05 octubre 2016

octubre 05, 2016
Introducción

«¡AMÉRICA! El nombre de Colón evoca en seguida con mágico prestigio el del maravilloso continente que por aberración lamentable ha dejado de llamar Colombia la posteridad de los tiempos.» M. Pons Fábregues

Solo los viajes a la luna podrían compararse a la aventura protagonizada por los marinos españoles hace más de 500 años. Y no sería descabellado afirmar que, quizás la primera, fue en su día, más osada, arriesgada y temeraria. En ambos casos, marinos y astronautas, se adentraron en una dimensión desconocida y misteriosa, ambos viajaron a otro mundo.

Ambas empresas fueron caras y ambiciosas, solo al alcance de una superpotencia, y ambas sorprendieron al mundo como la hazaña más grandiosa jamás llevada a cabo, en su día. Y sin embargo, algo tan grandioso y espectacular de lo que todos deberíamos sentirnos orgullosos, ha pasado a ser un hecho vergonzoso, por llamarlo de una manera suave. Uno de los últimos libros que cuenta en profundidad cómo fue esta aventura, lo ha escrito J. Javier Esparza y en su prólogo dice lo siguiente:
“Si esto lo hubieran hecho otros, nos parecería una hazaña extraordinaria. Como lo hemos hecho nosotros, españoles, todos los días echamos basura encima. Pero no: fue, objetivamente, una hazaña extraordinaria. Y la hicieron españoles.”

Se habla de cruzada, conquista, discriminación, matanzas, genocidios, ¿alguien sabe realmente qué fue y cómo fue lo que ocurrió? Sobre todo, los que alzan la voz y tiran basura contra este episodio histórico, está claro que no, no saben qué ni cómo ocurrió. Para empezar, la empresa propuesta por Colón y que en principio nadie quería apoyar, no pretendía –ni siquiera imaginaba- descubrir un nuevo mundo, sino abrir una nueva ruta hacia las Indias, Asia. El propio Colón murió sin ser consciente de ello. Pero al margen de lo que piensen unos u otros, vamos a contar, todo lo objetivamente posible, lo que verdaderamente ocurrió. Para ello, no se va a reparar en esfuerzos, consultando cuanta información sea posible, desde el mencionado libro de Esparza, publicado hace apenas un año, hasta libros escritos y publicados siglos atrás, incluido el diario de a bordo del propio Colón.

¿Y quién fue Cristóbal Colón? ¿Era realmente italiano? ¿O fue, como últimamente se dice, catalán o mallorquín? Tradicionalmente se cuenta que era italiano, nacido en Génova sobre el año 1435. En Mallorca existe otra población llamada Génova, y esto ha dado lugar a especular con que bien pudiera haber sido mallorquín. Pero lo que de verdad ha provocado que se tenga en cuenta esta posibilidad, es su apellido, Colón. En Mallorca es muy común este apellido, aunque terminado en m. Sin embargo, esto no debería llevarnos a engaño, puesto que la mayoría de nombres y apellidos tienen su equivalente en otros países e idiomas. Colom significa palomo. Según la biografía de Cristóbal Colón escrita por M. Pons Fábregues en 1911, su verdadero apellido era Colomb y en el escudo familiar aparecen tres palomas de plata sobre campo azul. Cristóbal habría querido latinizar su apellido convirtiéndolo en Columbus. Finalmente, al llegar a España lo dejó como Colón. Pero las sospechas de que Colón no fuera italiano tienen otros indicios donde asentarse, y es que por lo visto no se conservan escritos donde este navegante dejara registros en italiano. La única explicación puede estar en que Cristóbal saliera de Italia a muy temprana edad y se dedicara a escribir en sus cuadernos en el idioma del país donde trabajaba. Lo cierto es que, según M. Pons Fábregues, Colón dejó escrito algo que no dejaría lugar a dudas sobre su procedencia:

«Mando a Diego, mi hijo, o a la persona que heredare dicho mayorazgo, que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de muestro linaje que tenga allí casa y mujer, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente... porque podrá haber de la dicha ciudad ayuda e favor en las cosas del menester y suyo, pues que della salí y en ella nací.»

Contrariamente, J. Javier Esparza cuenta que:

«Del origen de Cristóbal Colón no sabemos nada, porque él quiso que nada se supiera y porque su hijo Hernando, al escribir sobre su padre, mantuvo deliberadamente el misterio. Cristóbal pudo ser genovés, hijo de humildes tejedores, porque hay documentos al respecto, pero muchos dudan de la autenticidad de esos testimonios.»

Poco importa ya su lugar de nacimiento, lo único seguro es que Cristóbal Colón vino a Castilla desde Portugal, después de que en este país no creyeran en su proyecto. En la antigua Europa cada vez se hablaba más sobre los intrépidos navegantes que osaban alejarse hacia oriente surcando el océano Índico, más allá de los confines de Grecia, hacia las tierras que logró pisar Marco Polo. El siglo XV prometía ser fecundo en descubrimientos. Si los italianos se alejaban hasta Asia, los portugueses lo hacían rodeando África. Lo que nadie se había propuesto, de momento, era adentrarse en el océano Atlántico, simplemente porque nadie sabía qué podría encontrar una vez alejados de las costas europeas o africanas.


La situación de Castilla y Aragón en el siglo XV
En la primavera de 1475 Alfonso V, rey de Portugal, invadía Castilla por Extremadura. Se había casado con la viuda Juana, llamada la Beltraneja, de solo 11 años de edad, hija de Enrique IV. ¿Con 11 años y ya viuda? Sí, Juana ya se había casado el año anterior, por poderes, con el duque de Guyena, hermano del rey de Francia. Pero éste murió antes de que el matrimonio pudiera consumarse. El caso es que, Juana tenía ciertos derechos al trono de Castilla y su nuevo marido estaba dispuesto a reclamarlos. En Castilla se vivió una guerra entre los partidarios de Juana y los de Isabel. Ganaron los de Isabel, pero en el tratado de paz se firmaron unas cláusulas, y entre ellas una que delimitaban las zonas marítimas que cada reino podía explotar. Por su parte, Aragón había sido la dueña del Mediterráneo, pero eso cambió desde que Turquía era musulmana. Había que buscar nuevos horizontes. Por eso, cuando llegó Colón y propuso su proyecto, aunque descabellado, fue tenido en cuenta, a pesar de que a Isabel y Fernando no les cogía en buen momento. Acababan de iniciar la conquista de Granada.

Fueron necesarios diez años para conquistar Granada, reino nacido de la descomposición del islam español, que abarcaba la mitad de la Andalucía oriental. Su población era muy numerosa para la época, unos 300.000 habitantes. Mohamed ibn Nasr se había proclamado sultán e instauró la dinastía nazarí (descendientes de Nasr). Con una economía agrícola muy activa gracias a su rico suelo, Granada había llegado a convertirse en una potencia bastante importante. Castilla no era menos poderosa, pero estaba menos poblada, con los consiguientes problemas para consolidar territorios conquistados. Por otro lado, la geografía del reino de Granada, llena de serranías, impedía librar grandes batallas campales. De manera que las batallas serán largos episodios de sitio y asedio de fortalezas, al típico estilo medieval. Granada, sin embargo, comienza a descomponerse por sí sola debido a las luchas internas. En su trilogía de la reconquista, J. Javier Esparza cuenta que:

«Granada entrará en decadencia, especialmente por las luchas dinásticas. Cada vez le es más difícil mantener sus territorios, que se van desprendiendo, como a jirones, en manos de los castellanos, mientras la vida interna del reino nazarí es una perpetua querella. Cuando Fernando e Isabel unen las coronas de Aragón y Castilla, en 1479, Granada ya es un caos.»

Este hecho será aprovechado por los reyes católicos, que ven el momento de culminar lo que se emprendió siglos atrás, la reconquista total del territorio peninsular para la cristiandad. No obstante, como ya se ha dicho, no iba a ser ni rápido, ni fácil. Fernando e Isabel acometen la empresa de Granada en 1482. Las fuerzas que los Reyes Católicos tienen a su disposición no son muy numerosas. Como principales fuerzas contaban con pequeños grupos de los principales nobles andaluces. No sería hasta más tarde que se iría formando un ejército profesional, del que se originarían la infantería y los tercios.

Y mientras Granada recibe los ataques del exterior, en las entrañas del reino se libra otra batalla. El sultán Abul-Hasam Alí, está en guerra con su hijo Boabdil. Entre tanto, un marino llega a las puertas del monasterio de la Rábida, en Palos, Huelva. Cuentan las crónicas que Cristóbal llegó al convento acompañado de un niño, su hijo Diego. Que pidió un poco de pan y agua para que el niño pudiera comer y beber y más tarde le fue presentado el custodio del monasterio, el franciscano fray Antonio de Marchena. Colón venía de Portugal y traía consigo ideas extravagantes sobre viajes a las Indias. Fray Antonio quedó fascinado por todo cuando Colón le contaba y pronto se estableció entre ambos una buena amistad. Y ahí empezó todo



Un proyecto imposible
No se sabe muy bien cómo llegó Colón a Portugal, pero sí se sabe que trabajaba en un barco mercante y en uno de sus viajes a Inglaterra se encontró envuelto en un combate naval, su barco fue alcanzado y se fue a pique. Colón pudo escapar nadando hasta las playas de Algarbe. De allí marchó a Lisboa, donde su hermano Bartolomé trabajaba como cartógrafo. Como piloto experto pronto encontró trabajo en la casa Centurione, comerciantes de la isla de Madeira. Hizo largos viajes a Génova, Irlanda, Guinea, e Inglaterra y se convirtió en un marino importante. En el año 1479 contrajo matrimonio con Felipa Moniz, hija del conquistador de Madeira.

Diez años estuvo Colón como agente comercial, y fue durante este tiempo, navegando por el Atlántico, cuando fue dándole vueltas a la idea de navegar hacia occidente hasta alcanzar las Indias, abrir una nueva ruta para llegar a Asia sin tener que dar la vuelta al continente africano, ya que, como buen navegante, tenía claro que la tierra era redonda. ¿Cómo y por qué llegó a concebir Colón esta idea? Todos hemos escuchado alguna vez que los vikingos ya habían llegado a lo que hoy se conoce como América. Parece ser que Colón, en uno de sus viajes llegó a Islandia, y allí pudo escuchar historias sobre viajes y rutas abiertas por los vikingos hacia el oeste. Por su parte, Bartolomé de las Casas, quien conoció personalmente a Colón, cuenta que éste rescató a un náufrago andaluz que le contaría que había viajado tan al oeste, que había encontrado tierra. Este náufrago era Alonso Sánchez de Huelva

Nada de esto puede asegurarse que sea cierto, pero no cabe duda de que Colón fue acumulando información por allí por donde pasaba y llegó a la conclusión de que el viaje a Asia por el oeste era posible, sobre todo, porque había hecho un fabuloso descubrimiento, los vientos alisios del Atlántico. Además, tenía en su poder algo que le infundía ánimos: un antiguo mapa de Toscanelli que situaba las primeras islas orientales relativamente cerca de Europa. Colón estaba completamente decidido a llevar a cabo su proyecto. Solo le faltaba buscar quién lo financiara.

Sobre el año 1484 Colón expuso su idea a la corte portuguesa, máxima potencia naval en su época. Hay quien cuenta que ya antes se había dirigido a Génova, que le negó los buques por él solicitados; y lo mismo le sucedió con la república de Venecia, pues ambas potencias marítimas preferían conservar el monopolio de las antiguas vías antes que aventurarse en otras nuevas. El rey Juan II de Portugal lo escuchó entre escéptico e incrédulo, pero dado el prestigio como marino que Colón tenía, decidió hablar del proyecto a la Junta de Matemáticos y Cosmógrafos, nadie mejor que aquella asamblea científica podía dar o no su visto bueno a tan estrambótica propuesta. Después de estudiar en profundidad el proyecto, y con datos y medidas en la mano, el viaje se desestimó por imposible de realizar. Hernando, hijo de Colón, escribía que el rey Juan, a pesar del dictamen de los matemáticos, envió en secreto algunos barcos a explorar la ruta propuesta en el proyecto. Los barcos volvieron después de muchos días, rasgadas y desarboladas las velas a consecuencia de las tempestades sufridas sin haber encontrado nada. La idea fue definitivamente desechada.

Colón quedó abatido y decepcionado con los hombres de ciencia portugueses, pero no iba a darse por vencido. Sin embargo, la muerte de su esposa Felipa vino a golpearlo de nuevo y tuvo que aparcar su idea de viajar a Castilla. Era el año 1485. Cristóbal se siente vigilado y amenazado por la corte portuguesa, que a pesar de no dar su visto bueno para emprender la aventura, sospecha la intención del almirante de ir con su propuesta al sus rivales castellanos y de paso, llevar otros secretos navales consigo. La muerte de su esposa rompía sus lazos con la alta sociedad del país, así que abandona apresuradamente Portugal. Tal como sospechaban los portugueses, Colón marchó a tierras castellanas, pues Castilla era, después de Portugal, la máxima potencia naval de la época. Marchó a la ría de Huelva, donde su difunta esposa tenía parientes dedicados al comercio y donde probablemente encontraría trabajo como navegante. Y así fue cómo Colón apareció en el monasterio de la Rábida, frente a fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena.

Cristóbal hizo, sin duda, buenas migas con fray Antonio, que escuchó atentamente y con interés todo cuanto el marino le contó. Entonces, fray Antonio se puso a pensar. ¿Eran tan ignorantes los matemáticos portugueses como para pensar que el proyecto no era posible? No, sin duda no. Fray Antonio era un apasionado de la navegación y la astronomía y sabía perfectamente cuales eran las medidas de la tierra. Las Indias o Japón estaban demasiado lejos. Los portugueses llevaban razón, con las naves y la tecnología de la época era imposible emprender un viaje de tales dimensiones. Los barcos no resistirían y las provisiones no alcanzarían hasta llegar al destino. A no ser… a no ser que hubiera tierra en medio.


El fraile y el navegante


“Dios me iluminó el entendimiento y me hizo ver la posibilidad de esta empresa”
Cristóbal Colón.

Lo que Colón le contó al fraile para convencerlo nunca lo sabremos, pero fray Antonio era un hombre culto y sabía que para convencer a la corte y emprender aquella… cuando menos, arriesgada aventura castellana, hacía falta algo más que tener fe en Dios. Y puesto que solo sabemos que lo convenció, pero no lo que le dijo, podemos especular un poco. Veamos, Colón había viajado ya por todo el Atlántico norte y había hecho mil y una anotaciones y mediciones, por lo tanto, sabía más que cualquier otro marino de la época sobre aquellos mares que había surcado. Había averiguado, de boca de los islandeses, que los vikingos habían avistado tierra muy al oeste. Por otro lado, tenemos al náufrago andaluz, Alonso Sánchez de Huelva, que también decía haber visto algo. Sin olvidarnos del mapa de Toscanelli que situaba unas islas atlánticas relativamente cerca. Por lo tanto, no es de extrañar que, en vista de la buena disponibilidad de escucharlo que tenía el fraile, decidiera ponerlo al corriente de todo cuanto él sabía y de lo que estaba totalmente convencido. Y quizás no fuera solo la existencia de esas islas lo único de lo que Colón estaba convencido. Quizás sabía algo más. A esta conclusión podemos llegar si reflexionamos sobre el hecho de que Colón se proponía abrir una ruta hacia las Indias más corta que rodeando África. Sin embargo, como conocedor de las medidas exactas de la tierra, forzosamente tenía que estar de acuerdo con los cosmógrafos portugueses en que este viaje era imposible. O no, porque, como veremos, Colón había cometido un error de cálculo estrepitoso.

Quizá Colón no quiso contarles toda la verdad. Quizá Colón no solo sabía de la existencia de esas islas, sino que en ellas había riquezas, léase, oro y plata en abundancia. Nadie se lanza a una aventura tan arriesgada solo para descubrir tierras vacías. Ahondando algo más en el proyecto, M. Pons Fábregues no dudaba de que Colón no cimentaba sus ideas en quiméricas ilusiones, ni en fábulas, sino en su resuelta convicción en un plan nada temerario ni caprichoso, basado en profundos estudios y larga experiencia.

¿Y por qué Colón le cuenta todo esto a un fraile? Porque sabía que el religioso estaba bien relacionado con la corte castellana. Y muy impresionado debió dejarlo, quizás más de lo esperado, cuando éste se comprometió a que su idea fuera escuchada en Castilla. Antes de que caiga en manos francesas o inglesas –debió pensar- esta grandiosa hazaña deberíamos llevarla a cabo nosotros. Fray Antonio de Marchena era un fraile misionero, y de aquí su ilusión, pues vio una gran oportunidad de llevar la palabra de Dios tan lejos como nadie la hubiera llevado jamás. Rápidamente se puso a escribir cartas a los duques de Medinaceli y Medina Sidonia, dueños de los principales puertos de Andalucía. Hizo aún más, fray Antonio escribió también a Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel y a la abadesa del convento de Santa Clara, Inés Enríquez, tía del rey Fernando. ¿Necesitaba Colón mejores recomendaciones? Sin embargo, pasó algún tiempo hasta que por fin, fray Hernando de Talavera pudo conseguirle audiencia con los reyes, que en ese momento se hallaban en Córdoba con toda su corte por exigencias de la guerra que ya mantenían contra Granada.

Y aquí cabe hacerse la pregunta que J. Javier Esparza lanza en su libro “La cruzada del océano”:

“¿No es curioso el hecho de que las gentes de iglesia concedieran a Colón el crédito que las gentes de ciencia le negaron?”

Pons Fábregues parecía tener la respuesta hace más de un siglo:

“¡Designios secretos de Dios!, porque España era en aquella época el país acaso menos dispuesto para intentar aventuras, empeñada como estaba en la total expulsión de la morisma, contra la cual se hallaban concentradas todas las fuerzas del reino.”


La aventura que fascinó a Isabel
“Como todos los que viven de ensueños lejanos, el insigne navegante desdeñado por el frío y altanero D. Juan II de Portugal, logró sin embargo sugestionar con sus profecías fascinadoras a los reyes y a los sabios de Castilla.”

La audiencia con los reyes se había pospuesto una y otra vez a causa de lo ocupados que estos estaban con la guerra contra Granada. Pero esta vez, fray Antonio de Marchena animó a Colón a acudir a Córdoba y no dejar pasar más tiempo. Hemos contado aquí que fue fray Hernando de Talavera quien consiguió audiencia con los reyes, convencido por fray Antonio de Marchena, aunque hay otras fuentes que afirman que Hernando de Talavera carecía de los conocimientos necesarios para comprender el asunto que se le recomendaba, y creyó la idea irrealizable; pensó que su amigo el fraile de la Rábida se había dejado sorprender por un alucinado, y viendo al solicitante pobremente vestido, aconsejó a Colón, con buenas palabras, no presentarse a los reyes con tan descabellado proyecto. No se desanimaron por ni Colón ni su protector el fraile Marchena y aguardaron otra ocasión más propicia. Colón halló algunas personas interesadas en su idea, como el cardenal don Pedro González de Mendoza, el cual accedió a oírlo.

“Era el cardenal varón juicioso e ilustrado, y aunque al principio le asustó una teoría que en opinión suya encerraba ideas heterodoxas, venciéronle la elocuencia de Colón, la fuerza de sus razones, la grandeza y la utilidad del designio y la religiosidad del extranjero, y consintió en pedir para Colón una audiencia con los Reyes, que obtuvo fácilmente, apoyado por Monseñor Geraldini, Nuncio apostólico.” M. Pons Fábregues

Colón se presenta finalmente ante los reyes Isabel y Fernando. Allí estaba, 35 años, posiblemente con acento extranjero, pelo claro, actitud decidida y sin titubeos a la hora de hablar, como buen comerciante que era. Colón comienza a exponer sus ideas, Fernando e Isabel escuchan atentamente sus proposiciones. Fernando se muestra en principio frio y cauteloso, pero a medida que Colón va dando definición a su proyecto, se muestra interesado. Su conocimiento sobre navegación y cosmografía, sus promesas comerciales y evangelizadoras y, en definitiva, su entusiasmo y convicción, van contagiándose a quienes le escuchan. ¿A todos? No, a la charla habían asistido los rudos terratenientes de Medinaceli y Medina Sidonia, a los que toda aquella palabrería se les antojaba algo propio de un charlatán aventurero y fantasioso. Sin embargo, los oídos de la reina Isabel se regían por otros criterios y la habían dejado fascinada. Y desde ese momento se convertiría en la más firme defensora de la loca aventura de aquel navegante. Solo había un problema: tal como ocurrió en Portugal, un proyecto de tales dimensiones debía contar con la aprobación de los sabios del reino.

Isabel era, con toda seguridad, una mujer adelantada a su tiempo, con una mente abierta e ideas prácticas. No es extraño, pues, que quedara fascinada con el proyecto que acababan de proponerle. Si por ella hubiera sido, se hubiera dado vía libre al viaje de inmediato. Una pena que la propuesta hubiera llegado en un momento tan delicado. En cualquier caso, todo debía ser minuciosamente supervisado. La Universidad de Salamanca sería la encargada de hacerlo. Y allí, Colón, tal como ya ocurrió en Portugal, recibió un nuevo revés: sus cálculos en su distancia hasta las Indias estaban equivocados. El caso es que, al igual que los matemáticos portugueses, los de Salamanca llevaban razón. ¿Cómo es posible que un marino experimentado como Colón, que estaba firmemente convencido de llevar razón, pudiera estar equivocado en las medidas de la circunferencia terrestre? Hay una explicación para ello.

Tanto en las universidades portuguesas como castellanas ya se enseñaba que la tierra era redonda y se sabía casi exactamente cuál era su circunferencia: unos 252.000 estadios. Un estadio equivale a 6,3 kilómetros. Es decir, que ya se calculaba su medida en unos 40.000 kilómetros. Ahora bien, el astrónomo árabe Alfragano había medido también la circunferencia terrestre; unas 20.400 millas marinas, unos 30.000 kilómetros, 10.000 menos de lo que decían los sabios españoles y portugueses. Con esas medidas, el viaje era posible. Sin embargo, Colón había cometido un error. Las millas a las que se refería Alfragano eran millas árabes, bastante más largas que las utilizadas en Europa. La tierra de pronto aumentó de tamaño para Colón. Su viaje, en efecto, era imposible.


La larga espera y la calentura de Colón
Los sabios de Salamanca se limitaron a dictaminar lo más sensato, y con la ciencia en la mano demostraron que el viaje era imposible con las técnicas de la época. Una flota de barcos a merced del viento no conseguiría llegar desde las costas españolas hasta Asia atravesando el Atlántico y el Índico. No obstante, la reina Isabel estaba convencida de que Colón no era el cantamañanas que algunos, como el conde de Medinaceli o el de Medina Sidonia, pretendían hacerle creer que era. Tampoco el dictamen de los matemáticos, físicos, astrónomos y demás expertos iban a hacerle cambiar de opinión: aquel marino al que juzgaban poco menos que un loco que no sabía de mediciones terrestres, sin embargo, era intrépido, valiente, y ella seguía creyendo en él.

El momento no era el más oportuno para iniciar algo que ella misma, a pesar de todo, creía descabellado. Había que posponer el proyecto, si es que conseguía poner de su parte a Fernando para llevarlo a cabo alguna vez. Pero sabía que si quería retenerlo en Castilla no bastaba con hacerle ver que creía en su proyecto, así que dispuso que le pasaran una paga, con el fin de que no se fuera con su idea a otras cortes europeas y la promesa de que al final de la campaña contra Granada volvería a ocuparse del asunto. ¿Por qué creía la reina en Colón, un hombre que había errado los cálculos sobre la circunferencia terrestre? ¿Intuición femenina? Hay quien cree que a través del fraile Antonio de Marchena, Isabel fue informada de que Colón sabía más de lo que dejaba creer. Colón, a pesar de sus errores de cálculo, estaba convencido de la existencia de una cadena de islas que le permitirían ir saltando de una a otra hasta llegar a Asia o Japón, algo que simplemente podía ser fruto de una imaginación fantasiosa. Y a pesar de todo Isabel seguía creyendo.

«Hasta la conclusión de la campaña granadina» dijo Isabel. Pero la campaña se alargaba y pasaban los meses, los años… Y Colón comenzaba a impacientarse, a aburrirse y a plantearse si no sería mejor ir con su proyecto a otra parte. Él mismo lo escribió:

«Vine a servir a estos príncipes de tan lejos, siete años estuve en su real corte, y a cuantos hablaba de esta empresa, todos decían que si era una burla»

Colón estaba triste, sí… ¿Triste? ¿Quién dijo tristeza? ¡Menuda morenaza se cruzó con él! Veinte años, huerfanita, cordobesa, casi na… ¡Las Indias podían esperar!

Beatriz Enríquez Arana, así se llamaba la cordobesita. Vivía acogida en casa de unos parientes. Colón conoció a esa familia y desde el primer momento se sintió cautivado por la joven. Colón y Beatriz nunca se casaron, pero un año después de conocerse nacía su hijo Hernando y serían pareja durante toda su vida.

Una vez bajada la calentura, Colón volvió a ponerse impaciente con el tema del viaje. Por su cabeza comenzaba a pasar la idea de volver a Portugal, cosa que desechó inmediatamente. Mejor sería intentarlo en Francia o Inglaterra. Pero, el caso es que la paga asignada por los reyes seguía llegándole, señal de que en Castilla seguían apoyándolo. Entre tanto, también mataba el tiempo vendiendo libros y mapas, y de paso se ganaba unos extras. Si aquella maldita guerra acabara de una vez… y acabó. A finales de 1491, con la conquista de Granada prácticamente concluida, Colón fue llamado a reunirse con los reyes. El lugar, el campamento en Santa Fe. Tal como había prometido la reina, al finalizar la campaña contra Granada se ocuparía del asunto. Isabel había cumplido su palabra. Habían pasado siete años de larga espera.



Un proyecto caro y unas arcas vacías 
Diciembre de 1491, la guerra contra Granada está prácticamente acabada, y más que batallas, ya solo va a haber negociaciones. El 2 de enero de 1492 Granada ya era cristiana. Europa entera lo festeja y los reyes Isabel y Fernando cobran un gran prestigio. Era el final de una larga cruzada que había durado más de setecientos años. En el campamento reinaba la euforia, sin embargo, no deja de ser sorprendente la rápida llamada al almirante. Isabel no había perdido la ilusión por aquella aventura en todo ese tiempo y ni siquiera esperó a que todo estuviera más calmado o hablar del asunto tranquilamente en palacio. La reina simplemente le preguntó qué necesitaba para hacer el viaje y Colón, que no necesitaba ponerse a hacer la lista de la compra en ese momento, pues muchos años pasó haciéndola, solo tuvo que entregársela. Isabel pasó el proyecto y las condiciones al consejo, que nuevamente desestimó su viabilidad.


Nuevo revés contra el almirante que no entendía qué pasaba esta vez, si la reina había dado su victo bueno personalmente. Lo que ocurría era muy simple. Ahora no se trataba de problemas matemáticos, sino económicos. La guerra había dejado las arcas vacías. ¿Tanto costaba el proyecto? Parece ser que sí. Tres barcos con sus respectivas tripulaciones y cargados de víveres para su ida y vuelta. ¿Cuánto podían costar? Nadie lo sabe exactamente hoy día. Pero siempre hay quien se pone manos a la obra e investiga, como el economista cubano Dioenis Espinosa, que asegura que el coste total de los cuatro viajes de Colón costó 623 millones de maravedíes, la moneda de la época. Una cifra que actualmente equivaldría a 2.530 millones de euros. Asombroso, pero no debe ir muy mal encaminado este economista cuando tantas trabas le ponían al almirante. Isabel, por muy a favor que estuviera de seguir adelante, debía atenerse a los números rojos que mostraban los contables. ¿Y Fernando? Pues parece ser que también se había contagiado de la euforia de su esposa, pero… número rojos, porcentaje elevado en las ganancias del almirante en caso de éxito… ¿qué se podía hacer?

Pero el coste de la aventura no fue lo único que echaba para atrás a los que debían dar su aprobación, sino las condiciones del almirante, que por lo visto, no se quedó corto a la hora de pedir porcentaje de todas las posibles riquezas que pudieran conseguirse. Tales condiciones parecieron exorbitantes e inadmisibles, hasta por los mismos amigos de Colón, y los cortesanos y magnates, entre ellos el arzobispo Talavera, que las tacharon de «exigencias ofensivas al trono e intolerables en un extraño aventurero». Todos aconsejaron a Colón que las moderase; pero él se negó a ello con inflexible entereza, en vista de lo cual se rompieron las negociaciones, y Colón a punto estuvo de salir de España. Colón tenía quien le apoyaba, como el fraile de la Rábida, pero también tenía quien se oponía, como el zaragozano Juan de Coloma. En medio, los reyes, que no sabían a qué atenerse. Y entonces intervinieron dos personajes que vinieron a solucionar el problema: Luis de Santángel, prestamista del rey de Aragón, y el obispo Diego de Deza, hombre de confianza de la reina Isabel. Luis de Santángel desempeñaba el cargo de escribano del rey Fernando y prestamista oficial de la corona. Cada vez que Fernando necesitaba dinero, Santángel se lo conseguía. Santángel era algo así como un banquero privado de la época. Había conocido a Colón en 1486 y su intervención fue decisiva para que el navegante no saliera de Castilla aburrido y decepcionado hacia otras cortes de Europa. El obispo, por su parte, también influyó de manera muy positiva, y había creído en un proyecto del que ya había oído hablar entusiasmado a fray Antonio de Marchena.

La crónica cuenta lo siguiente:

«Y porque los reyes no tenían dineros para despachar a Colón, les prestó Luis Santángel, su escribano de ración, seis cuentos de maravedíes, que son en cuenta más gruesa diez y seis mil ducados».

Cuentan algunas malas lenguas nacionalistas, que fueron las arcas de Aragón las que pusieron el dinero. Otros se atreven a ir más allá y dicen que el dinero salió de Cataluña, y quien luego se quedó con los beneficios fue Castilla. El cuento de siempre de “España nos roba”. Pero la única realidad fue que quien corrió con los gastos fue un “banquero” que no tardaría en recuperar el dinero con suculentos intereses. Un banquero que, por cierto, era valenciano.

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