06 febrero 2018

febrero 06, 2018



Desde el lago del Averno hasta Nauloco

El lago del Averno dista unos 700 metros del lago Lucrino, y este último está a escasos metros del mar, en el golfo de Nápoles. El Averno era un lugar ideal para la fabricación, reparación y entrenamiento de la nueva flota que estaba poniendo en marcha Agripa. Un buen lugar para permanecer ocultos mientras trabajaban. Aparentemente, el único problema era cómo transportar los barcos hasta el mar, pero el terreno que separa el lago del golfo no ofrecía demasiadas dificultades para excavar un canal por donde saldrían las naves a mar abierto en la primavera del año 36 a.C. El lago llegó a convertirse en parte de un importante puerto al que bautizaron con el nombre de puerto Julio en honor a Octaviano, que, recordemos, en ese tiempo ya utilizaba el nombre heredado de su tío Julio César.



A la flamante flota se uniría Lépido, que acudiría desde África con 70 buques más y otros mil de carga que transportarían dieciséis legiones y un gran destacamento de caballería. Los 120 barcos aportados por Marco Antonio zarparían desde Tarento y Octaviano partiría desde Puteoli (actual Pozzuoli). En total, entre los barcos existentes, los reparados, los aportados por Marco Antonio y Lépido y los de nueva construcción, Octaviano reunió una flota de 300 naves, aproximadamente la misma cantidad disponible para Sexto Pompeyo, que se apresuró a ponerlas todas en alerta. 

Las cosas comenzaban bien para Octaviano, pues Lépido conseguía desembarcar sus legiones en Sicilia y rodeó completamente el puerto de Lilibea. Pero el 3 de julio la suerte se volvió en su contra. Cuando Agripa se dirigía a enfrentarse a Sexto, una gran tormenta hizo que Agripa perdiera gran cantidad de barcos mientras Sexto permanecía a resguardo. Octaviano, que permanecía en la bahía, vio cómo los vientos arremetían contra los barcos que chocaban entre sí. Hubo muchos destrozos que les iba a llevar más de un mes reparar. Neptuno parecía ponerse una vez más de parte de Sexto Pompeyo, así lo creyó él mismo, hasta tal punto que comenzó a usar una capa azul marino en honor al dios de los océanos. Pero Octaviano no estaba dispuesto a darse por vencido y, según Suetonio, gritó: «¡Ganaré esta guerra aunque Neptuno no quiera que la gane!» 

Aquel contratiempo hizo que, al acabar la reparación de la flota, el verano estuviera próximo a su fin, y lo más sensato hubiera sido dejar las cosas como estaban hasta la próxima primavera. Pero Octaviano no estaba dispuesto a pasar todo un invierno con su popularidad por los suelos mientras Sexto conspiraba contra él creyéndose un protegido de Neptuno. Después de todo, si este dios estaba en su contra, tanto daba la estación del año en que se hicieran a la mar; en pleno verano ya se había ensañado con ellos. Así que en cuanto la flota estuvo lista de nuevo, se hicieron a la mar. Mientras tanto, Lépido trasportaba cuatro legiones más desde África, con tan mala suerte que se toparon con los piratas fieles a Sexto y les hundieron varios barcos, pereciendo dos legiones enteras. 

La idea de Octaviano era desembarcar en la isla con sus legiones y atrapar a Sexto mientras Agripa se enfrentaba a su flota en las costas. Las cosas no le salieron tan mal esta vez a Agripa, sin embargo, los de Pompeyo se retiraron ordenadamente sin sufrir grandes daños. Agripa podía haberlos perseguido, pero no quiso correr riesgos ya que la tarde caía y pronto se haría de noche. Octaviano sigue sin tener suerte y sus legiones son atosigadas por la flota enemiga mientras desembarcan en Sicilia. No obstante, en la isla hay ya una gran cantidad de legiones y Sexto tiene cada vez menos posibilidades de salir airoso de esta situación. La única opción en la que confiaba Sexto era en un gran combate naval, era donde más seguro se sentía, ya que Neptuno jugaba a su favor. 

La batalla tuvo lugar el 3 de septiembre frente a las costas de Nauloco, una pequeña ciudad siciliana. Agripa iba a tener oportunidad, por fin, de probar su destreza como almirante, y la capacidad de sus naves recién construidas, más grandes y robustas que las de la flota de Sexto. A su favor, las de Sexto, al ser más ligeras eran también más maniobrables. Octaviano, quizás enfermo, observaba desde tierra. Cuentan que estaba tan exhausto que cayó en un profundo sueño, y hubo que despertarlo para que diera la orden de ataque de la flota comandada por Agripa. Quizás incluso sea una anécdota que se ha exagerado para poder así ser usada en contra de Octaviano, como hizo Marco Antonio poco después, cuando burlonamente dijo que cayó preso del terror y no fue capaz de mirar al enemigo y mucho menos luchar contra él. En cualquier caso, no fue necesaria su presencia, pues Agripa demostró ser un buen almirante y pronto tuvo controlada la situación. Las naves de Sexto apenas pudieron causar daños a los más grandes y pesados barcos que Agripa muy acertadamente había construido. Solo pudieron hundir tres, mientras Sexto perdió veinticinco. Los demás barcos fueron apresados y diecisiete consiguieron huir, y en uno de ellos escapaba Sexto Pompeyo.



Lépido, dueño de Sicilia

Ni Marco Antonio ni Octaviano habían tratado nunca a Lépido como a un verdadero líder, más bien lo veían como un segundón, solo útil para sus propósitos y siempre mangoneado por ellos. Sin embargo, ahora había sido clave para derrotar a Sexto Pompeyo y el verdadero conquistador de Sicilia y por eso se sentía tan satisfecho, que reclamó para sí la isla. Octaviano se lo tomó como un inadmisible acto de rebeldía y montó en cólera. Aquello suponía que iba a tener que renunciar a la persecución de Sexto. Como no se fiaba de él, tal como nunca se había fiado tampoco de Marco Antonio, ya había hecho algunas averiguaciones y descubrió, por ejemplo, que sus hombres no le tenían en demasiado aprecio y estaban temerosos por otra guerra civil, o que nada más desembarcar en Sicilia había estado tanteando la manera de aliarse con Sexto, por si las cosas no salían demasiado bien. Así que Octaviano no se lo pensó dos veces y se fue hacia Lépido.

Ya hemos visto en dos ocasiones las exhibiciones de heroísmo personal de Octavio. Desde que Julio César se plantó ante sus hombres solo y desarmado, unos hombres enfadados y dispuestos a matarle, él quiso imitarle y por eso hizo lo mismo ante los suyos y repitió la hazaña ante una muchedumbre furiosa, donde esta vez sí corrió serio peligro y solo se salvó por la actuación de su cuñado Marco Antonio. Ahora estaba dispuesto a repetir la gesta una vez más presentándose en el campamento de Lépido con solo unos compañeros de confianza, pero desarmados. La tensión entre las filas de soldados de Lépido se podía palpar a medida que Octavio se adentraba entre ellos. Algunos le saludaban. Era curioso ver cómo a Octavio se le atragantaban aún las batallas, por lo que sus enemigos lo tachaban de cobarde, y sin embargo, acuciado por las circunstancias, no dudaba en poner su vida en peligro. Lépido salió de su tienda al oír el alboroto que la presencia de Octaviano levantaba. No hubo saludo, sino la orden de que el intruso fuera expulsado del campamento. Obedientes, algunos soldados hicieron cumplir la orden sacando a Octaviano y sus acompañantes a la fuerza recibiendo golpes y viendo acercarse las espadas a su piel, aunque sin llegar a herirlos. Sus vidas corrían peligro y no tuvieron más remedio que salir corriendo ante risas y burlas.

Pero aquella valiente acción y la humillación momentánea no serían en vano. Detrás de Octaviano salieron algunos hombres de Lépido, y detrás de ellos otros, hasta provocar una desbandada. Lépido no salía de su asombro. Sus hombres desertaban para unirse a Octaviano. Ahora le tocaba a él humillarse suplicando que no lo abandonasen. Desesperado, se agarró a algunos estandartes para que no se los llevaran, y por respuesta, sus hombres le pidieron que los soltara, que ante su negativa le dijeron que lo haría cuando estuviera muerto. Viendo que no le quedaba nada que hacer accedió a soltarlos y quedó solo. Ahora le tocaba humillarse ante el mismo Octaviano, al que acudió a reconocer que se encontraba en sus manos. Aquello se transformó en un circo, donde todo el que pudo acudió para no perderse el desenlace. Si algo caracterizaba a Octaviano era que había imitado los arranques de heroísmo y valor de su tío Julio César, pero no su generosa clemencia. Lépido estaba en peligro de muerte, su cabeza podía rodar por los suelos en cualquier momento. Pero no fue así.

Octaviano se había librado de Sexto Pompeyo, un enemigo incómodo, y Lépido ya no era un rival. Sabía, además, que las legiones que tenía ante sí ansiaban un tiempo de paz. Convenía pues, dar ejemplo de piedad y generosidad. Octaviano se levantó al ver llegar a Lépido y le impidió postrarse ante él, que era lo que tenía pensado hacer. Le privó de su condición de triunviro y le mantuvo el título de máximo pontífice para luego enviarlo a Roma. Sus próximos veinte años los pasaría en un confortable retiro en Circeii, a unos noventa kilómetros de Roma.


El destino de Sexto Pompeyo

Sexto Pompeyo no perdió el tiempo, y después de cargar con todo lo necesario, incluida una cantidad importante de dinero, se dirigió, curiosamente, a Mitilene; es decir, acabó en el mismo lugar que su padre tras ser derrotado por Julio César. Allí hizo sus planes, recorrió la provincia de Asia y reclutó hasta tres legiones. Marco Antonio, ocupado en su guerra contra los partos, no le prestó demasiada atención, al principio. No obstante, tampoco le perdió ojo, y cuando se enteró de que se había puesto al servicio de del rey parto, lo declaró enemigo. Fue el gobernador de Asia, Cayo Furnio, quien se encargó de él. Sexto Pompeyo no tenía demasiadas posibilidades de salir victorioso. Se le ofreció un trato honorable si se rendía; pero Sexto prefirió estrellarse contra las tropas de Cayo Furnio. No murió en la batalla, pero fue capturado y ejecutado. Tenía veintiséis años. A esa edad, muchos no han comenzado su carrera, Sexto Pompeyo, sin embargo, la concluía, pues la comenzó demasiado temprano. Más de diez años había estado luchando y esquivando la muerte, que le llegó en el año 35 a.C.


La guerra partia de Marco Antonio

Julio César Octaviano también había comenzado su carrera muy precozmente y tenía la misma edad que Sexto Pompeyo. Sin embargo, Octaviano no concluiría su carrera hasta muchos años después, y ahora estaba a punto de subir a lo más alto de ella. Después de quitarse de encima a Sexto Pompeyo y jubilar anticipadamente a Lépido, Octaviano era un elemento muy a tener en cuenta, pues a pesar de no poder ser considerado un gran general, sí que era cierto que contaba con el apoyo y fidelidad de muchos veteranos que ya habían sido fieles a su padre adoptivo Julio César, y sobre todo, tenía a su lado un gran lugarteniente como Agripa. En estos momentos, lejos como estaba Marco Antonio, era el hombre más poderoso de Roma. Y fue por eso que, a su llegada a la capital, los senadores se habían apresurado a prepararle un gran recibimiento, haciéndole muy mucho la pelota con regalos y honores. No todos ellos tenían por qué ser aceptados, y de hecho no lo fueron. En concreto, Octaviano aceptó tres. Una estatua recubierta en oro que sería expuesta en el foro, un festival anual para conmemorar su victoria sobre Sexto Pompeyo en Nauloco y la tribunicia sacrosanctitas. Este último honor era sin duda el más importante, pues lo convertía en intocable. Mucho más que un aforado en la actualidad. Alguien sagrado e inviolable bajo pena de proscripción. Un honor solo concedido a los Tribunos del Pueblo, solo que él no tendría que ejercer de Tribuno, aunque podría asistir a las reuniones de éstos. A cambio, Octaviano quiso tener algunos detalles con la ciudadanía, estaba necesitado de dar muestras de gran generosidad si quería ir adquiriendo algún prestigio después de unos pasados años en los que actuó como el más cruel de los tiranos. Perdonó impuestos; anunció la quema de documentos anteriores a las guerras civiles, con lo cual hacía un borrón y cuenta nueva con antiguos enemigos; y la devolución, cuando volviera Marco Antonio, de los poderes especiales que se habían atribuido durante el triunvirato. A todo esto, hora es ya de ver cómo le van las cosas a Marco Antonio en su guerra contra los partos.

La guerra contra los partos llevaba, como hemos ido viendo, muchos años planeándose. Cada vez que Marco Antonio volvía a Italia a negociar con Octaviano, no era sino un contratiempo y un retraso más. Sin embargo, Antonio no quería cabos sueltos. Prefería que todo estuviera lo más ordenado posible a la hora de lanzar su ataque a gran escala sobre Partia. Muchos eran los que creían que Antonio estaba en buena disposición de vengar la humillación que Roma había sufrido años atrás, cuando Marco Licinio Craso y sus legiones fueron masacradas en Carrae. Y a pesar de que la invasión no había dado comienzo, unos años antes ya había habido bastantes enfrentamientos. Los partos, informados de las intenciones de los romanos, tomaron la iniciativa invadiendo Macedonia. Antonio no tuvo demasiados problemas con ellos al enviarles once legiones a hacerles frente. Pero eso no desanimó a los partos, y durante el verano del año 40 a.C. invadieron esta vez Siria, con Pacorus, el hijo del rey Orodes al frente, y mataron al gobernador de la provincia. Antonio envió esta vez a Ventidio, uno de sus mejores generales. Ventidio no decepcionó a Antonio y no solo venció, sino que logró matar a Pacorus en junio del 38 a.C. Luego envió su cabeza para ser exhibida por varias ciudades e intentar así intimidar a sus habitantes. Después de haber vencido al príncipe Pacorus, Ventidio marchó al este y sitió la ciudad de Samosata (actual Samsat en Turquía). Y aquí fue donde Ventidio pasó de ser un buen general para convertirse en un sospechoso traidor. El tiempo pasaba y la ciudad no caía. Hubo quien informó a Marco Antonio que Ventidio aceptaba sobornos de los Partos para que la ciudad no cayera en manos romanas, así que Antonio decidió acudir para poner fin al asedio personalmente. Al llegar, ordenó que Ventidio desapareciera de su vista. Sin embargo, Samosata era un hueso duro de roer y ni él mismo consiguió rendirla. Ahora iba a ser él el sobornado. Los partos ofrecieron a Marco Antonio una gran suma de dinero, 300 talentos, toda una fortuna, con lo cual, Antonio negoció una paz bastante favorable a la ciudad. Hay quien cree que, realmente, a Antonio no le molestó que Ventidio admitiera sobornos, sino que tuvo celos de que su general consiguiera una gran victoria que quería para él. Hubiera sido como ponerse a la altura de Octaviano, que permitió que Agripa venciera a Sexto Pompeyo mientras él miraba desde la costa.

Frederick Arthur Bridgman - Cleopatra on the Terraces of Philae
A pesar de que pudiera parecer que fue muy generoso con la ciudad de Samosata, lo cierto es que, a Antonio no le convenía en esos momentos entretenerse conquistando una ciudad. Sin ir más lejos, Octaviano reclamaba su presencia en Italia y aquí fue cuando ambos renovaron sus acuerdos de triunviros. Antonio le prestaba 120 barcos a Octaviano, mientras éste le prometía varias legiones que nunca llegaría a enviarle. El invierno del año 37 al 36 a.C. Antonio lo pasaría en Antioquía haciendo los preparativos para lanzar un ataque a gran escala sobre Partia en la primavera siguiente. Todos creían que era un buen momento, pues los partos andaban revueltos unos contra otros y eran más vulnerables. ¿Por qué andaban ahora los partos envueltos en reyertas? En parte, Antonio había sido el que las provocó, aunque lo hiciera sin proponérselo. Su general Ventidio, había matado y paseado la cabeza del príncipe heredero Pacorus. El rey Orodes II lloró su pérdida y quedó desolado e incapaz de seguir gobernando, por lo que abdicó en favor de su otro hijo, Fraates IV. Pero Orodes II no tenía solo dos hijos, ni tres, ni cuatro; tenía al menos treinta, y no fueron pocos los que se rebelaron contra Fraates. La respuesta del nuevo rey fue la de masacrar a buena parte de sus hermanos, y las consecuencias fueron unas revueltas que los ponía a todos al borde de una guerra civil. Antes de que acabara el invierno, Cleopatra y sus gemelos se presentaron ante Antonio. La había llamado él; había algunos asuntos que tratar, pues Egipto era esencial para el abastecimiento de grano de sus soldados. Resuelto el asunto, Antonio reconoció como hijos suyos a los gemelos y Cleopatra volvía a ser su amante.

En la primavera del año 36 a.C. Antonio puso en marcha su invasión. Hay que recordar, que Julio César no solo tenía en mente la invasión de Partia, sino que tenía todos los preparativos hechos cuando murió. Los planes los conocía Antonio y quiso llevarlos a cabo tal como César tenía previsto; al principio, parece que aquellos planes funcionaban a la perfección. Marcharían por el centro de Armenia, un territorio amigo; algo que Craso rechazó a pesar de que el mismo rey armenio se lo había ofrecido; y había que evitar luchar a campo abierto en las grandes llanuras, donde los arqueros a caballo partos eran como enjambres de avispas letales. Pero Antonio tenía una preocupación: que el invierno le cogiera en plena campaña, así que, no podía permitirse ni un día de retraso en sus planes, y al lanzar su primer ataque en junio dejó atrás las tropas que transportaban todo lo necesario para el asedio de la ciudad de Fraata. Los partos pronto supieron que las torres de asalto y demás maquinaria romana habían quedado atrás. Unos 50.000 jinetes con arcos se presentaron por sorpresa y lo arrasaron todo. La maquinaria fue incendiada y destruida y todo lo demás saqueado, mientras que los hombres que custodiaban el equipamiento fueron masacrados. Marco Antonio, a pesar de querer evitar los errores de Craso, tropezó en el primero de ellos: confiar en el guía, que no era sino un espía parto. Fraata, donde pensaban pasar el invierno, ya no pudo ser conquistada. Antonio se vio obligado a volver a Armenia, pero el camino de regreso no iba a ser nada fácil. Las duras tormentas de nieve que las legiones tuvieron que soportar y los constantes ataques partos infringieron a las legiones romanas más de 20.000 bajas, hasta conseguir ponerse a salvo de nuevo en Armenia.

Marco Antonio estaba amargado y varias veces quiso suicidarse. Pero por más que lo ordenó, sus esclavos no quisieron hacer de verdugos. Se tuvo que conformar con vivir con su sufrimiento y dedicarse a visitar una a una las tiendas de sus soldados, sobre todo de aquellos que estaban heridos. Seguramente estaban enojados con él, pero tenía que hacer lo que todo buen general hace con sus soldados y preocuparse por ellos. Pero he aquí que Plutarco nos cuenta que «lo recibían con caras alegres y le daban la mano cuando pasaba, le suplicaban que no dejase que sus sufrimientos le pesasen, sino que se cuidara mucho», dándose cuenta que era él el necesitado de ánimos. Luego, una vez repuestos todos, se pusieron en marcha de vuelta a Siria, adelantándose unos mensajeros para pedir a Cleopatra dinero y ropa para los soldados. Una vez en Siria la espera se hizo eterna y Antonio se dio a la bebida. Hasta que un día, por fin divisaron a lo lejos las velas egipcias. Cleopatra en persona vino a hasta ellos, trayendo con ella todo lo necesario para abastecerlos. Desde allí, Antonio regresó con Cleopatra a Alejandría, estaba necesitado de un buen descanso y, sobre todo, poner en orden su cabeza y pensar cuál iba a ser su siguiente paso.

Octaviano recibía las noticias en Roma, donde llegaban maquilladas, aunque él sabía muy bien cómo interpretarlas, pues tenía sus propios espías que le informaban al detalle de cuanto ocurría en oriente. Cuando se enteró del desastre, pensó que había que hacer público solamente lo que Antonio hizo oficial: que habían conseguido grandes victorias sobre los partos y que después de una buena campaña veraniega se habían retirado a Siria para pasar el invierno. No obstante, la campaña había sido muy dura y había habido serias pérdidas. Antonio necesitaba soldados. Había llegado el momento de cumplir con su parte del trato, donde se comprometió a enviarle algunas legiones, cuando Antonio le prestó sus ciento veinte barcos. Pero en vez de eso, le envió a su hermana Octavia, la esposa de Antonio. Octavia estaría ansiosa de reunirse con él, después de tanto tiempo. Y él estaría encantado de recibir a su esposa en compañía de Cleopatra. Seguro que era lo que más le apetecía en aquel complicado momento en que intentaba ponerlo todo en orden. Pero Octavia no viajaría sola, sino con dos mil pretorianos que la protegerían durante el largo camino; y además le enviaba setenta barcos, los que habían quedado enteros durante la batalla de Nauloco, los mismos que Antonio le había prestado. Todo esto, por supuesto, no era más que una provocación por parte de Octaviano. Que Antonio y Cleopatra eran amantes era la comidilla de toda Roma, y darle una gran sorpresa enviándole a su hermana era una forma de vengar estas infidelidades. Aunque a decir verdad, tanto Octaviano como Antonio no necesitaban de excusas para humillarse el uno al otro.

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