre franceses y españoles. Napoleón se reía de las ocurrencias de su hermano, mientras preparaba un verdadero plan con el que invadir la península Ibérica de una forma contundente. Era el 27 de septiembre cuando en la ciudad alemana de Erfurt se reunían, a petición de su majestad imperial, los principales dirigentes europeos, que de una forma u otra ya habían sido conquistados y rendido pleitesía al francés. 

Allí estaba el soberano de Austria, el de Prusia y su hermano el príncipe Guillermo, y el que verdaderamente interesaba a Napoleón, con el que realmente le interesaba mantener buenas relaciones de momento, hasta que también le llegara su hora, Alejandro, el emperador de Rusia. El objeto de aquella reunión no era otro que poner en antecedentes a los líderes europeos y de informarles, o de alguna forma darles a entender, algo así como: 

«Mirad, allí abajo, justo donde hacemos linde con los moros, hay una península llena de insurgentes que creen que pueden plantarme cara. El caso es que, los subestimé un poco, por no decir bastante, y ahora me veo en la obligación de hacerles saber quién soy yo cuando me enfado. Tengo que llevarme de por aquí arriba algunos soldados. Yo diría que con unos 160.000 me bastan, quizás 200.000. Yo mismo tendré que irme temporalmente para estar al frente de ellos. Ya se sabe, si quieres que algo salga bien tienes que ir tú mismo y estar, nunca mejor dicho, al pie del cañón. Eso supone un sacrificio y espero que me ayudéis un poco. No vayáis a interpretar esto como un signo de debilidad, y viendo mis tropas ligeramente diezmadas, y aprovechando mi ausencia... en fin, ya me entendéis. ¡Pero vamos, bebed y divertíos, pasadlo bien! Conquistar aquellos países es de vital importancia para el equilibrio de Europa, y al fin y al cabo, es para el beneficio de todos. Por eso necesito vuestra aprobación unánime. Pero sobre todo, necesito asegurarme de que cuando me dé la vuelta para bajar hasta allí, no vais a aprovechar para clavarme un cuchillo en la espalda.» 


…y Napoleón marea a los británicos

Alejandro se divertía, igual que se divertían todos en aquella fiesta, o quizá más que los demás, porque aunque todos apoyaban el proyecto del tirano francés y dejaban más o menos claro que ninguno de ellos le lanzaría el cuchillo, Alejandro lo tenía más claro que nadie, tampoco él lo acuchillaría: 

«No me hace falta traicionar tu falsa amistad, sé que no tardarás en venir a por mí, por eso, me conviene tanto o más que a ti que te lleves cuantos ejércitos necesites al sur. Desgástalos, desgasta tu imperio, desgástate tú mismo. España será tu perdición, y cuando llegues a mí, no tendré casi que luchar contra ti, tú mismo irás directo al suicidio. Una rata de campo francesa nunca sobrevivirá entre el hielo ruso, donde un zorro siberiano le dará caza fácilmente. Y allí arriba, tú serás la rata y yo el zorro.» 

Sin embargo, Napoleón quería poner la guinda a su proyecto y quiso ir más allá, pretendiendo ganarse, en la medida de lo posible, la confianza de los británicos. Si es que había una mínima posibilidad de que eso ocurriera, una entre mil, o entre un millón, o lo que fuera. Habría que intentarlo al menos, y si no... 

«...Pues nos habremos reído un rato. Mira Alejandro, vamos a escribirle una carta al rey Jorge y la firmamos los dos. En ella le hacemos llegar nuestros deseos de paz para con ellos y sus aliados. ¿Quién sabe? Igual lo pillamos en un momento tonto y pica. Son una amenaza para este proyecto; y si por lo menos conseguimos marearlos un tiempo, eso habremos ganado.» 

«Muy astuto ―pensaba el ruso―. Escribamos esa carta. Enviaré a París algunos ministros para que estén al tanto de la respuesta y les daré instrucciones para posibles contestaciones.» 

Pero Alejandro sabía que aquella farsa no colaría. En cualquier caso, él podría sacar provecho de aquella hipocresía descarada del francés. 

La sorprendente carta ruso-francesa fue contestada por el ministro británico Canning. Tanto a los ministros rusos como franceses se les hacía saber que comunicarían a España los deseos de paz; debiendo tener lugar una reunión en los que estuviera presente la junta suprema del gobierno español, en representación de su legítimo rey Fernando VII. Se hacía saber también que: 

“Si bien a Gran Bretaña no la unía ningún compromiso formal con España, había contraído sin embargo, a través de los siglos, empeños y obligaciones con esta nación, tanto o más fuertes que los más solemnes tratados.” 

Y de ahí sus deseos de restablecer el orden en este país. Si la respuesta por parte francesa no podía ser otra que la negativa a ninguna intervención de la junta suprema, por parte de los ministros rusos no podía dejarse escapar la oportunidad, según instrucciones del mismo Alejandro, de meter cizaña; no admitiendo tampoco la intervención de ningún insurgente español en representación de Fernando, dado que, Rusia ya había reconocido como rey de España a José Bonaparte. 

Canning dio por finalizada lo que desde el principio le pareció una tomadura de pelo dirigida a ganar tiempo. Su última y definitiva carta dejaba claro que: 

“Su Majestad Británica, el rey Jorge III está resuelto a no abandonar la causa española hasta restablecer su legítima monarquía. Siendo de naturaleza no admitida, la pretensión de excluir de las conversaciones al gobierno central supremo que obra en nombre de Su Majestad Fernando VII, no siendo condescendiente con una usurpación como no ha tenido igual en la historia del universo.” 

Pero Napoleón también sacó partido de aquella farsa, o al menos pudo mencionar el tema en el sermón que dio a los suyos, dándoles a entender que si no había paz, no era porque él no lo había intentado. 

“Parto dentro de pocos días para ponerme yo mismo al frente de mi ejército, coronar con la ayuda de Dios en Madrid al rey de España, y plantar mis águilas frente a las fortalezas de Lisboa.” 

Lo más curioso, es que aquel sermón lo dio en Paris el 25 de octubre, antes de recibir respuesta desde Londres a la primera carta. Tan convencido estaba el tirano del desenlace de aquella hipócrita propuesta de paz. 


La arrogancia española

Durante el mes de julio, se habían aproximado a las costas coruñesas barcos ingleses que transportaban 10.000 hombres bien provistos y equipados, dispuestos a desembarcar para prestar su ayuda a España. Pero las juntas de Galicia y Asturias mostraron recelo y no les permitieron el desembarco.

«Son preferibles los socorros de municiones y dinero ―decían los políticos―, teniendo por infructuoso y aún quizás perjudicial, el envío de gente.» 

El mismo Arthur Wellesley, teniente general al mando de las tropas, desembarcó el día 20 y no consiguió convencer a las juntas. A éste se le indicó como más conveniente que tomaran rumbo a Portugal, ya que, según dijeron, prestar ayuda al país vecino era como prestársela a España, pues de lo que se trataba era de expulsar al enemigo de la península Ibérica. 

Wellesley desembarcó con sus hombres en Portugal y allí se les unieron las fuerzas de Spencer y Moore formando un total de 30.000 hombres magníficamente equipados. Llegados a este punto cabe una reflexión. ¿Qué hubiera ocurrido si las juntas de Galicia y Asturias hubieran aceptado desde un principio la ayuda británica? Cierto es que, de lo que se trataba era de expulsarlos de allí donde estuvieran, ya fuera Portugal o Andalucía, pero Wellesley muy bien hubiera podido impedir el nuevo avance de las tropas imperiales hacia el interior con Napoleón al frente. ¿Fueron arrogantes en exceso aquellos políticos? 

El mismo drama se volvió a repetir el 13 de octubre. El gobierno inglés, viendo las intenciones de Napoleón de avanzar de nuevo sobre España, decidió que 30.000 hombres debían intervenir en el norte. De Inglaterra llegaron a la Coruña 10.000 hombres al mando de Sir David Baird; a los que se le sumarían otros 20.000 procedentes de Portugal; pero aquella junta insistía en no querer su ayuda, impidiendo el desembarco, poniendo como excusa que debían pedir permiso a la Junta Suprema antes de aceptar la intervención. Volviendo a la reflexión anterior, ¿por qué tanta arrogancia cuando era evidente que España necesitaba ayuda? 

Quizás, analizando los resultados del precio que supuso esa ayuda, que finalmente se terminó solicitando, y de la forma tan desafortunada en que se la cobraron, habría que darles la razón a Gallegos y Asturianos, cuando respondieron la primera vez, que quizás fuera “infructuoso [que no lo fue en absoluto] y aún perjudicial, [que sí lo fue, y mucho] el envío de [esa] gente.” 

Mientras tanto, gran parte de los ejércitos españoles iban siendo destruidos y los ingleses terminaron por no tener ningún interés en internarse en España. Este hecho fue aprovechado hábilmente por Napoleón, que en vez de ir al encuentro de los británicos, siguió rumbo a Madrid. El conde de Toreno escribió: 

“Napoleón, a sabiendas de lo que ocurría, hizo correr la tierra llana por 8.000 caballos, así para tener en respeto al inglés, como para aterrar a los habitantes, y decidió destruir al ejército español del centro antes de avanzar a Madrid.” 

Tal como dice el historiador, antes de penetrar en Castilla, el emperador no solo quería asegurarse de desmembrar el ejército del centro, sino que quería darse el gusto de apresar a aquel que había osado ser el primero en deshonrarle venciendo a uno de sus mejores ejércitos. Sí, Napoleón quería capturarle y tenerlo ante él, era lo que más anhelaba en aquel momento, Castaños debía pagar su osadía.

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