24 julio 2015

julio 24, 2015
Gala Placidia
Las profecías de Daniel
“La hija del rey del sur se casará con el rey del norte, y harán las paces, aunque ella no retendrá su poder, y el poder del rey tampoco durará. Ella será traicionada, junto con su escolta, su hijo y su esposo.” (Daniel 11:6)


Constancio entró de nuevo en la Galia con un numeroso ejército que aumentó todavía más contratando mercenarios bárbaros. Y así, con esas gigantescas tropas se lanzó contra Ataúlfo, el que meses antes fue su aliado. Ante el brutal empuje imperial, a los visigodos no les quedó más remedio que ir retrocediendo, hasta que Ataúlfo ideó un nuevo plan, algo ingenuo quizás, como el anterior. Ordenó a sus gentes,  junto al grueso de su ejército cruzar los Pirineos y dirigirse hacia la Tarraconense, él se quedaría con algunos destacamentos en Aquitania, al sureste de la Galia, y mandaría un mensaje a Honorio.

El mensaje era una propuesta de reconciliación ya que pronto nacería un nieto del difunto Teodosio y por lo tanto sobrino suyo, de Honorio. Los generales de Ataúlfo obedecieron la orden aunque la opinión y el deseo del ejército era seguir plantando cara a los romanos. Pero precisamente, en el plan de Ataúlfo entraba evitar más enfrentamientos como gesto de buena voluntad. Por otra parte, así ponía a salvo a Gala Placidia y en su estado la enviaba a un lugar más tranquilo. Lo de tranquilo, es un decir, pues para entrar en Barcino (Barcelona) se las tuvieron que ver con sus ocupantes, otros bárbaros. Pero Honorio no quería hablar de treguas ni reconciliaciones y su respuesta fue rotunda: devolver a Gala Placidia sin condiciones.

Ante la negativa del emperador, Ataúlfo emprendió el camino al encuentro de su amada Placidia y a principios del 415 nacía el hijo de ambos. Un varón al que pusieron el nombre de su abuelo, Teodosio. Era el primer hijo de Gala Placidia, y el séptimo para Ataúlfo, que había estado casado anteriormente. A las pocas semanas, el niño enferma y muere. Fue un gran dolor para ambos, pero las desgracias para la familia no acabarían ahí. El niño fue metido en un pequeño ataúd de plata y enterrado en la catedral de Barcino.

Ataúlfo quería comenzar de nuevo. Ante ellos se abría un vasto territorio por conquistar. No iba a ser fácil. La península ibérica estaba poco poblada pero en los últimos diez años habían ido llegando vándalos, suevos, alanos y otras tribus. Con ellos se las tendrían que ver si querían hacer de aquella península su nuevo y definitivo hogar. Pero no contaba el rey de los Visigodos con dos problemas que estaban a punto de acabar con sus planes y sus sueños. El primero de ellos era la falta de confianza de su gente que murmuraban y pensaban que Ataúlfo había caído en la debilidad a la que le había llevado su amor por la romana. El segundo problema era la traición que Sigerico estaba maquinando. Sigerico, ya se ha dicho, era el hermano de Saro, el general muerto cuando Ataúlfo los venció en la Galia.

Llegó el verano y Ataúlfo se afanaba en planificar sus conquistas cuando un día, mientras cuidaba su caballo se presentó un criado de pequeña estatura llamado Dubius. Ataúlfo pensó que venía, como tantas otras veces, a limpiar las cuadras. Al rey le pillo por sorpresa la primera cuchillada, a la que siguieron muchas otras. Estaba en el suelo en un gran charco de sangre cuando lo encontraron, aún con vida y la fuerza suficiente para despedirse de su amada Gala Placidia y pedir que eligieran a su hermano Walia como próximo rey. Ataúlfo moría asesinado a los 37 años de edad.

Gala Placidia quedaba en poco tiempo sin hijo y sin marido y expuesta a la venganza que había jurado el despiadado Sigerico. Muchos ya veían en estos hechos el cumplimiento de las profecías de Daniel. Aunque estas profecías se referían a las luchas entre seléucidas y tolomeos en los siglos anteriores a Cristo.


La venganza de Sigerico
Se calcula que el pueblo visigodo que deambulaba de un lado a otro estaba compuesto por entre 200.000 y 250.000 personas entre hombres, mujeres, ancianos y niños. Es decir, se desplazaban las familias completas y lo que vivían era un verdadero éxodo. Hacía ya varios siglos, desde que salieron de la isla de Gotland, para ir de un lado a otro por toda Europa, hostigados por otros pueblos bárbaros y empujados al sur por los Hunos. Los Godos deseaban y necesitaban un hogar, Hispania era un buen lugar para intentarlo de nuevo. Las provincias hispanas de Roma eran un coladero por donde ya habían entrado otros 200.000 bárbaros que campaban a sus anchas ya que Roma no tenía capacidad para parar sus incursiones ni para expulsarlos. Ellos, los Godos, los expulsarían de la península, harían frente y conquistarían estas tierras para quedárselas. Roma tendría que aceptar un pacto con ellos tarde o temprano. Y su nación se llamaría Gotia. Esos habían sido los sueños de Ataúlfo, pero ahora, ¿quién los llevaría a cabo?

Walia, hermano de Ataúlfo hubiera sido el nuevo rey, pero hubo una mayoría de nobles que se interpusieron a su nombramiento y apoyaron a Sigerico. No era muy diplomático este individuo y nada más ser coronado lo dispuso todo para emprender la guerra contra Roma. Honorio los había engañado demasiadas veces y ahora tomarían la península Ibérica por la fuerza. Pero antes, había algunos asuntos que arreglar. Ataúlfo había asesinado a su hermano y lo había pagado con la muerte, pues está claro que fue él y sus adeptos los que planearon su asesinato. Aún así, Sigerico no estaba satisfecho y quiso que corriera más sangre. La comunidad visigoda quedó conmocionada con su sentencia: los seis hijos de Ataúlfo fueron ejecutados. Pero aún quedaba por decidir qué hacer con Gala Placidia. Y mientras lo pensaba, se ensaño con ella insultándola y sometiéndola a vejaciones públicas. Finalmente pensó que la mujer sería una buena moneda de cambio si había que negociar con Roma, así que la mantendría con vida, lo cual no la libraría de un buen castigo. En Barcino tenían retenidos a un buen puñado de prisioneros bárbaros y había que trasladarlos fuera de la ciudad, a unos 24 kilómetros. Entre estos prisioneros incluyeron a Gala Placidia que bajo al atenta mirada del sanguinario Sigerico caminó tan larga distancia hasta que cayó al suelo desmayar de cansancio. Una vez más, la desgraciada romana fue humillada mientras la guardia personal de Sigerico reía a carcajadas.

Ni siquiera los que apoyaron a Sigerico estaban contentos con sus métodos, pero fueron los adeptos a Walia los que no podían permitir ni un instante más sus fechorías. Hubo unanimidad en la decisión que se tomó y había que llevarla a cabo de inmediato, así que salieron en su busca, y cuando estuvieron frente a él, sin mediar palabra, cada uno de ellos fue clavando su espada en el cuerpo del indeseable Sigerico. Nadie osó discutir su muerte, como tampoco nadie osó oponerse, ahora sí, a la coronación de Walia. Siete días estuvo el patético Sigerico en el trono.


El compromiso de Walia
El panorama que le habían dejado a Walia no era precisamente alentador y hacía falta mucho temple para tomar las decisiones adecuadas. Ante él, hacia el sur, una vasta extensión de tierra por conquistar, hacia el norte una gran cadena montañosa vigilada por los romanos, y allí mismo, en Barcelona, su pueblo que cada vez acusaba más el hambre. Los nobles que habían apoyado a Sigerico ahora le apoyaban a él, pero no se fiaba y había que darles alguna muestra de que él también escuchaba sus sugerencias, por lo tanto, tuvo que mostrarse a favor de no pactar de nuevo con los romanos. Sin embargo, el grano lo controlaban ellos. Algo habría que hacer para saciar el hambre.

Alarico ya lo había dicho, controlar el norte de África era controlar el granero del imperio. La idea de Walia no era controlar África, sino ir allí a llenar sus carros para subir con ellos y llenar sus despensas. Y así lo hicieron. Con un buen destacamento de hombres y una numerosa caravana de carros bajaron por el levante hasta llegar al estrecho. Oro no les faltaba para comprar barcos, pero una vez más, y tal como le pasó a Alarico, la fortuna no estuvo con ellos y las tempestades del estrecho no les dejó cruzar a África. Las crónicas no aclaran estos hechos y solo hablan de que las tempestades destrozaron sus barcos. No es probable que los Visigodos poseyeran barcos ni que los mandaran construir solamente para cruzar el estrecho en busca de trigo. Lo más factible sería que los Visigodos buscaran barcos ya construidos a lo largo de la costa y contratar sus servicios. Entre las posibilidades de no encontrar barcos suficientes estaría algún mal temporal que hubiera dañado los barcos de la zona. Ponerse a construir barcos nuevos les hubiera llevado demasiado tiempo. Así que, con los carros vacíos, Walia y los suyos tomaron el camino de regreso para reunirse con su pueblo que esperaba hambriento en Barcelona.

Había llegado la hora de hacer uso de la prenda que los Visigodos tenían en su poder: Gala Placidia sería utilizada como moneda de cambio al fin. Era ella o morir de hambre. No está escrito quién tomó la decisión. Hay quien cuenta que fue ella misma la que se ofreció para salvar del hambre al que ya consideraba su pueblo, del que había sido y seguía siendo su reina. Y hay quien cree que fue la misma gente quien empujó a Walia a hacer el cambio. Sea como fuere, por Placidia obtuvieron un cuantioso rescate en forma de 5.400 toneladas de trigo que palió la hambruna visigoda.

Pero no fue solo su hermanastra lo que Honorio exigió, sino que los Visigodos debían comprometerse a limpiar las cinco provincias hispanas de los vándalos y demás pueblos barbaros que se mostraran hostiles al imperio. Vándalos, Suevos y Alanos, eran los principales pueblos bárbaros que invadieron la península Ibérica en el año 409. Habían llegado, como los Visigodos, del norte, empujados por los Hunos, y muchos de ellos fueron contratados como mercenarios por lo romanos y ahora vigilaban los Pirineos precisamente para que evitaran el paso de bárbaros a Hispania. Pero estos “vigilantes” no se mostraron demasiado efectivos y la península se llenó de bárbaros que arrasaban todo cuanto encontraban a su paso. Ahora, con un contrato firmado por Roma, les tocaba a los Visigodos, considerados los más civilizados entre los pueblos bárbaros, limpiar el solar del que estaba destinado a ser su nuevo hogar. Mientras tanto, Honorio obligaba a Gala Placidia a contraer matrimonio con el general Constancio en enero de 417.


La ambición de Constancio
Gala Placidia conoció el amor entre el pueblo bárbaro que saqueó Roma, y este amor la convirtió en reina. Reina desgraciada que lo perdió todo, amada por unos, vista con recelo por algunos y humillada por otros, pero reina al fin y al cabo. Ahora le tocaba afrontar otra etapa en su vida, casada con un hombre que le doblaba en edad. Con Constancio se iba a convertir en emperatriz consorte, aunque no tardaría en obtener el poder absoluto del imperio occidental. De momento, quien ostentaba ese poder era su marido. ¿Cómo había llegado Constancio tan alto?

Méritos tenía de sobra. Había sucedido a Estilicón como general de las fuerzas romanas y limpió las Galias de bárbaros y usurpadores, además de hostigar y hacer retroceder a los Visigodos hasta Barcelona. Todo esto le valió para ser nombrado cónsul en 414. Pero Contancio no solo era bueno en su oficio de la guerra, sino que sabía influir notablemente en la voluntad del débil Honorio. Tanto fue así, que le fue concedido el título de emperador. De esta forma, la Roma Occidental llegó a tener dos emperadores, aunque Honorio llegó a convertirse en un títere de Constancio. En Constantinopla, capital del imperio de occidente gobernaba Teodosio II, sobrino de Honorio, que no quiso reconocer a Constancio como emperador, viendo en este individuo a un usurpador que manejaba a su tío a su voluntad. El no reconocimiento de Teodosio II fue tomado como una ofensa y Constancio se dispuso a cargar contra él. No llegarían al enfrentamiento, pues el 2 de septiembre de 421 después de solo siete meses como coemperador, moría de repente. Tenía 61 años.

Gala Placidia quedó de nuevo viuda a los 31 años. Había tenido un hijo y una hija con Constancio, Valentiniano y Honoria. Honorio volvía a gobernar de nuevo en solitario. Las cosas comenzaron a no ir bien para Gala Placidia, pues alrededor de Honorio se reunía una camarilla que no fue capaz de conspirar contra ella en vida de Constancio, pero que ahora la acusaban de estar influyendo de forma negativa contra su hermano, a favor de los bárbaros. Una vez más, Honorio se dejó llevar por los que le rodeaban y expulsó a su hermanastra de Rávena. Placidia se exilió, junto a sus dos hijos, en la ciudad de Roma, su antiguo hogar, y más tarde se trasladó a Constantinopla, su ciudad natal, junto a su sobrino el emperador Teodosio.

Dos años más tarde la espichaba Honorio y hubo un usurpador llamado Juan que quiso hacerse con el poder. Pero el trono de occidente le correspondía al hijo de Gala Placidia, y así, con solo seis años se convertía en Valentiniano III. Pero durante más de 12 años, quien gobernó de verdad en el imperio, fue su madre, Gala Placidia, reina de los Visigodos y emperatriz de Roma. Gala Placidia murió en 450 a los 60 años. Fue reina de los Visigodos, hija, hermana, esposa y madre de emperadores, además de regente del imperio.

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