01 septiembre 2017

septiembre 01, 2017

Hacia el año 750 a. C. Roma era un pequeño poblado de apenas una docena de chozas diseminadas por las laderas del monte Palatino y otras seis colinas más. Era aquel un lugar excelente y bien defendido, con el río Tíber y una serie de lagos bañando unas excelentes tierras de cultivo. Poco a poco, todas las comunidades del monte Palatino y demás poblados de colinas vecinas llegaron a formar un importante núcleo hasta formar Rumon (Roma) que significa la ciudad del río; nombre también asociado a su legendario fundador, Rómulo.

Pero, ¿no había nadie en la península Itálica cuando llegaron hasta allí los fundadores de Roma? Sí, los etruscos, unas tribus de las que nadie tiene claro su procedencia y que formaban una especie de confederación, pero nada que se le parezca a una auténtica estructura de estado. Roma, en principio, no era más que otra ciudad etrusca, pero el carácter de sus habitantes pronto la hizo destacar. El romano tenía dotes de organización innovadoras revolucionarias para su tiempo, con un concepto de ciudadanía y sumisión a las leyes nunca vistas; y es por eso que Roma llegó a ser la ciudad dominante. Los etruscos vinieron a menos y ni siquiera pudieron hacer frente a las invasiones celtas; los romanos fueron a más y llegaron, en los próximos cuatro siglos, a ser los dueños de la totalidad de la península Itálica

Rómulo fue, por supuesto, el primer rey romano. A este rey, el cual muchos creen que existió y otros que es producto de la leyenda, siguieron Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y por último Lucio Tarquinio el Soberbio, derrocado en el 509 a. C. para dar paso a la república. Los reyes eran elegidos y aconsejados por un senado o consejo de ancianos, que a su vez eran escogidos de entre las diferentes tribus romanas. A medida que Roma iba creciendo, tanto en tamaño como en prosperidad, eran muchos los que la envidiaban desde fuera o querían entrar a formar parte de ella, fenómeno que no se detendría a lo largo de toda su existencia. Aquellos “inmigrantes” eran admitidos, aunque no se les concedía la ciudadanía romana ni los derechos derivados de ella. Nacían así dos clases sociales, los patricios (romanos genuinos) y los plebeyos (gente común venida de fuera). Y así seguiría siendo con la descendencia de unos y otros, cohabitando romanos de origen patricio y de origen plebeyo, o lo que es lo mismo, romanos de primera y de segunda clase. Y como en toda sociedad donde llegan los que buscan oportunidades en la vida, hubo inmigrantes que llegaron a hacer fortuna, y claro está, éstos eran mirados de diferente manera, y llegaron a casarse con patricias, llegando a formar parte de la ciudadanía de primera clase. Pasarían siglos y los plebeyos, aunque consiguieron tener derechos y representantes en el gobierno, siempre estuvieron al otro lado de una línea que nunca separó a una clase de la otra.

Después de dos siglos de monarquía, una revolución derrocó a Lucio Tarquinio y Roma se convirtió en república. Nacen las siglas SPQR, que significan Senatus Populus Que Romanus (Senado y Pueblo Romano), fórmula del poder político donde todo se haría a partir de ahora en nombre del Senado y del Pueblo, es decir, una Roma democrática al estilo de la que paralelamente nacía en Atenas. Una asamblea popular elegía cada año al senado, que hacía las veces de diputados, y al cónsul, equivalente a un presidente del gobierno o primer ministro cuyo mandato duraba solo un año. ¿Hemos dicho un cónsul? No, dos. Dos mejor que uno, pues los romanos, después de la experiencia monárquica tenían miedo a que el poder recayera sobre una sola persona. Visto lo visto, pareciera que la antigua Roma se hubiera convertido allá por el siglo V antes de Cristo en una democracia parecida a las democracias modernas. Nada más lejos de la realidad. Su estructura de estado era muy avanzada y sus leyes, no siempre justas, la convertían un una sociedad altamente civilizada, pero en el fondo Roma era cualquier cosa menos democrática.

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