09 septiembre 2015

septiembre 09, 2015
Demos un repaso al mapa de España próximos al año 1000. Pero antes, a modo de recordatorio, conviene hacer un un breve resumen de todo lo sucedido, para comprender por qué el mapa ha llegado a estar así: 
• Hasta el año 711 España o Hispania, era un reino ya consolidado formado por una mezcla de antiguos iberos, romanos y los recién llegados visigodos. Son estos últimos los que llevan la voz cantante y los verdaderos artífices de que lo que fueron unas provincias romanas llegaran a ser un reino independiente. La llegada de los moros da al traste con el reino visigodo.
• Carlomagno, el rey francés, le para los pies a los moros y apropiándose buena parte del territorio peninsular que bordea los Pirineos crea la Marca Hispánica, una serie de condados que tendrán la función de hacer de barrera para que los moros no vuelvan a entrar en Francia. Estos condados van desde Navarra, el actual Aragón y los condados catalanes. 
• Los nobles visigodos quedan dispersos por toda la península, muchos de ellos pactan con los moros para conservar sus dominios, otros huyen a Francia y algunos de ellos se disponen a resistir la invasión musulmana en el norte, entre Asturias y Cantabria. A la cabeza de ellos destaca Pelayo, que llegará a ser rey y del que saldrá la nueva dinastía que reconquistará España. 
• Córdoba se convirte en la capital de Al-Ándalus, nombre con el que se conoce la España musulmana que pasó a formar parte de la provincia norteafricana del Califato Omeya. En 756 se crea el Emirato de Córdoba y se independiza de Damasco. De emirato pasó a ser califato en 929.
• En el año 1000 el califato cordobés se extendía desde el norte de África hasta Lérida, Zaragoza, Ávila y Salamanca. Por su parte, la España cristiana, que había comenzado conquistando Asturias, se extendía ya hasta el Duero formando los reinos de León y Navarra, que había nacido de su emancipación de la marca Hispánica francesa. León comprendía Asturias, Galicia, el norte de Portugal y el condado de Castilla formado por lo que hoy sería la actual Cantabria, la Rioja y Burgos. Además de esto, seguían existiendo los condados de Jaca, que aún no era Aragón, Ribagorza, Barcelona y otros condados catalanes, todos ellos en manos francesas.

En realidad, este mapa no había cambiado mucho en el último medio siglo. En el califato mandaba Almanzor, y en los territorios cristianos… también. Pero ahora, a la altura de 997 los cristianos han dicho basta. Un gran ejército está dispuesto a plantar cara al dictador de Córdoba. Almanzor monta en cólera, pero no va a enfrentarse a ellos. Hará algo peor. Hará algo que el mundo cristiano no olvidará jamás.

********************

Gran golpe al corazón cristiano
Entre los dirigentes cristianos, el casamiento entre hijos de uno y otro significaba alianzas. Sin embargo, entregar a una hija a un moro significaba sumisión por parte del cristiano. El rey de Navarra había entregado a Almanzor a su hija Abda esperando una gran alianza con él. Lo único que había conseguido era que sus tierras fueran golpeadas con más saña. El rey de León, Bermudo, parecía no haberse enterado y cometió el mismo error entregando al dictador a su hija Teresa. Por supuesto, las tierras leonesas seguían siendo saqueadas. Bermudo II en realidad no pintaba nada como rey, puesto que los condes leoneses obedecían todos a Almanzor. Pero esa obediencia, fruto del temor, era cualquier cosa menos sincera. García Fernández acaba de morir plantando cara al tirano. Los condes leoneses sentían vergüenza. El ejemplo de García parecía no haber caído en saco roto y los leoneses deciden declararse en rebeldía. Almanzor decide entonces darles un escarmiento y ordena cargar contra la población de Carrión que queda destruida. 

Para colmo, el dictador se entera de que Piedra Seca, uno de los cabecillas que junto a Subh y su hijo conspiraron contra él, está refugiado en la corte de León, es decir, el rey Bermudo lo protege. Almanzor, muy cabreado, invade Astorga y exige a Bermudo que le entregue al conspirador. Bermudo obedece. Fue una gran humillación para el rey de León. Bermudo toma una decisión, si sus condes se han declarado en rebeldía, a él no le queda otra que dar ejemplo. Así que se dedicó durante unos meses a recorrer el norte reuniendo un gran ejercito para al final dejar de pagar tributos a Almanzor. Bermudo declaró que León era libre y no obedecería nunca más al moro. 

Estos cristianos no escarmientan -pensó Almanzor-. ¿Qué puedo hacer? Veamos, en el año 985 cuando Almanzor tenía sometidas a León y Navarra decidió dar un gran golpe en Barcelona. La ciudad quedó arrasada y los saqueos se prolongaron por más de seis meses. Fueron unos meses sangrientos y en los condados catalanes lo pasaron muy mal. Estos condados, dependientes de la corona carolingia, es decir, de Francia, no suponían un peligro para Al-Ándalus, es más, el conde Borrell había pactado con Córdoba. Sin embargo, Almanzor tenía dos motivos para atacar, tener activo a su ejército y demostrar que ni un solo rincón de la península dejaba de estar bajo su dictadura. Más tarde, en 987 Almanzor ataca la ciudad de León. ¿Y ahora, por qué, si el rey es vasallo suyo? Por lo visto, Almanzor había prestado a Bermudo un ejército de bereberes y una vez que prestaron su servicio se quedaron en la ciudad comportándose como verdaderos bandidos. Bermudo decide expulsarlos y Almanzor se lo toma como una ofensa. La reacción del dictador fue terrible y no dejo piedra sobre piedra en León. Todo esto había ocurrido unos años antes, y puede comprenderse que los condes y el propio rey leones ya no pudieran soportar más las fechorías del dictador. Puede entenderse también por qué García Fernández jamás se sometió. Pero esta rebeldía, un poco tardía, iba a provocar la ira del diablo. Sí, lo que pasaba en estos momentos por la mente de Almanzor no podía ser otra cosa que lo que el mismísimo Satanás le estaba transmitiendo por telepatía. Almanzor quería dar un escarmiento a los cristianos. No, un escarmiento no, lo que quería era hacerlos sufrir. Mucho, mucho sufrimiento.

El 3 de julio de 997 salió de Córdoba y entró en Portugal. Con él arrastraba cuantos soldados pudo movilizar. En su marcha iban destrozando cuanto encontraban, y los condes portugueses ni siquiera tuvieron valor para mover un dedo contra los moros. Y no solo eso, sino que se vieron obligados a unirse a él. Arrasan castillos y destruyen conventos. Los lugareños huyen, pero muchos son apresados. Todo botín es valioso, hasta los lugareños, que más tarde se venderán como esclavos. Nada nuevo, en fin, que Almanzor no haya hecho con anterioridad. ¿Era este el sufrimiento que Almanzor quería infringir a los cristianos? No, ni mucho menos. 

Esto solo era un pasatiempo hasta llegar a su objetivo: Santiago de Compostela. Recordemos qué significaba ya en aquella época Santiago de Compostela para los cristianos y qué hay allí. Ya se ha contado aquí. Se había encontrado una tumba que todos creyeron la de Santiago, el apóstol de Cristo. Allí mismo se edificó una iglesia y Santiago de Compostela se convirtió desde entonces en el lugar de peregrinación, no solo de los cristianos de España, sino de toda Europa. El 10 de agosto llegó Almanzor con su enorme ejército a Santiago. El obispo, Pedro de Mezonzo, que ya había sido avisado de lo que se avecinaba, había tomado la precaución de evacuar la ciudad. Los habitantes abandonaron sus casas y buscaron refugio en los bosques cercanos. Los moros entraron en la ciudad vacía que no tardó en arder por los cuatro costados. Y una vez delante del templo dedicado al apóstol, Almanzor ordenó que éste corriera la misma suerte. 

Pero antes, el dictador se percató de la presencia de un hombre. 
–¿Qué haces aquí? -le preguntó. 
–Honrar la tumba de Santiago –contestó el hombre. 
Almanzor ordenó que se respetara la vida de aquel hombre y que nadie tocara la tumba del apóstol. La ciudad fue destruida, el monasterio también, pero la tumba permaneció intacta. ¿Por qué? Esa es la pregunta que se hacen muchos. ¿Respeto? ¿Superstición? Nadie podrá ya averiguarlo, pero en cualquier caso, el daño al corazón de la cristiandad fue enorme. Y todavía quiso ensañarse más. ¿Cómo? llevándose las campanas a Córdoba. Las campanas fueron transportadas a lomos de los esclavos, es decir, de los hombres que fueron hechos prisioneros a los largo del camino recorrido desde Córdoba a Santiago. Unas campanas de ida y vuelta, pues dos siglos y medio después, Córdoba sería conquistada por Fernando III que mandó devolverlas a su lugar de origen a lomos de prisioneros moros. 

Santiago fue ennoblecida por el martirio que sufrió, y el único consuelo para los cristianos fue que la tumba del apóstol no fue profanada. De aquella barbarie se repondría la cristiandad y de aquella iglesia derruida nacería más tarde la actual catedral. Pero en aquel momento el golpe y la humillación fueron tremendos.


Savia nueva
“El Dios verdadero se sintió tan ofendido por aquella terrible acción del infiel, que decidió inyectar savia nueva en los reinos del norte para renovar así el espíritu y el valor necesario para hacer frente al demonio del sur.” 

Parar a Almanzor no va a ser fácil, pero el golpe que recibió la cristiandad no podía dejar a nadie indiferente. Todos habían quedado paralizados al saber que Santiago había sido destruida. Y tanto disgusto les causó, que hay quien cree que Bermudo, el rey de León, murió por esa causa. Pero Bermudo en realidad murió por un ataque de gota, no en vano pasó a la historia como Bermudo el gotoso. ¿Y quién le sucedió? Su hijo Alfonso, el futuro Alfonso V, nieto del valeroso conde García Fernández. El problema era que… Alfonso contaba con tan solo 5 años y tenía que gobernar bajo la regencia de su madre Elvira García, la hija de dicho conde. Nuevamente León bajo el control de una mujer. ¿Esta era la nueva savia que Dios había inyectado? Pues sí, porque Elvira García no era cualquier mujer, sino una muy valerosa, y por algo era hija de su padre.

Elvira no iba a permitir que León siguiera siendo una viña sin vallado. Convocó una asamblea y reunió a todos los condes del reino. Menendo González por Galicia; Sancho García, hermano de la reina viuda, por Castilla; los obispos de Iria, Dumio, Lugo, Oviedo y Astorga, y otros magnates como Pelayo Rodríguez, Munio Fernández y Fruela Vimarédiz. 
-Si mi hijo tiene que reinar lo hará sobre un reino fuerte. Y si tengo que dirigirlo hasta la mayoría de edad, todos debéis estar de acuerdo y jurar que no nos fallareis. 
Todos estuvieron de acuerdo y firmaron el documento. León estaba ahora más unido que nunca. Por su parte, Navarra había recibido la savia nueva unos años antes al morir Sancho Garcés y subir al trono su hijo García Sánchez, llamado el temblón por un defecto físico. Pero ese defecto no le impedía que ya desde su llegada al poder le estuviera plantando cara a Almanzor. De hecho, había provocado la ira del dictador que en 999 cargó contra Pamplona e hizo de las suyas, como ejecutar a 50 cristianos cortándoles la cabeza como escarmiento. (¿Les suenan estas cosas en la actualidad?) Pero el navarro no se aminoró y le dejó bien claro que antes muerto que ser vasallo de Córdoba. El pulso entre moros y cristianos había comenzado. 

Sancho García, el hijo de García Fernández tardó en darse cuenta, pero se dio cuenta, al fin y al cabo, que su padre había tenido siempre razón. ¡Cuánto sentía ahora haberse puesto en su contra! Pero se sentía orgulloso, muy orgulloso de él, y sobre todo, de que no había muerto en balde y ahora era todo un ejemplo para los cristianos. No, no había firmado el documento por compromiso, lo había hecho de todo corazón, y así mismo iba a luchar contra el tirano Almanzor. León, Navarra y Castilla forman ahora una piña y todos se han declarado en rebeldía. Almanzor monta de nuevo en cólera y lanza un gran ejército, con él mismo al frente, hacia Castilla. Salen de Medinaceli, era verano, concretamente el 29 de julio del año 1000. La batalla tendrá lugar en Peña Cervera. El historiador J. Javier Esparza, en su libro Moros y Cristianos describe de esta manera el paisaje: 
“Peña Cervera está en Burgos, en la sierra de la Demanda. Es un peñasco en forma de ancha meseta que se eleva 170 metros desde el suelo, a 1.378 metros sobre el nivel del mar. Allí hay ahora un pueblo: Espinosa de Cervera. Su nombre, Cervera, viene de la abundancia de ciervos. Entre sus piedras nace el río Esgueva. Es un paraje de gran belleza, entre pastos a un lado, roquedales al otro, y bosques de sabinas y quejigos. Desde la barrera natural que forma la Peña Cervera se dominan los valles del Esgueva y el Duero. Un buen lugar para combatir.” La batalla está a punto de comenzar.

Sancho García y el conde de Saldaña se habían puesto al mando de las tropas cristianas. Todas, tropas gallegas, castellanas, leonesas y navarras iban a luchar juntas contra el opresor. Sancho García tiene en mente, en ese momento, a su padre García Fernández, y por la gloria de éste luchará con toda fiereza. Comienza el combate. Sancho transmite a las tropas castellanas toda su energía y llevan en un primer momento todo el protagonismo, que no tarda en ser transmitido a todas las tropas cristianas. Las tropas de Almanzor se vieron desbordadas por el empuje cristiano a pesar de ser mucho más numerosas. Una de las estrategias más utilizadas por las tropas musulmanas consistía en mover rápidamente las alas, es decir, los extremos derecho e izquierdo del frente, para envolver al enemigo por todas partes. Estrategia que normalmente les iba muy bien debido precisamente al gran número de efectivos con que contaban los ejércitos moros. Pero esta vez, los cristianos, conocedores de sus tácticas, fueron más rápidos y dejaron paralizadas las alas musulmanas, siendo finalmente ellos los que se vieron rodeados por todas partes. 

Los moros retrocedían y Sancho vio cercana la victoria. Almanzor, desde su puesto elevado de vigilancia no daba crédito a lo que veía. Había que retirarse o estaban perdidos. El primer embiste cristiano había sido una maniobra brillante que se saldo con un gran número de bajas musulmanas. Las tropas moras se retiraron a una colina cercana. Desde allí esperarían ventajosamente un nuevo ataque cristianos. Pero los cristianos no estaban dispuestos a combatir pendiente arriba. ¿Qué iba a ocurrir entonces? Pues ocurrió algo inesperado. Se corrió la voz de que Almanzor había subido hasta allí para ganar tiempo. Tiempo para que llegaran refuerzos. Desde aquella posición Almanzor podía ver cuándo, supuestamente, llegaran esos refuerzos, pero los cristianos no podían ver nada. Podrían verse entre dos frentes y entonces estarían perdidos. Sancho dio la orden de retirada, y entonces Almanzor se lanzó colina abajo al ataque. Pero el ataque no tuvo ningún efecto, los cristianos ya se habían dispersado. 

Casi todos los estudiosos de esta curiosa batalla coinciden en que fue una batalla que terminó en tablas. Pero para Almanzor, esta fue la primera vez que le enseñaban verdaderamente los dientes. Es más, Almanzor estaba muy cabreado por no haber conseguido una victoria con la que presumir de nuevo al llegar a Córdoba. No, no hubo desfile victorioso, por el contrario, hubo una gran bronca, la que le dio a su ejército llamándolos cobardes. Pero su principal preocupación era que allá arriba, en el norte, le esperaban de nuevo los que ya habían dejado de tenerle miedo.


Sepultado está en el infierno
No se detallan más batallas entre 1000 y 1002. Se habla sin embargo en este tramo de tiempo de la batalla de Calatañazor, donde se dice que Almanzor perdió el tambor. El problema es que este hecho no se ha podido comprobar que sea verídico. Verídico o no, es una crónica de esas que pasan de generación en generación y llegan a convertirse en leyenda. Y detrás de toda leyenda hay siempre una historia verdadera, aunque con el tiempo se vaya distorsionando. En todo caso, de esta batalla hablan incluso las crónicas árabes, por lo que aumenta su posibilidad de que haya mucho de cierto, ya que estas crónicas rara vez hablan de sus derrotas. ¿Y qué pasó, supuestamente, en Calatañazor? No, Almanzor no pudo perder el tambor, ya que la tropas sarracenas no utilizaban tambores todavía en aquella época, lo que supuestamente recibió Almanzor fue su primera clara derrota. Y si no fue en esta población pudo ser en cualquier otra, porque de no ser así, los cristianos no seguirían con ánimo de seguir plantando cara al dictador. Dos años ya de guerra abierta contra Almanzor. Ninguna victoria clara a favor de los cristianos y todo lo que sabemos es que Almanzor sigue arrasando poblaciones y haciendo de las suyas. Se habla muy poco o casi nada de enfrentamientos entre tropas. ¿Por qué?

No es posible que en dos años no haya habido más enfrentamientos y solo ataques contra pueblos por parte de los moros. Esto aumenta aún más la veracidad de la derrota en Calatañazor por lo que ya se ha comentado, las crónicas moras rara vez hablan de derrotas y posiblemente se haya perdido mucha documentación cristiana. Almanzor sufrió, casi con toda seguridad algún revés y por eso solo se habla de campañas de ataques indiscriminados, cosa que sabía hacer muy bien el dictador, contra pueblos y aldeas, evitando los enfrentamientos en campo abierto. La última de ellas en la primavera de 1002 cuando penetró en la Rioja y algunos pueblos de Burgos destruyendo monasterios e iglesias, intentando infringir de nuevo humillaciones religiosas a los cristianos. Y de pronto… se sintió enfermo y dijo: quiero volver a Córdoba. 

Y he aquí que de nuevo la historia no nos deja claro qué es lo que le ocurrió al demonio andalusí. Dicen que sufrió un ataque de gota, como al rey Bermudo. Otros dicen que llevaba tiempo enfermo de cáncer. Y no falta quien dice que sufrió una herida en combate (lo más probable y que nuevamente omiten las crónicas moras). Nadie lo sabrá nunca con seguridad. El caso es que cogieron camino hacia Córdoba, camino que tuvo que hacer transportado en litera, pues no podía montar a caballo. 

Después de dos semanas de viaje llegaron a Medinaceli y allí murió. Era el 11 de agosto de 1002. Hay frases que los historiadores antiguos dejaron escritas y que reflejan muy bien el sentir de los que vivieron la época, una de ellas dice: 

«Pero, al fin, la divina piedad se compadeció de tanta ruina y permitió alzar cabeza a los cristianos y el demonio que había habitado dentro de él en vida se lo llevó a los infiernos»

Las crónicas árabes son mucho más generosas: 

«Por Dios que jamás los tiempos traerán otro semejante, que dominara la Península y condujera los ejércitos como él».

Pero sin duda, la que quedó para la posteridad es esta:

«Murió Almanzor y sepultado está en el infierno».


El vástago del diablo
Si alguien pensaba que con la muerte de Almanzor la cristiandad iba a respirar aliviada, se equivoca, el diablo andalusí había dejado en Córdoba un vástago dispuesto a seguir sembrando el terror, Abd al-Malik. Desde su mayoría de edad era ya primer ministro, y una vez muerto su padre fue el heredero de la dinastía Amirí inventada por él (su padre Almanzor). ¿Y ahora qué? Pues todo sigue igual. Abd al-Malik es rey y el pobre Hisham, el califa que ya está próximo a los 40 años sigue siendo solo un símbolo sin poderes efectivos. Y hablando de Hisham, ¿qué fue de Subh, su madre? Las crónicas hablan de que murió entre 998 y 999 sin conseguir su propósito de derrocar al dictador que ella misma ayudó a subir al poder. ¿Y qué es de la vida de Hisham? Pues cuentan que en su jaula de oro no se lo pasa mal del todo. Encerrado y sin poder salir de Medina Azahara, parece ser que a lo que menos se dedicaba era a rezar, porque entrar sí que entraban sus amiguetes más íntimos a compartir su harem privado. Y teniendo en cuenta que estaba impedido para ser gobernante, (lo más probable es que incluso sin Almanzor de por medio no le hubieran dejado gobernar) no le iba del todo mal.

Pero, a lo que vamos, al vástago Abd al-Malik. Dicen que su padre, al verse desfallecer, le ordenó salir inmediatamente de Medinaceli, donde se encontraban, y correr hacia Córdoba. Almanzor lo había dejado todo atado y bien atado, pero por si acaso algún nudo pudiera desatarse… no quería correr el riesgo de alguna sublevación ante la noticia de su muerte. Porque, recordemos, si el califa seguía ejerciendo como tal, aunque solo fuera simbólicamente, era para tener contentos a sus partidarios, o sea, a los omeyas, que si hubieran podido ya habrían buscado a un sustituto para Hisham. Y ese sustituto, por supuesto, tendría que ser omeya. Pero como Almanzor ya se había encargado, de que a su muerte, el califato desapareciera a favor de seguir con su dinastía dictatorial, eso sería la gota que colmaría el vaso de la paciencia de sus opositores, y eso, Almanzor lo sabía. Y para eso se había encargado de instruir bien a su vástago.  

Y en eso se aplicó con intensidad Abd al-Malik, en poner en práctica todo lo que le enseñó su padre, es decir, seguir hostigando a los cristianos hasta la saciedad. ¿Y qué había sido de la savia nueva que corría por León, Castilla y Navarra? Pues parece ser que ya había dejado de causar el efecto deseado. ¿Qué estaba pasando? Lo que pasaba era que Abd al-Malik había heredado una Córdoba demasiado poderosa. Un ejercito demasiado numeroso, soldados que parecían salir de un pozo sin fondo, África. Un ejército pagado generosamente con oro que también salía del mismo pozo sin fondo, África. Y todo ello dirigido ahora por alguien que debía demostrar que estaba a la altura de su predecesor, nada menos que Almanzor. ¿Qué hacer ante una potencia semejante? 

El entierro de Almanzor fue un espectáculo patético y esperpéntico, acorde con la esperpéntica dictadura que dejaba tras de sí. Su cadáver fue envuelto en un lienzo tejido por sus hijas. El hilo del lienzo provenía de la hacienda familiar de los amiríes en Torrox, el lugar de su linaje. Sobre el cuerpo sin vida se colocó, fabricado con el polvo que los sirvientes de Almanzor recogían al limpiar las vestiduras del caudillo después de cada batalla. La crónica cuenta que «cada vez que salía en expedición, sacudía todas las tardes sus ropas sobre un tapete de cuero e iba reuniendo todo el polvo que caía».

Abd al-Malik era un digno heredero de su padre, de eso no había duda, pero no lo iba a tener fácil y lo tendría que demostrarlo en dos frentes, el militar y el político. En el militar no hubo mayor problema, su enorme ejército era imparable y demoledor por allí por donde pasaba. Y aún así, Abd al-Malik buscaba siempre objetivos fáciles, buscando victorias seguras con las que volver a Córdoba y enseñorearse con ellas. Justamente lo que había venido haciendo su padre en los últimos años, cuando los cristianos empezaron a enseñarle los diente. No obstante, los reinos cristianos tuvieron que doblegarse de nuevo al vasallaje moro. Al mismo Sancho García, el único que fue capaz de hacer retroceder al todopoderoso Almanzor, le fue imposible resistir contra Abd al-Malik, al que tuvo forzosamente que someterse.

Así las cosas, los mismos cristianos volvieron a entrar en disputas que llevaron justamente al punto que Abd al-Malik deseaba, a su división. Nada había cambiado con la muerte del dictador. ¿Nada? Veamos, porque si en el frente militar Abd al-Malik estaba dando la talla, en el político quizás no tanto. A su padre no le había costado demasiado aplastar cuanta rebelión se alzaba contar él. Una cabeza rodando por aquí, otra rodando más allá, y asunto solucionado. A Abd al-Malik le iban a salir rebeliones hasta debajo de su propia cama. Almanzor se había ganado el apoyo de los adeptos al califa a base de una medicina que solo aplaca las molestias momentáneamente, el miedo. Muerto Almanzor ese miedo comenzaba a disiparse y por lo tanto Abd al-Malik se propuso aplicar la misma medicina: cortar cabezas a diestro y siniestro. Pero no le iban a bastar las espadas. Fueron estos problemas internos los que volvieron los ojos cristianos hacia Córdoba. Si Abd al-Malik perdía el respeto de los cordobeses, la cosa quizás no pintaba mal para empezar a respirar de nuevo.


Castilla se rebela
«Mataron a los hombres y apresaron a las mujeres y a los niños dispersándose para saquear las llanuras del entorno de Zamora del mismo modo que toda la región; todo el país fue saqueado. Esta tropa continuó su paseo por el territorio enemigo, incendiando, demoliendo, aprisionando y matando, provocando el más alto grado de inquietud»

Así cuenta la crónica mora las fechorías de Abd al-Malik, que como ya hemos dicho, intenta seguir al pie de la letra todo lo que aprendió de su padre, el dictador Almazor. Y mientras tanto, en León reina un niño de ocho años tutelado por su madre Elvira y el conde Menendo González. Y es entonces cuando los reinos cristianos viven un nuevo episodio de vergüenza y humillación, vergüenza por las disputas que entre este tal González y nuestro ya conocido conde de Castilla, Sancho García. ¿Qué ocurre entre ellos? No se sabe a ciencia cierta, pero el caso es que ambos quieren tutelar a Alfonso V, el niño rey. Hacían justo lo que Elvira, su madre les había pedido años antes que no hicieran, pelear entre ellos. Y luego vino la humillación, no se les ocurrió mejor cosa que pedir a su propio verdugo que arbitre entre ellos. Abd al-Malik dio la razón a Menendo González y éste, junto a Elvira, siguió siendo tutor del rey. ¿Y cómo le sentó esto a Sancho García? Fatal. Pero esta bofetada a Sancho quizás fue una de las mejores cosas que pudo recibir la cristiandad, y pronto vamos a saber por qué.

El Rey de Navarra no duro mucho en el trono, y hacia el año 1000 murió, dejando el trono al joven Sancho de apenas 18 años. La política de este nuevo rey es clara, apoyo a Castilla, apoyo al otro Sancho. Mientras tanto, en León muere el conde Menendo González, el tutor del rey. ¿Quién lo asesinó? Nadie llegó a averiguarlo, pero la situación es delicada. Pero volvamos a Castilla, Abd al-Malik se dispone a asestar otro duro golpe. Ocurrió en un lugar llamado San Martín, que probablemente corresponde a San Martín de Rubiales, cerca de Roa. Ignoramos por qué era tan importante esta fortaleza, pero debía de serlo mucho cuando Abd al-Malik abandonó Córdoba en invierno, cosa insólita, para lanzar una ofensiva. Las huestes de Abd al-Malik sitiaron el castillo. La posición de los defensores era desesperada: eran muy pocos frente a un ejército excesivamente superior en número y potencia.

Lo que cuenta la crónica mora es simplemente brutal. Después de nueve días de asedio, la guarnición de San Martín propone a Abd al-Malik un armisticio. Los cristianos ofrecen entregar la plaza si se respetan sus vidas: no sólo las de los soldados, sino también las de los cientos de mujeres y niños refugiados tras los muros. Abd al-Malik finge aceptar. Los cristianos abren las puertas. Entonces el caudillo moro penetra en la fortaleza y ordena separar a los hombres de las mujeres y los niños. Los hombres, desarmados, serán todos asesinados allí mismo. Las mujeres y los niños serán repartidos entre la soldadesca mora y vendidos como esclavos. Era diciembre de 1007. Es la crónica mora, insistimos, la que lo cuenta.

El visir Ibn al-Qatta era un árabe al que Abd al-Malik había entregado la dirección de la administración del califato. Un hombre fiel al nuevo dictador de Córdoba. Parece, sin embargo, que Ibn al-Qatta era demasiado sensible a las sugerencias de la aristocracia árabe. En Córdoba seguían gozando de mucha influencia las grandes familias de origen omeya. Estos viejos linajes veían con malos ojos a Abd alMalik, a quien consideraban, a él mucho más que a su padre, como un intruso en el califato. Tampoco soportaban a los eslavos, tan influyentes en el ejército y en la corte y que, sin embargo, no dejaban de ser esclavos libertos de origen cristiano. Y por último, detestaban cada vez más al impotente califa Hisham, a quien consideraban un estorbo innecesario. Objetivo de los conspiradores: eliminar a Abd al-Malik y a Hisham en un mismo movimiento, y elevar al trono del califa a un omeya, Hisham Abd al-Yabbar (otro Hisham), nieto de Abderramán III.

Pero aquí, una vez más, Abd alMalik demostró ser digno hijo de Almanzor. En esto su padre también lo había adiestrado sabiamente. Había que tener ojos en cada rincón de Córdoba, y fue de esta manera como descubrió el complot. Sin perder un minuto hizo ejecutar al visir Ibn alQatta y al pretendiente omeya, Hisham, el nieto de Abderramán.

Una vez más vemos cómo se las gasta el vástago de Almanzor, y que aparentemente nada ha cambiado ni en Córdoba ni para los cristianos. Pero eso es solo en apariencia, porque las cosas no andan ya como antes. Ni dentro ni fuera de palacio. En Castilla, Sancho García tiene sus alianzas y lleva el mismo camino que su padre, cuando no se dejaba avasallar por Almanzor. Y por eso, Adb alMalik estaba cada vez más obsesionado con la frontera castellana. El episodio que contamos en el anterior relato, la barbarie de San Martin, ocurrió precisamente por la obsesión que Adb alMalik tenía con golpear duramente a Castilla. Los moros habían conquistado aquella plaza y los situaba muy al norte, había saqueado y asesinado cuanto quisieron, pero el dictador no pudo darse el placer de cazar a Sancho García, que en cierto modo se estaba burlando de los cordobeses. Si el dictador llevaba en sus venas el veneno y la maldad de su padre, el conde castellano llevaba la rebeldía y el coraje del suyo. Y a todo esto, y a pesar de la superioridad numérica del gigantesco ejército moro, comenzaban a dar síntomas de flaqueza.

El ejército de Almanzor, ahora comandado por Adb alMalik, se componía de bereberes reclutados en África, eslavos, es decir, esclavos libertos de diversos países, y árabes. Una mezcla que había funcionado gracias a que Almanzor había tenido la prudencia de no agruparlos por separado. Sin embargo, ellos mismo, poco a poco, se habían ido reagrupándose. Tres etnias muy diferentes, a pesar de luchar por objetivos comunes, o no tan comunes.


La ofensiva final
En la primavera de 1008 Abd alMalik tenía obsesión por acabar con Castilla de una vez para siempre, así que prepara una nueva ofensiva. Ésta tiene que ser la definitiva, la ofensiva final. Pero nada va a salir como el dictador de Córdoba espera. Será la última campaña del hijo de Almanzor. Las crónicas moras la llaman gazat al-illa, «campaña de la enfermedad». ¿Por qué? De esta campaña sólo sabemos lo que las fuentes moras nos cuentan. El relato que ofrecen es realmente enigmático. Lo que importa, sin embargo, es su final. Vamos a verlo. Abd al-Malik abandonó Córdoba, al frente de sus huestes, en el mes de ramadán de 1008, probablemente a finales de mayo. Se dirige a la base de Medinaceli: desde allí se propone lanzar a sus ejércitos contra Sancho de Castilla. Las crónicas moras (Ibn Idhari y el Bayan al-mugrib, concretamente) emplean términos como «penetrar contra» y «rechazar»; es como si el conde Sancho hubiera ocupado de nuevo las tierras perdidas años atrás en el cauce del Duero. Una vez en Medinaceli, algo imprevisto ocurre: el caudillo moro enferma. Enferma tanto que se traslada a Zaragoza para recibir asistencia médica. Pero no sólo el jefe moro enferma, sino que buena parte de sus tropas -«la mayor parte de los voluntarios», dice la crónica- le abandona. Ese verano, sorprendentemente, no habrá campaña contra Castilla. Abd al-Malik vuelve a Córdoba varios meses más tarde, a finales de septiembre, con las manos vacías y «destruidas sus esperanzas de vencer al rey cristiano», dice el cronista musulmán.

¿Qué le pasaba a Abd al-Malik? ¿Cuál era esa enfermedad? Lo ignoramos. Al parecer, era la segunda vez que le aquejaba una dolencia de ese género. De vuelta en Córdoba, ya recuperado, el caudillo cordobés sólo piensa en acabar la tarea. Ha entrado ya el mes de octubre, cuando normalmente la guerra cesaba por el frío, pero Abd al-Malik parece obsesionado con golpear sobre Castilla. Ordena a sus tropas equiparse para una campaña de invierno y el 19 de octubre de 1008 vuelve a salir de la capital.

Aquí la crónica se hace más explícita: recién puesto en marcha, Abd al-Malik empieza a acusar los efectos de una angina que le provoca ahogos. El dolor es tan intenso que el caudillo debe descabalgar. Sus servidores personales preparan a toda prisa el campamento. Abd al-Malik es acostado en el interior de su tienda. El ejército recibe la orden de detenerse y acampar. Orden que, según la crónica mora, los soldados reciben con malestar y malevolencia; no parece que les preocupara mucho la salud de su jefe. En ese momento llega al lugar un relevante personaje del califato, el cadí Ibn Dakwan. Hombre de autoridad debía de ser, porque es él quien ordena llevar al enfermo a Córdoba. El ejército se descompone; cada cual regresa a Córdoba por su cuenta. En cuanto al victorioso Abd al-Malik, agoniza sin remedio. Sus sirvientes le transportan en litera al palacio de Medina al-Zahira. Abd al-Malik entra ya cadáver. Era el 21 de octubre de 1008. El feroz Abd al-Malik moría con sólo treinta y seis años. Su ejército se había desperdigado. Y el califato quedaba en suspenso.

Debate para especialistas: ¿realmente estaba enfermo Abd al-Malik? ¿Qué le pasaba? ¿Qué extraña enfermedad era esa que le llevaba a aparecer y desaparecer del campo de batalla y, lo que todavía es más extraño, que empujaba a sus tropas a desmandarse y fallar en sus objetivos cada vez que el caudillo se ausentaba? Otras veces hemos visto a los ejércitos de Córdoba, formados mayoritariamente por guerreros profesionales, cuya vida consistía precisamente en eso, atacar aquí y allá sin necesidad de que el dictador de Córdoba estuviera al frente. ¿Acaso los generales del nuevo jefe amirí no eran capaces de conducir por sí solos una ofensiva? ¿Tan imprescindible era la presencia de Abd al-Malik como para que sólo él pudiera obtener la victoria? Verdaderamente, no es lógico.

Puesto que no es lógico que la presencia de Abd al-Malik en el campo de batalla fuera imprescindible, muchos especialistas han querido ver aquí un truco, una trampa de la crónica. Así, cada vez que la crónica árabe habla de la «enfermedad» de Abd al-Malik, en realidad hay que interpretar un revés militar. Revés que puede deberse a dos causas: una, las divisiones de tipo étnico que empezaban a hacer mella en el aparato militar del califato; otra, simplemente, que las fuerzas de Sancho de Castilla ya eran superiores o, por lo menos, iguales en eficacia a las moras, capaces de presentar una resistencia considerable en el campo de batalla. La crónica mora, siempre elogiosa y reverencial hacia Abd al-Malik, habría camuflado los contratiempos militares detrás de esa alusión a la «enfermedad» del caudillo; enfermedad que no es falsa, que sí existió, pero que no sería la causa real de los reveses del moro.

¿Es verosímil esta interpretación? En todo caso, lo que nos consta es el fracaso de Abd al-Malik en sus asaltos al territorio castellano. El Victorioso, la Espada del Estado, que había sometido a los reinos cristianos a un régimen de terror, que había llevado su poder hasta el punto de arbitrar en la corte leonesa, que había plantado sus banderas tan al norte como en Clunia, que había azotado con crueldad el orgullo cristiano asesinando y esclavizando en masa, ese mismo Abd al-Malik fallaba ahora ante las tropas de Castilla. ¿Qué tropas? Sabemos que bajo las banderas de Sancho se alineaban contingentes navarros. Sabemos que los colonos del sur, expulsados de sus tierras por los moros, corrían a refugiarse ahora al norte del Duero. Sabemos que Sancho, sobrenombrado «el de los buenos fueros», otorgó generosamente derechos a los castellanos que le sirvieran en el combate. Podemos imaginar que muchos de los innumerables colonos fugitivos del sur de Castilla serían ahora guerreros en las filas de Sancho. Podemos suponer, en fin, que así el conde de Castilla había conseguido organizar un ejército suficiente para frenar al caudillo de Córdoba.

La historia continúa en Los reino de taifas

Página 1

Página 2

Página 3

0 comentarios:

Publicar un comentario