18 octubre 2017

octubre 18, 2017
Augusto, Mecenas y Agripa en la serie televisiva Roma, producida por HBO, BBC y RAI

La locura de Octaviano

Había sido una victoria completa, la república estaba demolida y los últimos de sus defensores, unos 14.000 soldados, negociaron su rendición. Pero Octaviano no estaba contento, el más joven de los triunviros estaba emocionalmente deshecho, trastornado, enfermo, agotado... y es posible que al borde de la locura. Entre los últimos defensores de la república había personalidades distinguidas que acudieron a negociar, pero Octaviano los insultó y decidió que debían ser ejecutados. A las historias de terror durante la proscripción habría que añadir estas otras, tan crueles como indignas, de hombres que lucharon por sus ideales y que ya estaban vencidos.

-Un soldado le pidió a Octaviano ser enterrado con dignidad después que lo ejecutaran. Eso le corresponde a las aves carroñeras, fue la respuesta.

-Un hombre pidió piedad, pero sobre todo, pedía clemencia para su hijo, que había luchado junto a él. Pero Octaviano revolvió todo su interior para sacar su sentimiento más cruel y dijo que solo perdonaría a uno de ellos. Los puso a jugar a mostrar cierto número de dedos a la vez que gritaban un número. Los dos se negaron a jugar. El padre ofreció su vida para que perdonaran a su hijo. Su deseo fue aceptado y el padre fue ejecutado. Entonces el hijo se suicidó. Octaviano lo observó todo impasible, mientras en el resto de prisioneros crecía el odio hacia él. Cuando salieron de allí, encadenados, todos saludaron cortésmente a Antonio, mientras a Octaviano le profirieron insultos.

La proscripción había acabado con gran cantidad de la clase dirigente romana y los supervivientes habían desaparecido dispersos por todos los rincones del imperio. Ya no había nadie que amenazara con marchar sobre Roma con un gran ejército. Ya solo quedaban los triunviros como amos y señores. Muchos suspiraban aliviados pensando que los ocho años de guerra llegaban a su fin y se acabarían los impuestos abusivos que soportaban. Por otro lado, había la incertidumbre de cómo iba a ser gobernada Roma. ¿Qué harían ahora los triunviros? Tres hombres, tres asesinos sin escrúpulos gobernando no ofrecían demasiadas garantías. Dos de ellos habían sido enemigos mortales y, aunque ahora eran aliados, a nadie se le escapaba que todavía eran rivales. Nada bueno se presagiaba.

En el trato que tenían los tres, se había asignado una parte del imperio a cada uno para ser gobernada. De momento, Antonio se quedó en Grecia y Octaviano fue llevado a Italia, todavía enfermo. Su llegada no suscitó demasiado entusiasmo, como tampoco nadie se apenó cuando el joven empeoró. Demasiados enemigos para ser tan joven, seguían murmurando en Roma. Muchos pensaban que no sobreviviría, e incluso circuló el rumor de que había muerto, pero cuando descubrieron que seguía con vida y se recuperaba, no fueron pocos los que escondieron todos sus bienes y quienes abandonaron Roma por temor a otra proscripción. Hubo otros que también abandonaron Roma, pero con otra intención. Fue el caso del hijo de Cicerón, que marchó a Sicilia a unirse a un personaje que permanecía al margen de la derrota del ejército republicano, Sexto Pompeyo.

La muerte de Julio César quedó por fin vengada, casi todos los asesinos habían muerto, bien en la batalla de Filipos, o bien en Roma durante el estado de proscripción. La república misma había muerto y Roma estaba en manos de tres psicópatas. Recordemos que cada uno había acordado ocuparse de unas provincias en concreto. Lépido estaba a punto de perder Hispania y la Narbonense, ya que, se sospechaba que había mantenido conversaciones con Sexto Pompeyo. Se le estaba acusando de traición, y como castigo, debía entregar estas provincias, que ahora pasarían, Hispania a manos de Octaviano y la Narbonense a Antonio. Comenzaban las desavenencias entre los triunviros, aunque se acordó que, si Lépido resultaba inocente de estas acusaciones, se le volvería a admitir en el triunvirato y se le asignaría la provincia africana. Por su parte, Antonio soltó la Galia Cisalpina, y por mutuo acuerdo con los otros dos triunviros llevaron a cabo algo que ya había propuesto en su día Julio César, que dejara de ser provincia para formar parte de Italia. Es lo que hoy forma la parte italiana que está fuera de la península, al norte, más adentrada en el continente, Turín, Milán, Verona, entre otras ciudades. Esto no se hizo por simple capricho, sino con la idea de que ningún gobernador estuviera al mando de un ejército a poca distancia de Roma, y así evitar el peligro de que marchara sobre ella, tal como ya habían hecho otros, entre ellos el propio César.

Marco Antonio se dedicaría ahora a organizar el imperio con las miras puestas en llevar a cabo el proyecto que dejó aparcado el difunto César, es decir, invadir Partia y de paso vengar a Craso. En cuanto a Octaviano, ahora tenía un gran problema, pues debía cumplir su palabra de premiar a los veteranos que había reclutado, licenciándolos y entregándoles tierras para que se dedicaran a la agricultura el resto de sus días. Pero, ¿de dónde iba a sacar Octaviano esas tierras? El estado no disponía de tierras suficientes para todos y comprarlas no iba a ser posible ya que las arcas estaban vacías, y de haber habido algo lo hubiera rebañado Marco Antonio para su futura campaña parta. Los veteranos fueron convocados en el Campo de Marte, donde serían informados de cómo se iba a llevar a cabo el reparto. Llegaron muy temprano, ansiosos como estaban por obtener sus recompensas. Tan temprano, que la espera de su líder, Octaviano, se les hizo eterna y hubo discusiones y peleas. Un centurión que quiso poner orden fue asesinado. Cuando llegó Octaviano, todos callaron. el joven triunviro, mientras caminaba, se encontró con el cuerpo del centurión muerto y se limitó a esquivarlo. Los soldados abochornados, pidieron que los asesinos fueran castigados. Cuando todos estuvieron más tranquilos, procedió a asignarles a cada uno las tierras prometidas. 

Unos dieciocho pueblos fueron elegidos para la confiscación de sus tierras. Octaviano les anunció a sus propietarios que no tenían elección ante la expropiación. Roma se vio inmediatamente invadida por una avalancha de campesinos que protestaban indignados, algunos de ellos ya desposeídos de sus tierras, otros amenazados con perderlas. 

Así lo cuenta Apiano: 
«La gente venía en grupos, hombres jóvenes y viejos, mujeres con sus hijos, y se reunían en el foro y en los templos, lamentándose y declarando que no habían hecho nada malo.»

La respuesta de Octaviano a los que reclamaban fue simple: 
«¿De qué otra fuente vamos a pagar el premio a los veteranos?» 

Y así era, no había otra forma; y además, no había suficiente. Y es por eso que muchos veteranos estaban enfadados, hasta el punto de que hubo enfrentamientos entre ellos. Los afectados por las expropiaciones seguían con sus peregrinaciones a la ciudad para protestar. Se dice que tuvo lugar lo que pudiera ser una de las primeras huelgas generales que se conocen, con piquetes incluídos, tal como cuenta Apiano. 

«La población civil cerró los talleres y obligó a marcharse a los cargos públicos, diciendo que no tenían necesidad de ellos ni de oficios en una ciudad hambrienta y saqueada.»



La reina de Egipto

Octaviano veía que la situación era insostenible y tuvo que parar las expropiaciones, lo cual aumentó el malestar entre los veteranos, que pedían su cabeza. La ciudad se convirtió en un caos, aunque las revueltas se sucedían en toda Italia. Para colmo de males, el grano comenzó a escasear. En la ciudad de Roma se consumía alrededor de 150.000 toneladas de trigo anuales. Había más de 300.000 parados que recibían provisiones gratuitas del estado. En Italia se cultivaba un porcentaje de ese grano, pero la mayoría provenía de Sicilia, Cerdeña y África. Y fue a ese bien tan preciado, proveniente del exterior, al que Sexto Pompeyo puso bloqueo. Todo se le complicaba a Octaviano.

Mientras tanto, Marco Antonio se había propuesto poner orden en Oriente. Octaviano era un divi filius, el hijo de un dios, Julio César, que ya en vida se hizo parar por tal, y él, que no quería ser menos importante, reivindicó para sí el estatus divino y se presentó en Asia como el Nuevo Dioniso, dios del vino. Su misión principal, aparte de poner en orden lo que según él habían desordenado Bruto y Casio, era pasarlo bien y recaudar fondos para su nuevo proyecto de invadir Partia. Plutarco es esta vez el encargado de contarnos los atropellos cometidos:

«Despojó de sus bienes a muchas familias nobles y se los dio a granujas y aduladores. En otros casos, se le daba permiso a alguien para robar fortunas de propietarios que aún vivían pretendiendo que habían muerto.»

Para acelerar la recaudación, mandó pagar en dos años el equivalente a nueve de impuestos. La provincias orientales habían sido saqueadas por los llamados Luchadores de la Libertad, Bruto y Casio, para conseguir fondos y financiar la guerra, habían estado haciendo lo mismo que los triunviros en Italia. Ahora, los reyezuelos que se habían prestado a ayudar a los republicanos estaban siendo castigados y a pagar grandes sumas de dinero. Y aunque Antonio procuraba favorecer a quienes se habían opuesto a los republicanos, la población no podía soportar tanta presión de unos y otros. Cuando Antonio se dio cuenta de que estaba yendo demasiado lejos, pensó que quizás hubiera una solución más efectiva. ¿Por qué no buscar un socio? O una socia. Cleopatra.

Corría el año 41 a.C. Antonio se encontraba en la ciudad de Tarso, Cilicia, cuando envió a uno de sus ayudantes, llamado Quinto Delio, como mensajero para que le hiciera saber a Cleopatra que quería reunirse con ella. Quinto Delio quedó impresionado con el encanto de Cleopatra y además supo convencerla para que acudiera a Tarso a reunirse con su jefe. Navegando por el río Cydnus, se desplazó en una espléndida barcaza. Plutarco nos cuenta la idílica escena, quizás con algunos adornos poéticos y exagerados:

«Ella estaba en una barcaza con la popa de oro. Las velas moradas ondeaban al viento y los remeros acariciaban el agua con remos de plata que se sumergían al son de una música de flautas y laúdes. Cleopatra, vestida como Afrodita, la diosa del amor, yacía reclinada bajo un palo de oro.»

Antonio esperaba en la plaza del pueblo donde daría la bienvenida formal a la reina. Cuando se corrió la voz de que una flota de barcazas majestuosas y coloridas se acercaba por el río, la gente corrió a ver el espectáculo y pudo observar cómo atracaban en el muelle. Al ver a la reina, todos decían que era la diosa Isis, que había venido a reunirse con el dios Dioniso, algo que solo podía augurar felicidad para los pueblos asiáticos. Eso era lo que creían, aunque no sería así.

El hecho de que Cleopatra se presentara como la Diosa Afrodita o Isis es interpretado por los historiadores como una provocación sexual, como una petición directa a ser la pareja divina del dios Dioniso. En todo caso, era corriente que los gobernantes de la época jugaran a ser dioses, sin otro propósito que impresionar a la plebe. Pero lo cierto es que Marco Antonio y Cleopatra congeniaron bastante bien desde el principio, y la primera cita se concretó de inmediato, al aceptar ella la invitación de cenar juntos. Y a esta cena siguió otra, esta vez, a instancias de Cleopatra que lo invitó a su lujosa barcaza. Y entre delicias gastronómicas y buenos vinos, le lanzó la propuesta de un gran negocio, que ella debía financiar en parte, a cambio de grandes beneficios, claro está. La invasión de Partia podría suponer la obtención de grandes riquezas para ambos, así que Cleopatra estuvo de acuerdo. Conquistar el imperio parto no iba a ser tarea fácil, ella lo sabía después del descalabro sufrido por Craso, pero Antonio había calado hondo en Claopatra y estaba segura de que era un buen general, que habría tomado nota de los errores cometidas por desdichado Craso. Para cerrar el trato, la reina de Egipto le puso una condición: debía acabar con su odiada hermanastra Arsínoe, refugiada en el templo de Artemisa después de haber intentado arrebatarle el trono. Antonio no tuvo que pensarlo demasiado para aceptar la condición. Ambos cerraron el trato y partieron para Alejandría donde se entregaron al placer y la diversión. 

Pero volvamos de nuevo a Roma, donde a Octaviano no paran de torcérsele las cosas. Ahora es . Lucio Antonio, uno de los cónsules del año 41 a.C. quien aprovechando el caos reinante en la ciudad ha decidido desafiarle. Este Lucio Antonio es hermano de Marco Antonio, y naturalmente, cuñado de la cruel y despiadada Fulvia. Y es precisamente ésta, la esposa de Marco Antonio, la instigadora del desafío. Se decía que era ella la que verdaderamente ejercía de cónsul. El carácter despiadado de Fulvia le impedía sentir lástima por los granjeros desposeídos de sus tierras, pero era una buena ocasión para ponerlos de su parte haciéndoles creer que luchaban por su causa. La idea era derrocar a Octaviano. Lucio estaba difundiendo entre las legiones la idea de que el más joven de los triunviros se estaba comportando con deslealtad y pronto tuvo bajo su mando a ocho de ellas y marcharon al norte para reunirse con dos generales partidarios de Antonio. Pero estos generales no tenían órdenes directas de Antonio de unirse a ninguna revuelta contra Octaviano y prefirieron no actuar. Fulvia misma reclutó personalmente algunas tropas y les dio órdenes directamente, algo poco usual para la época. Dión Casio dijo que no deberíamos sorprendernos de ello, Fulvia era de armas tomar y solía llevar una espada a la cintura.

Octaviano se enfrentó a las ocho legiones de Lucio, donde se batieron valientemente sus dos inseparables Agripa y Salvidieno y terminaron poniendo en fuga a los rebeldes, que se refugiaron en una fortificación de Perusia. Lucio pidió socorro a los dos generales que no quisieron unirse a él, pero estos no respondieron a su llamada. Fulvia montó en cólera y se presentó ante ellos fuera de sí, gritando y exigiendo que salieran en ayuda de Lucio. A regañadientes, los generales se pusieron en marcha, pero Octaviano se les había adelantado y había puesto cerco a Perusia. Finalmente, los generales se dieron la vuelta y Lucio quedó solo y tuvo que rendirse. Las condiciones de la rendición fueron que todas las legiones eran perdonadas. Lucio y los demás cabecillas eran arrestados aunque no tardaron en ser puestos en libertad. Lucio fue enviado a Hispania como gobernador Octaviano sabía que no era el momento de enemistarse con su socio y suegro Marco Antonio. No obstante, Octaviano estaba muy enfadado, furioso, y con alguien debía descargar su furia. La parte más malvada volvió a salir de un neurótico y trastornado Octaviano. Dio vía libre a sus tropas para saquear Perusia, provocando un incendio que la destruyó por completo. De los prisioneros que prometió perdonar, escogió a 300 que fueron llevados a Roma para ser ofrecidos como sacrificios humanos en el altar del dios Julio durante los idus de marzo, ya que estos incidentes tuvieron lugar sobre el mes de febrero del año 40 a.C. poco antes del aniversario del asesinato de Julio César. Para todo el que le pidió clemencia, la respuesta fue la misma: debes morir.


Insultos y obscenidades

Como curiosidad y a modo de anécdota, en los campos de batalla, después de más de dos mil años, siguen encontrándose vestigios de que, efectivamente, en ciertos lugares tuvo lugar una trifulca. En el cerro del Águila, entre Osuna y Écija, por ejemplo, donde se cree que tuvo lugar la batalla de Munda, pueden encontrarse proyectiles de plomo del tamaño y forma de una almendra. Dichos proyectiles eran lanzados por hondas y su impacto podía ser tan mortal como una bala disparada desde un fusil. A menudo, quienes los fabricaban, grababan una inscripción que podía ser el nombre del enemigo a quien iba dirigido y no es extraño encontrar proyectiles con el nombre de Julio César u otros generales. En otras ocasiones simplemente escribían insultos u obscenidades. Es el caso de los proyectiles de plomo encontrados en el campo donde tuvo lugar la batalla entre Octaviano y Lucio Antonio y que se reproducen a continuación:

-Hola Octavio mamón.

-Busco el clítoris de Fulvia.

-Busco el culo de Octaviano.

-Lucio es calvo. (insulto que puede parecer suave, pero es muy ofensivo.)

-Flojo Octavio, siéntate encima.

-Octaviano tiene una picha floja.

Recordemos que él nunca se hizo llamar Octaviano, sino que usaba el nombre heredado de Cayo Julio César, pero sus enemigos se empeñaban en recordarle quién era realmente.

Y ya que hablamos de obscenidades aprovecharemos para hablar de unos versos bastante fuertes, que se atribuyen al propio Octaviano. En ellos trataba de explicar el motivo por el cual, la malvada Fulvia había tratado de acabar con él. Según estos versos, Fulvia sufría ataques de celos, ya que Marco Antonio era un mujeriego empedernido. Ahora que sabía que estaba pasando unas excelentes vacaciones junto a Cleopatra, Fulvia no solo estaba celosa, sino histérica, y como venganza habría supuestamente provocado al joven y bien parecido Octaviano para que se acostara con ella. Pero Octaviano dice no estar tan desesperado y le da largas. Al verse rechazada, montó en cólera y puso a su cuñado en su contra para acabar con él. No se sabe qué habrá de cierto en todo esto; lo que sí parece muy probable, es que Fulvia quisiera favorecer a Marco Antonio quitando de enmedio a quien ella consideraba un estorbo. De esta forma, al enterarse de lo que ocurría en Roma, volvería, y una vez de vuelta, se daría cuenta de lo mucho que valía su esposa y se olvidaría de una pelandrusca como Cleopatra. Pero fuera cierto o no que le tirara los tejos a Octaviano, vamos a reproducir aquellos obscenos versos, que seguramente sirvieron para provocar carcajadas entre los soldados:

«Como Antonio fornica con Gláfira*,
Fulvia me quiere castigar obligándome a fornicar con ella.
¿Qué hago? ¿Y si Manius** aprovecha y me viola?
Todavía estoy en mis cabales. No lo haré.
O me f.... o te mato, dice Fulvia.
Correré el riesgo, ya que, quiero a mi pene más que a mi vida.
Que suenen las trompetas.»

*Gláfira era una amante de Marco Antonio.
** Manius era un esclavo liberado de Fulvia.


Los partos se adelantan

Para febrero del año 40 a.C. llegaron malas noticias a Alejandría, donde Marco Antonio gozaba de unas estupendas vacaciones junto a Cleopatra, Los partos se habían enterado de los planes de Antonio y decidieron actuar primero invadiendo Siria. En la primavera del año 40 a.C. Se puso en marcha. No sabemos si estaba ajeno o no a lo que habían planeado su esposa y su hermano contra su socio Octaviano; aunque más tarde afirmaría que él nada sabía y que se enteró en Atenas, justo donde se encontró con Fulvia, que había tenido que huir de Italia. Antonio le dio una gran reprimenda por haber tomado las riendas de una rebelión contra Octaviano. Ella le contestó que todo lo había hecho por favorecerle a él, y así se lo pagaba. Luego viajaron juntos hasta Sición, un puerto en el golfo de Corinto, donde Fulvia cayó enferma. No se sabe cuál era su enfermedad, pero al cabo de los días estuvo peor. Según Apiano, Fulvia agravó su enfermedad deliberadamente, lo cual significa que se hizo daño a propósito intentando algún tipo de suicidio. Más tarde, Antonio se encontró con su madre, que también se había ido de Italia al no encontrarse allí segura. Había estado refugiada en Sicilia y traía un mensaje de Sexto Pompeyo, que le proponía una alianza contra Octaviano.

Entre tanto, moría Quinto Fufio Galeno, gobernador de la Galia, y Octaviano, que no se fiaba de nadie, y de alguna manera sospechaba de que entre su socio y Sexto tramaban algo, se apresuró a tomar el control de las once legiones que quedaban huérfanas. O no tan huérfanas, pues al mando ya estaba el hijo del recién fallecido gobernador, pero no tuvo valor de enfrentarse a Octaviano. Cuando Antonio se enteró de esto, lo tomó como una provocación y ya no tuvo ninguna duda de que debía aliarse con Sexto, así que se embarcó hacia Brindisi con 200 barcos. Atrás quedó una enferma Fulvia que moriría poco después de la partida de Antonio. Su enfermedad no la sabemos, igual murió de un ataque de mala leche, pero Antonio no pudo menos que sentirse culpable de su muerte, por no haber podido quedarse con ella en momentos tan difíciles. Por el camino se le unió la poderosa flota republicana de Ahenobarbo. Sexto Pompeyo y muchas personalidades que habían huído de la proscripción tenían de nuevo las esperanzas puestas en Marco Antonio. Fue curiosa la paradoja de que el vencedor y principal hostigador de la república, ahora era considerado como el único capaz de salvarla.

Al llegar a Brindisi, Antonio no pudo atracar en el puerto, pues estaba defendido por varias cohortes de Octaviano. Antonio pidió inmediatamente refuerzos a Macedonia mientras pedía a Sexto que atacara Italia para obligar a Octaviano a que no acudiera a Brindisi. Pero Octaviano, informado al detalle de cuanto pasaba, ya estaba en marcha, y como solía ocurrirle cada vez que estaba próximo a una gran batalla, enfermó de nuevo. Una nueva guerra civil se cernía sobre Roma. Pero no comenzaría precisamente con una batalla en Brindisi, pues pudo llegarse a un acuerdo. Los principales generales de uno y otro bando estaban hartos de que las legiones romanas lucharan entre sí y acordaron intentar a sus líderes para pactar un nuevo triunvirato. Antonio tuvo que ceder al ver que sus generales eran contrarios a seguir luchando. Por otra parte, Octaviano disponía de más legiones que él. Por su parte, Octaviano, enfermo como estaba, no quería enfrascarse en otra batalla. De aquella negociación salió un acuerdo por el que el triunvirato de renovaba por cinco años y el imperio se dividía en dos; la parte oeste incluída la Galia la administraría Octaviano y la parte este, a partir de Macedonia, le correspondía a Antonio. Italia la compartirían entre ambos. ¿Y qué hay de Lépido? Cada vez pintaba menos en el triunvirato; acusado de traición y no habiendo pruebas suficientes para inculparlo, decidieron dar por concluido el asunto y le asignaron la provincia africana. En realidad fue Octaviano quien insistió en concedérsela, para, en caso de que Antonio se revolviera nuevamente contra él, tenerlo de su parte.


Rebelión contra Octaviano

Finalmente hubo negociación. Para sellar acuerdos, era frecuente emparentar entre socios, ya había habido una boda entre Octaviano y la hija de Fulvia, de poca edad y que fue disuelta antes de que la niña cumpliera los doce años. Por lo tanto, era necesaria una nueva boda. Esta vez el novio sería Marco Antonio, que acababa de quedarse viudo. La novia sería Octavia, la hermana de Octaviano, mayor que él, que también había enviudado hacía poco tiempo y contaba unos treinta años. Todo se solucionó satisfactoriamente. Todo menos una sombra que cubrió la negociación. Hasta Octaviano llegó la noticia de que Quinto Saldivieno Rufo, uno de sus amigos y hombre de confianza, le había traicionado. Saldivieno había quedado al mando de las legiones de la Galia. Por lo visto había tenido correspondencia privada con Antonio, insinuando a éste que estaba dispuesto a cambiar de bando. Octaviano le envió inmediatamente una citación para que se presentara en Roma ante él. Saldivieno obedeció y al llegar a Roma fue procesado ante el senado y condenado a muerte por traición. Marco Antonio no quedó en muy buen lugar. La tensión entre triunviros no había desaparecido, sino que aumentaba.

Se cuenta sobre Marco Antonio, que era afable y campechano. Dado a las juergas y borracheras y sobre todo mujeriego. Le gustaban las bromas, a las cuales reaccionaba con carcajadas vulgares. A Cleopatra, mucho más refinada, le había costado acostumbrarse a tales vulgaridades, aunque fingía divertirse ante ellas. Tal vez fue por este tipo de familiaridad y afabilidad por lo fue seducido Saldivieno a que se pasara a sus filas, ya que, al ser mucho mayor que Octaviano, transmitía más temperamento y seguridad. Esto fue, como ya hemos visto, lo único que manchó el nuevo acuerdo de los triunviros, que sin embargo, habían conseguido que en Roma se respirara, por primera vez en mucho tiempo, algo de paz y tranquilidad. Ya no había proscritos y nadie era perseguido. No había guerra civil, por lo que no había necesidad de recaudar fondos o expropiar tierras. La pesadilla había terminado. ¿Cuánto duraría esta calma?

Sexto Pompeyo se sintió traicionado, pero no le quedó más remedio que cancelar sus planes de ayudar a Antonio contra Octaviano ante el acuerdo entre ambos de no pelear y renovar en triunvirato. Su plan ahora era el de seguir dominando los mares y mantener el bloqueo de grano a Italia. Los precios se dispararon y la opinión pública se volvió de nuevo contra Octaviano que le exigía una solución; enfrentarse y derrotar a la flota de Sexto, o llegar a un acuerdo con él, pero Octaviano rechazó las dos posibilidades. No había dinero para una guerra naval y no estaba dispuesto a rebajarse a Sexto. Lo más que estaba dispuesto a hacer era ponerse a recaudar dinero. Impuso un nuevo impuesto a los propietarios de tierras y otro de sucesiones (como los impuestos de sucesiones en Andalucía). Aquello fue la gota que colmó el vaso para que la gente armara una revolución. Los disturbios se sucedían día tras día hasta que Octaviano decidió dar la cara. Porque malo era el chaval, pero huevos también tenía. Anteriormente ya había aparecido entre los soldados amotinados que pedían su cabeza, ahora estaba dispuesto a hacerlo entre la multitud indignada que también querían matarlo. Y a punto estuvieron de conseguirlo. Salió hacia el foro sin una patrulla que lo protegiera, solo con sus amigos de siempre y algunos guardaespaldas. Una vez allí quiso introducirse entre ellos para explicarles la situación y por qué no había más remedio que actuar como lo estaba haciendo. Pero nada más verlo, el gentío comenzó a lanzarle objetos y a abuchearlo. Octaviano no tardó en sangrar, lo había herido, pero él no dio marcha atrás intentando hacerse oír. Alguien avisó a Antonio de la locura que su socio estaba cometiendo y pronto apareció en el foro con una patrulla de legionarios.

Al ver a Antonio, le gritaron que se marchase, que contra él no tenían nada, pero Antonio dio orden de que se dispersaran y entonces comenzaron a lanzarle piedras. Pronto el foro estuvo rodeado de soldados y la gente comenzó a escapar por los callejones. Aún así, a Antonio le costó llegar hasta donde estaba Octaviano y sus amigos para finalmente ponerlos a salvo. Su actual cuñado le había salvado la vida.


El pacto con Sexto Pompeyo

Finalmente, Octavio, después de salvar el pellejo, se dejó convencer por Marco Antonio y aceptó enviar una solicitud de negociación a Sexto Pompeyo. Alrededor de Sexto hubo quien le aconsejó no hacerlo, pero terminó aceptando. Era el verano del año 38 a.C. El encuentro iba a tener lugar en Miseno, un cabo en el extremo norte de la bahía de Nápoles, donde abundaban las villas de la gente rica. A Sexto le vino a la mente la angustiosa escena de la que fue testigo, junto a su madre, siendo un niño, en la costa egipcia, cuando su padre desembarcó confiado en que se dirigía a negociar y fue brutalmente asesinado. Él no se arriesgaría a correr el mismo peligro. Habría diálogo, pero no habría contacto con sus interlocutores. Para tal fin exigió construir dos plataformas sobre el agua a una distancia prudente de la costa. En la más cercana a la playa vendrían a parlamentar los triunviros, a la más alejada, entre los triunviros y su barco, subiría Sexto. Desde allí, unos y otros conversaron en voz alta para poder ser oídos, aunque estaban lo suficiente alejados como para que nadie escuchara la conversación desde tierra. La negociación iba a ser intensa.

Sexto Pompeyo abrió el debate en favor de los que habían sufrido la proscripción, pidiendo que las propiedades fueran devueltas a sus legítimos dueños, o a sus herederos, pues los que no habían conseguido escapar estaban muertos. Recordemos que una gran cantidad de proscritos habían huido a Sicilia y se pusieron al amparo de Sexto. Se supone que era para estos para los que pedía la restitución de sus propiedades, pues iba a ser imposible devolverlas a todos, ya que, habían sido subastadas para recaudar fondos. Aún así, Antonio y Octaviano se comprometieron a recomprar, de momento, una cuarta parte de las tierras. Además, Sexto fue oficialmente nombrado gobernador de Sicilia, Córcega y Cerdeña y nominado para el consulado del año 38 a.C. . El bloqueo de grano se levantaría y los acuerdos, razonablemente buenos para Sexto, fueron cerrados. El menor de los Pompeyos pasaba además, de ser un fuera de la ley, para convertirse en gobernador de tres grandes islas. A los triunviros, por otra parte, no les había supuesto ninguna extorsión darle el gobierno de tres islas carentes de interés para ellos. ¿Todos contentos de nuevo? No del todo. Nada más firmar el acuerdo, Sexto se arrepentía de no haberle hecho caso a quienes le aconsejaron no dialogar y atacar directamente para hacerse, no solo con tres islas, sino con toda Italia, y por consiguiente, con todo el Imperio. Ahora sin embargo, lo iba a tener mucho más difícil, pues los principales de Roma a los cuales había dado cobijo, se marchaban de vuelta para recuperar sus propiedades y se ponían de parte de Marco Antonio. 

El pacto fue celebrado con banquetes, cada jefe celebró el suyo, y cuando le tocó el turno a Sexto, dijo que se celebraría en su barco, lo cual puso en guardia a Octaviano y a Antonio, pues no se fiaban de él, y con razón. No obstante, después de tomar precauciones y aprovisionarse de dagas debajo de la ropa, la fiesta se celebró en el lugar indicado. Plutarco nos cuenta que Menodoro, uno de sus almirantes, se acercó a Sexto cuando todos habían bebido y estaban lo bastante alegres, y le dijo en privado: «¿Debería cortar los cabos y hacerte el amo, no solo de Sicilia y Cerdeña, sino de todo el Imperio?» Sexto se lo pensó por unos instantes, pero finalmente constestó: «Deberías haber actuado en lugar de preguntarmelo, ahora tenemos que conformarnos, No romperé mi palabra.»


Octaviano se enamora

Después de las negociaciones con Sexto, cada uno volvió a su lugar. Nada más llegar a Roma, Octaviano se encontró con Livia Drusila, de 19 años de edad, él ya tenía 24. Nada más verla, quedó perdidamente enamorado de ella. Pero, un momento, ¿Octaviano no estaba casado? Sí, lo estaba. Recordemos que primeramente se comprometió con la hijastra de Marco Antonio, que tenía menos de doce años, la edad mínima para poder tener relaciones con ella, pero que antes de cumpirlos se la devolvió a su madre y se casó por intereses políticos con Escribonia, mayor que él. Fue precisamente Escribonia quien le presentó a Livia, que por cierto, también estaba casada, con un hijo y embarazada en aquellos momentos. ¿Y quién era Livia? Digamos que estaba casada con un tal Tiberio, un oficial que se había puesto de parte de Lucio Antonio y había luchado contra Octaviano en Perusia. Livia, fiel a su marido, le había acompañado en su locura y junto a su hijo sufrieron las penurias del asedio de la ciudad. Tiberio fue de los más obstinados y fue el último en aceptar la capitulación.

Mientras las tropas de Octaviano entraban en Perusia y la saqueaban, Tiberio y su esposa, consiguieron escapar viajando por caminos secundarios hasta ponerse a salvo. Tuvieron suerte y pudieron coger un barco para llegar a Sicilia, donde todos los exiliados viajaban a pedir asilo, ya que a Roma no podían volver por temor a las represalias de Octaviano. Pero Sexto Pompeyo no los recibió con agrado, al considerar a Tiberio como un traidor. A partir de aquí, Tiberio y su familia iban a experimentar un auténtico éxodo, pues al no verse bien recibidos por Sexto marcharon a Grecia, donde Marco Antonio tampoco los quiso acoger y los mandó Esparta. Pero al poco de estar allí, algo debió ocurrirles (no sabemos qué) y tuvieron que salir huyendo a toda prisa. En su huída, Livia y su pequeño Tiberio casi pierden la vida en un incendio. Se supone que volvieron de nuevo a Sicilia donde Sexto, esta vez sí los acogió. Sus nombres estuvieron incluidos en la lista de exiliados que debían volver a Roma y ser perdonados. Y una vez de vuelta, la misma esposa de Octaviano los recibió. Se supone que Octaviano nada quiso saber de él, pero estuvo encantado de que Livia le fuera presentada.

Sin detalles de cómo Octaviano conquistó a Livia, solo sabemos que fue un flechazo mutuo, pues poco después ambos se divorciaban de sus respectivas parejas y se comprometían. Según parece, Livia no le perdonaba a Tiberio su locura de haberse aliado con Lucio Antonio, con los consiguientes peligros que les hizo correr a ella y a su hijo. Por otra parte, el matrimonio entre Escribonia y Octaviano nunca había terminado de funcionar. Tardaron algún tiempo en casarse, el problema era el ambarazo de Livia. ¿Podían casarse estando ella embarazada? Octaviano fue a consultarlo al Colegio de Pontífices, que dieron su aprobación. Sin embargo, Livia se fue a vivir con él, pero no se casaron hasta que dio a luz a su segundo hijo, que llamaron Druso. Las malas lenguas comenzaron a difundir que el niño era fruto del adulterio cometido por Livia con Octaviano, pero aquello era falso, pues Livia se quedó embarazada mientras vivía con su marido en Sicilia y Octaviano ni siquiera la conocía. Pero las habladurías se esparcen rápidamente y el propio Suetonio escribió sobre el dicho que circulaba aquellos días: 

«Afortunados son los padres cuyo hijo está solo tres meses en el vientre.»

La ley le otorgaba la potestad de los hijos al padre, así que, fiel a esa ley, Octaviano entregó el recién nacido a Tiberio. Los dos niños volverían con ella cinco años más tarde, tras la muerte de Tiberio, por causas desconocidas.

La unión de Livia y Octaviano tenía su importancia política. Tengamos en cuenta que ella había sido una exiliada; el hecho de que ambos se aceptaran en matrimonio era un indicio importante de la reconciliación entre la plebe y los gobernantes.


Nuevo enfrentamiento con Sexto Pompeyo

Año 38 a.C. Octaviano seguía sin fiarse de nadie, y mucho menos de Sexto Pompeyo, por eso, no dudó en aceptar como aliado al almirante Menodoro, cuando se presentó hasta él para ofrecerle tres legiones y su apoyo en Córcega y Cerdeña. Menodoro había sido esclavo y pirata antes de ponerse el servicio de Sexto y ahora se ponía al servicio de Octaviano. ¿Por qué lo hacía? Simplemente por ambición. Menodoro quería estar del lado del más poderoso y por eso le propuso a Sexto cortar los cabos el día del banquete en el barco y salir huyendo llevándose consigo a los dos triunviros, que hubieran acabado asesinados para dejar a Roma en poder de Sexto, que ya era muy popular y seguramente hubiera contado con muchos apoyos. La negativa de Sexto acabó con la paciencia de Menodoro que decidió en aquel momento que no seguiría a su lado. Ahora, a Octaviano se le presentaba la oportunidad de deshacerse por fin de Sexto. Pero no quería cometer el error de actuar sin consultar con Antonio, para ganarse su enemistad, una vez más. No obstante, hasta recibir respuesta, comenzó a hacer toda clase de preparativos para la guerra.

Marco Antonio no estuvo de acuerdo y pidió encontrarse con Octaviano en Brindisi, pero cuando Antonio llegó no lo encontró, y harto de esperar, se marchó dejándole un mensaje donde le desaconsejaba en enfrentamiento contra Sexto. No está muy claro el porqué de la incomparecencia de Octaviano; tal vez los preparativos militares lo retrasaron, o tal vez, sospechó, o se enteró de que Antonio se negaría y por eso le ignoró, ya que, Menodoro se lo estaba poniendo todo en bandeja y no quería desaprovechar esta oportunidad. El plan era derrotar a Sexto en el mar para luego ocupar Sicilia. Una flota navegaría hacia el sur desde Puteoli comandada por Cayo Calvisio, antiguo oficial de Julio César y uno de los senadores que había intentado protegerle cuando lo asesinaron. La otra flota se dirigiría hacia Sicilia por el este, donde viajaría Octaviano convertido así mismo en almirante.

Cuando Sexto se enteró de que Menodoro había desertado para pasarse al enemigo la flota de Octaviano ya estaba en camino. El también pirata Menécrates sería el encargado de hacerles frente mientras él los esperaría en Mesina, el estrecho que separa a Sicilia de Italia. Menécrates se enfrentó a la flota de Menodoro y Calvisio frente a las costas de Cumas. La batalla naval fue muy igualada aunque cayó herido de muerte el almirante Menécrates y la flota se retiró. Al día siguiente llegó la hora de Octaviano que decidió desplazarse hasta donde le esperaba Calvisio, pero al pasar por el estrecho le abordó Sexto. La batalla pronto se convirtió en un desastre para la flota de Octaviano, y una vez más Sexto le estaba dando hostias hasta debajo de la lengua. Viendo las de perder, los barcos se retiraron tomando rumbo hacia las costas italianas, llegando muchos de ellos muy dañados o incendiados hasta embarrancar contra las rocas. Calvisio llegó a tiempo para rescatar a gran cantidad de hombres y luego se retiró a Mesina para poner la flota asalvo, tal como haría también Menodoro, pues se avecinaba una gran tormenta. Octaviano tuvo que retirarse a las montañas para luego volver a Roma. Una vez más había fracasado contra Sexto Pompeyo, que le había destrozado la mitad de la flota.

El dilema que tenía ahora Octaviano era qué hacer. ¿Cómo dar solución a un problema que él había creado? Porque Sexto había pasado nuevamente de a ser un enemigo y ahora podía crecerse e invadir Italia. Había que dejar a un lado el orgullo y ponerse rápidamente a pedir ayuda tanto a Lépido, casi marginado en África, como a Marco Antonio, que estaba en Grecia, a riesgo de que se cabrease muy mucho con él. También haría venir a su gran amigo Agripa, que tenía la misma edad que él, 24 años, y era el nuevo gobernador de la Galia, en sustitución de Saldivieno, y fue este último quien le infundió ánimos para construir una nueva flota, porque ya que no había dinero, había árboles con que construirlos. Finalmente, hasta Marco Antonio contestó que vendría en su ayuda.

Había poco dinero, pero algo había traído Agripa después de importantes victorias defendiendo la frontera del Rin y haber fundado una nueva ciudad, Colonia. Algunos pueblos partidarios de Octaviano también colaboraron de buena voluntad, sin necesidad de usar la violencia esta vez. Y que Antonio respondiera positivamente, en principio, parecía una buena noticia, que sin embargo no agradó a Octaviano. Lo único agradable que sacó del mensaje fue que su socio no estaba enfadado; por lo demás, en el fondo Octaviano no deseaba que Antonio se inmiscuyera en su guerra contra Sexto. Si antes lo había llamado era porque estaba en una situación comprometida, pero había demostrado que por sí solo podía recomponerse, y ya era hora de ganar sus propias batallas sin depender de Antonio. Realmente no sabemos si Antonio estaba o no enfadado, pero sus razones tenía para estarlo, pues no le convenía un nuevo conflicto justo ahora que lo tenía todo preparado para atacar a los partos. Pero no le quedaba más remedio que volver a Italia para dejarlo todo apaciguado antes de iniciar su campaña; y ya de paso reclutaría algunas legiones más. 

Antonio salió con una gran flota para Brindisi, pero al llegar, tal como pasó con la vez anterior, se encontró con que no le dejaron atracar en el puerto. Esta vez sí estaba enfadado de verdad y se preguntaba a qué estaba jugando aquel niñato que tenía como socio. Su esposa Octavia, que viajaba con él, temiendo un conflicto entre ambos, lo calmó diciendo que ella misma le enviaría una carta a su hermano:

«Si pasa lo peor y estalla la guerra entre vosotros, nadie sabe a quién de los dos deparará el destino la victoria sobre el otro, pero lo que sí es seguro es que mi destino será miserable.»

Antonio puso rumbo a Tarento y allí le esperó. Octaviano aceptó verse con él, pues entendió que quizás estuviera preparado para enfrentarse a Sexto, pero no a Antonio, todavía no.

Octaviano y Marco Antonio llegaron casi a la vez a la desembocadura del río Taras, en un punto entre Tarento y Metaponto. Antonio cogió sin pensarselo un bote y comenzó a cruzar el río en solitario para encontrarse con su socio en la otra orilla. Octaviano, que lo estaba observando, cogió inmediatamente otro bote y lo imitó, pues si Antonio mostraba confianza, él no quería ser menos. En mitad del río comenzó la discusión entre ambos sobre dónde tenía que celebrarse el encuentro y ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer. Octaviano decía estar tan confiado que quería que fuera en el campamento de su contrincante, y Antonio se empeñaba en que fuera en el campamento de Octaviano, y entonces éste le dijo que de esa forma podría ver a su hermana, a la cual añoraba. Antonio no tenía ganas de seguir discutiendo con un niño malcriado y accedió.

Sin escolta ni ningún tipo de acompañamiento, Octaviano llegó con Antonio a su campamento y pudo por fin abrazar a su hermana, y allí pasó la noche. Al día siguiente, los triunviros renovaron de nuevo su pacto. Antonio dejaría gran parte de la flota para ayudar a Octaviano en su empeño de derrocar a Sexto Pompeyo. A Cambio, Octaviano le prometió cuatro legiones que le vendrían muy bien a para su proyecto contra los partos. Todo arreglado de nuevo, aunque esta vez no hubo celebraciones de ningún tipo. Octaviano estaba de nuevo preparado para luchar contra Sexto, la flota de Antonio sería de gran ayuda, sin embargo, el joven triunviro no estaba actuando de buena fe y no tenía ninguna intención de darle las cuatro legiones a Antonio.

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