La conquista de al-Ándalus


¿Y después de Guadalete, qué ocurrió?
La llegada de los musulmanes a España, vino a dar un giro radical a nuestra historia. No se sabe qué hubiera ocurrido de no haberse descompuesto el reino visigodo, como tampoco sabremos nunca qué hubiera ocurrido si no hubieran llegado los pueblos germanos a la península Ibérica y hubieran dejado discurrir el futuro hispano por sí solo, es decir, que los habitantes hispanos se las hubieran arreglado por sí mismo después de haber quedado huérfanos del desaparecido Imperio. Pero al igual que los visigodos aprovecharon la caída romana para apropiarse de la península, los musulmanes hicieron lo propio ante la caída visigoda. La ley del más fuerte. Los musulmanes iban a marcar toda una época que duraría ochocientos años. Los cristianos consiguieron rehacerse y contraatacar, pero reconquistar toda España no iba a ser tarea fácil, más por falta de población necesaria para asentarse en los terrenos reconquistados que por otra cosa. Aún así, en menos de tres siglos, media península volvía a estar bajo dominio cristiano. En realidad, para el siglo XI, media España era cristiana y la otra mitad estaba bajo su dominio. Cuando se habla de ocho siglos, son muchos los que tienden a creer que fue el tiempo en que los musulmanes dominaron la península. No fue así, porque debido a las luchas internas, el califato de Córdoba se hizo trizas dividiéndose en pequeños reinos que pronto fueron dominados por los cristianos, a los cuales debían pagar tributos. Los moros, a partir del siglo XII, no fueron una amenaza, sino una fuente de riqueza para los reinos cristianos del norte. Estaban asentados en la media España del sur, la que los cristianos no tenían medios para repoblar. No había necesidad de echarlos, mejor dejarlos y que sacaran la riqueza que la tierra ofrecía. Debido a esta decadencia y humillación en la que cayeron los musulmanes, hubo dos invasiones más, aunque nunca volverían a tener el dominio absoluto de lo que ellos llamaron Al-Ándalus.

Hemos visto cómo la finalidad última de los norteafricanos era invadir la península Ibérica para quedarse en ella. Lo habían venido intentando años atrás, ¿cómo no se dieron cuenta los partidarios de Witiza de que eso podía ocurrir? Ahora ya no había remedio y los moros se estaban adueñando de la casi totalidad de España; en solo diez años lo iban a conseguir. ¿solo diez años? Los romanos tardaron doscientos. Bien, digamos que las circunstancias eran distintas. Cuando llegaron los romanos la península era un inmenso solar repleto de tribus que no rendían cuentas a nada ni a nadie, sino a ellos mismos. Conquistar Hispania supuso ir conquistando una tribu tras otra, paso a paso, con paciencia infinita. Conquistar el reino visigodo solo supuso derrotar a su rey para que todos los demás se rindieran al supuestamente nuevo monarca. Los musulmanes no entraron en España como enemigos, sino como aliados de uno de sus bandos, por lo tanto, allá por donde pasaban, lo hacían como vencedores y amigos del bando ganador. La resistencia, si es que la hubo, fue escasa hasta llegar a Toledo, pero, ¿qué ocurrió una vez que todos se dieron cuenta de que los extranjeros no se marchaban y se hacían dueños y señores de toda España? Quizás ya era tarde para reaccionar. Aunque reacciones hubo, sobre todo al ir subiendo hacia el norte, pero para entonces, los invasores ya se habían asentado, se habían organizado y se habían hecho fuertes en las tierras conquistadas. 

Añadamos, además, que los extranjeros contaron con una ayuda inestimable desde el interior, la de los judíos. Debió ser entonces cuando los que acusaban a los judíos de estar conjurados con los norteafricanos para una invasión dirían aquello de: ya lo decía yo, que los judíos nos la jugarían tarde o temprano. Posiblemente, nada de lo concerniente a conjuras fuera cierto, pero el caso es que, los judíos, oprimidos como estaban por los gobernantes y eclesiásticos visigodos, vieron en los musulmanes una liberación y no dudaron en allanarles el camino. Pero no culpemos solo a los judíos, la nobleza visigoda misma no dudó en pactar con los invasores. No todos, pero muchos de ellos lo hicieron, pues los musulmanes se mostraban menos ásperos que los mismos visigodos, es decir, aquellos que poseían tierras y otros bienes podían seguir conservándolos, solo tenían que contribuir pagando unos impuestos que resultaron ser menores que las contribuciones que hacían a los monarcas visigodos. Aquello resultó ser un gran negocio. Pero aún había más, los recién llegados ofrecían beneficios en forma de bajada de impuestos a todo aquel que se convirtiera en musulmán. ¿Y hubo quienes se convirtieron? Pues sí, los hubo, como el conde Teodomiro en Murcia, aquel que hacía unos años abortó una escaramuza musulmana; o los Casio en el valle del Ebro, los famosos Banu Qasi, como pasaron a llamarse. No era cosa de arriesgarse a perder tan ricas tierras, y la mejor forma de asegurárselas era convertirse en uno de ellos. Pero, ¿tan débil era su fe cristiana? ¿Dónde quedaba aquello de acumular tesoros en el cielo y no en la tierra? Como diría un catalán, la pela es la pela. Pero el caso es que, las enseñanzas del Islam no eran tan diferentes a las enseñanzas cristianas, al principio, y mucho más teniendo en cuenta que hasta hacía medio siglo los godos practicaban el arrianismo. En ambos casos, islam y arrianismo negaban la deidad de Cristo. Ya habían cambiado arrianismo por catolicismo una vez, hacerlo ahora de nuevo al islam no les iba a acarrear un trauma, sobre todo, teniendo la recompensa adelantada de los tesoros en la tierra.

A todos estos elementos que facilitaron la conquista de España habría que añadir uno más: godos e hispanorromanos no estaban del todo integrados. Los godos eran quienes gobernaban el reino y quienes tenían el poder militar, pero después de dos siglos (más de tres desde que pisaron por primera vez la península) no dejaban de ser unos extraños, una minoría dominante entre los hispanorromanos. A pesar de todo el romanticismo que algunos historiadores ponen a la hora de evaluar los siglos de historia visigoda, la convivencia entre los dos pueblos quizás no fuera todo lo idílica que nos gustaría que hubiese sido. La entrada de los pueblos germánicos, llámense godos, vándalos, alanos, o bárbaros en su conjunto, no deja de ser una invasión, como lo fué primero la llegada de cartagineses y romanos. Pero también es cierto que con Roma, Hispania evolucionó y desarrolló un buen nivel de civilización hasta convertirse en la provincia más importante del Imperio, aportando incluso dos de los emperadores mejor valorados de la historia. 

Los godos aprovecharon la caída del Imperio para quedarse con algo que realmente no les pertenecía. O se lo apropiaron por despecho, porque estaban hartos de que Roma los engañase. Tampoco se les puede reprochar que hicieran algo que hace dos mil años (y hasta hace mucho menos) era algo tan frecuente como adueñarse de un país por la fuerza sin pedir permiso a nadie. Pero su llegada supuso para los hispanos convertirse en ciudadanos de segunda, o menos que eso. Cierto es que tampoco se obtenía la ciudadanía romana tan fácilmente, incluso en la misma Roma italiana existieron siempre los patricios y los plebeyos, para aquellos romanos de pura cepa y los que no lo eran. Pero fuera mucho o poco lo que Roma ofrecía, con los godos supuso un volver a empezar. Los godos se convirtieron en los patricios de Hispania y los hispanos legítimos no llegaban ni al grado de plebeyos. Hubo enfrentamientos, no solo con los suevos y los vándalos, sino contra los propios hispanorromanos que veían cómo los recién llegados, en algunos lugares se apoderaban de sus tierras y promulgaban leyes que en nada les favorecían. No fue hasta Recesvinto que las leyes fueron iguales para todos, o casi, siempre quedó el casi. Es de alabar el hecho de que adoptaran el latín como lengua oficial y se conviertieran al catolicismo, religíón hispana heredada de Roma; pero no nos engañemos, si lo hicieron fue porque el arrianismo no era más que una moda, y en Francia eran también católicos. Ser arrianos solo les daba problemas con los vecinos francos. Había que ser europeos.

Muy positiva fue, sin embargo, la unificación y la creación de las estructuras de estado necesarias para que España llegara a ser por primera vez un verdadero reino, país, o lo más parecido a lo que hoy llamamos nación. Pero godos e hispanorromanos estuvieron enfrentados, en mayor o menor grado, durante todo el tiempo en que ellos gobernaron, y eso es indicativo de que la integración no se había consumado todavía en el momento en que el reino visigodo se perdió; y no se puede descartar que ese fuera uno de los motivos de su desintegración. Los godos eran una minoría áspera (el 5%), molesta para los hispanorromanos y letal para los judíos. De no haber sido por la ambición y egoísmo de sus gobernantes y guías religiosos, España hubiera emergido como una gran potencia militar y económica ya en el siglo VII y los musulmanes no hubieran conseguido jamás conquistar un solo trozo de ella. Pero entre unos y otros llevaron al reino a su ruina total. ¿Quién puede extrañarse de que los moros entraran y fueran hasta bien recibidos. Puede que no fueran solo los judíos los que allanaron el camino de los africanos.


¿Quiénes eran y de dónde venían los musulmanes?
En un capítulo anterior titulado Qué pasaba en el mundo en el siglo VII ya se vio cómo en Arabia nacía una nueva fe que venía a unir pueblos que hasta ese momento practicaban religiones muy primitivas y simplistas. A partir de ese momento y en un solo siglo, el islam se esparció como la pólvora, chocó con el imperio de Bizancio, y aunque no pudieron seguir avanzando hacia Europa, se hicieron con Siria y Egipto y siguieron la costa mediterránea hasta llegar al norte de África. Hora es ya de hablar del creador de aquella religión.


El último profeta
Siendo un niño de apenas 6 años, jugaba con sus amigos cerca del pozo Zamzam. Un extraño se les acercó y todos quedaron pendientes de él. Luego, el extraño se fue hacia el niño y alargando la mano se la metió en el pecho, y le arrancó el corazón. Los demás salieron corriendo asustados y horrorizados a avisar a su nodriza. El extraño mientras tanto, con el corazón del niño en la mano, arrancaba de éste un coágulo negro, luego lavó el corazón en una vasija de oro con agua del pozo, y mientras se lo devolvía de nuevo al pecho, le dijo: “Lo que acabo de extraer de tu corazón era la parte por la que Satanás podía seducirte. Ahora solo el bien podrá anidar en él.” Aquel extraño era el arcángel Gabriel. El niño era Mahoma.

Treinta y cuatro años más tarde, el arcángel Gabriel se le apareció de nuevo, esta vez para hacerle una revelación. Mahoma solía pasar algunas noches meditando en una cueva cerca de la Meca. El arcángel le reveló que él, Mahoma, era el elegido para ser el último profeta, y por eso le eran confiados unos versos enviados por Dios y se los hizo memorizar. A su vez, Mahoma confió estos versos a sus seguidores, que los iban memorizando a base de recitarlos incansablemente. Después de la muerte del profeta serían recopilados en el Corán. Mahoma nació en la Meca un 26 de abril sobre el año 570 (no se sabe el año exacto) y murió el 8 de junio de 632. El nombre Mahoma, del árabe Muhammad, está considerado hoy como una corrupción del nombre original, y por lo tanto una ofensa. Pero no es más que una castellanización, como lo es cualquier nombre antiguo o moderno. Y como ejemplos están los nombres hebreos de Yeshúa= Jesus, Noha= Noé, o de los apóstoles Yohanan= Juan, Lika= Lucas, Ya'akov= Santiago.

Quedó huérfano de padre y madre a los 6 años, antes de su primera aparición del arcángel, y fue educado por su abuelo y luego por su tío paterno Abu Talib. Parece ser que su familia era adinerada e influyente, pero según las costumbres, al no ser el mayor, Mahoma no recibió ninguna herencia al morir su padre. Con su tío, visitó Siria y otros países, con lo que pronto llegó a adquirir mucho conocimiento sobre lugares y costumbres. Muchos historiadores aseguran, que debido a su contacto con algunos monjes, llegó a tener un gran conocimiento sobre los profetas antiguos y sobre la biblia en general. Cosa que refutan por completo sus seguidores, tal como refutan que tuviera conocimiento alguno sobre letras. Según el Corán, Mahoma era analfabeto y todo cuanto enseñó a sus seguidores era memorizado. Pero parece ser que hay pruebas de que no era así y Mahoma, en su lecho de muerte, mandó pedir algo para escribir.

Después de la aparición del arcángel, Mahoma quedó perturbado, pero su esposa Jadiya le convenció de que aquella visión había sido real, y así, Jadiya fue la primera en convertirse al Islam. Pronto serían incontables sus seguidores, al tiempo que también fueron muchos los que se sentirían molestos. ¿Molestos por qué? Porque la nueva religión rechazaba la adoración a los ídolos. Solamente un Dios, solamente Alá. Y la Meca, en aquellos entonces, era un centro de peregrinaje, al igual que hoy, pero con la diferencia de que los dioses de entonces eran muchos y variados, y representados por imágenes. El aumento de islamistas era una amenaza para el comercio de la zona si los peregrinos dejaban de acudir. Los seguidores de Mahoma comenzaron a ser perseguidos. El mismo Mahoma sufrió persecución una vez que su esposa Jadiya y su tío Abul, ambos muy influyentes, murieron.

En el año 620 sucedió algo milagroso. Mahoma viajó una noche desde la Meca a Jerusalén, concretamente a un lugar conocido como Masjid al-Aqsa, y desde allí fue ascendido para recorrer los siete cielos, donde pudo comunicarse con profetas anteriores a él, como Abraham, Moisés y Jesús. Porque Jesús, al que todos habían confundido como el hijo de Dios, no era tal, sino un profeta más. Después de esto, abandonó la Meca y se asentó en Medina, junto a otros musulmanes que ya se hallaban allí. Había también judíos en Medina, que no quisieron reconocer a Mahoma como un profeta. Aquí comenzaron las desavenencias. Pronto los seguidores de Mahoma se alzaron en armas, primero para repeler el ataque que les sobrevino de la Meca, y luego para someter a los insurrectos de Medina. Los combates ganados les dio la certeza de que Alá estaba con ellos, y pronto fueron lo suficientemente fuertes como para atacar la Meca, que finalmente conquistaron y convirtieron de nuevo en lugar de peregrinación, pero esta vez de la religión musulmana. No pararían ahí sus conquistas. Como curiosidad, Mahoma nunca estaba presente en las batallas, pues la ley transmitida por Gabriel se lo prohibía.

El rey Don Pelayo en Covadonga, Museo del Prado
Pelayo

Durante los diez años que duró la expansión musulmana sobre la península Ibérica fueron llegando soldados y colonos (unos 60.000) que se asentaron, sobre todo en la parte sur, donde Córdoba se había convertido ya en la capital. Fueron nombrándose gobernadores en diferentes ciudades, para un buen control del territorio. Todo parecía discurrir a pedir de boca, hasta que en el 722, en lo más recóndito de España, allá por las montañas asturianas, se produce una rebelión liderada por un tal Pelayo. ¿Qué estaba ocurriendo y quién era este Pelayo? A decir verdad, muy poco sabemos de él, y ese poco ha llegado hasta nosotros a través de las crónicas Albeldense, Rotense y Sebastianense u Ovetense, escritas por Alfonso III a finales del siglo IX. Este tipo de crónicas no son del todo fiables, pues no fueron escritas por quienes fueron contemporáneos de los hechos, y sus informaciones están basadas en historias que se transmitieron por el boca a boca, incluso basadas en leyendas y no es de extrañar que el escritor las fuera, además, adornando a su gusto. Es por eso que la historia de la rebelión asturiana anda siempre envuelta en disputas entre quienes creen que todo fue verdad o quienes niegan los hechos y los achacan a unas simples leyendas, llegando hasta el extremo de negar que Pelayo existiera, o que si existió, no fue ni siquiera rey, sino un simple líder sin parentesco con la nobleza. Por otro lado están los que discuten si fue asturiano, cántabro, gallego o vascón, y no faltan los que se adjudican su tierra como punto de partida de esta rebelión. Pero fuera quien fuese Pelayo, y saltara la chispa donde saltara, lo cierto es que el levantamiento se produjo y los moros se llevaron su primer revés, a partir del cual tendrían que ir retrocediendo para dejar paso al primer reino cristiano que surgiría después del reino visigodo. 

En cuanto a las crónicas de Alfonso III, sean más o menos fiables, pueden contrastarse con las que escribieron los árabes algunos siglos después, como la Fath Al Ándalus, del siglo XII, que también hablan de Pelayo y de una batalla en Covadonga; y es que por lo visto, ni árabes ni cristianos se preocuparon de dejar constancia de este trascendental episodio histórico en su momento. Y si alguien lo hizo, no llegó hasta nosotros. Y ya que los árabes también escribieron sobre Pelayo, se puede dar por seguro que existió y que su rebelión no es una invención ni una leyenda, sino que fue real; otra cosa es que en unos casos se exageren los hechos y en otros se les quite importancia. Teniendo en cuenta todo esto, vamos a intentar pues, contar y descifrar lo que en Covadonga ocurrió. Pero primero vamos a ver quién era Pelayo y vamos a ver también qué fue de los visigodos vencidos.

Pelayo era primo de Rodrigo y luchó con él en la batalla de Guadalete. Tenía el cargo de espatario, que literalmente significa que era encargado de las espadas del rey y miembro de su guardia personal. Para ser espatario, debía ser de origen noble, y Pelayo lo era. Favila, su padre, era duque de algún lugar del norte. Hay quien cree que lo fue de Cantabria, otros le atribuyen el ducado de Asturias, pero posiblemente lo fue de Galicia pues fue aquí donde lo envió el rey Égica y donde tuvo sus desavenencias con Witiza. Ya lo hemos contado, una discusión por un lío de faldas y Witiza le arreó un bastonazo en la cabeza a Favila, acabando con su vida. A partir de entonces, los hijos de Favila quedarán enfrentados a Witiza. En el año 702 Witiza sube al trono y Pelayo, sintiéndose amenazado, huye. Cuentan que hizo peregrinaje a Jerusalén, aunque son pocos los que creen que este viaje se realizara. Witiza muere en el 710 y entonces, Pelayo, allá donde estuviera, marchó rápido al lado de su primo Rodrigo, y allí estará también, apoyándolo y luchando junto a él en Guadalete. Tras la derrota, Pelayo y todo el que pudo retirarse a tiempo, emprenden la huida y vuelven a Toledo, pero no tardarán en salir de allí también, pues la coalición entre moros y witizianos avanza con la intención de tomar la capital. La mayoría saldrá de la península cruzado los pirineos yendo a refugiarse a Narbona. Pelayo, sin embargo, decide ir a las montañas del norte, a Asturias.

Se cree que Pelayo salvó la mayor parte del tesoro de los visigodos y que por eso hoy se conservan parte de las coronas de sus reyes, de las cuales, la leyenda cuenta que se guardaban en una iglesia. Sin embargo, el hecho de que hayan aparecido en el sur, nos da a entender lo contrario, que las que se perdieron fueron las que se llevó Pelayo, si es que llegó a llevárselas. La leyenda dice que las encontró Muza y Tariq al entrar a Toledo, y posiblemente sea cierto. Luego, a saber en qué manos fueron cayendo, hasta ser encontradas siglos más tarde en Guarrazar y Torredonjimeno. El caso es que Pelayo se refugia en el norte. ¿Por qué acudió allí y no Narbona como los demás? Pues porque posiblemente allí tenía tierras y puede que hasta familia, ya que su padre había sido duque, tanto da si lo fue de Galicia o de Asturias. No nos vamos a complicar en averiguar las razones ni el lugar exacto a donde viajó Pelayo. Solo sabemos que para el 714 ya había un gobernador musulmán llamado Munuza en Gijón y que la vida de los asturianos comenzó a verse alborotada y amenazada. Los asturianos no iban a someterse a los recién llegados musulmanes tan fácilmente y el no sometimiento, trajo consigo las llamadas razias o campañas de castigo. En estos ataques indiscriminados, las cosechas podían quedar arrasadas y las aldeas saqueadas. Era frecuente, además, capturar rehenes como garantía de que los familiares se someterían y pagarían los impuestos exigidos. 

Hacia Córdoba envió el gobernador Munuza un grupo de rehenes, entre los cuales se encontraba Pelayo. Con esta maniobra, Munuza intentaba alejar a Pelayo de su hermana Adosinda para casarse con ella. No se sabe cómo, pero Pelayo consiguió escapar y volver a Asturias. Hay quien cree, que no viajaba a Córdoba como rehén sino como supervisor, y por eso pudo regresar para evitar el matrimonio. La enemistad entre Pelayo y Munuza hizo que el gobernador pusiera precio a su cabeza, y en el 718 ya había en Asturias un foco de rebeldía liderado por Pelayo. No tardaría en unirse a él el duque Pedro de Cantabria. Los moros viéndose hostigados por todas partes, informan a Córdoba de lo que está ocurriendo; y si bien al principio no le dan demasiada importancia, deciden al fin enviar ayuda. Para el 722 llega a Asturias un ejército comandado por el general Alkama. Y ahora una de esas leyendas que cuentan cómo desde el principio, la Virgen estuvo al lado de los cristianos. Estaba Pelayo encima del monte Auseba observando cómo avanzaba el ejército moro, cuando en el cielo se le apareció una brillante cruz de color rojo. Pelayo construyó luego una cruz igual a la que había visto, con dos palos de roble; y desde ese momento fue el estandarte de los cristianos. Hay otra versión más sencilla y más creíble que cuenta que fue un ermitaño que habitaba en la cueva de Santa María de Covadonga quien entregó la cruz a Pelayo y le dijo: he aquí la señal de la victoria.


La batalla de Covadonga
Hasta la cueva que servía como lugar de culto a la Virgen llegaron Pelayo y los suyos; un valle rodeado de montañas, un lugar perfecto para refugiarse. No se sabe exactamente cuántos eran. Se dice que unos cuantos centenares entre hombre mujeres y niños. Hay quien afirma que aptos para luchar solo había trescientos hombres. Detrás de ellos llegó un ejército de unos 10.000 soldados musulmanes. Las crónicas hablan de 180.000, cifra poco creíble y por eso los historiadores más prudentes lo dejan en bastantes menos. Sea como fuere, eran muchos más que los cristianos que había en la cueva, aunque estos tenían la ventaja de esperarlos en un lugar privilegiado para el combate. En cualquier caso eran muchos, demasiados moros para solo trescientos cristianos. La crónica de Albelda, del año 881 nos cuenta que los moros habían acampado frente a la cueva y trataron de negociar con Pelayo, para lo cual enviaron nada menos que al obispo Oppas, el traido, aquel que negoció la entrada musulmana en la península. ¿Qué hacía Oppas en Asturias? ¿Será cierto que fue este obispo el enviado a negociar con los rebeldes? Difícil saberlo, pero no es imposible. La crónica lo cuenta así:

«El obispo Oppas subió a un montículo situado frente a la cueva y le habó así a Pelayo: 
-¿dónde estás? 
Éste se asomó y respondió: 
-Aquí estoy. 
El obispo le dijo entonces: 
-Juzgo hemano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, unido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas, ¿podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi consejo: vuelve a tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos.» 
Pelayo respondió entonces:
-¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la iglesia del Señor llegará a ser como elgrano de las mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?
El obispo contestó:
-Verdaderamente, así está escrito.
Alkama mandó entonces comenzar el combate.»

Los moros no pudieron llegar hasta la cueva. Se habla de un milagro. Se dice que las flechas que lanzaban se daban la vuelta y bajaban de nuevo hacia ellos. Posiblemente rebotaban en las rocas y bajaban de nuevo, pero la fe de los cristianos lo achacaron a un milagro de la Virgen. Las catapultas moras también lanzaron piedras y estas también hicieron el mismo efecto que las flechas, rebotar y volverse contra ellos.

«Las piedras que llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que disparaban y mataban a los caldeos. Y como a Dios no le hacen falta lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los caldeos emprendieron la fuga.»

Milagro o no, esto infundió los ánimos suficientes para que aquellos bravos guerreros no dejaran subir hasta la cueva a un ejército infinitamente superior en número. Doscientos cristianos perdieron la vida, pero fueron miles los moros muertos. Y quizás por eso, porque no merecía la pena seguir sacrificando tantos soldados por capturar a solo cien cristianos, decidieron abandonar el lugar. Grave error dejar con vida a los cien cristianos. La gesta de Pelayo y sus trescientos guerreros no pasó desapercibida para nadie y el ejército moro en retirada fue atosigado por donde pasaba. Por todos los cristianos fue interpretado aquello como una gran victoria, la primera victoria contra los ismaelitas, como llamaban a los musulmanes. La rebelión no había hecho más que empezar, y el pequeño reducto de cristianos libres en Cangas de Onís se fue expandiendo hasta formar rápidamente el reino de Asturias.

Y bien, esto es cuanto sabemos de aquella famosa batalla. Muy escueto todo, muy discutido y muy discutible. ¿Que pasó o qué pudo pasar realmente? Lo que pasó es que hubo batalla, pues las crónicas árabes hablan de ella. Cuentan que asediaron y mataron de hambre a los cristianos hasta que solo quedaron cuarenta personas.

«Los islamistas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país [...] y no había quedado sino la roca donde se refugia el señor llamado Balay (Pelayo) con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de las rocas. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?»

Tanto una versión como otra coinciden en casi todo, menos, evidentemente en la forma de contarlo, pues cada cual ensalza a los suyos. Pero, seguramente, no todo fue tan simple. ¿Realmente eran solo 300 los que plantaron cara al ejército musulmán? Es curioso cómo desde tiempos bíblicos se repite esta cifra. Abraham envió 300 soldados ante un ejército muy superior en tiempos de Sodoma y Gomorra. 300 espartanos se enfrentaron a 250.000 persas en las Termópilas. 300 visigodos a 60.000 francos en la Septimanía, y ahora 300 asturianos a diez mil moros. Podríamos conjeturar que esperando a los musulmanes enviados desde Córdoba, podría haber un ejército más o menos numeroso de cristianos, ya hemos dicho que a Pelayo se unió el duque Pedro de Cantabria, del cual no sabemos el número de su ejército, pero es seguro que entre todos sobrepasaron a los 300 mencionados. Que las crónicas hablen solo de estos 300 y de lo que ocurrió en la cueva es muy poético, pero posiblemente, los 300 refugiados en la cueva fueran el resto de un ejército que se batió en retirada ante el empuje de los 10.000 musulmanes. El caso es que, cuando los musulmanes abandonaron Covadonga pensando que no merecía la pena seguir intentando dar muerte a cien asnos salvajes, fue cuando sufrieron una severa derrota de la cual no se tienen tampoco detalles. ¿Fueron los habitantes de los lugares por donde pasaban quienes los hostigaban? ¿O fue el ejército de Pedro de Cantabria quienes les tendió una emboscada? No lo sabemos y todo son suposiciones. Y por supones, también hay quien supone que la emboscada pudieron sufrirla en las mismas gargantas de las montañas que rodeaban el valle. Allí podrían haber lanzado rocas hasta cortar el paso del ejército, quedando atrapado y siendo objetivo fácil para los asturianos que habrían lanzado gran cantidad de piedras contra ellos.

Y ya fuera de una manera o de otra como ocurrieron los hechos, el caso es que los moros terminaron por abandonar Asturias. Por lo tanto, la región entera debió levantarse contra los invasores, que vieron cómo no merecía la pena perder el tiempo en someter un pequeño territorio perdido en las montañas del norte, cuando su objetivo más inmediato era avanzar por los Pirineos para introducirse en Francia. Porque su objetivo final, era conquistar toda Europa.

¿Y qué fue de Pelayo y los sobrevivientes de Covadonga? Muy bien recibidos debieron ser al bajar de las montañas; Pelayo se casó con Gaudiosa, y a su muerte en el año 737 le sucedió su hijo Favila, el cual moriría también solo dos años después, dicen que un oso lo mató. Es cuando sube al trono Alfonso I, hijo de Pedro de Cantabria y yerno de Pelayo, pues Alfonso se había casado con su hija Ermesinda. Sobre el reinado de Pelayo, hay quien lo pone en duda y cree que solo fue un líder, un caudillo y nada más. Pero si de verdad era de sangre noble, y si los astures estaban necesitados de un líder, lo más sensato es pensar que lo nombraron rey. Recordemos que en aquella época, cualquier guerrero que destacara podía serlo a poco que sus soldados golpearan sus espadas contra sus escudos o corazas. Y sobre todo lo que nadie puede poner en duda es que Pelayo fue el origen de una nueva dinastía, la primera después del descalabro godo. La reconquista había comenzado.

Comentarios