26 mayo 2018

mayo 26, 2018

Los vencidos y sus guardianes cogieron camino a Córdoba, donde hicieron un alto a la distancia acordada. Cerca de 20.000 hombres fueron conducidos hasta Cádiz. Porque, aunque los 6.000 soldados de Vedel no quedaron en calidad de prisioneros, sino que, solo se les exigía entregar las armas y abandonar Andalucía, el camino para hacerlo era el mismo que tomarían los de Dupont, e irían igualmente escoltados. Por cada 10 de ellos había un español que los vigilaba. Así, la escolta que llevaban los franceses era de unos 2.000 soldados españoles. Otra parte del ejército marchó para Madrid llevando consigo a un oficial francés que tenía como misión llevar un mensaje a José Bonaparte en el que se le informaba del resultado de la batalla y la conveniencia de abandonar la capital. José no se lo pensó dos veces y huyó hasta la otra orilla del Ebro.

Castaños y varios oficiales llegaron a Córdoba a hacer unas diligencias, concretamente a devolver a la Iglesia sus tesoros robados. Según las normas lo demás era botín de guerra y nadie podía obligarle a devolverlo, así que, los cordobeses se quedaron definitivamente desvalijados y sin ninguna opción a recuperar lo que les habían quitado. Continuaron la marcha a esto de las ocho de la tarde, cuando el sol ya no quema ni aplasta los cuerpos contra la ardorosa tierra andaluza. 

Tres días después de salir de Córdoba habían dejado atrás Écija, en cuyo término acamparon. Por cada pueblo por donde pasaban eran increpados por los vecinos, pues eran pocos los lugares que se habían librado de los abusos de alguna tropa francesa. El general Tomás Morla, gobernador de Cádiz, ya había sido informado, por medio de los comisionados españoles y franceses que precedían la marcha de los prisioneros, que éstos ya estaban cercanos a Rota y Sanlúcar. «¿Y qué quieren que haga yo con ellos? ―se preguntaba el gobernador.» Inmediatamente se marchó para Rota, y una vez allí, no tuvo que esperar demasiado para ver las columnas de hombres que llegaban a la bahía, que fueron acampando donde buenamente pudieron ante el estupor y miedo de la población. Castaños fue recibido inmediatamente y fue informado de que no había barcos disponibles para embarcar a los prisioneros. Era un contratiempo que no había previsto, por lo que, el general escribió inmediatamente a la Junta de Sevilla, haciéndoles saber su preocupación por el hecho de encontrase sin medios para repatriar al ejército vencido. 

Mientras tanto, se negó a que nadie fuera encarcelado, pues la respuesta debería llegar en pocos días; y efectivamente respuesta llegó: no había barcos suficientes ni sabían cuándo dispondrían de ellos; y Castaños abandonó Cádiz dejando todo el marrón en manos del señor gobernador. Solamente los generales y algunos oficiales serían repatriados en pocos días; los demás presos tendrían que esperar. Mientras tanto, lo mejor sería retenerlos en las fortalezas. El problema era que no había fortalezas suficientes. Se utilizarían pontones, barcos viejos desmantelados, como cárceles. Castaños estaba contrariado, pero no podía hacer nada más.

No menos contrariado quedó el jerezano don Tomás Morla, que tendría que ingeniárselas para sacar de Cádiz aquel regalo que le habían hecho. Nada menos que casi 20.000 franceses. Unos franceses que habían sido la causa de la humillación sufrida dos meses atrás ante el pueblo gaditano. Cinco días después de los desgraciados acontecimientos en Madrid, Morla salió a expresar su confianza sobre los que creía que seguían siendo aliados y amigos, se negaba a creer que habían sido traicionados. Pedió al pueblo que siguiera recibiendo y dando hospitalidad a cuanto francés entrara por las calles de Cádiz. Tres semanas después se vio obligado a salir de nuevo y explicar a los gaditanos que habían sido víctimas del engaño del tirano Napoleón y su infame cuñado Murat. 

Desde Sevilla no quisieron desentenderse del problema y no tardaron en pedir ayuda a los británicos, que enviaron a Arthur Wellesley y al almirante Collingwood, como representantes, para entrevistarse con el gobernador gaditano. El caso es que, los británicos no tenían ninguna intención de ayudar en el tema de los prisioneros franceses; su intención no era otra que intervenir en el conflicto, pero Morla no tenía autoridad para permitir desembarcar tropas extranjeras y, por otra parte, nadie en España se fiaba de ellos. La entrevista, cuya finalidad no era otra que merear a Morla, no fue satisfactoria para ninguna de las partes. Y así fue pasando el mes de julio, y llegó agosto, y la gente se preguntaba en Cádiz si los políticos se habían olvidado de los franceses o por el contrario habían decidido dejarlos allí para siempre. 

Pannetier fue el general que debía permanecer, por petición de Dupont, junto a sus hombres hasta que por fin fueran trasladados a su país. Mientras tanto, mantenía contacto con Dupont, que quería estar al tanto de cuanto ocurría. Porque, a pesar de que la mayoría del correo era interceptado, siempre había quien se las ingeniaba para hacerlo llegar o recibirlo. En uno de esos mensajes recibidos, la moral de Pannetier se vino abajo, al saber que su emperador, Napoleón, había mandado juzgar y degradar a Dupont y a los demás generales que fueron repatriados desde España. Cobardes, les había llamado. Ante tal humillación, estos generales posiblemente habían deseado haber corrido la misma suerte que los soldados que habían quedado en Sanlúcar, Rota o Cádiz. 

Así fue cómo Pierre Antoine Dupont de l'Étang, recién nombrado conde, que entró en España con uno de los mejores historiales que un comandante de división pudiera tener, con la misión de someter Andalucía, salió de ella derrotado para ser más tarde degradado y humillado por su emperador y amigo Napoleón Bonaparte. Aquel que se engrandeció en la conquista de Europa, con una reputación sin igual, perdió la gloria estrellándose contra el coraje y la furia de un improvisado ejercito formado en gran parte por bandoleros y paisanos. 

Pannetier se preguntaba, si a los generales les han hecho esto, ¿qué les espera a los demás? Para colmo, los hombres enfermaban, algunos muerían y no había comida suficiente para todos. Y Napoleón no atiendía las peticiones de intercambio de prisioneros. En Córdoba el general había escuchado cómo la gente los maldecía. Le pedían a Dios que los castigara. Por eso, pensaba, que Dios debía haber escuchado aquellas súplicas, e iban a pagar caro todo el mal que habían hecho. Pannetier estaba en lo cierto, porque lo peor estaba por llegar.

Para entender mejor el hecho de que no hubiera barcos disponibles para el traslado de los prisioneros de la batalla de Bailén a Francia, quizás deberíamos dar un repaso a un triste episodio que entraría en la Historia como una de las batallas navales más duras y sangrientas que se recuerdan: la Batalla de Trafalgar.



Los británicos marean a Morla…

El general británico Arthur Wellesley estaba en Cádiz de nuevo entrevistándose con el gobernador Morla. Las noticias que le traía desde Londres no eran muy diferentes desde la última vez, aunque el general las maquillaría lo suficiente como para no llevar al gobernador hasta la desesperación. El caso era que, en Londres no estaban por la labor de ayudar a liberar franceses, y menos después de lo acontecido en Portugal. 

Durante el mes de agosto, Wellesley había derrotado en Sintra a las tropas francesas del general Jean Andoche Junot. Wellesley fue repentinamente relevado por otro general, sir Harry Burrard, que inexplicablemente también fue relevado al día siguiente por sir Hew Dalrymple. Los franceses estaban derrotados y bloqueados sin posibilidad alguna de poder retirarse. Sin embargo, en vez de aprovechar la ventaja, decidieron negociar, y más de 20.000 franceses fueron embarcados por la flota británica y conducidos a su país. 

Wellesley tuvo que dar explicaciones a los políticos británicos que consideraron la acción como una insensatez, pero este general nada tuvo que ver, y ni siquiera firmó el acuerdo. Por eso, Wellesley sabía de sobra que su país nunca colaboraría para que los franceses fueran liberados, más bien harían lo posible para que eso nunca ocurriera, y una forma de evitarlo era mareando a los políticos españoles y ofreciendo una ayuda que no llegaba.


Los prisioneros se van

Seguían pasando los meses y los gaditanos creían que los prisioneros franceses se quedarían allí para siempre, o hasta que no quedara ninguno con vida, pues eran muchos los que iban muriendo a diario debido a la escasez de comida, la falta de higiene que provocaba enfermedades o heridas mal curadas. En España se habían librado otras batallas y algunos miles de españoles habían caído prisioneros, por lo que hubo intentos de intercambio por parte española. Pero muy herido estaba Napoleón en su orgullo y ninguno de los intentos prosperó. Definitivamente, Napoleón no quería saber nada de aquellos soldados que él tachaba de cobardes.

Tomás Morla ya no era el gobernador de la ciudad y no se encontraba en ella. Había sido sustituido a principios de febrero del año 1809 por el general Félix Jones, uno de los participantes en la batalla de Bailén, y Morla fue destinado a Madrid, donde las cosas no pintaban demasiado bien. 

El día 29 de marzo de 1809 los pontones, campamentos, y otros lugares de reclusión, comenzaron a desalojarse, se llevaban a los prisioneros En la bahía de Cádiz se habían dispuesto unos 15 navíos capaces de transportar hasta 7.000 prisioneros. Unos 4.000 de ellos fueron conducidos las Islas Canarias, donde al parecer se integraron entre sus habitantes. Poco se sabe de ellos, salvo que fueron los más afortunados, el resto no tendría tanta suerte. 

Aquel día salieron de Cádiz 8 fragatas, 1 goleta y 1 polacra. Muy pronto estuvieron fuera de la bahía. Entre los franceses, que no sabían hacia donde los conducían, hubo gran confusión; unos afirmaban que los llevaban a Francia, otros que los abandonarían en medio del mar a su suerte, otros que incluso los tirarían al agua hasta que se ahogaran. Los había también que creían que se los llevaban a América para hacerlos trabajar como esclavos. Pero los navíos no pusieron rumbo oeste, sino rumbo sur, y pronto enfilaron el estrecho de Gibraltar, hacia el Mediterráneo. 

Las autoridades gaditanas se vieron por fin aliviadas de la presión a la que habían estado sometidas por la población, que ya desde el principio no vieron con buenos ojos a los franceses. Tenerlos allí por nueve meses había sido desesperante para sus habitantes, y desastroso para los prisioneros, que enfermaron y murieron a cientos. 

Viajaban hacinados en las bodegas y pronto perdieron la noción del tiempo. Después de muchas horas llegaron a la bahía de Palma, donde fue desembarcado el general Pannetier que más tarde sería llevado a Francia. Muy bien sabía él lo que le esperaba en cuanto su emperador lo tuviera delante, y hubiera deseado correr la misma suerte que sus soldados, que en breve serían trasladados a la isla mayor del archipiélago del mismo nombre, Cabrera. Los prisioneros emprendieron nuevamente viaje sin saber dónde y cuándo acabaría por fin la pesadilla, hasta que las compuertas se abrieron y comenza­ron a salir. Muchos de ellos habían muerto durante el viaje y serían enterrados en la isla donde acababan de llegar.


El paraíso de Cabrera

El archipiélago de Cabrera está formado por unas 20 islas e islotes, donde solo dos de ellas son de reseñable tamaño. La serenidad que transmite la navegación por estas aguas, entre pequeñas islas, en días de calma, es indescriptible. Cuando te vas acercando a la primera de ellas, según avanzas desde la costa mallorquina, te va causando una gran curiosidad la peculiaridad de este peñasco de paredes verticales que se alza sobre el agua unos 30 metros. No debe tener más de 100 metros por su parte más larga. Se trata de una gran piedra caliza, formada por varias capas, tan castigada por el viento, que presenta gran cantidad de aristas y agujeros; como si de los ventanales de una gran casa se tratara, con una gran terraza completamente plana y ligeramente inclinada como techo. Seguramente, su interior está compuesto por infinidad de cavernas comunicadas entre sí.

A medida que nos acercamos a la isla mayor, nos vamos encontrando con otros islotes, con paredes igualmente erosionadas, y grandes cavernas en las que podemos adentrarnos con una pequeña embarcación. La más cercana a Cabrera es Conejera, y ya es una isla de tamaño considerable, con un kilómetro de anchura por dos de largo. Cabrera tiene un diámetro de al menos 5 kilómetros, estando su costa repleta de calas; tres de ellas tienen tamaño suficiente para considerarlas bahías, como en la que estamos a punto de entrar. Como si de una entrada con dos colosales columnas se tratara, la bahía está custodiada por dos montañas que abrazan el agua de su interior. Lo primero que llama la atención es su castillo en la parte más alta de la montaña izquierda.

Una vez en la playa, si nos situamos a nuestra izquierda y miramos al interior de la bahía, más nos puede parecer un lago de aguas cristalinas rodeado de montañas. Es increíble la paz y el silencio que se respiraba en aquel lugar paradisiaco, como increíble parece que allí, en un lugar tan hermoso, alguna vez pudiera haber ocurrido nada que no hubiera sido igualmente hermoso. Sin embargo, todavía se pueden encontrar indicios de que, hace apenas dos siglos, las condiciones de vida que llevaron los que tuvieron la desdicha de habitar en aquel bello lugar, no fueron precisamente paradisiacas. Si bordeamos la costa entre rocas y matorrales, descubrimos varias calas más; todas ellas de aguas transparentes, que invitaban a quedarse en ellas a darse un chapuzón en días calurosos o simplemente a sentarse en sus orillas para relajarse. Existe todavía un cementerio y unas cuevas con signos evidentes de presencia humana; con dibujos e inscripciones, muchas de ellas ilegibles, pero que ponen de manifiesto el descontento de sus moradores. Cabrera es a los ojos humanos todo belleza, pero solo eso. Allí no hay nada que pueda hacer la vida fácil. No hay animales que cazar, ni árboles frutales que recolectar, ni siquiera hay agua para beber. Solo había lagartijas.


El castillo tiene una impresionante silueta, integrado perfectamente en la montaña, parece nacer de ella misma; y fue testigo silencioso de todo lo que allí ocurrió, no solo en años recientes, sino desde su construcción allá por el siglo XIV. Si decidimos subir, toda la isla, y el pequeño archipiélago entero estará ante nuestros ojos y volveremos a respirar una paz y un silencio no apto para ser descrito por palabras, ya que, solo puede apreciarse y entenderse estando allí mismo. Podemos mirar entonces y pensar cuán irónica es la vida, reservándonos trozos de paraíso que alguna vez puedan servirnos como infierno.

Una vez desembarcados, los prisioneros sintieron el alivio de verse por fin en tierra firme; y cuando los barcos se alejaron, hasta creyeron verse en libertad. Nadie sabía a ciencia cierta dónde los habían dejado. Pasaría algún tiempo hasta que llegaran a darse cuenta de la verdadera situación. Cada cuatro días fue apareciendo un barco de pescadores que les traía víveres; tan escasos y justos, que si el envío se retrasaba por alguna circunstancia, como el mal tiempo que les impidiera acercarse a la isla, el resultado podía ser fatal para su supervivencia. En Cabrera no hay caza, solo hay lagartijas y ratas. Algún cronista escribió que encontraron dos cabras, que al verse acorraladas se tiraron al mar desde un precipicio. Y algunos conejos que desaparecieron rápidamente ante los 7.000 soldados que les dieron caza. Pero lo cierto es que Cabrera ofrece pocas posibilidades de supervivencia a lo largo de sus 7 kilómetros de longitud en su parte más ancha por 5 en la parte más estrecha. Por no haber, no hay ni agua donde beber; aunque el mismo cronista habla de un manantial que no daba abasto para que todos saciaran su sed. Está llena de arboleda y monte bajo que la embellecen, pero Cabrera solo ofrece eso, una belleza inhóspita para el ser humano. 

Los franceses se pusieron de inmediato a explorar la isla y se cuenta que un soldado preguntó a un oficial: 

―Où sommes nous capitaine? ¿Dónde estamos, capitán? 
A lo que éste le contestó: 
―Nous sommes en enfer, où nous allons payer pour nos péchés. En el infierno, donde pagaremos nuestros pecados. 

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