05 julio 2018

julio 05, 2018

Macedonia era un reino situado al norte del monte Olimpo, la morada de los dioses. El origen de la dinastía de sus reyes se remontaba hasta el propio Hércules, hijo de Zeus. Sin embargo, los macedonios no eran considerados helenos por el resto de los griegos.


El hombre de la armadura (Alejandro Magno) Rembrandt


Filipo II

La Grecia antigua o Hélade estaba compuesta por ciudades estado como Atenas, Esparta, Mileto, Corinto, Tebas... Pero los macedonios eran considerados bárbaros: vivían muy al norte, hablaban de forma distinta al resto de los helenos y habían dado apoyo a los persas durante las guerras médicas. En realidad, los macedonios no simpatizaban con los persas, sino que habían estado obligados a darles apoyo por haber sufrido una invasión que los convirtió durante un tiempo en vasallos del gran imperio asiático. En cuanto al idioma, el macedonio era realmente una lengua griega, pero había permanecido al margen de la evolución del griego que se hablaba al sur. Herótodo nos cuenta una anécdota al respecto de la helenidad de los macedonios: Alejandro I, el primer rey de Macedonia (siglo VI a.C.) quiso participar en los Juegos Olímpicos, pero su petición fue rechazada por estar vetada la participación de los bárbaros. Pero Alejandro I no se rindió y demostró su ascendencia griega. Finalmente, los macedonios tuvieron que ser aceptados en la competición.

No obstante, Macedonia siguió estando considerada como un reino bárbaro y no sería hasta el reinado de Filipo II (382-336 a. C.) en que la helenidad de los macedonios tuvo que ser aceptada (por la fuerza). Filipo se propuso expandir su reino y ya de paso unir a todas las ciudades estado griegas y para ello no dudó en usar a su devastador ejército, el más poderoso de toda Grecia. Una empresa de gran envergadura, aunque quizás no le dieron más opción que llevarla a cabo, debido a la política provocadora de Atenas y Esparta, que no hacían más que meter cizaña entre los bárbaros de las fronteras macedonias para que invadiesen y asolasen sus territorios, además de promover conjuras en la casa real. Ya era hora de que toda Grecia fuera una, aunque la empresa de Filipo pretendía ir mucho más allá; una vez consumada la unión, pretendía también recuperar las ciudades griegas bajo dominio persa.

Filipo era el hijo más joven de Amintas III y estuvo como rehén durante tres años en Tebas. Por aquellos entonces era muy habitual que los reyes mandasen como rehenes a sus hijos, como garantía de que cumplirían sus pactos y sus chanchullos. Durante ese tiempo recibió formación política y militar. No perdió su tiempo Filipo, fijándose en cada detalle de las tácticas de los ejércitos griegos e intentando perfeccionarlas. De allí salió convertido en un gran militar y estratega, además de gran diplomático. En definitiva, convertido en un hombre de gran talento. En 359 a.C. Filipo se convirtió en rey a los 22 años, después de la muerte de sus hermanos mayores Alejandro II y Pérdicas III.


Olimpia de Épiro
Olimpia de Épiro

Poxilena, nacida en 375 a.C. era hija del rey Neptolemo I de Épiro. Quedó huérfana de padre y madre siendo muy niña y quedó al cuidado de su tío Arribas. A los 19 años marchó a Macedonia para casarse con Filipo II. A partir de ahora su nombre sería Myrtale y se convertía en la esposa principal del rey, aunque no era la primera ni la única. Filipo llegó a casarse un total de siete veces, la poligamia era habitual en Macedonia, aunque reina solo podía haber una, y esa fue Myrtale desde el día de su matrimonio.

Por lo visto, la belleza de Myrtale dejó alucinado a Filipo, que ya de por sí era un mujeriego empedernido, y por eso no dudó en convertirla en su reina. Pero Myrtale poseía además, otras cualidades que no tardaron en desconcertar al rey. Era aficionada a los rituales místicos, era hipnotizadora y aficionada a encantar y domesticar serpientes. Y además, decía ser descendiente directa del semidiós Aquiles. Filipo llegó a la conclusión de que su nueva esposa no estaba del todo en sus cabales. 

Alejandro vino al mundo a finales de junio de 356, el mismo día que los macedonios obtuvieron grandes victorias en los juegos olímpicos de aquel año. En honor a estas victorias, Myrtale cambió su nombre de nuevo por el de Olimpia. De ser cierto lo que afirmaban sus padres, el niño era descendiente de dos semidioses, Hércules y Aquiles. Pero según su madre, su recién nacido era mucho más que eso; Alejandro había sido engendrado por Zeus; y no tuvo reparo en confesárselo a Filipo. No sabemos hasta qué punto Filipo la tomó en serio. Quizás, por el hecho de creerla un poco loca, no llegó a hacerle mucho caso, aunque hay que apuntar, que en una época en que los dioses que hoy llamamos mitológicos eran tomados muy en serio, una confesión de aquel calibre podía ser del todo creíble. 

En cualquier caso, Filipo no dio muestras de rechazo alguno hacia Alejandro y se preocupó de darle la mejor educación y preparación durante su niñez; aunque su madre se ocuparía de inculcar al niño que él no era un mortal cualquiera, sino un semidiós, tal como lo fueron sus antepasados Hércules y Aquiles. Alejandro tenía otros dos hermanos mayores de distinta madre, pero él, al ser el hijo de la reina era el príncipe heredero. Filipo y Olimpia también tuvieron una hija a la que llamaron Cleopatra. Habría además otra Cleopatra en la vida de Filipo que vendría a desencadenar su tragedia, de la dinastía de los Ptolomeos, ascendiente pues, de la futura reina de Egipto. Pero no adelantemos acontecimientos. 


Alejandro y Bucéfalo

Olimpia era incapaz de ver en Filipo cualidad alguna, a pesar de que su marido era un gran rey. Solo veía en él defectos como su desmesurada afición al alcohol o las mujeres, cosas que eran muy ciertas, pero muy habituales en su entorno y en su época. El caso es que, Olimpia intentó como pudo que Alejandro no se pareciera lo más mínimo a su padre y que no se sintiera influenciado por él; y por eso  le enseñaba magia y rituales místicos, cosa que irritaba a Filipo. Alejandro se veía atrapado entre los dos, y no podía agradar a uno sin irritar al otro. Quizás se sintió aliviado el día que Leónidas pasó a ser su tutor. Leónidas era un pariente de Olimpia que se tomó muy en serio la enseñanza del joven príncipe instruyéndolo en 0-el manejo de la espada y a ser un excelente jinete.



Leónidas le enseñó bien sin duda, sin embargo, la capacidad de observación eran innatas en Alejandro desde muy niño. Plutarco nos cuenta una anécdota que tuvo lugar cuando tenía doce años. Filipo andaba de compras cuando quedó prendado de un caballo llamado Bucéfalo, un precioso semental negro. Pero cuando tanteaba comprarlo se dio cuenta de que era muy nervioso e incontrolable. Filipo desistió y pasó a ojear otros caballos, entonces escuchó cómo su hijo comentaba que se estaba perdiendo un excelente caballo por no saber tratarlo adecuadamente. Filipo quedó perplejo ante las palabras de Alejandro, se volvió hacia él y le preguntó si acaso un mocoso pretendía saber de caballos más que sus mayores. Alejandro le respondió que podría manejar el caballo mejor que otros. Su padre se tomó aquello como un reto y decidió entonces ponerlo a prueba animándolo a que intentara montarlo. Alejandro se fue hacia Bucéfalo tranquilamente, cogió la brida muy despacio y dirigió al animal hacia el sol. Había observado que Bucéfalo se asustaba con los movimientos de su propia sombra. De cara al sol, su sombra quedaba detrás y no podía verla, con lo que el animal quedó en calma y Alejandro, muy cuidadosamente logró montarlo, cogió las riendas y lo condujo poco a poco para finalmente lograr que galopara. Su padre y los demás que observaban quedaron atónitos. Plutarco cuenta que su padre se emocionó y «vertiendo lágrimas de alegría, le besó mientras descendía del caballo.» Filipo lo compró y finalmente Alejandro logró domarlo completamente y fue la única persona que lo montó a lo largo de la vida del animal.

Alejandro estaba demostrando que además de fuerte era un chico inteligente; había llegado pues, la hora de inculcarle sabiduría y para eso, Filipo hizo traer al mejor profesor de Grecia. Alejandro tenía trece años cuando llevaron ante él a un tipo pequeño, delgado y con los ojos hundidos; en su día había sido el mejor alumno de Platón. En los próximos tres años el nuevo tutor de Alejandro sería Aristóteles. Con él, Alejandro aprendió a pensar de forma lógica, estimulo su curiosidad por el mundo natural y la geografía desconocida, y su afición por los escritos del gran poeta griego Homero. Lo que no pudo conseguir Aristóteles es borrar la influencia de Olimpia sobre Alejandro, que continuó siendo testarudo y supersticioso.


A los dieciséis años, Filipo dio por concluida su educación de Alejandro y quiso que se instruyera en el aprendizaje de la guerra y la administración del reino. Lo mejor era dejarlo solo para ver cómo se las arreglaba, y por eso lo dejó en Pela, la capital, cuando partió para luchar contra los bizantinos. Alejandro no defraudó a su padre e incluso sofocó una revuelta de los tracios. Después de esto pasó a luchar al lado de su padre, incorporándose al ejército como comandante para la batalla de Queronea, que enfrentó a Filipo contra tebanos y atenienses. La batalla formaba parte de la campaña que Filipo llevaba a cabo para reunificar a todas las ciudades estado griegas. Los macedonios obtuvieron una gran victoria y Alejandro pudo demostrar que ya era un gran guerrero. No cabía duda que tanto Leónidas como Aristóteles habían hecho bien su trabajo en la educación del muchacho.

Después de la batalla Filipo mandó a Alejandro en misión diplomática a Atenas. Los atenienses habían quedado exaustos por la guerra y no les quedaba más remedio que someterse a quienes los habían derrotado, por lo que enviaron una delegación de bienvenida y Alejandro fue recibido con todos los honores. Solamente Demóstenes, su líder, seguía refunfuñando y era contrario a humillarse ante los bárbaros macedonios. Demóstenes era un gran orador pero tenía por costumbre difamar a la gente que se le oponía, de Filipo iba diciendo que no era ningún libertador, sino un esclavista, pero a los atenienses no les quedaban fuerzas ya para seguir con la lucha, por lo que, sus palabras fueron objeto de poca atención. 

Demóstenes
Alejandro llegó a Atenas con una oferta de paz: el rey Filipo debía ser reconocido como general de todos los ejércitos de Grecia en su próxima campaña contra los persas, enemigo común de todos los griegos. No se les exigiría nada más. Los atenienses no podían creer lo que oían. Filipo no pretendía ser un rey opresor y por el contrario, mostraba una gran valentía pretendiendo invadir Persia. La respuesta ateniense fue afirmativa y quedaron tan contentos al no verse privados de su libertad que erigieron un monumento en honor a Filipo, que en aquellos momentos recorría toda Grecia asegurándose de que todos los pueblos le serían fieles. 

Todos lo recibían con halagos y honores, pero a las puertas de Esparta, le quedó claro que no era bien recibido. Filipo entonces les envió un mensaje: “Si invado Laconia no mostraré ninguna clemencia con ustedes.” La respuesta fue simplemente: “Si”. Laconia es la región de la península del Peloponeso donde se encuentra Esparta. Sus habitantes tenían la habilidad de expresarse brevemente, con las palabras justas y de forma concisa. De ahí la respuesta de los espartanos donde se limitaban a repetir el condicional “si” (si es que consigues invadirnos). No es difícil imaginar la gracia que le haría a Filipo semejante impertinencia, sin embargo, no estaba dispuesto a amargar su paseo triunfal y decidió dar media vuelta, ignorando la ofensa, después de todo, los espartanos estaban solos y ya no suponían ningún peligro.

A finales del año 338 a.C. Filipo convocó una asamblea en Corinto para reunir a los representantes de cada ciudad, excepto Esparta. Reunidos todos en una gran federación, Filipo dejó claro que no ejercería el poder absoluto sobre ellos, sino que les permitía mantener a cada uno de los estados su constitución y cierto grado de autonomía. Los representantes griegos quedaron satisfechos y contentos y Filipo se ganó la fidelidad de todos. Una fidelidad que iba a necesitar tras el anuncio de los planes de la campaña contra Persia. Filipo no pretendía invadir Asia, sino liberar las ciudades griegas situadas en la actual Turquía bajo dominio del rey persa Darío III. De esa forma también podrían vengarse de las invasiones sufridas siglo y medio atrás. Entusiasmados, le ofrecieron a Filipo sus tropas y la promesa de que ninguno de ellos se levantaría contra él. Después de la asamblea, Filipo envió diez mil soldados a Persia para que se establecieran y se hicieran fuertes allí.

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