28 febrero 2017

febrero 28, 2017
Nombre completo: Tito Flavio Domiciano
24 de octubre de 51 d. C. - 18 de septiembre de 96 d. C.

Vespasiano murió dejando un buen recuerdo, y su sucesor, su hijo Tito siguió sus pasos y se hizo querer por el pueblo. Pero Tito gobernó durante solo dos años, desde el 79 hasta el 81, cuando murió por una extraña enfermedad; según se cuenta, un insecto se le había introducido por la nariz y estuvo martilleando su cerebro durante siete años. Cuando murió y le abrieron el cráneo el insecto había crecido hasta alcanzar el tamaño de un pájaro. Posiblemente, hoy se le habría diagnosticado un tumor. Domiciano le sucedió y el pueblo esperaba de él lo mismo que de su padre y su hermano. No les defraudó, al principio. Domiciano era un ser tan pacífico y sensible, que la sangre le producía horror, hasta el punto de que estuvo a punto de prohibir los sacrificios de animales en las ceremonias religiosas. Pronto se ganaría, además, la fama de emperador justiciero, íntegro y tolerante.

Pero cuando parecía que Domiciano iba a convertirse en uno los príncipes más dignos de recordar en la historia del Imperio, éste dio muestras de intolerancia y cometió sus primeros crímenes. El historiador Hormógenes de Tarso fue ejecutado por ciertas alusiones en su contra. Fueron crucificados, además, los copistas que le habían transcrito; así nos lo cuenta Suetonio. Fueron las primeras muestras de lo que pronto se convertiría en una enfermiza obsesión: las conspiraciones contra su persona. Por otra parte, quizás esto hubiera quedado en simple anécdota, si en verdad no hubiera habido una conjura en su contra, que la hubo.

Suetonio, Dión Casio, Plinio el Joven y el poeta Juvenal, todos ellos denunciaron el régimen despótico y sanguinario en que se convirtió el reinado del que con tan buen pie comenzó. Fue a raíz de lo que aconteció muy lejos de Roma, en la frontera del Danuvio, entre los años 85 y 87. Los dacios hostigaban la frontera y saqueaban las poblaciones cercanas y Domiciano quiso acabar con sus correrías. Pero la Dacia es un territorio montañoso, propicio para las encerronas, y dos legiones fueron víctimas de ellas y masacradas.

El desastre sufrido por Domiciano quiso ser aprovechado por alguien; por uno de esos que nunca duermen y siempre están al acecho. Fue Saturnino, gobernador de Germania Superior, que creyendo que el golpe de los dacios lo había debilitado se puso al frente de sus legiones y se levantó en armas contra Domiciano. La situación se le puso difícil, pero Domiciano iba a tener suerte, pues los germanos que acudían en apoyo de Saturnino cayeron al Rin al romperse el hielo de sus aguas congeladas. Saturnino fue aniquilado, pero a partir de ese momento, Domiciano se convertiría en un enfermo que sospecharía hasta de su propia sombra y comenzaría a ver conspiraciones por todas partes.

Para prevenir futuras conjuras, comenzó a tomar medidas. Los soldados debían estar contentos, por lo tanto, les aumentó la paga. Las críticas o la más mínima prueba de animadversión hacia su persona eran suficiente para dictar una sentencia de muerte. Las víctimas fueron sucediéndose una tras otra. Manio Acilio Gabrión, cónsul que había adquirido gran popularidad fue condenado a luchar contra las fieras del circo. Cualquier magistrado que sobresaliera sobre los demás, era un potencial enemigo que debía ser eliminado, así como los generales que hacían grandes conquistas y se hacían amar por sus soldados eran automáticamente sospechosos de querer marchar sobre Roma y dar un golpe de estado.

Domiciano pasó de ser una persona sensible a quien horrorizaba la sangre a un ser un sádico despiadado que disfrutaba con ella. Los detenidos, incluso eran obligados a denunciar a sus cómplices mediante un nuevo método de tortura donde se les quemaban sus partes. Se ejecutó a un gran número de senadores, sus peores enemigos, se confiscaban bienes y se volvió contra su propia familia matando a sus sobrinos nietos, evitando a así que éstos sintieran la tentación de asesinarlo para convertirse en sus sucesores. También se mostraba obsesionado por las predicciones astrológicas que parecían anunciar el día de su muerte y el modo en que se produciría. Suetonio dice lo siguiente sobre lo que ya era una inmundicia poseído por la paranoia: «Cada vez más angustiado hizo revestir de reluciente fengita las paredes de los pórticos por los que acostumbraba a pasear para poder observar, mediante las imágenes reflejadas en su brillante superficie, lo que sucedía a sus espaldas». La fengita es un mineral de color plateado y un brillo nacarado. Domiciano, tal como sugieren hoy algunos historiadores, sufría un trastorno psicológico, una verdadera locura.

Todo el mundo alrededor de Domiciano temía por su vida pues el emperador anotaba cada vez más nombres de sospechosos en la tablilla de tilo que utilizaba al efecto. Y fue entonces, cuando comenzó a tramarse una verdadera conspiración para acabar con aquel monstruo. Sus instigadores fueron tres viejos servidores de palacio: Estéfano, Partenio, Máximo, algunos senadores y posiblemente su propia esposa, Domicia Longina, la cual también estaba amenazada de muerte. Acabar con él no iba a ser tarea fácil, pues el tirano contaba con la fidelidad absoluta de su guardia pretoriana, a la que había triplicado el sueldo, lo que hacía imposible recurrir al soborno. Suetonio nos cuenta cómo lo hicieron, los conjurados contrataron a varios miembros de la escuela de gladiadores. Era el el 18 de septiembre del año 96. Estéfano andaba paseándose por palacio con un brazo vendado, fingiendo haber sufrido un accidente. Llegado el día, se presentó ante el emperador asegurando que tenía pruebas de una conspiración en su contra. Tenía varios nombres apuntados en una lista, y mientras Domiciano la leía, Estéfano sacó una daga de entre los vendajes y se la clavó en la ingle. Domiciano pudo reaccionar arrebatándole la daga y pudo incluso sacarle los ojos a Estéfano, pero los demás conjurados se abalanzaron contra él y lo remataron. Nadie pudo ayudarlo, pues las puertas habían sido cerradas a conciencia.

Tras conocerse su muerte, la guardia pretoriana, que veía cómo su excelente sueldo corría peligro, se declararon dispuestos a vengarle. Sin embargo, el pueblo de Roma respiró aliviado, sobre todo los patricios, que habían estado amenazados durante los largos quince años en que había reinado el tirano. El senado por su parte decretó que fuera borrado todo rastro del fallecido. Las estatuas de mármol del emperador fueron destruidas y las de bronce se fundieron y se borró su efigie de todas las monedas. Se han encontrado monedas con las efigies de Domiciano y de su esposa Domicia Longina en las que sólo se ha borrado la imagen del primero.

Para saber más: Marco Ulpio Trajano

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