El reino de los Visigodos 6

Ervigio, rey de los Visigodos (Museo del Prado)

Ervigio
Del traidor Ervigio, poco se puede contar, que no sea el paripé que hizo durante su reinado, intentando tener contentos a aquellos que le habían regalado el trono. Había sido el hombre de confianza de Wamba y nada hubiera hecho sospechar que se lo pagaría de aquella manera. Pero nobles y eclesiásticos debieron ver que el punto débil de Ervigio era la ambición de poder y lo utilizaron para llevar a cabo aquella ruin conjura. Ahora debía devolverles el favor, si no quería acabar de la misma manera. El 21 de octubre del 680 era coronado y ungido rey, y el 9 de enero del 681 ya había convocado el XII Concilio; Ervigio tenía prisa por demostrar su agradecimiento. En aquel concilio, el nuevo rey manifestó sus intenciones de devolver a clero y nobleza sus poderes perdidos. Obispos y nobles no cabían en sí mismos de gozo, al oír aquello. Y para alegrarles más el día, Ervigio anunciaba una mayor intensidad en la persecución contra la amenaza judía. El mayor gozo, en esta ocasión, lo tuvo el obispo y futuro santo Julián de Toledo, de familia judía pero conversos, que animó al rey a poner en práctica lo prometido. Y así fue, ya que la prohibición de ejercer la fe judía fue tajante durante su reinado.

Se revisaron las leyes y se liberó a la Iglesia de tener que contribuir con el estado en caso de necesidad tanto económica como militarmente, se devolvieron bienes incautados, se perdonó al traidor Paulo, aquel que Wamba envió a sofocar una rebelión y se proclamó rey en la Tarraconense; y se llegó, en fin... a la ruina del estado, ya que Iglesia y nobleza no les importaba otra cosa que sus propios intereses, ahora que por fin recobraban las competencias perdidas. A todo esto, se sumó una hambruna que azotó España aquel año, debido a unas malas cosechas. Los concilios, eso sí, no faltaron; se celebraron el XIII y el XIV, donde recibieron con gran alegría los informes de los concilios que también, por supuesto, celebraba el papa León II en Constantinopla. Mientras tanto, el pueblo se dejaba abandonado a su suerte.

Poco más puede contarse sobre este sujeto, solo que organizó la boda de su hija Cixilona con el sobrino de Wamba, Égica, para que éste fuera quien le sucediera en el trono. De esta manera calmaba, en parte, a los seguidores del anterior rey Wamba. Ervigio moría a los pocos días de caer enfermo en noviembre de 687.


Égica, rey de los Visigodos (Museo del Prado)
Égica
El 24 de noviembre de 687, diez días después de fallecer Ervigio, su yerno Egica era coronado y ungido rey en la iglesia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo de Toledo. Antes de morir, Ervigio le hizo prometer dos cosas: que impartiría justicia en el reino y que protegería a su familia. Pero poco después, se dio cuenta de que ambos juramentos eran incompatibles. ¿Por qué? Veamos. Ervigio, no solo fue una marioneta de la Iglesia y de un sector de la nobleza, sino que supo aprovecharse del otro sector que no estuvo de su lado. Muchos fueron los desposeídos de sus bienes para enriquecimiento, no de las arcas del estado, sino del propio rey. No era la primera vez que esto ocurría y ya lo hemos visto cómo era práctica común en otros reyes anteriores. También hemos visto cómo alguno de estos reyes quiso legitimar esos bienes mediante el beneplácito de los obispos y no lo había conseguido. Ervigio sabía que a su muerte, su familia quedaría a merced de quienes quisieran recobrar sus bienes si su yerno no los protegía; pero su yerno ahora no lo tenía del todo claro. Y cuando las cosas no se tienen claras, nada mejor que convocar un concilio.

El XV Concilio de Toledo se celebró el 11 de mayo de 688 donde Égica pidió ser liberado de uno de los dos juramentos que había hecho a Ervigio, explicando las razones. Después de deliberar entre ellos se llegó a la conclusión de que servir al pueblo era causa más noble que hacerlo a una sola familia, aunque no era incompatible con su protección y muchos de los obispos eran favorables a proteger los intereses de la familia de Ervigio. Seguramente, ni el propio Égica entendió muy bien cuál fue la verdadera resolución emitida. Solo le quedó claro que ahora tenía las manos libres para hacer lo que él creyera más conveniente. Y lo hizo: devolver los bienes a sus antiguos propietarios. Y así, mientras los beneficiados quedaban contentos, los perjudicados se reunían para fraguar una nueva conjura.

En 690 fallecía el obispo metropolitano Julián de Toledo y le sucedía Sisberto. Este Sisberto era un gran opositor a la política emprendida por Égica; era el hombre perfecto entre los clérigos para apoyar la conjura, que pronto estuvo en marcha, encabezada por Liuvigoto, la viuda de Ervigio, y por el aristócrata Sunifredo, como aspirante al trono. Toledo fue tomada por los rebeldes, pero cuando quisieron apresar a Égica, éste ya había desaparecido. Sunifredo se proclamaba nuevo rey, que fue ungido por el obispo Sisberto. Algunos meses después, Égica, que había conseguido salir de Toledo poniéndose a salvo, había reunido un imponente ejército y regresaba a la capital. En poco tiempo los rebeldes fueron vencidos y los usurpadores apresados. Ahora, había que administrar justicia; y qué mejor que convocar un concilio para tal fin. El XVI Concilio de Toledo fue principalmente un juicio a los traidores. A Sunifredo se le dejó ciego; a la viuda Liuvigoto se le obligó a internarse en un convento; el obispo Sisberto perdió su cargo y fue condenado a no poder comulgar hasta su muerte. Algún implicado más hubo, cuyos nombres no se conocen y que perdieron la cabeza. Las riquezas de todos ellos, por supuesto, fueron expropiadas.

Una vez resuelta la sublevación, Égica se dedicó a intentar gobernar un país ingobernable, aunque lo hizo lo mejor que pudo. Hemos visto, a través de los gobierno de unos y otros reyes, cómo los tres pilares que debían sostener el reino se disputaban los poderers sin demasiados escrúpulos, mirando casi exclusivamente por los intereses propios, sin importarles las consecuencias de una rebelión tras otra. Únicamente algunos de estos reyes se preocupó de gobernar mirando los intereses del país y de su pueblo a costa de ganarse la animadversión del clero y la nobleza, como fue el caso de Égica, que aunque salió victorioso de la trampa que intentaron tenderle, se encontraba ahora frente a un reino arruinado. Por si fuera poco, las últimas cosechas fueron malas o se habían perdido; a la hambruna había que añadir ahora una epidemia de peste lubónica desatada en la Tarraconense y la Septimania. 

Y cuando los problemas vienen torcidos de tal manera que no hay manera de resolverlos, nada mejor que emprenderla contra alguien. ¿Contra quién? Contra los judíos. En esto, Égica no fue ni mejor ni peor que otros monarcas, pero quizás se le fuera un poco la mano, pues a punto estuvo de acabar con ellos. El motivo, en parte, también fue el mismo que llevó a otros a emprenderla contra los judíos, congraciarse con la Iglesia. El caso es que, el intento de desembarco musulmán durante el reinado de Wamba trajo finalmente consecuencias, pues se corrió el rumor de que había una conspiración mundial de los hebreos para acabar con todas las monarquías cristianas. Para acabar con el reino de Toledo se contaba ya, supuestamente, con ayuda musulmana. De hecho, ya lo habían intentado una vez y seguirían intentándolo con los ejércitos que ya habían conquistado el Magreb. Sobre el año 700 hubo un nuevo desembarco en las costas murcianas; supuestamente eran musulmanes, aunque hay quien duda y piensa que pudieron ser bizantinos en un intento de reconquistar el sur de la península Ibérica, cosa poco probable, pues los bizantinos ya andaban bastante ocupados defendiendo lo que les quedaba de su imperio. Lo más probable es que fueran musulmanes. Hubo una batalla en la zona de Orihuela dirigida por el duque Teodomiro y finalmente fueron expulsados. Esta nueva incursión, tanto si fueron musulmanes como si fueron bizantinos, no hizo otra cosa que darle la razón (aunque no la tuviera) a Égica, pues reforzó la teoría de la conspiración judía. Se intensificó su persecución, se les prohibió el comercio, se confiscaron sus bienes y se les ordenaba entregar a sus hijos al cumplir los siete años para ser dados en adopción a familias católicas que les inculcaran las enseñanzas cristianas. Los judíos fueron relegados a una condición peor que la de esclavos.







Witiza
En el año 698 Égica, sintiéndose ya viejo, había nombrado a su hijo Witiza, con solo 18 años, duque de la Gallaecia (Galicia). Ahora, cuatro años más tarde, en 702, Égica moría, no sin antes dejar el mando del reino en manos de Witiza, con el consiguiente malestar que los tronos heredados provocaban siempre entre la nobleza. A todo ello había que añadir que Witiza no estaba en absoluto de acuerdo con el trato dispensado a los judíos. ¿Qué hizo Witiza? Hacer que cesaran las persecuciones e invitar a volver a todos los exiliados. Con esto, Witiza se garantizó el odio del clero que no reparó en calificativos al tratarlo de lujurioso, perverso y malvado. Nada, comparado a cómo debieron calificarlo cuando Witiza les animó a que se casaran, en lugar de seguir adelante con el celibato, cosa que no hacía sino tenerlos a todos de constante mal humor. Todos estos enfrentamientos, de los que se tienen escaso conocimiento, debieron llevarse a cabo durante el XVIII Concilio del cual no se conservan las actas. Y se sospecha que fueron destruidas precisamente por la irritación que dicho concilio provocó en los obispos ante las impertinencias del rey. Debido a estos enfrentamientos, la imagen de Witiza quedó, quizás injustamente, deformada, y es por eso que los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si fue un rey imprudente, como opinan algunos, o por el contrario fue justo e inteligente, como opinan otros.

Y como no podía ser de otra manera, Witiza tuvo que enfrentarse a alguna que otra revuelta, como la que tuvo lugar en la provincia Bética, en Córdoba, protagonizada por el duque Teodofredo, supuesto hijo de Chindasvinto que reclamaba el trono. Todo lo que consiguió fue perder los ojos, castigo que se le aplicaba a los traidores y usurpadores de tronos. Pero, ¿por qué quiso Teodofredo destronar a Witiza? Hemos visto ya a lo largo de la historia de los godos que para conspirar y revelarse contra el rey no hacen falta demasiadas razones, basta con no estar de acuerdo con la política del monarca y tener un poco de ambición de poder. Pero en el caso de Teodofredo había una razón añadida: Witiza había asesinado a su hermano Favila años atrás, cuando el rey, entonces duque, vivía en Tuy. Las crónicas hablan de un lío de faldas. Y este Favila era el padre de Pelayo, personaje que determinante en el curso que en breve tomará la historia. Por lo tanto, el ahora ciego Teodofredo era tío de Pelayo y padre de otro importante personaje que no tardará en entrar en escena: Rodrigo.

En febrero de 710, Witiza moría a la muy temprana edad de aproximadamente treinta años. Dicen que de muerte natural, pero hay quien sospecha que fue envenenado. Antes de morir, Witiza nombró heredero a Agila, el mayor de sus tres hijos. El problema era, que Witiza se murió demasiado pronto, por lo que, Agila, solo tenía diez años. Los adeptos a Witiza no vieron en la edad ningún problema y le nombraron rey con el nombre de Agila II. No estuvieron muy de acuerdo los béticos que no tardaron en nombrar a su propio rey. El elegido fue Rodrigo, hijo de Teodofredo. La guerra civil estaba servida. Una guerra que vino a destruir lo poco que quedaba del reino visigodo. Hay quien ve en este conflicto una lucha entre familias, y razón no les falta, pues en un bando estaban los descendientes y partidarios de Chindasvinto, con Rodrigo al frente; en el otro, los descendientes y partidarios de Wamba, ¿comandados por Agila? Recordemos que tenía solo diez años.




La leyenda del último rey godo
Cuenta Juan Menéndez Pidal en su libro “Leyendas del último rey godo”, edición de 1904, «que para todo acontecimiento tiene la leyenda un misterioso anuncio», refiriéndose a la historia sobre Rodrigo que se extendió en aquella época. Y continúa contando que «a la vez que en las tradiciones orientales, los sueños, magos y estrellas predecían a Muza y Tarik conquistando España, el orgullo godo humillado buscaba vaticinios a la fuerza incontrastable de lo sobrenatural, que disculpando de algún modo la derrota, no significase ésta solamente el predominio de los invasores». Tal leyenda cuenta que Rodrigo, el último rey godo, corroído por la curiosidad, no pudo resistir la tentación de profanar un palacio cerrado por más de veinte candados y custodiado por doce guardianes elegidos para tal fin por el mismísimo Hércules. De esta leyenda se hicieron eco (seguramente les llamó la atención la originalidad de la misma) varios cronistas árabes del siglo IX, como Aben Habib, Aben Jordadhbeh, o Aben Abdelhacam, entre otros, que no dudaron en divulgarla incluyéndola en sus crónicas. Cada autor la contó de un modo diferente aunque lo esencial permanece en cada relato. Cogiendo extractos de unos y otros vamos a intentar contar la historia completa, pues no todos cuentan los mismos detalles.





La leyenda dice que cuando Musa entró en España, fue conquistando ciudades a izquierda y derecha hasta llegar a Toledo, capital del reino. Allí encontró una casa donde había veinticuatro coronas adornadas con perlas y jacintos. Una por cada rey godo, pues cada vez que moría un rey se llevaba allí su corona y se escribía su nombre, la edad que tenía cuando murió, y cuánto tiempo reinó. Allí se encontró también la mesa del rey Salomón, hecha de oro puro, incrustada de perlas, esmeraldas y rubíes. Al lado de aquella casa, había otra, cuya puerta estaba cerrada por veinticinco candados, uno por cada rey, pues al llegar al trono, cada uno de ellos fue colocando un candado; más otro que que ya había colocado quien la construyó. Aquella casa estaba, además, custodiada por doce guardianes, que vigilaban que nadie rompiera los candados y pudiera entrar. Se contaba también, que dicha casa fue construida por Hércules. que en ella se guardaba un gran secreto, y que estaba encantada. Pero el caso es que, cuando Muza llegó a Toledo, dicha casa ya había sido profanada. ¿Quién había sido?

Al subir al trono Rodrigo, los doce guardianes fueron a visitarlo para invitarle a colocar su candado. Ante tan extraña invitación, Rodrigo les interroga acerca de la casa y de la razón por la que ha de añadir un candado; entonces se entera por ellos, que cuando Hércules vino a España edificó una casa en Toledo cimentada sobre cuatro leones de metal. Un palacio maravilloso a cuya puerta Hércules colocó un candado entregando la llave a doce guardianes. Antes de marcharse ordenó que cuando un guardián muriera, fuera inmediatamente sustituido por otro, y que se ocuparan de comunicar a todos los reyes que vinieran detrás de él que debían colocar un candado y no se atrevieran nunca a entrar. El rey Rodrigo, corroído por la curiosidad dijo:
-Por Dios que no he de morir con el disgusto de no haber sabido lo que dentro de ella se esconde y sin remedio la abriré.
Al enterarse del despropósito que Rodrigo pretendía hacer, los obispos de Toledo intentaron disuadir al rey de hacer tal locura y le propusieron lo siguiente:
-Dinos qué pretendes, cuánto oro esperas encontrar en esta casa y nosotros te lo daremos, pero no hagas lo que no hicieron ninguno de tus predecesores, que eran gente sabia y prudente.
Pero Rodrigo, decidido a acabar con aquel misterio, ordenó que rompieran los candados y abrieran la puerta.

La casa era un palacio claro y transparente como el cristal, -así la define la crónica de Ar-Razi-, hecho cual si fuese de una pieza, sin madero ni clavo, dividido en cuatro galerías, una de ellas blanca como la nieve, otra de ellas muy negra, verde como el limón la tercera y roja como la sangre la cuarta. Recorrieron su ámbitos y acertaron a ver una pilastra con una portezuela donde había un escrito que decía: “Quando Ércoles fizo esta casa andava la era de Adán en quatro mill e seis años.”Abrieron, y dentro vieron otro letrero que decía: “Esta casa es vna de las maravillas de Ércoles.” No tardaron en divisar un arca de plata guarnecida en oro y piedras preciosas cerrada con un candado. Tentado por la curiosidad y también por la codicia, Rodrigo ordenó abrir el arca. El rey, y cuantos le acompañaban, quedaron perplejos cuando vieron lo que en el interior había.

No había joyas, ni piedras preciosas. En el interior solo había unas figuras representando unos guerreros a caballo con turbantes y espadas árabes; eran guerreros musulmanes. Rodrigo sacó las figuras, su extrañeza aumentaba, y entonces encontró en el fondo del arca una tela que también sacó, la entendió y leyó lo que en ella había escrito:

“Cuando esta arca sea abierta y se saquen estas figuras, la gente en ellas representada invadirá España, derribarán del trono a sus reyes y serán de ella señores.”

La extrañeza de Rodrigo se convirtió en inquietud, y luego en miedo. ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso una broma de mal gusto? Rodrigo ordenó cerrar de nuevo el arca e hizo jurar a quienes le acompañaban que no hablarían con nadie de aquello. Acto seguido salieron todos de allí y la casa quedó cerrada de nuevo. Pero la respuesta que nadie pudo dar a la pregunta que se hizo Rodrigo, la encontramos en una de las muchas variantes que esta leyenda tiene. Se dice que, en tiempos remotos, cuando los reyes griegos dominaban la península Ibérica, hubo un miedo terrible a que los piratas berberiscos establecidos en el norte de África invadieran sus tierras. Había sido un sabio rey quien había pronosticado que la península sería invadida por pueblos procedentes de África, y para prevenirse de esta profecía hicieron talismanes que guardaron en un arca y la colocaron en un palacio de Toledo. Luego vendrían quienes mezclarían esta leyenda con la construcción de la casa de Hércules, o quizás fuera Hércules quien encontró el arca y mandó custodiarla. El caso es que, los talismanes hicieron su efecto y España nunca fue invadida por los pueblos del norte de África, mientras el arca estuvo cerrada. Pero ahora, el último rey godo se había atrevido a profanarla.

¿Y qué hay de verdad y de fantasía en esta leyenda? Porque, detrás de toda leyenda hay algo (o mucho) de realidad. Veamos. Lo primero que hay que tener en cuenta es que aquellos relatos fueron escritos en tiempos muy cercanos a la elección de Rodrigo como rey. Juan Menéndez Pidal lo examina de esta manera: «Si de todo ello eliminamos cuanto salta a la vista como florecimiento poético, resulta que, custodiada con tradicional veneración por los sacerdotes y magnates de la Corte Visigoda, hubo en Toledo cierta basílica donde en un arca preciosa se guardaban los Santos Evangelios sobre los que prestaban juramento los reyes, y donde después de su muerte se colgaban sus coronas. Esta iglesia, que estaba al lado del Palacio Real y que parece haber sido panteón de los reyes, solo se abría al ocurrir la muerte de cada soberano, sin duda para sepultarle y otorgar allí los debidos juramentos el sucesor.» Ya tenemos, pues, dos de los elementos principales en los que pudo basarse la leyenda: la iglesia donde efectivamente parece ser que se guardaba la corona de cada rey, y el palacio que nunca era abierto salvo para enterrar a los reyes que morían y tomar juramento a los que ascendían al trono. Pero, la leyenda habla de una profanación, ¿que fue lo que realmente se profanó y por qué? Sigamos leyendo a Pidal: «a Rodrigo hubo de preocuparle la intervención de Musa y la sublevación de los vascones.» Hablamos de que Rodrigo ya sabía que, por un lado, los musulmanes ya habían cruzado o estaban a punto de cruzar el estrecho, y por otro, como no podía ser de otra manera, los vascones que se apuntaban a todas las refriegas habidas y por haber. El caso es que, Rodrigo, recién llegado al trono, se encuentra con unas arcas vacías y no puede costear las guerras que se le avecinan. Así que... «acaso pensó en alguna de las riquezas acumuladas por sus antecesores en el tesoro de la regia basílica.» De haber sido así, los obispos hubieran considerado aquella acción como sacrilegio y habrían instado al monarca a imitar a sus antecesores. Y por supuesto, los contrarios a Rodrigo no tardaron en divulgarlo entre la muchedumbre, que más tarde verían en este hecho una maldición que condujo al reino al desastre. Pero de todo esto, lo único que parece cierto es que la iglesia y el palacio existieron y que las coronas allí guardadas desaparecieron en su mayoría con la llegada de los musulmanes a Toledo. Pero todo eso está por ocurrir todavía, ahora, tenemos a un Agila niño nombrado por los seguidores de su padre Witiza, y a un Rodrigo rey en la Bética preocupado por una inminente invasión musulmana por el estrecho y una sublevación vascona por el norte.




El final del reino visigodo
Los seguidores de Rodrigo consiguieron varias victorias sobre los de Agila, que fueron empujados hacia el norte y finalmente repreglados en la provincia Tarraconense y la Septimania, y allí, en aquellas tierras se estableció el pequeño Agila resistiendo las embestidas de Rodrigo. El 1 de marzo del año 710, Rodrigo era por fin ungido y proclamado rey. Muchos de los seguidores de Agila, viendo que todo estaba perdido abandonaron la península y huyeron a la Septimanía o zonas de los reinos galos. Otros, sin embargo, no acabaron de resignarse, fue el caso de un tío del pequeño, un tal Oppas, obispo de Sevilla, que fue a refugiarse a Septem (Ceuta). Allí se puso en contacto con el conde Julián, posiblemente pariente suyo, quien además era el gobernador de la ciudad. Sobre este conde Julián nos han llegado pocas noticias y sí alguna leyenda de la que hablaremos enseguida. No está claro si era godo, bereber o bizantino; hay quien cree que la ciudad estaba todavía bajo el reino visigodo y otros creen que había sido reconquistada por Bizancio y era el último reducto norteafricano del Imperio. Entre Oppas y Julián fueron dándole forma a la confabulación que debería acabar con Rodrigo y rehabilitar en el trono a Agila. Para ello, no dudaron en pedir ayuda a los musulmanes.




La leyenda de Florinda la cava
Y es aquí donde cobra fuerza la leyenda de la que hablábamos antes, pues se dice que este conde Julián estuvo muy diligente a la hora de negociar con los musulmanes, no porque fuera un posible pariente del obispo Oppas, sino porque vio la gran oportunidad de vengarse por la ofensa de la que fue objeto su hija Florinda. La leyenda de la casa de Hércules no es la única que se creó en torno al último rey godo, está también la conocida como “Leyenda de Florinda la cava.” Cava, en árabe, vendría a significar algo así como prostituta de lujo, aunque Florinda era una muchacha honrada que su padre había enviado a Toledo para adquirir una buena educación. A orillas del Tajo bajaba Florinda de cuando en cuando, acompañada de sus doncellas, para darse un baño, y uno de esos días no se percató de que alguien la observaba. Era el rey Rodrigo, que quedó prendado de su belleza al verla desnuda. A partir de ese día, Rodrigo trataría por todos los medios conquistar a la muchacha, que finalmente accedió a casarse con él. Pero pronto se daría cuenta Florinda que no era casamiento lo que el rey quería. Hay quien cuenta que la violó, otros cuentan que la engañó prometiéndole que llegaría a ser la reina aunque Rodrigo solo pretendía gozar de ella. Sea como fuere, Florinda se sintió engañada y escribió a su padre contándole su desdicha. Una leyenda más, (aunque nada hay en ella de especial para que no sea cierta), que intenta buscar explicación a lo inexplicable, de cómo fueron los mismos godos quienes introdujeron en España a los musulmanes.

Musa fue designado gobernador del norte de África por el mismo califa de Damasco, donde el creciente imperio musulmán había establecido su capital, y a él acudieron Oppas y Julián, prometiéndole cuantiosos tesoros si ayudaban a derrocar a Rodrigo. Este tipo de alianzas era algo común en la época; ya hemos visto cómo se había negociado con los francos o con los bizantinos. Los musulmanes eran una gran potencia en aquellos momentos y podrían servir para tal fin. Se les pagaba lo que pidieran por el servicio y luego cada uno a su casa. Los francos, aunque habían cobrado caro, habían cumplido hasta el final con Sisenando. Los bizantinos traicionaron a Hermenegildo y en el último momento se aliaron con su padre. Las alianzas con extranjeros siempre conllevaban este pequeño riesgo. ¿Cumplirían los musulmanes con su trato de derrocar a Rodrigo, cobrar y volverse por donde habían venido?

La alianza se concretó a principios del 711 cuando se envió una expedición de 500 bereberes a tierras béticas para tantear el terreno y encontrar el lugar adecuado para el desembarco definitivo. El lugar elegido fue la actual Tarifa, cuyo nombre viene precisamente de Tarif Ibn Malluk, quien dirigió la operación. Además del tanteo del terreno, Tarif arrasó cuantas aldeas encontraron en la costa para volver con un cuantioso botín, que animó, más si cabe, a la invasión.

Rodrigo había movilizado a su ejército hasta Pamplona, ante la sublevación de los vascones. Todo indica que los fieles a Agila se habían compinchado con ellos (con oro de por medio) para sublevarse en aquel preciso momento, para que la invasión lo sorprendiera lejos del sur. En abril del año 711 comenzaron a transitar por aguas del estrecho cuatro barcos propiedad del conde Julián, su misión era trasladar desde África a Tarifa un total de aproximadamente 7.000 hombres. La operación duró varios días, al frente de ellos, Tariq Ibn Ziyad, el lugarteniente de Musa. A partir de entonces, la gran roca que todos conocemos pasaría a llamarse Gibraltar, que significa la montaña de Tariq. De momento, las órdenes eran fortificarse y esperar refuerzos, pero los desembarcos no tardaron en ser descubiertos y pronto se corrió la voz por toda la Bética. Un tal Sancho, supuestamente sobrino de Rodrigo, pronto reunió un ejército y se lanzó contra ellos con el resultado de una estrepitosa derrota.

Cuando la noticia le llegó a Rodrigo no le quedó más remedio que abandonar las operaciones contra los vascones y bajar a toda prisa hasta la Bética. Por el camino fue reclutando cuantos efectivos pudo, y poco más se sabe de los preparativos para la gran batalla que se avecinaba. Ni siquiera sabemos el número exacto de soldados con los que contaba Rodrigo. Las crónicas, no siempre fiables, hablan de 100.000. Un número poco creíble, otras fuentes sitúan la cifra en 30.000 o como mucho 40.000, algo que parece más razonable. Y aquí es donde es de suponer que Rodrigo negoció con los seguidores de Agila. Nada se sabe tampoco de esta negociación, pero puede adivinarse que así fue, por los acontecimientos que ocurrirán más tarde. La negociación no sería otra que la de aparcar diferencias para hacerse fuertes ante un enemigo común. Porque Rodrigo no imaginaba que para los de Agila, aquellos bereberes no eran sus enemigos, sino sus aliados, aquí el único enemigo por combatir era él, Rodrigo.

Tariq, por su parte, había recibido otros 5.000 bereberes, con lo cual ya contaba con 12.000 soldados a los que todavía se les unirían otros 8.000 entre partidarios de Agila y judíos. 20.000 africanos contra 40.000 godos, son los números aproximados que manejan los expertos. El lugar de la batalla más probable fue Wadi Lakkah, en la actual Cádiz en la rivera del río Guadalete. Hay que piensa que fue en Barbate, pero el río Guadalete sería quien daría nombre a tan señalada batalla. Sin saber la fecha exacta, se cree que fue la última semana de Julio. Rodrigo, con su superioridad numérica, seguramente creyó que barrería del mapa a los moros sin demasiados problemas. El ejército real y su guardia personal se situarán en el centro, mientras los flancos quedarían cubiertos por los soldados de Agila, enviados por el mismísimo obispo Oppas. Es de suponer que Agila no se hallaba entre ellos, sino que habría quedado en tierras tarraconenses o narbonenses. Posiblemente ni sabía lo que estaba ocurriendo en aquellos precisos momentos en la Bética. Y lo que ocurrió fue que Rodrigo atacó barriendo a un buen número de bereberes. En principio, todo estaba saliendo bien y con varias embestidas como aquella pronto tendrían a los africanos dominados. Pero el curso de la batalla comenzó a tomar otro rumbo, pues los de Rodrigo comenzaron a verse rodeados por todas partes. ¿Qué había ocurrido? Que los flancos habían quedado desprotegidos, permitiendo a los africanos realizar una maniobra envolvente. O dicho de otra forma, los de Agila habían habían abandonado el campo de batalla. La jugada le había salido redonda a Oppas y a don Julián. De momento.




Tras resistir cuanto pudieron, la derrota fue inevitable. No se sabe el balance de caídos por parte de Rodrigo, pero debieron ser muchas, por parte de los musulmanes se calculan unas tres mil bajas. Los que consiguieron retirarse a tiempo huyeron y llegaron a Écija y allí se refugiaron. Otros continuaron camino hacia el norte, hasta diferentes destinos. ¿Y que que fue de Rodrigo? Nadie lo sabe. Su cuerpo nunca fue hallado, pero al aparecer su caballo flotando en el río, se creyó que había muerto y arrastrado aguas abajo. Pero algunos años después apareció una tumba en la provincia Lusitana (Portugal), con una lápida donde podía leerse “Rodericus Rex”. Este descubrimiento vendría a demostrar que consiguió huir, y aunque nunca sabremos qué camino tomó, podríamos elucubrar que posiblemente llegó a Écija con sus soldados, y de allí pasó a Lusitania, donde intentaría reorganizarse y contraatacar, cosa que nunca pudo hacer. Terminaba de esta manera, no solo el reinado de Rodrigo, sino que se ponía fin al reino visigodo de España. Pero, ¿acaso una vez vencidos Rodrigo y sus seguidores, el pequeño Agila no ocupó su lugar? Pues va a ser que no.

Tres siglos de historia quedaban atrás, se iniciaba una nueva página, un nuevo capítulo que iba a durar esta vez ocho siglos. ¿Qué pasó después de la batalla de Guadalete? ¿Por qué no subió al trono Agila o cualquier otro de sus partidarios? Los musulmanes, después de vencer al ejército de Rodrigo, no se volvieron a embarcar rumbo a África de nuevo, sino que siguieron conquistando ciudades hasta llegar a Toledo. Cosa lógica, por otra parte, pues había que asegurarse de que el territorio quedara estabilizado y no hubiera revueltas en contra de los vencedores. Allí, en la capital, debía ser reconocido como rey el pequeño Agila y se nombrarían uno o varios regentes hasta que tuviera edad suficiente para coger las riendas del país; luego se les pagaría lo acordado a los africanos y asunto resuelto. Pero los africanos ya se estaban cobrando su recompensa por su cuenta; a los cuantiosos botines conseguidos en su avance hacia Toledo, había que añadir ahora el saqueo de la capital, incluído el tesoro visigodo y aquellas valiosas coronas de las que hablaba la leyenda, pero que eran reales, nunca mejor dicho. Por fortuna, parte de aquel tesoro y aquellas coronas consiguieron salvarse. Alguien, no se sabe quién, pudo poner el tesoro a salvo antes de que Tariq y los suyos llegaran. En 1858 fueron halladas unas coronas y cruces en Guarrazar, y en 1926 se encontraron más en Torredonjimeno. El caso es que. aquel comportamiento de los aliados no estaba contemplado en el trato. Pero no había otra que tragar y aguantarse. Las extralimitaciones también formaban parte de aquellas alianzas. No había de qué preocuparse; Toledo quedaría saqueada, pero una vez que reunieran un buen botín se marcharían y todo volvería a la normalidad. Pero los días y los meses pasaban, y los musulmanes no se marchaban; y ver cómo la mesa del rey Salomón, robada por Alarico a los romanos, caía en manos musulmanas, seguro que ya no hizo tanta gracia. Una mesa, que por cierto, los expertos dudan que fuera la auténtica. Pero si era de plata y oro con incrustaciones de piedras preciosas, como cuentan, tenía igualmente un gran valor.

Cuando a oídos de Musa llegó que su lugarteniente había conseguido un éxito rotundo se llenó de alegría; cuando, además fue informado de que cuantiosos tesoros habían caído en su poder, ya no le hizo tanta gracia. Así que cogió un ejército de 18.000 hombres y cruzó el estrecho para plantarse en España para asumir el éxito y que en Damasco no pudieran decir que no había estado presente en tan importantes momentos. La cosa acabó en disputa entre Musa y Tariq por el reparto del botín y llegaron a denunciarse mutuamente ante el califa de Damasco, que se vio obligado a intervenir. Y viendo cómo árabes y bereberes se acomodaban en Toledo y por todas partes, los visigodos decidieron acudir a ellos hacerles saber que ya no era necesaria su ayuda ni su presencia. En este punto hay varias versiones. Una de ellas cuenta que los árabes, a la vez que le daban a entender que no pensaban marcharse, ofrecieron a Agila la gobernación de un mísero territorio, no se sabe muy bien dónde, a lo cual el pequeño rey sin tierra contestó enojado que no estaba dispuesto a aceptar limosnas y que quería tomar posesión de todo su reino; y otra que dice que Musa le envió a pedirle cuentas al califa de Damasco. Allí sería muy bien recibido por el califa, que seguramente quedaría sorprendido, y hasta enternecido por la visita de un niño que decía ser rey de un reino que le habían arrebatado por dos veces. Después de unos años volvió a España cargado de riquezas y le fue adjudicada parte de la provincia Tarraconense y la Septimania donde fue respetado como rey por los suyos. A la temprana edad de 16 años moría, seguramente guerreando, pues ya con esa edad se subían a su caballo y blandían la espada los reyes. Le sucedió su hermano Ardabasto o Ardón, que también fue reconocido rey por los suyos y gobernó entre la Tarraconense y Septimania hasta el año 720, muriendo también en batalla. Nadie más le sucedió.

La historia continúa en La conquista de al-Ándalus

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