03 agosto 2016

agosto 03, 2016

Un rey inesperado

En el año 1100 Alfonso VI de León y Castilla, por fin, decide regularizar su situación con Zaida y se casa con ella. Alfonso pasaba ya ampliamente la cincuentena, este era su cuarto matrimonio, pero de esta manera quedaba también legitimado su único hijo varón y heredero al trono, que ya contaba siete años.Zaida, ya lo hemos contado, era la viuda del rey taifa de Córdoba, de la que Alfonso quedó prendado nada más llegar a Toledo. Constanza murió en el año 1093 y el camino le quedó libre para casarse con ella. Solo había un problema, Zaida era mora y él cristiano. Cosa que vino a arreglarse cuando Zaida se hizo cristiana y hasta se cambió el nombre por el de Isabel. Durante mucho tiempo los historiadores no han estado seguros de quién era esta Isabel que aparece como cuarta esposa en muchos documentos. Pero hoy parece probado que Isabel y Zaida eran la misma persona. Aún volvería a casarse Alfonso una quinta vez, pues Zaida moría solo un año más tarde de casarse con él, según dicen, de un mal parto.

Quien parecía no morirse ni echándole veneno era el incombustible Yusuf ibn Tasufin, que en 1103 se le metió en sus secos huevecillos venir a España otra vez, a dar por culo otro ratico. Quería supervisar personalmente el estado de su nueva provincia: Al-Ándalus. Después de haber incorporado a su imperio la calcinada Valencia, ya solo le faltaba Zaragoza para hacerse con la totalidad de la España mora, pero eso no lo verían ya sus ojos, pues moría, por fin, a los 97 años de edad.

Los ataques sobre la frontera cristiana no habían dejado de producirse desde Portugal hasta Cuenca. Los yernos de Alfonso, encargados de defender parte de ella habían tenido grandes problemas. De igual manera, el conde de Barcelona había sufrido ya las consecuencias de tener a tan incómodos vecinos ya metidos en Valencia. Sin embargo, nada más morir el viejo Yusuf, los almorávides parecen perder fuerza; incluso Alfonso se atreve a bajar hasta Sevilla a darles un escarmiento. Aún se atreve a más y conquista Medinaceli, una plaza clave para la defensa cristiana. Es entonces cuando Alí, que ya ha quedado definitivamente como máximo responsable del imperio conquistado por su correoso padre, quiere hacer una demostración de poder, para que todo el mundo vea que está a la altura de lo que se espera de él. Alí no solo demostrará que es digno heredero de su padre, si no del mismísimo diablo, y que su crueldad no tiene límites. 

Y en Zaragoza, tenemos a su rey que ante el avance de los aragoneses, cada vez está más convencido de que la única solución es pactar con los almorávides, ya que Pedro I no para de arrebatarles terreno. Pero Pedro moría en diciembre de 1104 en el Valle de Arán a los 36 años de edad. Pedro se había casado en 1086 con Inés de Aquitania, que le dio dos hijos, Pedro e Inés, pero ambos murieron a muy temprana edad. Inés moría en 1095 y Pedro se volvía a casar en 1097 con una tal Berta, de la que poco se sabe y no llegó a darle ningún hijo. Pedro I moría sin descendencia, probablemente en combate, aunque no hay fuentes que lo aclaren, por lo tanto, el nuevo rey de Aragón y Navarra sería su hermanastro Alfonso, un rey inesperado que no estaba llamado a serlo.

Alfonso I de Aragón y Navarra pasaría a la historia con el sobrenombre de El Batallador. El apodo lo dice todo. Y si aparte del Cid ha existido un guerrero bravo y un autentico caballero, ese fue sin duda Alfonso el Batallador, al que los musulmanes llegaron a temer como a una vara verde. Actualmente se le atribuyen, entre otras cosas, la de ser cruel con los moros, maniático, demasiado religioso, excéntrico y homosexual. Esto último no está demostrado, pero lo cierto es que, a sus treinta y un años, estaba soltero y nadie lo había visto con ninguna mujer. Según una crónica mora, Alfonso vivía para la guerra, dormía con la armadura puesta y sin colchón y no soportaba a las mujeres. Un día que alguien le preguntó, por qué no se acostaba con alguna de las hijas de un jefe moro al que habían hecho prisionero, él contestó: «Un verdadero soldado no debe vivir más que con hombres, y no con mujeres». Sin embargo, hay quien cree que su comportamiento nada tiene que ver con la homosexualidad y su carácter era el del verdadero guerrero religioso que ponía su vida al servicio de su fe, pues Alfonso era un auténtico cruzado.

Ante el avance del islam sobre tierras cristianas, el emperador bizantino Alejo I solicitó protección para los cristianos de oriente al papa Urbano II, quien respondió a la llamada e impulsó una serie de expediciones para liberar lugares santos. Estas campañas militares se seguirían llevando a cabo al menos por doscientos años, principalmente por Francia, España y la Europa oriental. La primera cruzada data del año 1099 y Pedro I de Aragón quiso embarcarse en ella al frente de un numeroso ejército. Fue el mismo papa quien lo paró, recordándole que él ya tenía donde librar su guerra santa, defendiendo España del avance almorávide. La recomendación del papa caló hondo, no solo en Pedro, sino en su hermano Alfonso, y ambos se afanaron en conquistar tierras a Zaragoza, haciendo de esta empresa su cruzada particular.

Pero vamos a ver ahora un episodio de los más trágicos que hay vivido León, que afectaría muy directamente sobre la vida de Alfonso I de Aragón y que cambió el rumbo de la historia de España. Tamín ben Yusuf, hermano del nuevo emperador Alí –hijos de Yusuf ibn Tasufin-, va a demostrar que es un tipo de una crueldad extrema. Algo así como lo que fue Almanzor en su tiempo. ¿Qué hizo? En principio, Alí quería demostrar que era digno sucesor del difunto emperador de los almorávides, así que nada mejor que enviar a su hermano para que asestara un duro golpe al emperador de los cristianos, Alfonso VI, aunque todo indica que la cosa le salió mejor de lo esperado, quizás por una negligencia cristiana, o porque subestimaron la capacidad almorávide, cosa bastante rara, pues ya los conocían de sobra.

Alfonso VI, que en ese momento se encontraba en Sahagún, se entera de que un ejército sarraceno sube desde Granada y avanza hacia Toledo. Nada a lo que el rey leonés ya no estuviera acostumbrado, así que envía unas tropas a hacerle frente antes de que lleguen a la capital. Esta vez no se pondrá al frente de ellas, como solía hacer siempre, sus sesenta y ocho años y sus muchas heridas de guerra ya no se lo permiten. Si las fuentes son fiables, se habla de un contingente de unos 2.500 efectivos, poca cosa, lo cual indica que los informes que le llegaron a Alfonso debían hablar de un ejército pequeño, posiblemente era solo una escaramuza. La cosa animó incluso a incluir al heredero Sancho a montar a caballo al lado de su tutor García Ordóñez, encargado de su protección. La costumbre era que aquellos que estaban llamados a ser grandes guerreros se iniciaran en el arte de la guerra lo antes posible. Recordemos que el Cid, siendo muy joven ya acompaño al rey Sancho en algunas batallas, aunque no participara directamente en ellas. Sancho, el heredero de Alfonso, tenía ya quince años, hora era ya de demostrar su valentía.

Las tropas de Tamín ben Yusuf, cambiaron de rumbo, quizás por llegarle noticias de que los cristianos salían a hacerles frente o porque su objetivo no era realmente Toledo y jugaban al despiste. Su nuevo rumbo era Uclés. Y hasta allí se dirigió entonces el ejército cristiano, aunque la ventaja que llevaban los sarracenos era ya considerable. Al frente de ellos iba una vez más el valeroso Alvar Fáñez. También le acompañaban algunos condes como Martín Flaínez y su hijo Gómez Martínez, los hermanos Diego y Lope Sánchez y su tío Lope Jiménez, Fernando Díaz y el ya mencionado García Ordoñez que hacía, una vez más, de niñera.

Uclés era una plaza de vital importancia estratégica entre Cuenca y Toledo que podía servirle a Alí como avanzadilla para futuros ataques a la capital del reino cristiano, o a la taifa zaragozana, que todavía no estaba en manos almorávides. El ejército que llegó a Uclés era cualquier cosa menos un pequeño destacamento de reconocimiento. Se trataba de un gigantesco ejército salido de Granada en la última semana del ramadán al que acompañaban los senegaleses con sus espadas indias y sus ensordecedores tambores de piel de hipopótamo. Llegados a Jaén se le unen unos refuerzos que venían de Córdoba comandados por un tal Abi Ranq. Se dirigen a Baeza, entran en La Mancha, pasan por la Roda, Chinchilla… por todas partes se le unen nuevos refuerzos. No hay datos que nos ofrencan cifras, pero debían ser muchos miles los que llegaron a Uclés.



Uclés, la batalla que cambió el rumbo de la Historia

El 27 de mayo de 1108, los primeros almorávides se dejan ver en las inmediaciones de Uclés. Fue mucha la destrucción y desolación que fueron dejando a su paso, por todo asentamiento cristiano que encontraron hasta llegar allí. No menos destructivo es lo que le espera a Uclés, donde nadie esperaba el ataque. El Uclés de entonces se asentaba sobre un cerro al lado del río Bedija. El asentamiento no era malo para su defensa, aunque sus fortificaciones eran débiles y por eso eran un buen objetivo relativamente fácil para su asalto. Un asalto que fue todavía más fácil al ser recibidos por los musulmanes que allí vivían y que le abrieron las puertas de inmediato.

Lo que les esperaban a sus habitantes cristianos no lo esperaban ni en sus peores pesadillas. Iglesias y casas derribadas, hombres asesinados, mujeres violadas, prisioneros para llevárselos como esclavos, un desastre, una masacre… Pocos fueron los que escaparon para refugiarse en el único lugar seguro, la alcazaba o ciudadela que estaba bien fortificada. Allí esperarían la llegada de las tropas cristianas.

Las tropas enviadas por Alfonso llegaban al día siguiente. Ya hemos dicho que no eran más de 3.500, no obstante, los moros salieron, como siempre solían hacer, ahuyentados ante la presencia de soldados cristianos, por si acaso. Y es que, nunca se sabe, detrás de ellos podrían venir muchos más. Pero esa duda quedó disipada aquella misma noche, cuando un musulmán que militaba en las filas cristianas deserto y traicionó a los de Alfonso. El traidor dio todo tipo de detalles a Tamín, y sabiendo éste que los cristianos eran infinitamente inferiores en número, reunió a todas sus tropas para presentar batalla.

Al amanecer del día 29 de mayo de 1108, moros y cristianos están preparados para el combate. En la parte mora, tenemos en vanguardia a las fuerzas de Córdoba, por los flancos derecho e izquierdo a las de Murcia y Valencia, la retaguardia la cubre Granada. Enfrente, en la parte cristiana, tenemos a Alvar Fáñez en el centro, en uno de los flacos al conde de Cabra y al otro a García Ordóñez con el infante Sancho. En la retaguardia, como tropas auxiliares, un destacamento judío. Y ahora viene la pregunta: ¿están locos estos cristianos? Puede ser. Pero lo más lógico sería pensar que, tal como los moros no sabían el número de soldados cristianos, los cristianos tampoco se habían enterado de cuántos moros habían venido. A la llegada del ejército toledano, lo más seguro es que las tropas andalusíes estuvieran dispersa y bien escondidas, quedando los efectivos justos para mantener el asedio a la ciudadela cristiana. No cabe otra explicación. Pensar en un enfrentamiento deliberado contra un ejército de aquellas dimensiones, es pensar en que los cristianos querían suicidarse a conciencia, estando además presente entre ellos, el heredero dela corona.

Las cargas de la caballería pesada cristiana solían ser bastante destructivas, y esta vez no iba a ser menos, quedando la vanguardia mora bastante diezmada. Pero al repliegue de éstos siguieron otras tropas de refresco. Por otra parte, la tradicional táctica de envolver al enemigo por los flancos no tardó en llegar, y esta vez, pese a estar los cristianos especializados en neutralizar estas tácticas, los moros estaban consiguiendo su objetivo. Ante el peligro inminente, los judíos pensaron que lo mejor era ponerse a salvo y emprendieron la huida. Hay quienes culpan los judíos desertores del desastre que ocurrió a continuación, pero la verdad es que tal desastre hubiera ocurrido igualmente ante la superioridad numérica del enemigo. Los cristianos poco tenían que hacer al verse rodeados por todas partes, salvo intentar abrir un hueco y poner a salvo al infante Sancho.

Desde lo alto de las murallas de la ciudadela, los que habían resistido la noche anterior, podían ver perfectamente el desastre que estaba ocurriendo en las faldas de aquel cerro. Por un momento se plantearon salir en su ayuda. Pero nadie veía ninguna posibilidad de éxito, ya era suficiente locura aquel enfrentamiento como para poner en peligro sus vidas, dejando, además, abandonados a cuantas mujeres y niños se refugiaban allí. De aquel trance, debían salir los toledanos por sí solos.

García Ordóñez escuchó la llamada del infante Sancho cuando el caballo de éste fue alcanzado. Inmediatamente se lanzó el conde en su ayuda protegiéndolo con su escudo y su propio cuerpo. Jiménez de Rada lo contaba así:

Como un enemigo hiriese gravemente al caballo que montaba el infante Sancho, dijo éste al conde: «El caballo que monto ha sido herido». A lo que el conde le contestó: «Aguarda, que también a ti te herirán luego». Y al punto cayó, y al caer con él el hijo del rey, descabalgó el conde y colocó entre su cuerpo y el escudo al infante, mientras la muerte se cebaba por todas partes. 

Ordóñez, según sigue contando Jiménez de Rada, que no duda en calificarlo de buen caballero, defendió al infante por una parte cubriéndolo con su escudo y por la otra con la espada, matando a cuantos moros podía; pero al fin le cortaron el pie, y al no poder tenerse, se dejó caer sobre el niño, a fin de protegerlo con su cuerpo. Así moría, heroicamente, García Ordóñez, conde de Nájera, redimiéndose del pecado cometido años atrás, cuando dejó abandonado a su suerte a un joven de veintidós años- el hijo del Cid- pero dando ahora su vida por salvar la de otro más joven aún, y que además era el heredero del reino.

Muchos otros caerán en el intento de sacar al infante de entre una nube de enemigos. Finalmente, Sancho está a salvo. Pero el peligro no ha pasado, la huida no está siendo fácil, pues los caballos castellanos son cualquier cosa menos ligeros. A su gran tamaño hay que añadir las protecciones que los hacen más pesados y lentos aún. La caballería árabe, sin embargo, está compuesta por animales ligeros y veloces, que solo soportan el peso del jinete. Los almorávides no tardan en estar encima de ellos. Solo cabe una salida para poner a salvo al joven Sancho. Dividirse. Una parte del ejército cristiano se dirigirá a Toledo, la otra intentará llevar al infante Sancho, sano y salvo al castillo de Belinchón. Tal como esperaban, los almorávides emprendieron la persecución de los que huían hacia Toledo, pero no dejaron de advertir que una parte de las tropas habían cogido un camino diferente. Tamín ordenó que los que se dirigían al castillo también fueran perseguidos. Los que protegen al infante saben que no tardaran en darles caza. Sancho tendrá que llegar al castillo con una deducida escolta. Para todos los demás, ha llegado su hora. 

Aquel lugar pasaría a llamarse Siete Condes, aunque los pocos escrúpulos con que los moros trataron el tema se empeñaran en llamarlo Siete Puercos. Siete Condes, denominación que con el tiempo derivaría en Sicuendes, porque en aquel lugar dieron su vida los siete condes que intentaban salvar al heredero del reino de León y Castilla. Sancho llegó sano y salvo al castillo de Belinchón, lugar protegido por un destacamento cristiano. Belinchón era una población que, según la tradición, había pasado a manos leonesas tras el casamiento de Alfonso con la mora Zaida. Supuestamente, esta población era una dote que Zaida había recibido al casarse con el rey de Córdoba. Pero otros estudios sobre el tema aseguran que las mujeres musulmanas no recibían dotes de ninguna clase. Sea como fuere, aquella plaza estaba ahora en posesión de León. Más le hubiera valido a Alfonso que esa plaza no hubiera caído nunca en sus manos.

Alvar Fáñez y su tropa había conseguido eludir a sus perseguidores y estaba próximo a Toledo. Los que no habían tenido la suerte de salir huyendo permanecían en el suelo del acampo de batalla, donde los heridos eran rematados, también los prisioneros fueron ejecutados, y finalmente todos eran decapitados. Luego venía la macabra ceremonia de formar una montaña de cabezas cristianas, donde una especie de sacerdote moro subía y hacía una macabra oración. Luego, cargadas las cabezas sobre los carros, eran transportadas para exhibirlas por allí por donde pasaban en su regreso a Granada. Solamente quienes permanecieron en el interior de la fortaleza de la alcazaba salvaron aquel día su vida en la trágica jornada en Uclés. Salvaron su vida aquel día, pero al siguiente… Tras evaluar la situación y en vista de que los moros se habían marchado, los de la fortaleza debatieron entre la posibilidad de quedarse dentro esperando a que vinieran a rescatarlos o salir de allí y ponerse a salvo de otro posible ataque. Las posibilidades de que acudieran de nuevo a salvarlos eran escasas. Así que optaron por salir. Pero no todos los moros se habían ido. Algunas tropas permanecían emboscadas a la espera de que salieran, y cuando marchaban abandonando Uclés, cayeron sobre ellos. Muchos murieron, otros fueron hechos prisioneros y se los llevaron como esclavos. La tragedia de Uclés fue completa.

A su llegada a Toledo, Alvar Fáñez no supo qué contestar cuando Alfonso le preguntó dónde estaba su hijo. Con toda probabilidad estaba a salvo en Belinchón, pero, ¿cómo asegurarlo? Habría que esperar a que alguien trajera noticias. Y fue días más tarde cuando llegaron los mensajeros, que no solo trajeron noticias, sino el cuerpo del infante Sancho. Belinchón estaba poblada principalmente por musulmanes, que al saber de la cercanía de los almorávides se rebelaron contra la guarnición cristiana, matándolos a todos. Los recién llegados que escoltaban al infante no se dieron cuenta de la trampa en la que se metían, pues nada más entrar al castillo fueron asesinados, incluido el infante, que todavía era un niño de apenas catorce años.



Raimundo de Borgoña,

conde de Galicia 
Problemas de sucesión

A su llegada a Toledo, Alvar Fáñez no supo qué contestar cuando el rey Alfonso le preguntó dónde estaba su hijo. Con toda probabilidad había llegado a Belinchón, pero, ¿cómo asegurar que estaba a salvo? Habría que esperar a que alguien trajera noticias. Y fue días más tarde cuando llegaron los mensajeros, que no solo trajeron noticias, sino el cuerpo del infante Sancho. Belinchón estaba poblada principalmente por musulmanes, que al saber de la cercanía de los almorávides se rebelaron contra la guarnición cristiana, matándolos a todos. Los recién llegados que escoltaban al infante no se dieron cuenta de la trampa en la que se metían, pues nada más entrar al castillo fueron asesinados, incluido el infante, que todavía era un niño que no había cumplido los quince años.

Las consecuencias del desastre de Uclés iban a ser múltiples. Por un lado, se había perdido, no una, sino varias plazas que eran clave para la defensa de Toledo. Con Uclés se perdieron Ocaña, Amasatrigo, Huete, Belinchón y Cuenca. Toledo estaba en un enclave privilegiado y el asalto a sus fortificaciones era casi imposible y su defensa estaba garantizada precisamente por unas plazas, entre las que se encontraban las que ahora habían caído en manos moras; que por otra parte, les garantizaban poder someter a Toledo a un largo asedio. A partir de ahora, pues, había que concentrar todas las fuerzas en defender la capital del reino. Por otro lado, y lo más grave, aparte de la tragedia que supone perder a un hijo de corta edad, Alfonso había perdido a su único heredero varón. Todo aquello iba a traer una serie de conflictos que iban a poner de rebumba, no solo al reino de León, sino a los cinco reinos de España. Por último, aquel dolor que la muerte de Sancho causó a Alfonso, no le permitiría levantar cabeza nunca más y moría un año después, en julio de 1109 con sesenta y dos años y muchas batallas a sus espaldas. 

Y a sus espaldas dejaba también una admirable obra de gobierno, donde su reino alcanzó grandes dimensiones, siendo su obra más grande la reconquista de la antigua capital goda, Toledo. Había reinado nada menos que durante 44 años, desde aquel lejano 1065 en que se hizo cargo del reinado de León con solo 18. No cabe duda de que Alfonso VI fue un gran rey, quizás de los más grandes que haya tenido España, a la vista de todo cuanto hemos leído y a cómo hablan de él historiadores como Jiménez de Rada:

«En su reinado reverdeció la justicia, la esclavitud halló su fin; las lágrimas, su consuelo; la fe, su expansión; la patria, su engrandecimiento; el pueblo, su confianza».

Lástima que muriera en un mal momento para el gran reino que él había creado, pero el destino quiso que, tal como le ocurrió a su mejor vasallo, el Cid, él también muriera llevándose la pena de haber perdido un hijo en batalla.

Los tres reinos que gobernaba Alfonso, Galicia, Castilla y León se habían quedado sin heredero. Sin embargo, Alfonso tenía hijas, cinco exactamente: Urraca, Elvira, Sancha, Teresa y otra Elvira. Todas ellas de dos matrimonios y una amante. Urraca, la mayor, era hija de Constanza. Elvira y Sancha de su matrimonio con Zaida, la mora, rebautizada como Isabel, y Teresa y Elvira de sus amoríos con Jimena Muñoz, hija del conde Munio Muñoz, nieta de Munio Rodríguez, vamos, que casi era prima mía. En resumen, era una dama de alta cuna tenente del castillo de Cornatel, en el Bierzo y se la cepillaba el granuja de Alfonso. Pero como todo esto ya no viene a cuento y nos estamos desviando del tema… volvamos donde lo dejamos: que los tres reinos necesitaban un rey… o una reina. A falta de Sancho, Urraca era la primogénita. El caso es que, en España nunca había reinado una mujer. O sí. Sí, había un precedente, la madre de Alfonso había sido reconocida como reina al morir su hermano sin descendencia, siendo Fernando I realmente un rey consorte, aunque en la práctica tenía plenos poderes de rey y hasta fue ungido. Pero, ¿dejarán que lo haga Urraca? Bueno, de eso ya se encargó Alfonso antes de morir, dejándolo todo atado y bien atado.

Antes de morir, dejó encargado a su hija mayor, que sus restos fueran trasladados a Sahagún, para descansar junto a su esposa Constanza, madre de Urraca. No pidió ser enterrado junto a ninguna de las otras tres, sino junto a Constanza. También dejó resuelto y plasmado en su testamento el importantísimo tema de su sucesión. Urraca, su hija mayor, de su unión con Constanza de Borgoña, sería la reina de Galicia, León y Castilla. Aunque para llegar al trono, Urraca debería cumplir algunas cláusulas que se habían redactado de pleno acuerdo con los nobles del reino.

El tema de su sucesión había traído de cabeza a Alfonso toda su vida. Siempre buscando un hijo varón hasta el final de sus días, y quizás por eso se casó cinco veces y tuvo dos amantes. Su última esposa, Beatriz, ni siquiera tuvo tiempo de darle hijos y abandonó España nada más morir Alfonso. Solamente Zaida (Isabel) pudo darle el hijo varón que tanto anhelaba y que tan necesario era para el reino. Sin embargo, el destino, que toda su vida le había negado ese hijo, conseguido en brazos de una amante que luego accedió a ser su esposa para que todo fuera legal y legítimo, se lo llevó en el último instante, dejando a Alfonso en un grave aprieto que, como buen diplomático, supo resolver. Aunque después de su muerte todo saliera de forma diferente a como él supuestamente había previsto.

Sus dos yernos, Raimundo de Borgoña y Enrique, también de Borgoña, habían estado durante muchos años al acecho. Si Alfonso se iba al otro mundo sin hijos varones legítimos, ellos podrían ocupar el trono. Estos muchachos eran sobrinos de Constanza, la esposa de Alfonso, y llegaron a León después de la batalla de Sagrajas contra Yusuf, para reforzar sus ejércitos contra otros posibles ataques musulmanes. Nunca más se irían, pues ambos encontraron un buen empleo al casarse con las hijas de Alfonso. Raimundo se casó con Urraca en 1091 y Enrique con Teresa en 1096. Ya hemos contado cómo a Raimundo se le encomendó la defensa de Lisboa, aunque no tuvo éxito y fue finalmente conquistada por Yusuf. Aunque la pérdida de esta ciudad no menguaría el poder que llegó a alcanzar Raimundo, al que también se le encomendó el gobierno de Galicia, siempre, claro está, bajo el control del rey.

Entre tanto, a Alfonso le nacía el hijo esperado y Raimundo vio peligrar la elección de Urraca como candidata a reina. Aunque era un hijo ilegítimo y posiblemente siempre lo fuera, pues nadie imaginaba que finalmente Zaida acabaría legalizando su situación. Pero por si acaso, Raimundo decidió poner en marcha un plan. ¿Qué hizo? Pactar con su primo. El pacto fue hecho, obviamente, a espaldas de Alfonso, pero con el apoyo del abad de Cluny, otro borgoñón eclesiástico introducido en España por la reina Constanza. ¿Qué decía el pacto? Raimundo prometía entregar Toledo a su primo, o en su defecto, el reino de Galicia. A cambio, Enrique debía comprometerse bajo juramento a ayudarle a conseguir todos los dominios de Alfonso y los dos tercios del tesoro. Todo un golpe de estado planeado para cuando el rey se fuera a criar malvas.

¿Llegó a enterarse el rey de lo que su yerno planeaba o fue un sexto sentido lo que lo puso sobre aviso? No está claro, pero tal como si Alfonso lo hubiera intuido, reaccionó de inmediato neutralizando el complot. Y lo hizo de la forma más discreta, sin aspavientos y sin ponerse nervioso. Ni siquiera les cortó a ambos la cabeza (Alfonso era un tío civilizado). Lo que hizo fue asignarle a Enrique el gobierno de Portugal. Con esto conseguía enfrentar a los dos yernos. Ahora ya no eran aliados, sino rivales.

Pero una vez legitimado su hijo varón, ambos yernos vieron desvanecerse sus ambiciones. Raimundo, sin embargo, pudo haber visto cumplido su sueño de haber estado vivo cuando su sobrino político fue asesinado en Uclés, pero hacía tiempo que andaba delicado de salud y murió de disentería un año antes, el 20 de septiembre de 1107. Ahora Urraca estaba a punto de ser reina, pero era viuda, y ese fue el principal problema que veían los nobles, y que exigían solucionar antes de apoyar la propuesta del rey. A Urraca había que casarla cuanto antes.

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